En general soy de pocos gastos, pero desde luego consumo menos en ropa que un ciego en novelas. No me importa gastarme 300 euros en un monitor TFT (al fin y al cabo es por mi salú), pero me cobran 30 euros por un suéter y pongo el grito en el cielo. Si me parece caro comprar ropa por el precio que vale, ni te digo ir a comprarla en plena temporada o darme un simple paseo consumista.
Más de la mitad de la ropa que tengo data de hace más de cinco años: tengo unas botas, que todavía uso, que tienen unos diez años; los dos vaqueros que uso con más asiduidad tienen 6 y 7 años respectivamente, y el resto del vestuario no va precisamente a la zaga. Como es lógico, está todo hecho polvo: las botas han visto días mejores, los vaqueros empiezan a rajarse por las rodillas, y así todo. ¿Qué afición es esta de coleccionar harapos, os preguntaréis como se pregunta mi madre? Bien, hay dos razones: no me gusta gastar dinero en ropa y no me gusta ir a comprarla.
Normalmente me pongo algo una y otra vez hasta que al fin se rompe o degenera tanto que mi madre dice "¿Pero cómo sales así a la calle? ¿No te da vergüenza?". Yo digo que no sé de qué me habla y pongo caras raras, y al día siguiente mi madre sale a comprar vestuario para los próximos diez años. ¿Qué compra? Me da igual. Ojalá viviera en la selva y pudiera ir en taparrabos.
Al principio, cuando mi madre volvía con la ropa nueva, yo miraba las etiquetas y me escandalizaba. Aquellos precios me parecían obscenos para un trozo de tela. Al cabo de un tiempo me acabé haciendo a la idea de que aquel era el precio de la ropa, y que la gente pagaba eso y más, y además encantados. A pesar de haberme adaptado a aquella nueva realidad, la mayor de las veces me resulta obsceno gastar tanto dinero en ropa.
Y me repatea ir a comprarla. Venga a mirar trapos por aquí, por allá, que si ahora me pruebo estos tres pantalones, a ver cómo quedan con estas camisetas, y joder qué precios. Un circo. Hace unos años decidí ir por mí mismo a comprar ropa interior de manera urgente, creo que con motivo de mi inminente viaje a Nantes. Al llegar al templo del consumismo textil, descubrí con vergüenza que desconocía mi talla de gallumbos y, de rebote, la de calcetines. Ya sé que hay métodos más o menos científicos para dilucidar la talla de uno, al menos para los calcetines, pero el descubrir que ni siquiera estaba capacitado para comprar ropa interior con ciertas garantías me hizo agachar la cabeza y de nuevo delegar en mi madre. Triste pero cierto.
Hace poco tuve la oportunidad de ir de compras con una amiga, experiencia sobrenatural que no dejo de recomendar a todo aquel que lo tenga a su alcance. Las mujeres están hechas de otra pasta para estas cosas. Los hombres disfrutan practicando el fútbol, el sexo, viendo en la tele motos o coches dar vueltas, viendo el Equipo A o el coche fantástico dar caña, jugando al ordenador, programando, dibujando, tocando la guitarra o la batería, tirando piedras al agua... Las mujeres disfrutan comprando.
Lógicamente tal especialización les ha llevado a un nivel de dominio de la materia que un hombre jamás podrá alcanzar en ninguno de sus hobbies, simplemente por el hecho de que reparte su tiempo entre todas las tonterías de las que gusta. Las mujeres leen en el Elle y en el Cosmopolitan lo que se lleva y se lanzan a la caza. Su cerebro está adaptado a esta actividad, dividiéndose en el hemisferio Zara y el hemisfero Mango, con el lóbulo frontal adaptado a la localización de oportunidades y el bulbo raquítico especialmente desarrollado para la selección de complementos (bolsos, zapatos y cinturones).
Cuando un hombre entra en una tienda de ropa ya sabe lo que se va a comprar, va a adquirir cierto artículo que necesita. Tiene una idea de lo que va a gastar y pretende que el trámite sea lo más corto y sencillo posible. Se pasea entre la ropa expuesta sin rozarla, y cuando llega al punto de destino mira las prendas con respeto y apenas se atreve a tocarlas. Selecciona lo que cree que le va a venir bien y se va al probador con la esperanza de haber acertado.
Cuando una mujer entra en una tienda de ropa, tiene una vaga idea de lo que quiere, pero está abierta a cualquier cosa que aquel maravilloso mundo de sensaciones le pueda ofrecer. Si algo le queda bien, le importa bien poco lo que le pueda costar (dentro de un orden lógico, claro). Pasea con desparpajo entre la ropa expuesta, descolgándola, manoseándola, desenrrollándola y arrojándola después con desprecio para que el loro pintarrajeado que atiende la tienda la tenga que doblar y colgar luego, faltaría más, que para eso está.
Así pues, pasan cual torbellino revolviéndolo todo, cogiendo no sólo lo que se quieren comprar, sino también posibles combinaciones y otras cosas que no van a comprar pero "que quieren ver cómo les queda". Se encierran en el probador, que tiene más cola que el baño de tías de una discoteca, y se tiran allí media hora. Mientras, el novio espera fuera con las bolsas de toda la porquería que la interfecta ha comprado ya. Encontrar a dos novios cargados de bolsas que esperan y cuyas miradas se cruzan demostrando comprensión mutua no tiene precio.
Las diferencias entre hombres y mujeres son evidentes, y este gráfico [1] lo ilustra en una pieza. No nos gusta comprar ropa, qué le vamos a hacer.
Hace poco acompañé a un amigo a comprarse un traje para la clásica entrevista de trabajo. Tras pasar por tres tiendas, si algo había quedado claro era que todos los vendedores de trajes pierden más aceite que un cárter sin juntas. Es algo impresionante. Yo creía que la fuerza gay se localizaba en la marina americana y en los trabajadores del metal, pero no, puede que eso sea en los USA; aquí venden trajes. No es que tenga nada en contra de ello, de hecho lo encuentro ventajoso: cuando te pruebas el traje no sólo te aseguras de que no te tira la sisa, sino que además sabes que vas a estar rompedor porque el vendedor te lo ha dicho, y con lo que entiende, será cierto. Quince días más tarde tuve que ir yo a comprarme otro traje, y lo liquidé en 10 minutos en oportunidades del Corte Inglés. Sesenta euros y diez minutos. Ni siquiera hubo que arreglármelo. Eso sí, tengo que confesar en mi modestia que estoy que crujo. Con decir que el traje que tenía anteriormente databa de hace 10 años y aún me venía como un guante.
Y por último, la ropa en el colegio. Mi colegio no era de esos en los que los nanos van uniformados como si los niños fueran a la mili y las niñas a rodar una película porno. Y es una putada, porque parece que no pero el uniforme pone a todo el mundo a la misma altura y evita la discriminación. Recuerdo que si un día iba al colegio con vaqueros Perry, sabía que iba a estar expuesto a burlas y a chanzas varias, y que las tías buenas de mi clase se iban a reír de mí más de lo normal. Por entonces se llevaban prendas Chipie y otras mariconadas de moda, así como los Levi's que siempre han sido baza segura. Es impresionante el nivel de discriminación al que se puede llegar en el colegio sólo por lo que uno lleva puesto. Y eso en mis tiempos; ahora te tienen que dar una paliza por llevar unas zapatillas baratas.
Por otro lado, lo de los uniformes es curioso. Como he dicho, una panda de mocosos indocumentados vestidos de uniforme parece la guardia republicana de Husein. Sin embargo, las niñas se lo montan para ir en plan Lolita desde bien pequeñas. Los padres se creen que las ponen a salvo y lo que hacen es ponerlas como si fueran actrices de película porno de serie B. ¿Por qué llevan falda cuando lo más recio serían unos pantalones negros de pana? ¿Las coletas vienen con el uniforme? Y luego se quejan porque desequilibrados mentales se pasean por los colegios con una gabardina gris.
Como se puede observar, el mundo de la ropa tiene mucha tela (hoy estoy especialmente ingenioso).
Links:
[1] http://pinsa.escomposlinux.org/sromero/humor/compras.jpg