---Creo que tengo algo roto. Algo por aquí dentro ---decía Ratuza mientras se palpaba la barriga. Acto seguido se echó otro sorbo de gin-tonic y esbozó una gran sonrisa.
Habíamos estado toda la semana discutiendo en qué lado de la bolsa visceral sobrevivía su hígado. Parecía ser uno de esos temas sobre el que cada persona tiene una opinión diferente.
Durante el tiempo que Gorrino ha estado de vacaciones en España, Ratuza se había convertido en mi sombra (o yo en la suya). Éramos como mis pelotas: inseparables. Entre que yo había vuelto de España con las pilas a tope y que él no conoce el desfallecimiento, llevábamos dos fines de semana seguidos cerrando la ciudad al amanecer.
La resistencia de Ratuza a la abrasión de la vida es simplemente sorprendente. Puede haberse pasado 12 horas metido en un Cayenne yendo y viniendo a Munich con un portátil al lado, que cuando cae la noche y le echa la rodaja de limón al primer gin-tonic, uno sabe que lo va a ver renacer por muy mala cara que traiga.
Entonces llega el segundo cubata, y luego el tercero. Y luego vamos al primer garito, y luego al segundo, y luego...
Entre las diez y las once del sábado, no importa a qué hora se cerrara la paraeta el día anterior, Ratuza aparece a desayunar por el Opera. Su polo blanco con rayas azules, los pantalones blancos, los zapatitos. Hecho un pincel pero con los ojos inyectados en sangre. Las niñas que despachan en el Opera deben de pensar "¿De dónde sale este tío y qué hizo ayer?". Mientras tanto, a esas horas yo agonizo en la cama.
---Tómate un Red-Bull, es lo mejor ---me dice.
Yo, la verdad, no creo que una bebida con un montón de sustancias en la concentración máxima permitida por las autoridades sanitarias sea lo mejor. El anuncio dice que da alas, pero a mí lo que me da son unas cagaleras de órdago. Eso sin mencionar las horas que después paso mirando el techo.
Ratuza no duerme. Con cuatro horas y una docena de cafés tiene para tirar millas. Yo intento ir a rebufo, pero ya no es sólo cuestión de velocidad punta.
---Estoy fundido de ayer. Esta noche no salgo.
---Venga, Pocholo, no me hagas esto, vente para casa ---decía por teléfono el sábado por la noche---. Nos tomamos unas copichuelas y ya verás cómo te animas. Como ayer.
"No, por dios, como ayer no" pensaba yo. Pero tenía razón, al final me animé con unas copichuelas. Otra vez.
Y así pasan los días.
---Ratuza, como no me coja una buena chica voy a terminar jodido.
---No me jodas, Pocholo ---replica Ratuza buscándose el hígado a ambos lados del ombligo---. Eso sí que no.
Links:
[1] http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/votar/2108/1/