Es la última semana de Ulrich, ya que el día uno no dormirá aquí, sino de vuelta en su casa, con papa y mama, de vuelta al colmo de la rutina y el aburrimiento. El tío ya está salivando, o lo que sea que haga su organismo en estos casos.
Ulrich lo ha conseguido: en tres meses no ha pasado un mocho y desconoce el aroma de la lejía o de cualquier otro producto higienizante. En noventa días no ha comprado detergente para la lavadora o para el lavavajillas, a pesar de haber utilizado ambos aparatos religiosamente. No sabe lo que es pasar una bayeta por el interior del inodoro, y desconoce los detalles de la porquería que utilizamos para desatascar la bañera cuando uno se ducha sentado y descubre que el agua le supera el ombligo. Chapeau. Eso sí, un cohete en el culo y la rampa apuntando a Karlsruhe, que lo aguante su santa y simétrica madre.
Acabo de volver de París y cuando le he dicho "Por fin en casa" me ha respondido "No, de casa es de donde vengo yo". Hace falta ser mendrugo para tener tan poca chispa. Si la ironía fuera un autobús, a estas alturas su madre le estaría llevando flores a la tumba.
Parece que por fin cerramos la etapa Ulrich. No es que sea mal chico o moleste, en absoluto. De hecho se pasa el tiempo en su habitación viendo la tele y pensando si mañana, que es día de lavandería, usará suavizante del rosa o del verde. Mientras tanto el Chano y yo tenemos un piso para dos en el centro de Regensburg a precio de ganga.
Cuando estuvieron los padres de Ulrich aquí hace un par de semanas, los señores Simetría, la madre se enamoró de una silla roja desvencijada que, a juzgar por su estado de deteriorio, debió de usar la Tanqueta repetidas veces después de que algunos descendientes de los Austrias hicieran lo propio. Se trata de una silla de patas combadas y asiento quebrado de estos de agujeritos, roto sin duda bajo el peso de mil sentadas de la Tanqueta. Si fuera mía hace tiempo que reposaría en un vertedero, pero por lo visto la señora Simetría le encuentra un valor sentimental de primer grado. Quizá fuera lo primero que compró en IKEA cuando cumplió la comunión, allá cuando las tropas nazis invadían Polonia.
El Ulrich me ha pedido el teléfono de la Tanqueta para negociar con ella una salida amistosa a la silla y tratar de hacerle la rosca a la señora Simetría, ahora que le va a tener que hacer la colada. Miedo me da que la Tanqueta, que ahora parecía habernos olvidado hasta nueva orden, resucite de su letargo y vuelva a entrar en nuestras vidas levantando el pavimento. Si fuera un libro tipo Harry Potter, lo podríamos llamar Ulrich y la silla de Pandora. Las gafas y la cara de cretino no le faltan.
Salto de carro. Los baños de Perry AG son algo increíble. Cada uno es compartido por varios dominios, lo que equivale a unas 50 personas, y entres a la hora que entres, no importa lo intempestiva que sea, hay alguien cagando.
Se sabe por el olor, claro, pero además parece que aquí la gente se deja llevar durante el trance y los hay que se privan a la vez que lanzan bufidos y alaridos de alivio. Con lo serios que son los alemanes para todo, hay que ver cómo se desmelenan al sentarse en una taza.
Por todas partes hay en Perry AG revistas del mundo de la locomoción. Me cuenta Gorrino que los hay que se cogen una y se van al baño a pasar media horita ojeando artículos. A mí todavía me da corte, que acabo de llegar. Bastante hago con resolver la papeleta en el baño, siendo como soy de los que un cementerio no es un lugar lo bastante tranquilo para estos menesteres. No me cabe la menor duda de que alguno se la meneará en el baño viendo el próximo modelo de BMW.
En estos días de asueto he podido disfrutar de la efervescencia de una gran ciudad como París. Mi hermana se encuentra allí realizando unas prácticas y tengo un amigo que lleva casi un par de años trabajando para una gran multinacional. Estando allí, envuelto en las prisas y las carreras del metro, no he podido dejar de reflexionar sobre lo que se supone que es vivir bien.
El otro día andaba yo pensando que la calidad de vida es complicada de medir, pero se me ocurrió un parámetro que permitía hacerse una buena idea: la cantidad de dinero que uno lleva en la cartera.
Si uno cobra una mierda, lleva poco dinero en la cartera. Si uno cobra mucho dinero pero vive en España, lleva la cantidad de dinero que está dispuesto a aceptar que le puedan robar en un callejón oscuro. En España siempre medía yo bien por cuánto dinero estaría dispuesto a encajar un navajazo en la salida de un parking. Sólo cuando uno vive muy bien es cuando puede llevar mucho dinero en la cartera: cobra pasta gansa y además ni se le pasa por la cabeza la remota posibilidad de que puedan atracarle. Eso es calidad de vida.
No puedo decir que gane una pasta gansa, pero desde luego en un año que llevo aquí jamás he tenido la sensación de que me fueran a robar ni siquiera en las oscuridades de un parque sin luces a altas horas de la noche. Ni siquiera he pensado que me pudieran violar ese grupo de alemanotas valkirias que acaban de doblar la esquina, pero esa es otra historia.
He estado intentando establecer paralelismos entre Regensburg y París, y aquí algunas de mis reflexiones:
En París, cualquier desplazamiento para ir a ver a un colega significa media hora de metro de ida y media de vuelta,, por muy práctico y veloz que sea el citado medio de transporte subterráneo. Aquí le pegas un telefonazo a un amigo y en cinco mintuos lo tienes en casa para cenar, al muy gorrón. Y ha venido andando. Cosas así no tienen precio.
De la misma manera, salir en París implica metro, autobús nocturno o taxi, mientras que aquí, por muy borracho que vayas, sabes que no vas a tardar más de un cuarto de hora en llegar a casa por muchas eses que hagas. Para las cosas que no tienen precio, Mastercard y Regensburg.
Mi amigo tiene el curro cerca, casi a huevo. En 15 minutos se planta con el metro, compartiendo vagón con un centenar de gabachos de los cuales se han duchado la mitad. Cuando hace bueno puede ir en moto, sorteando los fabulosos atascos de la capital Gala. Yo llego al tajo en 20 minutos de bici cuando no se me hielan los colgantes por el camino, que son dos meses al año. A cada cual le gustará lo suyo, pero yo prefiero ir en bici.
En París se ve a una persona morirse de hambre en cada esquina. Algunos están tan tiesos que te preguntas si no llevarán una semana fritos sin que nadie se haya dado cuenta. Lo digo porque lo he visto con mis propios ojos, que no es una hipérbole. En Regensburg los pobres duermen todos bajo techo, y pasan el día poniéndose morados a birras en la puerta del Netto. Yo creo que son pobres institucionales con sueldo a cargo del ayuntamiento.
En París la gente va corriendo a todas partes. Parece que sea cuestión de vida o muerte coger el tren que va a salir del andén, cuando sabes perfectamente que en dos minutos (2) va a llegar otro exactamente igual. En Regensburg la gente sólo conoce la prisa cuando se le termina la cerveza y espera a que le llegue la siguiente. Por eso las piden de dos en dos.
Por supuesto todo esto son mis humildes apreciaciones, pero ahora mismo no cambiaba Regensburg por ningún otro sitio que he conocido con anterioridad. Claro que las playas de Florida estaban bien, pero allí nadie me va a dar un trabajo de ingeniería de primer nivel. Y eso que Alemania está en crisis, que no quiero ni imaginar cuando funcione bien. Atarán los Mercedes con longanizas.
Alguno me dirá que si el sol, que si las tapas, que si la paella de los domingos... Para bien o para mal, para mí la vida es algo más que un día despejado comiendo paella en el campo. Para mí la vida es tener buenos amigos, poder acercarme a su casa andando en cinco minutos, tener dos docenas de bares y restaurantes en un radio de 15 minutos a pie, aprender otro idioma, tener los Alpes a una hora y media, ganar un sueldo digno con un trabajo gratificante, tener 30 días laborables de vacaciones al año, trabajar 8 horas diarias y no 10 ó 12... En fin, lo dejo que me pongo sentimental.
Los planes para la semana entrante son visitar al Doctor Ziegler y cortarme el pelo, así a grosso modo. Conseguí hablar con mi dentisma y me dijo que "mi boca está prácticamente lista, que apenas quedan un par de retoques y que no me deje sacar el dinero por un matasanos teutón". Brillante consejo cuando viene de alguien que sabe muy bien lo que es sacar el dinero a pacientes incautos. "Descuide, no volveré a dejar que me roben". Espero que el Ziegler, esta especie de Doctor Zoidberg con apariencia casi humana salvo por el tremendo mostacho, me deje listo para la acción lo más pronto posible. La primavera destapa el tarro de las esencias y las pechugas teutonas, y el panorama se presenta realmente agotador. Voy a comprar vitaminas.