Podía haber sido cualquier lugar de España, pero era Torre del Mar, Málaga.
Empujé la puerta de la cafetería Centro y el estruendo de mil conversaciones a voz en cuello me golpeó la resaca. Tomamos asiento, pedimos unos churros y empecé a otear el panorama con la curiosidad del investigador incansable.
Detrás de mi amigo había una momia aferrada a un teléfono móvil. La boca y el diente que lucía fue lo único que movió durante los tres cuartos de hora que allí estuvimos, la mano prendida al teléfono, y el churro que le quedaba enfriándose sobre la mesa.
En la mesa de al lado un tío sin camiseta gritaba a su mujer y a la otra pareja algo así como "¡Pues tú nunca has visto una final de la copa de Europa!", mientras trasegaba lo que debía de ser el cubata de las once media de la mañana. La conversación se desarrollaba a, lo que a mí me parecía, un volumen insoportable.
En la mesa del otro lado un grupo de chavales, algo más jóvenes pero del mismo pelaje, estudiaban de manera concienzuda algún acontecimiento que tenía lugar a mis espaldas. Me giré y pude contemplar a un abuelo que, pitillo en boca, alimentaba pacientemente una máquina tragaperras.
Las hormigas, los leones de la sabana africana, los tiburones de los mares del sur... Los del National Geographic se podían poner las botas con aquello. Era mi primera mañana fuera de Alemania y yo estaba alucinando en colores.
En realidad esta semana la tenía que haber pasado en Suecia, rodando mi propia serie de National Geographic, pero como al final la comparsa se terminó echando atrás y Fuckowski había ofrecido techo en Málaga, cambié las suecas por francesas, holandesas y alguna española de buen ver.
¿Ha dicho que ha conocido a Fuckowski? ¿No jodas? ¿Y cómo es, cómo?
Si Fuckowski y yo nos hubiéramos encontrado por la calle, no nos hubiéramos conocido jamás porque yo habría cambiado de acera. Afortunadamente, la vida ya no es siempre un callejón oscuro y nos hemos podido conocer en otras condiciones. Y un placer, oiga. No le voy a hacer más publicidad, que poca falta le hace.
Decía Groucho que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, y detrás su esposa. Lo cierto es que hay mucha gente a la que no se puede explicar sin conocer al complemento, al actor secundario, al sidekick de turno. Mowgli tenía a Baloo, la Sirenita tenía a Sebahstián, Rasca tiene a Pica y Fuckwoski y su amigo son algo así como Timón y Pumba en la versión filosófica de un mal viaje de ácido.
Después de la primera noche de copas saqué dos cosas en claro: que estaba obligado a leer El arte de amar y que tenía que volver a ver todas las películas de Kubrick porque no me había enterado de nada. Después de la segunda noche de copas se me olvidó todo lo anterior.
Voy a leer Así habló Zaratustra. Otro día más.