El lunes hice 700 kilómetros sentado junto a la Rascafigas, jugándome la vida entre el tráfico, para que me explicara cómo funciona un programa de calidad un alemán tartamudo. La vida misma es la Gran Ironía.
La Rascafigas me cae bien por alguna extraña razón, pero si tuviera que describirla diría que es un animal salido del Averno. ¿Qué cómo he llegado a esa conclusión?
Yo iba en el asiento del copiloto del CLK. Creo que era un Mercedes CLK, pero no estoy seguro. A mí esto de los coches como que no. Al menos ponía Kompressor en la parte de atrás. Yo nunca había ido a 240 kilómetros por hora. Los camiones quedaban atrás antes de poder averiguar qué transportaban.
Y allí estaba ella; una mano en el volante y la otra en la figa.
Siempre he querido que la muerte me llegara mientras dormía, así que intentaba quedarme clapado apoyándome en lo poco que había dormido. La Rascafigas se giraba intermientemente para hablar con la secretaria de MiniPerryGmbH, y entre las dos ponían al jefe caer de un burro. La Rascafigas pateaba el dialecto de las cercanías de Frankfurt mientras la señora Hígado redoblaba las erres del bávaro más indómito. "Cómo me gustaría estar en Alemania" pensaba para mí intentando abstraerme de la proximidad de la muerte.
Durante el camino la Rascafigas insultó a lo que pareció un turco en un Citröen viejo, le enseñó el dedo corazón a "un gilipollas" al que tuvo que adelantar por la derecha, se saltó un par de semáforos y estuvo a punto de atropellar a una pareja de abuelos. Al final del trayecto, con el ácido que había destilado en mi estómago se podría haber desatascado una bañera. Yo soy buena persona, pero estaba deseando que embistiéramos uno de aquellos maleteros sólo para poder ver a la Rascafigas pasándolo mal. Seguramente, en tal caso, la tía se hubiera bajado del Kompressor y le hubiera dado un par de galletas al cretino de delante por haber frenado de más.
El camino dio para mucho. Me contó que odiaba al Payo Pork, que le gustaban los coches más que las salchichas, que había hecho karting hasta que se dio la gran hostia con vuelco incluido y casi se mata, que había hecho snow-board hasta que se había jodido las rodillas... Ahora venía a por mí.
La Rascafigas está peleada con el mundo: le parecen ofensivos los coches de color pistacho, odia a los franceses, los turcos son unos hijos de puta que no deberían conducir (del derecho a la vida no dijo nada), los habitantes del 80% de los pueblos de las matrículas que vimos por el camino eran unos cabronazos a extinguir y ella se cagaba en la policía y, en general, en el orden establecido y en el 90% de los camioneros.
Yo creo que a la pobre chica la maltrataron de pequeña. Quiero pensar que le pegaron hasta los diez años, momento en que empezó a engordar e hinchó a sus padres a hostias hasta que terminó la adolescencia y se largó de casa. Es una criatura que desprecia todo lo existente sobre la faz de la tierra. Aun así, de alguna manera pervertida, me cae bien. Vamos, la tolero. A ella por lo visto le caigo en gracia a pesar de que también odia a los españoles,, y me siento como el protegido de Al Capone y le doy gracias a dios por no haberme metido al menos esta china en el zapato.
Después de haberme levantado a las 6 de la mañana para hacer 350 kilómetros bordeando la muerte, después de haberle preguntado a mi jefe dos veces la semana pasada si de verdad quería que yo fuera Poweruser teniendo en cuenta mi nivel de alemán, cuando vi que el chaval que nos lo tenía que explicar todo era tartamudo, me giré a buscar la cámara oculta.
No, en realidad me entró un deshueve incontenible. No del pobre chico, que un tartamudeo de cojones lo tiene cualquiera, sino de lo absolutamente psicodélico de la situación. Me acordé de mí mismo en la reunión de la semana anterior, mirando a mi jefe con la mano sobre el manual en alemán del programa y preguntándole por segunda vez:
Estaba claro que el tío era de una clarividencia de la hostia a la hora de asignar recursos.
Ma-ma-ma... mach... ma-ma... mmm-mmm-ma... ma-ma-ma... Machen Sie weiter...
Es posible que yo no sepa qué haría si ganara el concurso de blogs pero, a juzgar por el único mail que me ha mandado mi hermana en semanas, ella lo tiene claro:
"Yo si q quiero un i-pod y no va de coña. Te voto todos los dias religiosamente (excepto week-ends q no puedo) y estoy por enzarzarme en el 20 minutos para escupir a los q te difaman.
El i-pod apple ese lo quiero en azulon."
Mi hermana tiene mucho más desparpajo que yo. Es buena pero a su estilo. Cuando mis padres repartieron los genes de "a mí me la suda" yo debía de estar en un campamento de verano. Otra cosa es que siga intentando encontrar la relación directa entre que yo gane 3.000 euros en un concurso y que me gaste 300 en comprarle un i-pod, que desde luego está en el top 100 de cosas que no necesita para nada.
Mientras volábamos a más de 200 por hora sobre las carreteras bávaras, se me ocurrió que, si salía de aquella y ganaba el concurso, era evidente que los primeros 1.000 euros irían para el Dr. Zoidberg. Ya sólo me quedan 2.000, y a juzgar por todo lo que la gente empieza a disponer, como gane aún tendré que poner de mi bolsillo para tanta cena, cervezas y celebraciones varias.
Y aquí lo que estuve escribiendo la semana pasada para este lunes y que al final hubo que aparcar para decir un par de cosas. A ver si podemos recuperar el pulso normal y salir cuanto antes de este vendaval. Os dejo con la entrada que tenía prevista, que no es más que una historia de cerillas.
El otro día estuve leyendo una curiosa entrada en el blog de Pilimindrina [1], asturiana exiliada en Inglaterra. El tema era la regla femenina [2]. En concreto, lo dura que es la condición humana de la femineidad (Deconstructing menstruation). La chica escribe bien y eso normalmente me basta, pero la encontré especialmente inspirada en aquella ocasión, así que disfruté un buen rato leyendo sus reflexiones.
Debe de ser muy duro tener la regla, pero los que no la tenemos tampoco lo pasamos mucho mejor. La naturaleza hace las cosas equilibradas y no creo que ser mujer pueda ser en absoluto más molesto que ser hombre. Vamos con una metáfora.
María se levanta por la mañana. Ha dormido bien y el día es radiante y prometedor. Sale a la calle y se encuentra una caja de cerillas en el suelo. María piensa "¡Qué bien, una caja de cerillas!". Se le ocurre que la podría guardar para una ocasión especial, para, por ejemplo, encender una vela de una tarta de cumpleaños y hacer a alguien feliz. Se mete las cerillas en el bolsillo y se olvida del asunto, diluidas las tartas, las velas y las cerillas en los acaeceres cotidianos.
Alberto se levanta por la mañana. Ha dormido vuelto a dormir fatal y sigue sin saber por qué. Sale a la calle y se encuentra una caja de cerillas. De repente se le ocurre que tiene que incendiar un bosque. Es más, siente como una necesidad imperante. Vamos, que se lo pide el cuerpo. Es verano y hay cajas de cerillas por todas partes, y cada cerilla de cada caja no hace más que atizar sus instintos incendiarios. Alberto deja las cerillas donde estaban e intenta concentrarse en lo que tiene que hacer hoy.
De camino al trabajo no ve más que cerillas: en las paradas de autobús, conduciendo motos, en los carteles de publicidad... Y cada caja de cerillas que ve le recuerda su urgencia por cometer un acto atroz y animal. Tiene extraños sudores desde hace tiempo y las duchas frías ya no funcionan: debe quemar un bosque.
A las afueras de la ciudad hay cientos de bosques. Podría acercarse hasta allá con el coche y ver si puede pegar fuego a alguno. Pero es complicado, ya que la policía no simpatiza nada con los pirómanos y como le coja un guardabosques se le va a caer el pelo. "No puede ser tan malo quemar un bosque después de todo. Sólo uno de vez en cuando. Los árboles vuelven a crecer en seguida. Incluso a veces nadie se da cuenta de que falta un bosque antes de que vuelva a brotar", se repite Alberto insistentemente intentando conjugar sus instintos incendiarios con lo que le parece que es su moral o algo así.
Alberto no puede dormir por las noches. Sueña que incendia bosques casi cada madrugada y alguna vez se ha levantado empapado en sudor tras una visión en la que un denso conjunto de árboles ardía bajo su mano. Pasa los días de mal humor y ni siquiera sabe por qué. Afortunadamente, en la privacidad de su habitación puede quemar algunas hojas de papel, lo que parece le sogiega y le permite volver a concentrarse en sus tareas cotidianas. Sabe que no es el único quemando cosas en sus casas, pero la gente nunca lo comenta porque está mal visto. A él no le importa. Tampoco tiene otra opción.
Un día, paseando por el extrarradio, ve un pequeño bosque lejos de las miradas ajenas. Parece el momento perfecto: lleva montones de cajas de cerillas en los bolsillos y además no se perderá nada porque el bosque va a ser devastado para construir un bloque de viviendas. Ni siquiera un guardabosques que pasara por allí se lo echaría en cara. Se decide y toma con mano temblorosa una cerilla. Pero el bosque no prende.
Resulta que, aproximadamente una vez al mes, los bosques pasan por un periodo de renovación natural durante el cual son completamente ignífugos. Había oído hablar de aquello, sí. Había oído que era un trance muy molesto para los árboles, que sufrían mucho y se preguntaban muchas cosas. Alberto se volvió a meter las cerillas en el bolsillo y regresó andando a casa cavilante y cabizbajo. Aquella noche quemó la habitación entera antes de poder dormirse a altas horas de la mañana.
Al día siguiente María encuentra un pastel, se acuerda de la cajita que una vez se metió en el bolsillo, enciende una vela y todo el mundo se lo pasa pipa. Por la noche ya se le ha vuelto a olvidar la historia esa de las cerillas.
Moraleja: A quemar un par de cosas en la intimidad de la habitación y a seguir votando...
Links:
[1] http://blogs.ya.com/pilimindrina/
[2] http://blogs.ya.com/pilimindrina/200505.htm#26