Las tres horas de coche hasta el aeropuerto de Frankfurt nos habían servido de precalentamiento para lo que nos esperaba. El día era gris y frío, uno de esos en los que te preguntas por qué vives en Alemania. Mientras entrábamos en la terminal pensábamos en la semana que teníamos por delante: sol, playa, bebidas tropicales y quizá alguna tetilla teutona tomando el sol en la piscina. Todo el mundo había liquidado ya sus vacaciones y sólo quedaba lo justo para navidad, pero nosotros nos disponíamos a sumergirnos en una semana de desenfreno y de dolce far niente.
En la cola del check-in Gorrino sacó los billetes de avión y nos llamó al orden.
---Venga ---dijo---, sacad los pasaportes y aseguraos de que no están caducados.
Risas aquí y allá. Cachondeo.
Abrí mi pasaporte por la última página. Lo volví a cerrar. El corazón me dio un vuelco y un escalofrío me sacudió de arriba a abajo.
Lo volví a tomar cuidadosamente y lo abrí de nuevo despacio, como si la meticulosidad de mis movimientos fuera a cambiar las cifras que me había parecido ver hacía unos segundos.
Lo recuerdo perfectamente. Fue como cuando en los documentales sacan una fecha y los números en negro sobre blanco se deslizan de derecha a izquierda ocupando toda la pantalla. De acuerdo con aquel documental mi pasaporte llevaba desde Marzo caducado. En diez segundos pasé por todas las fases:
--Negación: No puedo ser tan gilipollas.
--Ira: ¡Seré gilipollas!
--Negociación: Pongamos que eres un 50% cretino y otro tanto gilipollas.
--Depresión: Esta no es la última. Seré gilipollas toda mi vida.
--Aceptación: Eres gilipolllas; acéptalo.
Alberto abandonó un momento el cachondeo y se giró.
---¿Qué te pasa, mi amol?
---Tengo el pasaporte caducado ---dije.
Un incómodo silencio cayó sobre los albóndigas. Mirándoles las caras los pude ver atravesar todas las fases: "No puede ser tan gilipollas", etc, etc...
---Venga, venga, no pasa nada ---dijo Gorrino empujándome en dirección al mostrador con voz grave.
Pero yo sabía que algo sí que pasaba y que iba a ser gorda. Esta pocholada era de las grandes. Había visto las suficientes películas de espías para saber que no se entra en un país con un pasaporte caducado. De hecho a veces ni se sale.
Llegamos al mostrador. Gorrino tomó los cuatro pasaportes y se los tendió a la señorita. Ella los esparció sobre la mesa y fue tomando notas hasta que llegó al mío.
"¿Caducado? ¡¿Cómo dice?! No puede ser, traiga acá..." y otras perlas de ese calibre se sucedieron durante los primeros instantes.
"Bueno, señorita, seguro que esto se puede arreglar de alguna manera civilizada". Olvidábamos que todavía no habíamos llegado a la República Dominicana.
Según nos explicó, si me metían en el avión y allí no me dejaban entrar, la compañía tenía que correr con los gastos, algo que parecía que no estaban muy por la labor de hacer. Así pues, qué remedio, el resto de la expedición facturó sus enseres y mi maleta y yo rodamos hasta una columna cercana. Entrábamos en Defcon-2.
Lo primero fue meter dos euros en una máquina de esas para navegar por el internés y averiguar el teléfono de la embajada en Frankfurt. Fue fácil, pero eran las doce y media de un sábado y si allí había alguien estába comiéndose un par de salchichas lejos del teléfono. Encontramos un número de emergencia.
Me atendió una señorita la mar de simpática.
---Se va usted a reír cuando le cuente lo que me ha pasado... ---le dije.
Escuchó atentamente el relato y, en pocas palabras, me dijo que estaba bien jodido. En cualquier caso me daría un teléfono de super-emergencias para que hablara con el experto en incidentes internacionales. Creo que era el que había llevado lo de la crisis de los misiles con Cuba.
Mientras marcaba el número me preguntaba qué iba a hacer con mi semana de vacaciones. Ya había tirado por el retrete una buena cantidad de dinero, pero todavía me quedaba el tiempo, que también dicen que vale oro. Estaba en Frankfurt, el aeropuerto de Europa, y podía coger un avión a cualquier lugar con tan solo un golpe de plástico. En breve concluí que había pocos lugares a los que pudiera volar con un par de bañadores. A España en el mejor de los casos.
---¿Dígame? ---exclamó una voz en el auricular.
---Se va usted a reír cuando le cuente lo que me ha pasado...
Dos minutos después me expuso el abanico de posibilidades que, teniendo en cuenta que no estoy dado de alta en ninguna embajada en Alemania y que mi avión despegaba en hora y media, era más bien escueto.
---Lo único que le podemos hacer es un salvoconducto para entrar en España.
Fantástico. Luego sólo tenía que hacerme con un cenicero para la moto.
---Pero eso no me sirve de nada ---apunté.
---No, claro.
Le di las gracias y enfilamos de nuevo el check-in pidiendo hablar con el papa de Roma. A esta otra señorita se le vio más suelta.
Tomó el pasaporte y dijo que iba a hacer unas averiguaciones. Cuando me di cuenta me estaban subiendo la maleta a la cinta. Amé a dios y a todas las criaturas de la creación a partes iguales, sobre todo a aquellas con las tetas grandes.
Por lo visto existen multitud de estados para un documento de identificación internacional. A saber: en vigor, caducado, falso e inexistente. Se conoce que un pasaporte, a pesar de estar caducado, sigue siendo un documento de identificación, y si se acompaña de un DNI vigente sigue abriendo las puertas de muchos países.
En la aduana no pusieron pegas, y salté al avión con cinco años más encima y el estómago como una cafetera. Mientras el resto se sentaron juntos en la fila central a mí me tocó ventana al lado de un alemán amanerado. Yo me consumía pensando en la posibilidad de que al llegar allí me metieran en el primer avión que saliera de vuelta. En el estado en el que tenía la espalda después de ocho horas, aquella era una de las cosas menos atractivas del mundo al margen del sarasa que llevaba al lado.
Aún así me lo tomé con humor. En la segunda reunión cerca de los baños para estirar las piernas, cogí una postal de Condor en la que lucía un avión de la compañía y dije que aquello era todo lo que iba a poder enviar esas vacaciones. "Saludos desde las nubes, mi amol". Cachondo hasta la tumba.
En la República Dominicana te comprobaban el pasaporte dos veces, y a las dos de la noche todos los gatos tienen una mala leche de cuidado. Miraba a los demás y me preguntaba cómo se sentiría uno viajando con un pasaporte en regla. Aquello debía de ser la hostia.
En fin, que la cola avanzó. El tipo malencarado parecía más interesado en saber si el de la foto era yo que en otra cosa, y la mujer se hartó de ver pasaportes españoles enseguida y cogió el tercero y el cuarto e hizo una pila al final de la mesa. Ya estaba dentro. Siete años más viejo y con cinco kilos menos, pero dentro.
Otro día más impresiones sobre la República Dominicana, mis amoles. ¿Creíais que me iba a quedar en tierra? Yo sinceramente sí.
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