Desde el toque filosófico del otro día estoy que no soy el mismo. Salgo a la calle, piso una mierda y resulta que no he pisado una mierda, sino que la vida me ha dado una lección.
Example.
El lunes fui al trabajo en bici. Ya sé que tengo la moto aquí, pero me cuesta menos en bicicleta y encima hago ejercicio y me da el sol. El paseo fue agradable y nada hacía presagiar que por la tarde iba a caer la tormenta del fin del mundo.
El día fue bastante largo, como suelen serlo los lunes, y cuando salí por la puerta de PerryAG lo único que deseaba era darme un paseo en bici a casa y cenar algo tranquilamente mientras veía otro capítulo de Los Soprano. Cuando tomé la bici por el manillar y vi que la rueda trasera estaba pinchada, tuve un reality check de esos.
"¿Por qué a mí, señor?". Fácil, porque llevaba ya meses librándome. Es la cuarta o quinta rueda que se le pincha a un conocido en lo que va de temporada. Parece que las ruedas siempre se les pinchen sólo a los demás. Siempre el mismo patrón: todo parece funcionar perfectamente hasta que uno sale del trabajo y se encuentra con la rueda en el suelo. Hum, sospechoso.
Por supuesto, cuando resolví que no había nada que hacer y que lo suyo sería coger el autobús, llegué un minuto tarde a la parada. Cuando pensé que, maldita mi estampa, tendría que esperar diez minutos, me di cuenta de que en realidad eran ya las seis y los autobuses sólo pasaban cada veinte minutos. Mis reflexiones durante la aburrida espera fueron dos:
Y de la segunda no me acuerdo. El caso es que me pareció una gran lección de la vida, aunque en plan maqueta, eso sí. A escala.
La moraleja de la historia es que nadie te va a asegurar que cuando salgas del trabajo te puedas ir en bici a casa. Puede parecer lo más natural del mundo, e incluso se te puede antojar que tengas el derecho a ello, pero si sales del curro y tienes una rueda pinchada lo mejor es que tengas un plan B y que no te importe ponerlo en práctica. El mundo dibuja sus planes y tú haces lo que puedes. Hoy la rueda de la bici, mañana una cosa seria de verdad. Si tienes suerte podrás coger el autobús, pero será mejor que estés preparado para echar a andar, porque nunca se sabe. Ahora la rueda hace un ruido extraño cada vez que da una vuelta, pero esa parte todavía no sé cómo encajarla en la metáfora.
Ayer Sábado tuve otro reality check del carajo. Fuimos al centro comercial a pasar la mañana como los niños estadounidenses, y a echar un vistazo a las últimas novedades de la tienda guarra (luego hablo de ella). Antes de irnos, pasamos por una peluquería y decidí que era un buen momento para un corte de pelo.
Mi cuero cabelludo hace pico en la parte delantera ---lo que se conoce como "pico de viuda" o al menos así lo llama mi madre---, así que cuando me recortan el flequillo al ras se me quedan las entradas al descubierto y ríete tú del Golfo de Vizcaya. Este accidente geográfico no me preocupa porque lleva ahí desde que lo descubrí hace ya unos diez años.
Le expliqué a la oronda bávara las peculiaridades de mi pelo y le pedí que tuviera cuidado al recortar el flequillo. Ahá ---dijo, y siguió explorando el panorama. Entonces me preguntó si también lo quería un poco más largo por la parte de la azotea, que era igualmente una "zona peligrosa" ("gefährliche Stelle" dijo la hija de puta, que no se me olvidan las palabras) y me alzó un enorme espejo retrovisor a la altura de la coronilla mientras removía pelos como quien no quiere la cosa.
Fue sólo un momento, un instante, un fogonazo. Me pareció ver un claro, un inicio de deforestación amazónico. Como si todos los piojos de mi cabeza de hubieran puesto de acuerdo para iniciar un puerto olímpico. La señora bajó el espejo con la misma facilidad que lo había alzado y procedió a comenzar los preparativos para la poda. Allí nos quedamos mi reality check y yo, solos, teniendo una conversación.
Durante los 20 minutos que duró la operación tuve que replantearme mi vida varias veces. "La gente se queda calva y sigue viviendo", "No pasa nada, sigues siendo tú" (vaya putada), "Si en el fondo no somos nada", "No te hagas ahora el loco, que ya sabías que esto iba a pasar"... No sabía por dónde empezar para afrontar los cambios que se me venían encima. Recordé a mi hermana un par de años antes:
---Juas, te ha salido una cana.
---Yo no tengo canas...
---Pues aquí tienes un pelo que lleva un chaleco reflectante.
---Déjalo ya...
---No te enfades ---me decía---, es buena señal.
---¿Ah sí, cómo es eso? ¿Tengo 27 años y canas y es buena señal? ¿Con qué me vas a salir ahora?
---Si te salen canas es que no te vas a quedar calvo.
Podía recordar a mi hermana en el cuarto de baño perfectamente, jugando con mis complejos a sus anchas. "Sí, quizá sea una buena señal" recuerdo haber pensado, "Si me salen canas siempre me las puedo colorear ---recordaba los anuncios de Just for Men---, pero si se me cae el pelo no me voy a pintar la calva". Resolví que en el fondo mi hermana tenía razón y que aquello era sin duda una cosa buena. En el fondo es facilísimo engañarme.
Ahora, dos años después y sentado en una butaca de peluquería a dos mil kilómetros de casa, me acordaba de mi hermana y de sus falsas teorías sobre la alopecia. Un corte de pelo estaba dando para mucho.
Me acordé también de todas las veces en que había pensado antes que me quedaba calvo. Debía correr el segundo otoño de carrera. El estrés y el existencialismo se respiraban en el ambiente. Yo llevaba el pelo largo y las duchas eran un escándalo. Con el pelo que perdía cada día se podía rellenar una almohada. Tal era mi desazón que terminé convenciendo a mi madre para que me llevara al dermatólogo.
A mí siempre me ha llevado mi madre a todos los sitios, al menos hasta los 25 ó 26 años, y aquella vez me llevó al dermatólogo de la mano.
El dermatólogo debía de saber de aquello cosa fina porque, a pesar de ser calvo como una pelota, lucía un tupido pelaje en el resto del cuerpo, labio superior incluido. Le expliqué mis inquietudes, me sentó en una silla, me rodeó, se puso a mis espaldas, y antes de que pudiera darme cuenta me prendió la melena y el hijoputa tiró con todas sus fuerzas.
Un tremendo chasquido se elevó sobre un alarido ahogado. Con los ojos acuosos y todavía preguntándome a qué se debía todo aquello, me mostró el botín de su acto: un puño cerrado con unos pocos pelos que se escapaban entre un montón de dedos.
---Si te fueras a quedar calvo me habría quedado con un mechón entero ---me dijo.
Jamás comprendí el trasfondo técnico de tal demostración de profesionalidad, pero el caso es que el cabrón aquel tenía razón y a día de hoy sigo teniendo la misma cantidad de pelo que entonces.
Poco después de mi visita al dermatólogo pude constatar que el 50% de los estudiantes de mi escuela habían pasado ya por la consulta del técnico para pedir una predicción. La triste verdad es que en la vida sólo se crece o se envejece, y lo cierto es que sólo se crece hasta los 18 años.
La señora cortaba ahora con tiento por la zona de la coronilla. "Hay calvos que follan" me decía a mí mismo. El sonido de secadores rugiendo y de tijeras haciendo de las suyas terminaron por diluir mis pensamientos.
Terminé y pagué. Ratuza y Alberto pasaron a recogerme. Ahora que mi madre no me puede llevar a los sitios procuro buscarme sustitutos. Les conté lo sucedido.
---Bah, no pasa nada, enseguida te haces a la situación ---dijo Alberto, que está tan pelado que tiene un documento por el que la Guardia Civil le permite bajar del coche sin chaleco reflectante. ---Bueno, en realidad todavía lo estoy superando, pero ya me dirás.
El caso es que, tras examinar detenidamente la situación, concluimos que no había desertización coronillar, y que el circulillo ese que tengo en la cumbre viene tan de largo como las entradas y que no debería preocuparme. En cualquier caso, a partir de ahora voy a disfrutar de cada segundo que pase con mi pelo.
Alberto y yo descubrimos la tienda guarra [1] en una mañana de exploración. La tienda guarra es un templo del consumismo electrónico cutre, un homenaje a los disparates a pilas y a las ideas de bombero. No es una tienda convencional en el sentido de que uno no necesita algo y va a la tienda guarra; uno va a la tienda guarra y entonces descubre lo que necesita. Es el lugar donde comprar todas aquellas que no sabías que existían pero que ahora anhelas en cuerpo y alma. Un surtido de estupideces que funcionan con batería y satisfacen las curiosidades más absurdas, y todo a precios obscenamente bajos.
Algunas de las cosas que se pueden encontrar normalmente:
Entre todas las porquerías que exponen de continuo (ahora hablamos de las 14-Tage-Trends) hay dos que brillan con luz propia:
En la tienda guarra se compró Alberto su luz giratoria azul para poner encima del coche y buscarse un problema serio con la Polizei. Ese mismo día tuvo que resistir los impulsos irrefrenables que le conminaban a adquirir una pistola que lanzaba aros de humo.
Todo esto y lo que me dejo, que no es poco, forma parte de la exposición permanente de la tienda guarra, pero lo que es el despolle total es la parte itinerante, los 14-Tage-Trends (pdf) [2]. Cada dos semanas tienen una nueva serie de disparates inútiles a precios absurdos que venden hasta fin de existencias. La estrella de esta semana era el helicóptero teledirigido por 80 euros. Dudé un instante y al día siguiente ya había desaparecido la última unidad. Lo podía haber sacado por la ventana del cuarto piso y haberlo bajado a la panadería a por croissants de chocolate. Ahora ya es demasiado tarde y sólo me queda el resto de mi vida para arrepentirme. Echemos un vistazo a las Trends de esta quincena:
Farruquito, que a sus treinta años sigue anclado en la adolescencia y no tiene una idea buena, descubrió la tienda guarra hace un par de semanas. Estamos acojonados por lo que se le puede ocurrir cuando se aburra de la metralleta de agua que compró hace unos días.
Mis amigos de España están ahora comprando pisos, "invirtiendo en ladrillos" suele decir mi madre. Mientras tanto yo sigo ahorrando para comprar una bici de verdad cuando la actual palme. No sé si hago bien o no, pero desde luego lo de comprar ladrillos se me antoja un deporte de riesgo.
Como para todas las cosas, para esto todo el mundo también tiene una opinión. La más común es esta:
"Puede que dejen de encarecerse a este ritmo, pero lo que es seguro es que un piso nunca valdrá menos de lo que te ha costado"
Como me enseñaban en Economía y he podido constatar con el tiempo, el valor de las cosas es algo muy subjetivo. Es posible que yo tenga una imaginación extremadamente fecunda, pero puedo imaginar perfectamente que un piso que se compra por 50 millones de las antiguas pesetas termine valiendo 30 al cabo de cinco años. Lo de que "todo lo que sube, baja" vale para cualquier cosa, y cuando se dice que "todo puede ir a peor" también se puede aplicar al momento en que ya te has comprado el piso.
Mi modesta opinión es que los pisos bajarán de precio en los próximos diez años. Lo escribo aquí para que luego, si termina sucediendo, pueda decir "¡Ja! ¡Lo dije!". Los pisos seguirán subiendo mientras la gente los pueda pagar, y el momento en que la gente deje de poder pagarlos está próximo a llegar. La economía española no está tan bien como nos la venden. La alemana está mal y aquí se vive a toda leche, como jamás lo había visto en España.
"¿Bajar? ¿Los precios de los pisos? ¿Estás loco?" suelen ser tres preguntas que más de uno me suele hacer. No se trata de que yo lo diga, sino que se trata de algo que ya ha sucedido antes. En países que eran España hace 20 años, los pisos valen menos que hace una década. Dejo a los contertulios decir qué países son, que ya estoy hasta las narices de escribir hoy.
Eins, Zwei, Eins, Zwei...
PD: Es mentira que uno se quede calvo de hacerse pajas. Se dice que te puedes quedar ciego, pero nada grave. En todo caso te salen pelos en las manos, lo que a la larga puede venir de vicio para un transplante.
Links:
[1] http://go-ebox.de/
[2] http://go-ebox.de/trendshop/trendshop.pdf