En el verano del 97 me fui a trabajar un mes a los Estados Unidos. Quería ver mundo y convertirme en un hombre. Lo último no lo conseguí, y el mundo que vi tampoco fue para tanto, pero aprendí mucho y se puede decir que la experiencia fue, por lo menos, interesante.
Cuando subí al avión ni siquiera sabía en qué parte del país iba a terminar. Mentiría si dijera que no estaba acojonado. De acuerdo con el programa, nos iban a dar una charla orientativa en Nueva York y luego cada uno se buscaría la vida. Lo suyo era salir de casa con un trabajo bajo el brazo, pero yo siempre he sido de los que lo dejan todo para el día de antes.
Cuando reboté en Portugal coincidí con tres chicas españolas en el avión. Me contaron que ellas iban a Myrtle Beach (Carolina del Sur) y que, siendo que yo no parecía tener ni oficio ni beneficio, lo que debía hacer era incorporarme a su expedición. Me explicaron que aquello era como Benidorm pero a lo yanki, y que el trabajo estaba asegurado. Allí sí que faltaban brazos en el campo. Tres días después estábamos compartiendo un apartamento a cien metros de la costa.
Se trataba de un cuarto de unos 20 metros cuadrados con dos camas de matrimonio. En un lateral había una pequeña cocina y en la otra esquina un baño. Cada semana pagábamos 400 dólares por aquel agujero. Por lo menos estaba céntrico y se escuchaban los helicópteros cuando hacían una redada anti-drogas. Ni siquiera había ratas. Y menos mal, porque yo ya tenía bastante.
Cuando nos establecimos yo no lo sabía, pero las tres amigas me habían declarado unilateralmente la guerra en algún momento entre Portugal y Carolina del Sur. Jamás supe la razón. Las tres decidieron que su meta en la vida iba a ser hacerme la vida imposible: la alta con ojos de lechuza, la pelirroja pequeñita de voz chillona y la diva gorda con más cifras en la cintura que en el coeficiente intelectual. Cuando hicieron la distribución de la habitación, y se decretó que yo dormiría con la gorda, tenía que haber sabido que algo olía a podrido en Dinamarca. Eran como las "jinetas" del apocalipsis. La gorda era como la guerra y la peste juntas.
En Myrtle Beach, aparte de paletos y adolescentes golfas, hay una empresa que posee la ciudad. Las cuatro "jinetas" encontraron un puesto en el parque de atracciones cerca de casa. No me acuerdo exactamente de qué era lo que hacían. Apretaban botones o vendían algodón de azúcar, pero no recuerdo en qué orden. Lo que es muy probable es que a la gorda la tuvieran lo más lejos posible del algodón de azúcar.
Mientras tanto yo me hice con un cargo de técnico operador en el sector de los tío-vivos, y las últimas semanas pasé más de 14 horas diarias subiendo niños a animales de plástico. Entre semejante jornada laboral rodeado de críos y lo que me esperaba al llegar a casa, creo que nunca he desarrollado tanto odio en tan poco tiempo. Sólo los grandes éxitos de Disney sonando en los altavoces del carrusel impidieron que aquel verano terminara tirándome bajo un tigre de cartón.
Yo entraba a trabajar a las nueve de la mañana y ellas a la una, así que nuestros horarios chocaban como dos ferrocarriles en direcciones opuestas por la misma vía. Cuando a la masa del tren sumas la de una maquinista obesa salida del averno, la colisión es de las que levantan una nube en forma de hongo que se ve a kilómetros de distancia. Si encima en vez de en tren vas en patinete, entonces estás jodido. Yo iba a pie haciendo equilibrios sobre uno de los raíles.
Pasábamos las noches hablando hasta las tantas. Cuando vuelvo la vista atrás me sorprende que se tratara del mismo idioma. De alguna manera tenían algo que decir.
A las ocho sonaba el despertador y yo me despertaba para descubrir que me encontraba al borde de la cama. Dos veces amanecí en el suelo. Lo que sucedía a continuación era invariable: yo me levantaba y la gorda rodaba inconscientemente ocupando toda la cama. Hubiera deseado que hubiera sido un caballo y hubiera estado sufriendo.
Me ponía los pantaloncitos cortos color crema, la camiseta del uniforme, me enchufaba los cereales y salía por la puerta. Mis únicos momentos de paz en el hogar iban desde que llegaba a casa hasta el momento en que ellas atravesaban el dintel.
--- Tíooo, ¿cómo te va por las américas? ---me preguntaban los amigos al teléfono.
---Psché. Estoy viviendo con tres tías...
---¿Tres tías? Joder, qué suerte. Debes de estar en el paraíso.
Sí, en el paraíso después de que la gorda se hubiera comido la manzana y a un par de ángeles exterminadores que habían venido a pedirle cuentas. Por algún extraño motivo en algún sitio estaba escrito que vivir con tres mujeres era una maravilla.
Las semanas se sucedieron y la convivencia no fue a mejor. Se estableció que los gastos comunes se afrontarían a partes iguales: ellas pagarían una parte y yo la otra mitad. Yo estaba batiendo todas mis plusmarcas personales de gilipollez. Para coronar la tarta, la lechuza y la chillona tenían quien les desatascara las cañerías de manera periódica mientras que yo tenía que conformarme con mirarles el escote a las madres mientras sus retoños daban vueltas a razón de ocho revoluciones por minuto. Cuando la gorda ligó me salió mi primera cana.
Se trataba de un negro enorme que tenía que entrar de lado por las puertas. No recuerdo a qué nombre respondía, pero siempre llevaba una cocacola en la mano y una gorra en la caja que se supone contenía el cerebro. Un día coincidimos en "casa" por casualidad. En la televisión había un anuncio de esos de "enrólate en el ejército de los US, no todos somos gays". El negro me miró:
---Yo... Ejército... Pum... Pum... ---consiguió articular mientras hacía como que accionaba el disparador de una semi-automática de gran tamaño. Volvió a sober de su brebaje de cola.
La gorda me explicó que su nuevo novio era un poco celoso, así que cuando llamaba a la puerta por las mañanas yo tenía que saltar de la cama y meterme en el baño. Si aquél orangután hubiera sabido contar hasta tres, le hubiera podido explicar que no tenía otra opción, que prefería pasar las noches en la ladera del Krakatoa antes que arriesgarme a morir aplastado durante el transcurso de una pesadilla. No hubo lugar.
Y a pesar de todo yo seguía tragando. Cuando lo evoco me resulta increíble. Supongo que es como la gente atrapada en existencias de mierda, abriendo la boca día tras día y comiendo a dos carrillos. Allí estaba yo siin el valor de salir a buscarme una vida mejor y eso que cualquier otra vida de las que se me ocurrían era mejor que aquella. Cuando imaginaba al negro y a la gorda fornicando entre mis sábanas se me revolvía el estómago.
No sé si fue el Hambre o la Muerte la que, una bonita mañana de aquel verano, me dijo que se largaban a Maine. Por algún motivo su trabajo en la industria del entretenimiento no les llenaba. Además, oh sorpresa, los idiotas que les limpiaban los bajos habían resultado ser unos capullos y ya no lo podían soportar. Cuando el taxi dobló la esquina yo estaba descorchando el champán.
Al negro, en aquel momento no supe muy bien por qué, lo seguí viendo regularmente. Venía a mi habitación y esperaba a que la gorda llamara por teléfono. Yo disfrutaba de su compañía de una manera que no sabría describir. De algún modo parecía que la llama del amor había prendido entre aquellos dos extraordinarios seres de la creación. Yo no terminaba de creerlo, sobre todo porque a los tres días de desaparecer el taxi, el negro ya se había agenciado a otra guayaba de más de doscientas libras de carne. El tío tenía una extraña fijación por lo sobrenatural.
Al poco descubrí que la gorda temía haberse quedado embarazada del negro y até cabos. Cuando concebí en mi mente el fruto de semejante unión se me ocurrieron títulos para las películas de terror de los siguientes quince años. Afortunadamente la naturaleza es sabia y dios, que es justo, impidió que aquel descalabro se llevara a cabo. Probablemente los esperamatozoides del negro se perdieron en las inmensidades de la matriz y terminaron picoteando el páncreas.
Aquel verano pasó mucho más, muchísimo. Cosas buenas y cosas malas. Si pudiera repetir hubiera hecho las cosas de otra manera desde el principio, pero aprendí que no sólo la política hace extraños compañeros de cama.
Este es un pequeño homenaje a aquellas tres hijas de la gran puta que durante cinco semanas me hicieron la vida imposible. Vaya desde aquí mi más profundo agradecimiento y mis más sinceros deseos de que les salga un cardo en el sobaco.
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