Sin darme cuenta la he jorobado: antes podía ponerme el domingo por la noche a picar unas cuantas líneas y el universo podía seguir su curso. Ahora no, ahora tengo que poner un huevo de colores para quedar bien. En mi caso, lo interesante de la columna viene de las cosas graciosas que me hayan sucedido durante la semana, y ésta en concreto ha sido una agonía. Lo más cachondo que me ha pasado ha sido quedarme encerrado en el Centro de Desarrollo, y la verdad es que no tuvo ni puta gracia.
El martes entré en PerryAG a las ocho y media de la mañana y salí a las ocho y media de la noche. Habíamos pasado el día entero preparando el marrón-meeting de calidad. Creo que en estos cuatro meses sólo he hecho una jornada así. Cuando pienso que hay gente para la que algo así es el pan nuestro de cada día, y que tienen que dormir con el móvil de la empresa en la mesilla de noche por si en algún lugar se cae un tornillo de madrugada, me pregunto a qué estamos jugando. Cuando me cuentan que están cobrando lo mismo que yo, dejo paso a la sorpresa. Cuando encima se pavonean de que su móvil de empresa graba vídeos, la sorpresa deja paso a la desazón. Creo que no lo has entendido; no es que la empresa no pueda vivir sin ti, es que eres tan cretino que si un obrero se duerme sobre una seta de emergencia a las tres de la mañana, tú vas a ser el pringao que tenga que ir a poner en marcha el tinglado. Siéntate aquí y lo verás más claro.
El caso es que a partir de las 20 horas, los consultores ---vamos, los externos--- no podemos salir de PerryAG. Sólo me había pasado una vez, pero había sido en uno de los tornos de salida del perímetro exterior. En ese caso sostienes el carné frente a la cámara y dices "Aaaay, paaayo, que no puedo salir..." con cara de pena (si sales después de las ocho de la tarde la cara de pena se te presupone). Una mano invisible en algún lugar fantástico pulsa un botón, el torno gira y tú enfilas rumbo a casa. Pero esta vez ni siquiera podía salir del edificio.
El Entwicklungszentrum es una mole acristalada de ocho pisos de disposición simétrica en la que es fácil perderse durante los tres primeros meses. Las pérdidas posteriores ya son cagadas esporádicas. Por lo menos está diseñado de manera que, aunque no sepas dónde estás, si echas a andar siempre llegarás a tu puesto de trabajo, kilómetro más kilómetro menos. En semejante mole se juntan 2.000 almas cada día, y ahora que llega el veranito huele divinamente, sobre todo donde los de software y los Morlocks.
En un día normal a las seis de la tarde ya no queda ni el apuntador, así que a las ocho y media sólo se oyen cadenas de almas en pena. Me dirigí a la salida principal y pasé la tarjeta magnética sobre el lector. Clásico sonidito de siga jugando y led en rojo. No hay problemas, soy un hombre de recursos. Pasé por debajo de la barrerita y enfilé hacia las puertas giratorias. A los pocos pasos vi que estaban cerradas a cal y canto, algo que jamás había visto. No pasa nada, soy un hombre de recursos.
Fui a la parte trasera, al lugar en que se reúne la mafia española hacia el medio día para dirigirse a la Kantina. Cuando empujé la puerta de cristal y vi que no cedía, debo reconocer que me empecé a acojonar. Soy un hombre de recursos, pero pocos, y se me habían acabado todos. Bueno, no. Como en toda situación de emergencia en el trabajo, llamé a Gorrino.
Dicen que lo importante no es saberlo todo, sino tener el número de teléfono del que lo sabe, y bien cierto que es. Gorrino había salido hacía unos minutos y respondió con prontitud:
---Espera, voy a por ti... ---dijo sin mucho entusiasmo. El pobre estaba más quemado que yo después de doce horas buscando spec freeze en las profundidades de su buzón.
Antes de que la partida de rescate llegara, vino uno que pasaba por allí y abrió la puerta, así que aproveché para salir. A lo lejos vi a Gorrino y corrí hacia él.
---Me he hecho caquita ---le confesé. Y nos fuimos a casa.
Hace tiempo que intento pararme a ver siempre el lado positivo de las cosas. Normalmente los problemas de los demás suelen tener muchos más lados positivos que los míos, pero aun así hago el esfuerzo. Hubiera estado bien pasar la noche en PerryAG; hubiera podido adelantar faena e incluso envíar un email a la tropa a las cuatro de la mañana y ser la sensación durante la comida del día siguiente. "A ver si madrugamos más, gaznápiros" les habría dicho.
Por cierto, lo de calidad terminó bien. Gorrino estuvo brillante y todo se saldó sin pegas. Al final nunca pasa nada.
Uno de los proyectos en los que estoy ha llegado a la fase crítica de puesta en marcha. Generalmente los proyectos funcionan bien hasta que se entregan. Éste no ha sido una excepción. El resultado ha sido el previsto: un desastre de dimensiones cósmicas.
Se trata de un cambio de marchas de doble embrague más inteligente que la finalista de un concurso de misses. Yo (nosotros ustedes ellos) hacemos el interfaz para adaptarlo al software habitual. El lunes llegaron los de Cambios Perry a ver cómo lucía su creación por primera vez montada en un coche. Algún lumbrera decidió que yo era la persona más adecuada para estar con ellos durante su estancia en PerryAG, cuando mi carné ni siquiera nos daba acceso al taller en el que se guardaba el vehículo. La imagen era patética; cada vez que íbamos a la cafetería o a comer, a la vuelta teníamos que apostarnos a la puerta del garaje y esperar a que alguien saliera o entrara para poder colarnos. Si quería salir a mear le tenía que pedir a uno de los dos tipos que me sujetara la puerta para poder volver a entrar después.
---¿Te acompaño y te la sacudo?
---No gracias, ya me apaño...
Y qué decir de mi apoyo técnico, de mi amplia experiencia para resolver embrollos de calado automovilístico. Cuando a punto de acabar la tarde decidieron que los tests preliminares habían terminado, y que iban a intentar controlar el motor desde la caja de cambios, hubiera deseado un holocausto nuclear.
Una hora más tarde estaba en una conferencia telefónica con 8 personas más en la misma habitación y sólo dios sabe cuántas más en otras tantas habitaciones como aquellas distribuidas por Europa. Llegó el momento de dar mi veredicto:
---Estooo... el caso es que no va.
---¿Cómo que no va? ¿Qué pasa? ---ojos como platos, miradas expectantes, silencio espectral.
---Nu sé... ---me encojo de hombros.
A mí qué cojones me cuentan. No sabría qué le pasa ni aunque la centralita estuviera en orden, así que dadas las circunstancias que no me pregunten por qué se para si ponemos el aire acondicionado. La trócola, oiga. ¿Yo qué sé? Seamos realistas.
Desde ese día, el asunto ha sido una cagada detrás de otra. Eso sí, ahora me resbala todo. He pasado de temer que se me fuera a parar el corazón en cualquier momento, a ser capaz de dormirme en el asiento de atrás del coche mientras intentaban en vano acceder a los datos del CAN. Hielo puro, oiga. ¿No funciona?, yo no sé nada, vuelva mañana. Seguimos para bingo.
A lo de las conferencias telefónicas es algo a lo que no me termino de acostumbrar. Uno entra en una habitación con una mesa y un teléfono sobre ella. La norma es llamar unos 15 minutos después de la hora acordada. Entonces suena algo así como "Fulaneison jas yoind di converseison", te ponen música y cinco minutos después una voz pregunta si ya estamos todos.
Primero viene la ronda de presentaciones. Uno a uno vamos diciendo nuestros nombres, y en las otras habitaciones virtuales igual. Transcurridos unos diez minutos, todos olvidamos nuestros nombres y la conferencia puede comenzar. El idioma es siempre el inglés, claro.
Se supone que, modestia aparte, me manejo bastante bien en inglés. Pues bien, la triste verdad es que no me entero de nada, para qué nos vamos a engañar. Entre que sólo hablan de trabajo y que el sonido es una mierda, no pillo una. Y es desesperante. Lo que no deja de sorprenderme es que, en un pedazo de multinacional como en la que estamos, tengamos que hablar a través de un teléfono que se oye como mi culo en un día de tormenta. Hace ya casi 200 años que Alberto Meucci inventó el teléfono ---y que Graham Bell se forró a su costa--- y en PerryAG seguimos empleando la misma tecnología poco más o menos. Aquí nadie sabe lo que es una línea digital.
---No te preocupes, que en las conferencias nadie entiende nada ---me decía Gorrino. Últimamente está de un nihilista que no hay quien lo aguante.
Pero yo lo paso fatal. Sobre todo cuando se giran y se me quedan mirando. Y yo me pregunto "¿Qué coño habrán dicho?". En las 4 ó 5 conferencias que llevamos ya, hemos tenido otros tantos momentos parece-que-eso era-para-mí. Sin embargo, siempre sin excepción he permanecido callado y al final la situación se ha resuelto sola. Si estuviéramos en la tira de Dilbert yo sería el Wally de las conferencias.
Recuerdo mi primera vez; duró unos 45 minutos. En mi vida había prestado jamás una atención tan intensa a una misma cosa durante tanto tiempo. En el minuto 42 me puse a pensar en lo que escribiría para la columna de esa semana. Justo en ese momento, alguien en algún lugar de Inglaterra preguntó algo para mí. Tengo una mano para estas cosas...
Para tratar de mejorar mi inglés de chatarrería estoy bajando unos audio books de internet. La mayoría son de auto-ayuda, con lo cual miel sobre hojuelas. Seguiré pifiando, pero mi autoestima será tan grande que podré insultar a la gente y acusarles de mis propios errores. De momento ya sé leer a una persona como si fuera un libro. Ahora estoy bajando unos audio-libros de Programación Neuro-Lingüística que no puedo esperar a escuchar. Eso sin olvidar la auto-hipnosis. Lo que yo diga, en un mes gilipollas perdido.
Alberto sigue buscando piso. Le queda una semana para terminar el mes y verse deshauciado. Durante el café nos contaba su última estrategia en las entrevistas para alquilar piso.
---Nada más entrar, les pregunto si tienen algún inconveniente en alquilar a un inmigrante ---explicaba.
---No jodas. ¿Cómo se dice inmigrante en alemán? ---típica nota cultural.
---Einwänder ---aclara Alberto sin perder la paciencia---. Así les entras ya por la tangente. "No, por el amor de dios, ningún problema" te dicen, "Le llamaremos durante la semana". Pero nunca llaman, claro.
Al Ratuza se lo han vuelto a crujir en el práctico del carné de moto. Otra vez la rampita esa. Lo más curioso es que se le ve entero.
---En 15 días me presento otra vez ---dice. El tío es incombustible. Dice que al final le va a salir la torta un pan, pero que su madre y el de la autoescuela están encantados.
El concursito de marras va viento en popa. Quedan muchos meses, pero confío en vuestro ritmo, templanza y premura matutina. La verdad es que debo reconocer que tengo unos lectores la mar de interesantes. Unos me escriben comentarios de los que ya podrían aprender supuestos bloggers de la blogoesfera esa, otro me monta un centro de control de seguimiento gráfico intensivo del concurso. Uno me va a publicar un libro sobre las mujeres y quien las entienda que las compre, el otro me viene de ganar un premio literario. Digo que me gustan los simuladores de vuelo y me ofrecen un paseo en avioneta. Tengo que hacer un viaje y me ofrecen un par de lugares para hacer noche. El ordenador se va a tomar cañas y hay media docena de personas haciéndome un hueco en sus servidores.
Si de algo tengo que estar orgulloso, es de haber podido congregar a tanta buena gente alrededor de un lunes por la mañana.
Bueno, ya vale de mariconadas, que al final he terminado cumpliendo. Ahora os toca a vosotros: Eins, Zwei, Eins, Zwei...