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Opinando con dos cojones
By GonzoTBA
Creado 02/08/2005 - 20:29

Una de las cosas más grandes que internet ha traído al ciudadano de a pie, al margen de una cantidad ingente de material para pajas (como acabamos de comentar), ha sido la posibilidad de leer cosas nuevas y frescas. Antes un escritor era un tío con barba que pasaba las noches tras el teclado de una vieja máquina de escribir a la sombra de un pitillo. Ahora un escritor es un tío como tú que se mata a pajas. Lo maravilloso de internet es que cada uno puede autopublicarse.

Ésto, que es tan prodigioso, también es una putada, porque hoy en día cualquiera escribe cualquier cosa. En un documental vi a una persona mayor que decía que antes la tele era un lugar interesante porque sólo salía gente importante y con cosas que contar: un premio nobel, un catedrático de algo, un astronauta... alguien de quien se podía aprender algo interesante. Ahora la tele es un nido de mierda en el que los padres rezan para que sus vástagos no aprendan nada.

Afortunadamente siempre queda el buen criterio personal, cuando se posee. Si se dispone de él, uno puede encontrar lecturas frescas y sabrosísimas, de esas que le hacen reconciliarse con la raza humana. Relatos sentidos de gente que tiene mucho que contar y muy bien, y que si no fuera por internet se habrían perdido en remolinos de filosofía personal.

Andando por las sexperiencias de Milena (segunda vez que sale aquí, pero juro que está justificado) tropecé con un comentario de un tal "Gordo de mierda". Como quiera que el comentario era ingenioso y el nombre del propietario tenía sin duda un gancho de primera, di un par de vueltas y llegué a mi destino: Gordo de Mierda Contraataca [1]. El sitio es austero, pero la verdad es que no hace falta mucho más cuando se tiene algo bueno que contar.

Gordo de Mierda es la versión humana de Garfield. A juzgar por lo que cuenta está tan auténticamente gordo que se queda atorado en las sillas con brazos. Fuma, odia el mundo tanto como el mundo le odia a él y seguramente odia los lunes también.

Por casualidad tenía en portada unas reflexiones sobre el chico brasileño que había corrido por un andén de metro en Londres y había terminado con siete tiros en la cabeza. Empezaba con una ilustrativa historia de la puta mili y terminaba condensando sus reflexiones en una única frase:

Así que si queréis mi nada políticamente correcta opinión, el brasileño éste ha muerto por imbécil.

Si bien Gordo de Mierda expone sus razones a favor de los siete tiros, yo voy a exponer mis razones para no estar en contra de ellos. Las reflexiones sobre si existe el matiz, y si tiene importancia, las dejo al lector.

El lunes comentaba que una de las reglas fundamentales de la vida es que no hay dos personas iguales. Al carnicero le pueden gustar las tetas grandes y al tío del kiosko las tetas pequeñas. Como te descuides, a la peluquera le pueden gustar también las tetas grandes, así que:

no hay dos personas iguales, prepárate para lo inesperado, y pa qué las prisas.

Cuanto antes comprenda uno que no existen dos seres humanos idénticos, antes estará en disposición de entender un poquito más de qué va todo esto de la vida.

Otra de las reglas fundamentales es que Nunca es posible saberlo todo. El periódico te puede contar que las tetas eran grandes y puede resultar que se trataba de una vaca o que ni siquiera eran tetas. Nunca, repito, nunca, sabrás lo que ha sucedido. Puede tratarse de una guerra, de un accidente de circulación, de un atentado, de un follón en el trabajo que te ha contado un colega, del tamaño de las tetas que te describe el carnicero, la pasta que ha trincado el ministro de turno, la bomba que ha caído en el kiosko de las tetas pequeñas... Da igual. La única posibilidad de haber tenido la oportunidad de tener información veraz hubiera sido haber estado allí, y normalmente uno tiene la suerte de no estar en los lugares donde suceden cosas.

Lógicamente, sin información de primera mano, dar una opinión resulta irresponsable y alegre. A la gente no parece importarle. De hecho todo el mundo tiene siempre una opinión para algo y no existe nada más repartido en este planeta que la razón; todo el mundo la tiene.

Es normal que todo el mundo tenga una opinión sobre todo. Al fin y al cabo uno tiene que saber bajo qué árbol se tiene que poner para que no le cague una paloma, y las opiniones le permiten a uno saber dónde está en relación con lo que sucede. El problema es cuando las opiniones se reparten tan alegremente. Oiga, no pasa nada por no tener una opinión, se lo juro.

La segunda y última regla es que no siempre es fácil tomar una decisión. A veces el penalty está claro después de haberlo visto repetido diez veces (o no) pero el árbitro tiene que tomar la decisión a la primera y lo tiene que hacer bien. A veces la decisión tiene consecuencias más desagradables que llevarse un pito a la boca, y uno tiene que decidir en un segundo si le descerraja a alguien siete tiros en la cocorota. Aunque parezca imposible, en esta vida hay cosas más terribles que un penalty mal pitado.

En este caso se trató probablemente de una decisión proveniente del instinto de supervivencia. El chaval brasileño corrió para salvar su vida (o vete a saber para qué coño corrió, que nunca lo sabrás), y el primero en disparar lo hizo para salvar la suya y la de unos cuantos más que dependían de él. Es lo que pasa con los instintos (sobre todo los de superviviencia), que dejan poco margen para la reflexión. Uno no decide sino que hace. Sin darse cuenta. Pim pam pum y luego a hacer números.

Claro que es una desgracia enorme que el chico brasileño muriera, no creo que nadie lo discuta, pero si días después de un atentado que se ha llevado por delante a varias decenas de personas por delante, te pones a correr por un andén atestado cuando te dicen que te pares, te puede suceder cualquier cosa. Le sucedió a un chico brasileño como le podía haber pasado a la reina de Inglaterra. Y sí, se puede morir por mala suerte, sucede todos los días. A veces sólo hay que estar en el momento equivocado en el lugar equivocado. A veces ni siquiera hay que hacer nada especial.

Imagina que eres un policía estadounidense haciendo una patrulla y paras un coche con mala pinta. Bajas de tu vehículo y te aproximas lentamente con una mano en la pistola y la otra agarrándote los cataplines. Has visto en la tele decenas de veces situaciones como esa: el conductor del coche detenido saca un arma y fríe al policía a tiros. Tú te estás cagando encima. Le dices al piloto que sí, que buenas tardes pero que mantenga las manos sobre el volante.

En ese momento él sabe que si hace cualquier movimiento extraño se arriesga a un tiro en las muelas, y tú sabes que si él hace cualquier movimiento extraño es su vida o la tuya. Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Sí, todos sabemos que los policías son unos cabronazos opresores y unos fachas, pero resulta que hay algunos que se juegan la vida para que a ti no te explote una bomba la próxima vez que cojas el metro. Y cuando uno se juega la vida hay poco margen para el error, y si encima la cagas y le descerrajas siete tiros en el cráneo a un pobre desgraciado, vas a tener que vivir con ello el resto de tu vida. Una decisión muy puta que al policía ni siquiera le va a dar tiempo a pensar.

Y mientras tanto tú y yo estaremos en cualquier otra parte, porque nunca estamos donde pasan las cosas, y la decisión más trascendente del día será si queremos la tortilla de uno o dos huevos. Y luego, mientras nos comemos la cena y vemos las noticias en la tele, tendremos los cojones de opinar y juzgar lo que hizo o dejo de hacer Fulano, policía hijo de puta de profesión.

Sí señor, con dos santos cojones.


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[1] http://www.livejournal.com/users/gordo_de_mierda/