Como tampoco queríamos pasar todo nuestro tiempo encerrados en el hotel entre buffés internacionales y cócteles, o caminando por las playas esquivando vendedores de cosas legales e ilegales, decidimos apuntarnos a algunas de las excursiones que ofrecía la organización.
El catálogo era relativamente amplio, así que nos costó descartar cosas como "Conozca cómo vive una familia típica en la República Dominicana" y la excursión a la cascada natural que, a juzgar por el plantel geriátrico que se mostraba en las fotos, parecía la clásica excursión Cocoon. Al final nos decidimos por una que incluía las letras VIP en el título. Sólo para gente con clase, como nosotros. Ofrecían un paseo en yate por la costa noroeste de la isla y la visita a una exclusiva islilla de fina arena y apenas cien metros de diámetro. Valía un pico, pero ya que estábamos allí...
Las excursiones en la República Dominicana consisten en que te llevan a ver algo a un lugar determinado, pero por el camino se van haciendo escalas en diferentes puntos estratégicos ostentados por colegas y en los que te intentan vender la burra. La burra puede tener cualquier forma, pero generalmente viene como figuras de madera y cuadros. Se diría que el arte dominicano está en alza, pero algo me sugiere que toda esa mercancía viene de Haití, donde se compra por dos pesos para intentar revender por 20.000 antes de regateo. Al final siempre es el pez pequeño el que se lleva todas las hostias.
La segunda y última de nuestras excursiones fue una expedición en quad. Antes de llegar a la playa nos detuvieron en un chiringuito de mala muerte con la excusa de darnos un refrigerio que terminó consistiendo en un chorro de Pepsi. Lo que allí presenciamos fue el rizo del rizo.
Una docena de chiquillos se arremolinaban alrededor de los turistas, a estas alturas de trayecto llenos de barro mierdoso hasta las cejas, mientras degustábamos nuestros breves refrigerios. El organizador de la excursión departía con los colegas en una mesa bajo el cañizo. Uno de los colegas se fue al interior del comercio y salió cargado de bolsas de chucherías de todos los tamaños y colores. Las ofreció a los turistas a precio de amigo.
---¡Primo, cien pesos! Barato, tú sabes.
Algunos compraron e inmediatamente las repartieron entre los chiquillos. Caramelos, chicles, chupachups... La nube de críos se desplazaba en función de cómo fueran rasgándose los paquetes.
Me puse filosófico:
---Esto es como cuando, en la plaza del pueblo, te venden alpiste para que dés de comer a las palomas.
---Sí, pero en ese caso las palomas no son tuyas ---apuntó Alberto.
Joder, era cierto. Y cómo educaba el tipo a las palomas. El hombre se mantenía al tanto de la fiereza de las criaturas y, cuando el turista se acojonaba, azotaba a la muchedumbre con una caña de las que rasgan el aire. Sólo le faltaba gritarles "¡Baix, baix!".
El payo de los caramelos guardó las bolsas restantes y nos conminó a visitar la tienda de arte que había enfrente del chiringuito. Cómo pensaba ese hombre que yo ---literalmente cubierto de barro y ante una perspectiva todavía más guarra--- comprara y me llevara un cuadro de allí, es algo que desconozco.
De los quads lo mejor fue descubrir que son auténticas máquinas de matar, tanques con ruedas hinchables que pasan por cualquier sitio. Bueno, no; lo mejor fue cuando el inglés larguirucho de la coleta se salió de la fila sin previo aviso y se estrelló contra una fachada en una maniobra esperpéntica.
De la excursión a la isla de los 100 metros de diámetro, lo mejor fue el grupo de cinco polacos.
Se alojaban en nuestro hotel pero no los habíamos visto hasta ese día. Había dos mujeres: una era un pedazo de polaca de bandera de unos 25 años y la otra parecía la madre. De los tres tipos, uno era como Harpo Marx pero sin pelo, otro sin ningún rasgo destacable, y el tercero era un enorme gordo con perilla y gafas oscuras. Lo atractivo del asunto es que el gordo de la perilla se pasaba por la piedra a la polaca de bandera. Podía haber sido su padre. En realidad, por el tamaño, podía haber sido dos padres.
La mente de Alberto creó al menos una docena de teorías que incluían una mafia de coches de importación robados, armas, drogas de varios tipos y negocios de prostitución. Acabó concluyendo que además el gordo pegaba a la moza.
---No creo, tendría marcas ---sopesaba yo en el yate con mi cóctel en la mano.
---Toallas mojadas. Los polacos hacen maravillas ---atajaba él abriendo los ojos.
La madre iba siempre borracha o colocada, y a la hija sólo se le vio sonreír el último día, cuando dijeron que se iban.
---¿Ves lo contenta que está? Seguro que hoy termina los servicios ---hizo notar Alberto.
Más allá de las perversas figuraciones de Alberto, nunca sabremos la verdad.
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