Alguna vez había pensado en el tiempo que transcurre desde que suena el despertador hasta que pisa uno el tajo, pero los acontecimientos acaecidos durante las últimas semanas me han hecho reflexionar profundamente sobre el tema.
Desde que regresé de vacaciones de navidad me he puesto a darle marcha a la máquina de remo. Me levanto, me pongo las calzas cortas y me marco una regata de varias millas. De momento gana Oxford, pero tenemos grandes planes para el futuro. Lógicamente, si uno desea hacer deporte durante la mañana, tiene que hacer ciertas modificaciones en la agenda matutina.
La permisividad suele degenerar en abuso. Sólo así se puede explicar que durante el mes de diciembre rara vez llegara al trabajo antes de las diez y media. Encendía el ordenador, me avergonzaba, y al cabo de un rato llegaba Gorrino terminando un cruasán. Spain is definitely different.
Con el año nuevo decidí que tenía que cambiar algunas cosas, empezando por incorporar la regata mañanera y terminando con el firme propósito de llegar al trabajo no mucho más tarde de las nueve. Así las cosas, el diagrama de flujo queda más o menos así.
El proceso dura aproximadamente dos horas desde que suena el despertador: para llegar a las nueve tengo que despertarme a las siete. Podría ahorrar unos veinte minutos, pero no sería lo mismo.
Hace un par de meses admiraba a Sandrita. Cuando yo me levantaba a las ocho ella estaba ya trotando camino de Bonanza. Parecía pues lógico que, cuando yo llegaba a casa a eso de las siete de la tarde, ella estuviera en el sofá viendo la tele, tapada con una manta y con aspecto de haberse cepillado a la plantilla de los Lakers con mascota incluida. Pero no.
El primer día de regata se descubrió el pastel. Resulta que la chica se levanta, se calza las herraduras y sale al galope. El proceso apenas le lleva un cuarto de hora. Ni siquiera desayuna. Si yo hiciera lo mismo llegaría a las siete y media al trabajo y en la pared del departamento habría una foto mía en un marco de bronce, y debajo se leería: "Español del mes".
En estas cosas hay de todo: el que no desayuna, el que desayuna demasiado, el que no se ducha porque lo hizo el día anterior o porque ese tema no le va, el que lee los periódicos durante dos horas, el que aplaca la emancipación matutina, el que hace deporte, el que ve la tele...
¿Y tú de quién eres?