Yo seguía jugando al Mini racing online [1], el típico jueguecito de coches que se ve desde arriba y que siempre me hubiera gustado programar si alguna vez hubiera tenido la paciencia de aprender tan noble arte. Estaba intentando enchufarme a un servidor para jugar online, lo que hubiera terminado con mi vida social. Afortunadamente estaba teniendo muy poco éxito.
El Chano, después de hora y media de juego y 17 partidas seguidas perdidas, hacía ya rato que había decidido que aquello había dejado de tener gracia, así que se dedicaba a lo suyo, que es leerse todos los periódicos de internet que se publican en español. En aquellos momentos repasaba alguna portada en la que venía el recuerdo de Hiroshima. Empezó a leerme con voz queda la historia de una pobre mujer que había quedado seriamente perjudicada a raíz del "incidente". Yo daba vueltas al circuito de Montecarlo intentando bajar de los 50 segundos.
"Oí la voz de mi padre. No lo veía. Tenía la cara tan hinchada que no me podía abrir los ojos. Sentí alivio y vergüenza. Estaba desnuda y me había hecho encima mis necesidades. Cuando mi novio volvió de la guerra aquel diciembre, yo apenas comenzaba a gatear y mi mano derecha era un muñón."
50.124 segundos. La siguiente vuelta era la buena.
"Mi padre le dispensó de su compromiso, pero él insistió y nos casamos al otoño siguiente. Pese al nacimiento de mi primer hijo, mi suegra siguió diciendo a mi marido que me abandonara, que se merecía una mujer completa."
---Juas, una mujer completa ---dije, abriéndome para tomar la curva por el lado bueno---, esa es buena.
El Chano levantó la cabeza del monitor y se me quedó mirando.
---¿Cómo te puedes reír de esto? ---preguntó.
---No me río de lo de la Hiroshima, claro, pero la frase me ha hecho gracia. Lo cierto es que es muy ingeniosa.
El Chano no daba crédito a mi insensibilidad. No recuerdo exactamente lo que dijo a continuación, la verdad, pero sí que recuerdo lo que contesté:
---¿Quieres ver sufrimiento? ---le dije---. Aquí en la esquina, a menos de cien metros, tienes un centro para personas discapacitadas. Ahí puedes ver a gente con la vida destrozada porque un hijo de puta se saltó un semáforo. No hace falta que te vayas a Japón ni que viajes en el tiempo.
El día anterior pasaba yo por allí en calzones cortos. Acababa de empezar mi carrerita de aquella tarde y el suelo estaba húmedo de la lluvia recién caída. Del centro para discapacitados salió una chica en silla de ruedas.
Yo no lo vi, pero se conoce que al salir del portal perdió tracción y volcó con gran estrépito. Tal fue el ruido que lo oí por encima de la música de los auriculares. Cuando me giré, el del Café Literario ya corría hacia la chica. Estaba en el suelo tirada y, lógicamente, no se podía levantar. El corazón se me encogió en un puño ante semejante visión de impotencia.
Entre los dos conseguimos levantarla y volverla a poner en la silla. Pensé que se me iba a partir la espalda durante el alzamiento. El chico le preguntó si estaba bien y ella contestó que parecía que sí, pero que sólo sabría si se había roto algo al día siguiente, cuando la cosa tomara color. Los ocho kilómetros de carrera aquella tarde dieron para pensar incluso más que de costumbre.
---¿Quieres ver sufrimiento? ---le dije al Chano---. Aquí en la esquina, al lado de tu casa, tienes un centro para personas discapacitadas. Ahí puedes a gente con la vida destrozada porque un hijo de puta se saltó un semáforo. No hace falta que te vayas a Japón ni que viajes en el tiempo.
---No es lo mismo ---me gritó.
---Sí, es lo mismo. En aquel momento había una guerra y la humanidad se saltó un semáforo. Es una cuestión de magnitud, eso es todo. Un hijoputa, la misma mierda pero más grande y para más gente.
Discutimos un poco más, pero no llegamos a nada en concreto, como siempre.
Si alguien le pregunta al Chano por mí, el Chano le dirá que soy un cabrón insensible, acaso la persona más insensible que conozca. Dirá que tengo el corazón de piedra y que soy incapaz de la mínima demostración de sentimientos. Tengo que admitir que lo parece, y que las apariencias están ciertamente contra mí, pero el Chano y el lector que haya llegado hasta aquí y, probablemente piense como él, no pueden estar más equivocados.
Tengo una capacidad empática impresionante. A mí, que soy el que la sufre, me acojona. Veo una desgracia y soy capaz de sentirla en mis carnes como muy poca gente puede. Quizá sea un don, pero a mí me parece una putada. Si te haces un corte en un dedo, me dolerá más a mí que a ti. Si te falta un brazo, la versión de tu vida que imaginaré será tan trágica que me tendrá dos días sin dormir. Y la verdad es que es algo increíblemente insoportable, algo que a temporadas incluso me ha consumido la salud. Es algo tan tremendo que hace tiempo que tuve que decir basta, o por lo menos intentarlo.
Yo no tengo que leer un artículo en el periódico para pensar que la raza humana esté perdida y se me encojan las tripas, no necesito un brasileño con siete tiros en la cabeza o un reportaje de Hiroshima para pararme a pensar y ponerme a temblar. Yo no veo una desgracia y digo "qué sensible soy, cómo me conmuevo con estas historias, cómo me cosquillea el ombligo, soy la hostia, me merezco una banda y diploma de humanidad. Voy a mirar a quién ha fichado el Madrid". Ni mucho menos. Ojalá.
Yo veo todos los días, durante las 24 horas, historias de periódico, y las veo en la calle, en la puerta del supermercado, enfrente del Café Literario... en cualquier puñetera parte. Si no las veo me las monto, y si son malas me las imagino peores o, como poco, tan malas como realmente son, y las sufro en mis carnes. No veo la mierda de la vida saliendo un rato a escena cuando leo el periódico; la veo cada 15 minutos, la siento cogiéndome las tripas y retorciéndomelas, y la verdad es que estoy harto.
Por eso hace tiempo que el espectador casual y no tan casual me puede ver como un ser insensible, porque lo único que hago es dejar pasar la historia del periódico, mirarla con corazón de piedra y hacer un chiste. Eso si hay suerte. Si alguien se despierta en mitad de la noche y no puede respirar por un asma repentino, ese alguien se amarga para una semana o dos. Yo no, yo vengo a esta página y hago una gracia. Por eso llevo casi tres años haciendo gracias, porque si no habría días en los que no me levantaría. Literalmente.
Hace ya unos cuantos años tuve un gripazo de órdago en navidad, y mientras la familia se reunía por ahí yo me quedé en casa la mar de a gusto en el sofá viendo El Rey León. En la escena en la que Simba habla con su difunto padre en un cielo estrellado, a mí casi me da un síncope. Lo quise atribuir a la fiebre, pero la verdad es que supe que lo mío era la sensibilidad desde el día en que palmó la madre de Bambi.
Creo que muchos de los que venís por aquí estáis igual que yo. Estáis hartos de ver mierda todos los días y por lo menos os gustaría verla en prosa, a ver si así tiene gracia. Lo siento, otro día la pintamos de rosa, pero hoy tocaba hacer limpieza.
¿Insensible? Qué cojones sabrás tú.
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