Al poco de establecerse en casa, nuestra vecina nos explicó que tenía novio. Habría que estar poco versado en la vida en general como para alterarse ante la situación: la experiencia nos demuestra que todas las mujeres solteras tienen novio. El corolario es que todas tienen novio hasta que dejan de tenerlo. Y las mujeres son como los teoremas de Cálculo, que siempre están abiertas a un corolario. La consecuencia última es que las mujeres sólo están en dos estados: con novio o buscando un repuesto para el actual.
Nos explicó que el chaval tenía siete años más que ella y que era profesor en su ciudad natal. Aunque la diferencia de edad me parece abultada, cuando uno apunta en dirección a los treinta cada vez hace menos observaciones sobre el tema.
El chavalote se dejó caer la semana pasada durante cuatro días para visitar la ciudad y algún que otro rincón de particular interés. Cuando nos encontramos en la puerta, la parejita venía del supermercado y él llevaba bajo el brazo una caja de cartón con una docena de bricks de zumos variados. Toda una demostración de poderío físico para la poca cosa que parecía.
Se les veía muy enamorados. En realidad creo que puedo decir que nunca había visto a nadie enamorado tantas veces seguidas en un solo fin de semana. Qué vicio, oiga. El Chano y servidor no dábamos crédito.
Todo empezó el Viernes de buena mañana. Normalmente, cuando me levanto a las ocho, en casa no queda ni la Chati. Me endosé el vaso de leche mientras veía en qué país había brotado la gripe aviar ese día y luego me fui a la cocina a preparme el preceptivo sandwich de queso de cada mañana. Mientras esperaba a que saltaran las tostadas me sobresaltó un aullido proveniente del comedor. No podía ser, si estaba sólo en casa. ¿Tendríamos fantasmas? ¿De dónde venían esos lamentos de ultratumba? ¿Del piso de arriba? ¿Del de abajo? Lo que estaba claro era que los fantasmas se lo estaban pasando pirata.
Huelga decir que los episodios paranormales se repitieron con insistencia en los días que pasaron. Aquello parecía un cruce entre Vélmez y el Vesubio. El Chano y yo comentábamos abrumados el despliegue de salud al que estábamos asistiendo.
---No te creas que es para tanto, me tenías que haber visto a mí con dos años menos. De los 28 a los 30 se nota un bajón que no veas ---y perlas por el estilo.
Por la tarde coincidí con el chaval en la cocina. Se le veía algo desmejorado pero todavía removía la sopa con brío.
---Me voy a hacer un té, ¿quieres uno? ---le pregunté.
---No gracias, sólo bebo zumo ---dijo.
Ah joder, se me habían olvidado los doce litros de zumo que se había agenciado nada más llegar. Ahora me lo explicaba: había que reponer líquidos. Desde luego, con esa marcha, el tío necesitaba hidratación hasta en el reverso de las uñas.
Y así pasaron los días.
---Acabo de ver a Rocco enchufándose otro zumo ---decía el Chano alterado bajo el dintel de la puerta de mi cuarto.
---¿Otro? No jodas.
---Como lo oyes. Yo creo que el tío no ve la hora de irse.
El martes, Rocco se bebió el último zumo y salió por la puerta sin despedirse de nadie. Y aquí nos quedamos nosotros con la parte jodida del asunto e intentando ver a nuestra vecina con los mismos ojos de antes.
Eins, Zwei, voto, paja... [1] (Si ganamos el concurso os cuelgo las psicofonías).
Links:
[1] http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/votar/2108/1/