Durante las noches nos dedicábamos a vaciar botellas de ginebra. Durante el día vegetábamos en la playa.
Aquel estaba siendo otro día redondo de vacaciones en la costa malagueña. Nos habíamos levantado relativamente ya sobrios por la mañana, y durante la comida el camarero calvo se había metido una botella de Lanjarón por el culo al intentar recoger un tenedor del suelo. En aquellos momentos parecía que no se le podía pedir más a la vida.
Nos llegamos a la playa (que se dice por esos lares) y dispusimos las cinco toallas sobre la arena: Fuckowski, Timón, un amigo de ambos, un amigo mío y yo. Entonces la vimos cerca de la orilla.
Tomaba el sol acompañada de lo que parecían su madre, su hermano pequeño y una señora no identificada. Llevaba un bikini negro en el que la parte superior hubiera lucido por su ausencia si no hubiera sido porque eran en su lugar dos tremendos pechos los que lucían bajo el sol.
¿Qué edad tendría? ¿Quince, dieciséis, veinte? Lo cierto es que tengo un soberano problema en la horquilla que va desde los quince hasta los veinte años. Es por cosas así que la gente como yo va a la cárcel.
El Chano me lo había dicho el otro día:
Antes los reyes tomaban en matrimonio a niñas de apenas quince años o menos. Era cosa natural y comprensible. ¿En qué momento de la historia se torció la cosa?
Se trataba sin duda de un ángel, de una visión divina con unas tetas que desafiaban a la gravedad. A la nuestra y a la de Júpiter si hacía falta. No era simplemente que estuviera de rompe y rasga, sino que respiraba sensualidad por cada poro de su expuesta piel. Cada pequeño movimiento era poesía. Nunca antes se me habían empañado unas gafas de sol.
Y allí estábamos los cinco, sentados sobre las toallas, mirando de la única manera que se podía contemplar aquel espectáculo de la naturaleza. Con descaro, alevosía y admiración al mismo tiempo. En ocasiones Dios crea montañas, grandes praderas verdes, envía preciosas tormentas que rasgan el cielo durante horas y luego dejan tardes maravillosas. Y a veces coge el Photoshop y hace cosas como aquella. Porque Dios existe. Al menos a veces. Los curas deberían subir a ángeles así al púlpito, en top-less, y preguntar: ¿Existe Dios o no, cojones? Todos conversos en diez minutos.
En un momento dado, quizá porque la chica sentía más radiación en los pechos que la que el astro rey proporcionaba en aquellos momentos, se giró para tratar de localizar las fuentes de emisión. Mi acto reflejo fue desviar la mirada hacia un gordo sudoroso que pasaba vendiendo garrapiñadas en una carretilla. No sé si fui el único, porque estaba en segunda fila y no reparé en los demás, pero desde luego mi amigo hizo también lo propio. Una vez superado el reflejo inicial, retorné la vista al punto de origen y pude ver a Timón que, sentado y con los brazos rodeándose las piernas, sostenía la mirada impasible el ademán. No contento con su descaro, murmuró de manera que se le pudieran leer los labios:
Sí, a ti, hija mía, te estamos mirando a ti.
Qué templanza, que sangre fría, qué valor. ¿Qué clase de entrenamiento debía seguir uno para desarrollar una cara de hormigón armado como aquella? Concluí que de mayor quería ser como él. Recordaba cómo la noche anterior, entre vapores etílicos, me había parafraseado a Nietzsche:
La fórmula de la felicidad: Un sí, un no, una línea recta, una meta.
En aquellos momentos la fórmula venía a ser un sí, un no, una línea recta y un par de tetas, pero a mí me daba igual. Quizá a eso se refería Nietzsche.
La chica, ya fuera por pudor o porque ya tocaba, alargó la mano y tomó la parte superior del bikini, que no tardó en calzarse de vuelta en una maniobra vertiginosa que nos tuvo en vilo durante el tiempo que duró. Al cabo de un rato el chiquillo que la acompañaba le cedió una de esas paletas de playa con las que la gente juega a la orilla del mar, y nosotros nos zambullimos en una orgía de carnes prietas y sensuales que trotaban sobre la arena y se agachaban a recoger la pelota cada vez que había una falsa paletada al aire. Sólo faltaba el coro de ángeles celestiales acompañando con las trompetas. Al cabo de un rato la niña, el chiquillo, los ángeles y las trompetas se fueron a dar un paseo por la playa.
Timón, Pumba y su amigo decidieron ir a tomar una cerveza al chiringuito, y mi amigo y yo optamos por recostarnos en nuestras toallas y resolver de cabeza ecuaciones diferenciales en derivadas parciales. No acerté ni un cambio de variable en la hora que permanecí en posición horizontal. Luego nos volvimos a reunir los cinco. Al poco volvieron las trompetas.
El ángel del bikini negro se puso entonces a jugar con el chiquillo a nuestras espaldas a unos pocos metros de distancia. Los cinco giramos 180 grados sobre las toallas para tratar de afrontar la nueva ordenación del universo. No había ya lugar al disimulo, la discreción o cualquier otra cosa que empezara por dis.
Estaban escenificando algo así como una lucha libre playera. Se cogían por las piernas y se tiraban al suelo, y luego se intentaban sujetar el uno al otro. En los quince minutos que duró aquel delirio de la naturaleza que se desplegó ante nuestros ojos, el chiquillo se había puesto tibio. Yo quise tener de nuevo diez años y no suspirar por el barco pirata de playmobil, sino por cosas más terrenales y de perfiles más redondeados.
Entonces tuve un flash. La bella criatura, entre voltereta y voltereta, lanzaba miradas en nuestra dirección. No decía nada, pero sus ojos hablaban por ella. Estaba descubriendo El Poder. Cinco almas resacosas con barba de tres días y llenas de testosterona acariciaban su prieta figura sin orden ni concierto. Ella lo sabía. Era el poder de la belleza sensual, un poder que durante siglos había lanzado ejércitos a batallas perdidas, había tambaleado reinos y hecho dimitir a más de un ministro británico. La historia de la humanidad en un bikini negro.
La imaginé de cuclillas en la orilla, las olas bañándole los tobillos. Los primeros compases de la música de 2001 sonaban de fondo. Ella, con la paleta en la mano, jugaba a levantar montoncitos de arena. En un momento dado, con la música in crescendo, lanzaba la paleta al aire y la cámara la seguía.
Y allá iba la paleta, dando vueltas lentamente al compás de "Así habló Zaratustra" de Strauss sobre un cielo azul. Subía y subía sin cesar sobre un fondo de nubes blancas. Y en un momento dado, el cielo se oscurecía y se llenaba de estrellas, y la paleta se transformaba en una nave espacial que giraba sobre sí misma en una silenciosa danza cósmica.
Y en aquellos momentos se oía la voz en off de Timón:
Del amanecer de El Poder a la exploración interestelar. La historia de la humanidad resumida en diez segundos. No hace falta explicar más. ¿Para qué?