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Situaciones embarazosas
By GonzoTBA
Creado 16/03/2003 - 08:26

Todo el mundo vive situaciones incómodas. Se tienen a diario, son la sal de la vida: esa abuela que se te cuela en la cola de la panadería y no te atreves a cantarle las cuarenta, el tarro de tomate que se te cae a los pies y revienta en mitad del supermercado, ese grano en la frente que causa sensación entre propios y extraños... Sí, todo eso tiene su gracia, pero estoy hablando de situaciones realmente embarazosas, de las de "Trágame tierra, ¡pero ya!". Hoy contaré un par de anécdotas.

Recuerdo algunas de esas situaciones embarazosas, aunque seguramente habrá más en el baúl de los recuerdos. La memoria es esquiva y está bien adiestrada. La más antigua que recuerdo y que puedo contar fue como sigue:

Acudía yo a una academia a clases de Física, en aquellos años en los que ni siquiera soñaba con acabar la carrera y el año 2000 todavía se incluía como subtítulo en las películas de ciencia ficción. En mi clase éramos unos quince; más de media docena de polluelos tratando de adquirir unas nociones básicas sobre dinámica y cinemática con la esperanza de poder aprobar Física algún día.

Aquella tarde llegaba yo con algo de retraso y la vejiga resonante como la panza de un burro que se pudre en un estercolero. Entré en clase y dejé los trastos, excusándome para ir al baño y prometiendo que volvería con toda celeridad finalizados los trámites. Entré en el cuarto de baño y procedí a la ejecución en la tranquila privacidad del reservado de una academia en horario lectivo.

De todos es conocida la famosa frase que, si no está, debería incluirse en el refranero español: "No te esfuerces, chiquillo, la última gota siempre va al calzoncillo". Pues bien, con las prisas, la última gota se convirtió en la última riada; y el calzoncillo, en virtud de una desafortunada maniobra de retirada, se convirtió en el pantalón. Y allí estaba yo, en mitad del cuarto de baño de una academia cualquiera, con una sospechosa mancha de orín en la entrepierna que, efectivamente, era lo que parecía.

El pánico me atenazó; los pelos se me pusieron de picos pardos. Una clase entera esperaba mi llegada para empezar a disfrutar de los momentos de inercia y centros de rotación de diferentes formas geométricas y allí estaba yo con los pantalones manchados delante del espejo. Los nervios se me comían. Debía actuar, y rápido. En aquella época yo veía McGyver por la tele. McGyver era el puto amo (tm) y salía de cualquier situación. Desgraciadamente, no conseguía recordar el episodio en el que McGyver se meaba los pantalones. Tampoco recordaba ningún capítulo del Equipo A en el que hubieran tenido que salir de semejante situación. Esos lo tienen fácil; siempre son explosiones y coches que vuelan por el aire. Lo mío era algo realmente gordo.

Al final, tras un eterno minuto de sudoración extrema, en un alarde de imaginación me saqué el suéter fuera de los pantalones y comprobé que, si andaba como un jorobado al que hubieran sodomizado con la pata de una silla, la prenda tapaba justito hasta el borde inferior de la mancha. Así que de tal suerte, arrastrando los pies y con escalofríos bajándome la espalda, entré en clase ante la mirada extrañada de mis compañeros y procedí a sentarme con discreción. Pasados unos minutos pude comprobar, mientras el profesor garrapateaba ecuaciones sobre el encerado, que nadie se había apercibido de mi desliz. Seguro que alguien pensó que andaba raro porque me había cagado encima y no me atrevía a cambiarme el paquete, pero creo que jamás nadie imaginó el calibre de mi torpeza.

Pero bueno, esta pequeña historieta era para ir haciendo boca. Yo creo que la vez que peor lo he pasado, la ocasión en la que si alguien me hubiera visto me hubiera muerto literalmente e inmediatamente de vergüenza, fue una vez que fui a hacerme unas radiografías. Ojo a la "anécdota" porque no tiene desperdicio.

Desde hace unos ocho años, más o menos cuando la carrera de mierda que acabo de terminar me dio las primeras cornadas, sufro problemas estomacales. El estrés de los estudios, el alcohol, el "sesso" desenfrenado, las fiestas hasta altas horas de la madrugada, etc... terminaron por hacer mella en mi delicada maquinaria estomacal. No entraré en detalles técnicos porque no viene al caso, pero tuve que acabar yendo a hacerme unas radiografías para el estudio de ese odre que todos tenemos bajo la región torácica y que procedemos a rellenar cada cierto tiempo.

Entro en una sala relativamente grande en la que había una mesa como las que usaba la inquisición pero más limpia, y encima un aparato de radiografías de cuerpo entero y cuello vuelto. Me recibe una atenta enfermera que me pide, a quemarropa, que me lo quite todo. "Pero oiga" balbuceé yo... "Nada, todo fuera. ¿A qué te crees que has venido aquí, cojones?" vino a responder ella más o menos. Como la vi convencida, procedí a desvestirme, y casi al final del número la buena mujer me aclaró "No, los calzoncillos no hace falta". Buf, menos mal, parece que hoy salvaremos la dignidad, pensé yo. No sabía que aquello había sido sólo el principio del show.

Después de esperar unos minutos como Dios me había traído al mundo pero con calzoncillos y calcetines puestos, en un ambiente aséptico y sin poder llorarle a nadie, vino un simpático caballero que se presentó como el encargado de hacerme las radiografías. Me explicó que para que se me vieran las tripas en las fotocopias que me iba a sacar, debía deglutir una mezcla especial que ahora me iba preparar. Le pregunté si la cosa estaba buena. "No" me dijo. No claro, pensé yo, no va a estar buena encima. Bueno, da igual, no se pueden torcer mucho más las cosas.

Al poco terminó el encargado de las fotocopias de preparar la papilla, que me presentó en forma de "Fresissuis" de esos de los Simpson, en un bote de los que usan para poner los batidos en el McDonalds, y con una pajita de dimensiones desmesuradas asomando por la parte superior del bote. En ese momento volvió a escena la enfermera de antes, y con ella se redobló la incomodidad que suponía estar en calzoncillos y calcetines sujetando un batido con paja.

Entre ambos me instaron a subir a la mesa, y me hicieron unas fotos tumbado boca arriba, supongo que para ir calentando motores. La enfermera permanecía tras la cristalera en la que se asegura de que los rayos X sólo me fríen a mí, y el de las fotos iba y venía para ponerme "Ahora un poco hacia este lado", "Ahora dobla la pierna izquierda", "Ahora... coño, quítate el reloj, que nos lo hemos dejado", etc... La sesión iba bien hasta que me dieron la vuelta para freírme por el otro lado, y además empecé a sorber pasteta de la buena.

Para los que nunca han tenido problemas estomacales y el placer de disfrutar de una de esas papillas que fosforecen en el interior de las tripas, decir que son como si machacaras pulpa de papel de periódico mojada en agua y la diluyeras en bilis para mejorar el sabor. Tú estás tumbado sobre la mesa, y cuando te lo indican, le metes un lingotazo al brebaje. Con cada lingotazo se te revuelven las tripas, y ese es el momento en el que te hacen la foto. Digo yo que lo que buscan es captar el dramatismo del momento.

Total, que el tío me da la vuelta, me pone los brazos en los costados, me pone el McFlurry al lado, dobla la paja y me la acerca a los morros. Se aleja, me grita "Dale un tiento" desde la seguridad de la mampara, y me tira medio carrete. "Otra vez", brama desde la lejanía. Sale y vuelve hacia mí. Me coge cual maniquí y me pone la pata izquierda a 45º y uno de los brazos por debajo del cuerpo. En aquel momento, la situación era kafkiana: un señor y una señora, a los cuales no conocía de nada, me tiraban fotos mientras yo estaba tendido boca abajo, en calzoncillos de corazones y calcetines negros, con el culo en pompa, y haciendo esfuerzos denodados por que la pajita que sujetaba entre los labios no se me escurriera. El tío me daba instrucciones sobre cuándo debía absorber el infecto mejunje, pero yo sólo oía: "Sí, nena, sí", "Lo estás haciendo muy bien", "Sigue así", "Saca lo que llevas dentro", "Grrrrrr", al compás de los flashes de las fotos. Al cabo de unos minutos, la presencia de aquellas dos personas pasó a ser una preocupación secundaria, pero llega a verme así alguien más y muero de un infarto fulminante. Una sola foto tomada desde el ángulo adecuado me hubiera impedido alcanzar un puesto de trabajo decente en toda mi puñetera vida.

La sesión fotográfica debió de durar unos 10 minutos, pero se me antojaron horas. Al final, el hombre se acercó a mí y me dijo que ya podía dejar de hacer el gilipollas (bueno, lo dijo en otros términos), y que no hacía falta que bebiera más batido energético. Me ahorré decirle que hacía ya varios minutos que me había terminado aquel potingue. Me vestí, me puse los zapatos y salí de allí por piernas. Jamás he contado esto a nadie hasta ahora.

Creo que esta ha sido la situación más embarazosa de mi vida, aunque la gastroscopia que me hicieron unas semanas antes no le va a la zaga. Pero bueno, ya vale de guarradas. ¿Cuál ha sido la situación más embarazosa de vuestra vida?


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