El genial Woody Allen decía en su película "Desmontando a Harry" que, al contrario de lo que todo el mundo piensa, las palabras más bonitas del mundo no son "Te quiero", sino "Es benigno". En mi caso el otro día se trató de "Es sólo una contractura". Fue precioso. Imagino que es más o menos tan bonito como lo que se le puede decir a una chica en el momento apropiado: "No estás embarazada".
Me encerraron en una habitación con una señora enorme que, sin acariciarme el pelo ni susurrarme palabras al oído, ordenó que me desvistiera. Salió por la puerta y en un minuto estaba yo en calzoncillos, calcetines a media canilla. Los médicos son los únicos profesionales que tienen el derecho de hacerte esperar tres cuartos de hora y luego despojarte de toda dignidad.
En aquel cuartucho, y mientras veía un poster de un esqueleto que me confirmaba que venimos del mono y el mono de algún tipo de pez, me di cuenta de que me había dejado abierta la puerta del canario. Los calzoncillos con un botón los carga el diablo: cualquier gesto o mención hace que se te salga el churro.
Alargué la mano para intentar operar el mecanismo de cierre y en ese mismo instante entró la comadrona, encontrándome igual que cuando abro las cajas de huevos en el supermercado para ver si hay alguno roto. Me miró y salió de nuevo. Cuando repetí la maniobra volvió a entrar la buena señora, así que concluí que si tenía que enseñar el churro lo haría a lo grande. Me concentré y traté de obtener una erección. Para bien o para mal, las radiografías no sacan cuerpos blandos. Cuando terminó la sesión fotográfica, la mujer me pidió que me vistiera.
En la siguiente habitación me senté en un sillón. Me tenían que arreglar aquello como fuera. En los últimos tres días, en vez de pensar qué podía hacer yo por mi país, estaba pensando qué podría hacer la morfina por mí. Entró el doctor.
---Los pantalones ---dijo.
"Qué vicio, por dios" pensé. Me aflojé el cinturón y dejé caer los pantalones hasta los tobillos.
---Se tiene usted que quitar los zapatos, si no no vamos a ninguna parte ---comentó señalando una camilla en un rincón.
Obedecí sin rechistar. Cuando tienes la espalda jodida, lo mejor es no discutir. Es más; en los momentos de enfermedad, el médico es algo así como un ser superior al que no conviene putear.
---Túmbese en la camilla ---ordenaba ahora el galeno.
Le costó casi un minuto explicarme que ni boca arriba ni boca abajo, sino de lado.
---¿Así? ---preguntaba yo sobre el camastro, con unos calcetines negros y la camisa cayéndome sobre los calzoncillos ocultando un posible momento churro.
---Un poco más hacia mí ---me indicó con las manos.
Me arrastré hasta el borde de la camilla. El tío me puso un pie sobre la rodilla opuesta, me hizo una llave de judo en el brazo que tenía libre, se subió encima mío y, justo cuando creía que me iba a poner mirando en dirección a Frankfurt, con un movimiento brusco me hizo girar hombros y pelvis en direcciones opuestas. El chasquido fue de órdago a la grande.
---¿Lo ha oído usted? ¿Lo ha oído? ---preguntó entusiasmado.
Que si lo había oído. En el centro sismográfico de Tokio debían de estar repasando las medidas preguntándose qué coño había sido aquello. Le dije que sí, que no me había pasado desapercibido. Me volví a poner los pantalones tratando de recuperar la dignidad y salí por la puerta pensando en las palabras más bonitas del mundo.
"Es sólo una contractura"
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