Esta semana no he ido en bici al curro. Descubrí que cuando uno se arrolla una bufanda al cuello de manera que el aire a quince bajo cero penetre filtrado en los pulmones, casi ni duele. Cuando lo descubrí ya era demasiado tarde.
Para principios de semana ya me ardía el pecho, y esta vez no era ardor español. Cada vez que tragaba saliva era como tragar erizos de mar, y me entraban unos calores que no eran los clásicos. He pasado la semana como he podido y, aunque aún renqueo, parece que lo peor ya acabó.
El sábado parecía que volvía la primavera. Salió el sol un rato y subimos de cero grados. La sensación era indescriptible. Las calles estaban atestadas y se podía pasear sin guantes y las manos no dolían. El domingo volvió a nevar en horizontal.
A pesar de que hacía casi 15 días que no había nevado, las temperaturas han propiciado que lo que cayó entonces se haya conservando casi intacto hasta día de hoy. Lo mejor de la nieve es, con diferencia, las guerras de bolas camino de la cantina.
Me dicen que soy un chiquillo, pero yo erre que erre. A veces la gente se anima, sobre todo la gente apropiada, y los trescientos metros de camino a la cantina se convierten en un patio de recreo. Como todo, las guerras de bolas tienen su técnica.
Es fundamental lograr una buena compresión del blanco elemento. Los novatos intentan apretrar la nieve entre las manos enguantadas, y ese es un error de principiante. Si realizas la compactación con guantes apenas logras un puñado de nieve que se deshace por el camino. Ergo, paso uno, quitarse los guantes al comienzo de la batalla.
Sólo duelen los dedos con las dos primeras bolas, luego ya se pierde la sensibilidad y se pueden comprimir pelotas con una dureza similar a la del diamante. Evidentemente, con tales argucias, hay que tener cuidado y un poco de responsabilidad.
Se deben realizar los lanzamientos siempre desde una distancia prudencial, ya que si tiras de cerca y le pegas a alguien en la espalda, se la puedes partir en dos con el consiguiente cabreo. Además tirar a bocajarro no tiene mérito.
Las reglas no escritas de caballerosidad del deporte marcan que no se debe apuntar a la cabeza. Medio kilo de hielo en forma de pelota impactando en un globo ocular puede causar serios trastornos para el receptor. Más de una vez ha habido que recordarle al Chano cuan importante es, para la vida cotidiana, contar con dos ojos.
El Martes pasado terminó sucediendo lo que tenía que suceder: hubo víctimas civiles.
Saliendo de la cantina después de comer anduve unos 30 segundos macerando una bola de nieve que terminó tornándose en piedra. Dejé que el Chano se alejara a una distancia prudencial y lancé con todas mis fuerzas. Debo admitir que a estas alturas del invierno tengo un swing tremendo, y el pelotazo le pegó por debajo del omoplato derecho provocando que se girara y profiriera una serie de improperios que afortunadamente nadie entendió. El bloque de granito, tras estrellarse en su espalda, no se había descompuesto, y tampoco lo hizo al caer al suelo.
Así pues, cachondo yo, retomé la bola y los dejé alejarse un poco más. Cuando van en manada el impacto está asegurado. Lancé con todas mis fuerzas sin apenas preocuparme de adónde iba a parar el proyectil. Así fue que la pedrada describió una ligera parábola (tirando a ras de suelo y a cien kilómetros por hora hay poco sitio para las parábolas) y terminó alcanzando a un tipo trajeado en toda la espalda. La verdad es que le debió de doler.
Se giró sobre sí mismo y, sin dejar de caminar, lanzó "la mirada de la muerte (tm)". Le pedí perdón alzando la pezuña y comencé a hacer otra bola. Es genial ser un niño.
El viernes por la noche montamos una fiesta en casa. Fue un botellón antes de ir a la disco de turno, un antro en el que siempre ponen pachanga y otras porquerías y sólo hay música decente el primer viernes de cada mes. No sé cómo hacen dinero.
Invitamos a todos los amigos de Tsunamita, nuestra antigua compañera de piso. Son buena gente y nos interesa mantener el contacto con los nativos, al margen de otro tipo de contacto con nativas de buen ver. La cosa terminó en borrachera colectiva internacional y un cristal roto.
Uno de los invitados llegó a casa cargado de cervezas, de tal suerte que no podía emplear las manos para otra cosa que no fuera sujetar botellas. Llamó al timbre de abajo, le abrí y el tío tiró a entrar (es lo que tiene la gente cuando les abres las puertas). La puerta de acceso al edificio tiene dos láminas de cristal en vertical. El pobre diablo no se dió cuenta de que el trasto era de los de "estirar" y no de "empujar", de manera que cuando quiso utilizar el hombro para traspasar el portal casi atraviesa el cristal.
Una vez comprobados los daños, me dijo que "lo pagaría su seguro". Por lo visto, aquí existe lo que se llama un seguro de responsabilidad civil, que cuesta unos 40-50 euros al año y que cubre todo este tipo de tropelías. Así que el lunes tengo que bajar a hablar con el casero, un Swchzarzenegger trajeado que posee medio Regensburg, a explicarle que un amigo se trajinó el cristal de la puerta, que esta mañana ya a aparecido convenientemente parcheado. Por lo menos hemos descubierto la existencia de semejante seguro, que cubre desgracias mayores de hasta 5 millones de euros, y esta semana vamos todos en fila a hacérnoslo. Por 5 millones de euros puedes tirar un autobús por un barranco. Sobre todo es interesante por las abuelas con mochila y muletas que cruzan la calle cuando vas a pasar con la bici, que te las cargas y te las hacen pagar como si fueran nuevas.
En el trabajo no ha habido grandes novedades esta semana. Para finales de mes tenemos lo que se llama un "spec freeze", que no es otra cosa que decir "más te vale tenerlo todo para este día". Eso sí, mientras estaba yo barajando estas fechas me han caído unos retoques para un nuevo cambio de marchas de Volvo que tienen que estar listos para finales de semana, y he ido estos días con un petardo en el culo.
Para colmo de males, Gorrino se tomó el viernes de vacaciones. A las doce, cuando le llamé para preguntarle si tenía que incluir la señal que dice a qué marcha se va a cambiar, estaba en el supermercado comprando verdura. Le imaginé explicándome que revisara el capítulo cuatro de las especificaciones del CAN mientras comparaba un par de tomates murcianos de dudosa frescura.
"¿Llamas al supermercado para preguntar cosas del curro?" me preguntó Sonrisas incrédulo cuando le explicaba el presupuesto. Sí, no te jode, la cajera del Netto me saca las castañas del fuego todos los días.
Esta semana ha estado aquí la madre de Gorrino y Ratuza, y he pasado un par de días a disfrutar los guisos y las conversaciones de madre. Para que pudiera participar de nuestras aventuras, hubo que aclararle algunos términos, entre ellos el de Igor (dígase "aigor").
Todo el que haya visto ese clásico del cine en blanco y negro titulado "El jovencito Frankenstein" conocerá el personaje de "Aigor". Es un tío de negro con una tremenda joroba que sigue al profesor a todas partes y, siempre asomando por encima del hombro, se apresura a cumplir sus órdenes con premura. Bien, es la versión cinematográfica de lo que las mujeres llaman "mi mejor amigo (tm)".
El mejor amigo de una chica resulta ser un pobre diablo, enamorado de la moda juvenil y de la chica en cuestión hasta la médula, que va como puta por rastrojo bajo los caprichos de la susodicha. A menudo duermen juntos porque él es "sólo un amigo", y así a ella no le hace falta calefacción.
Normalmente el Aigor, si tiene el carné pertinente, la recoge a la salida de la discoteca. Cuando van juntos al garito, él paga las bebidas mientras ella se pega el lotazo con el impresentable de turno. Cuando a ella algún desgraciado le rompe el corazón, siempre puede ir a llorarle en el hombro al Aigor y a dormir abrazado a su calor, mientras el pobre chaval se pregunta si va a ser finalmente esta la noche en la que le da el infarto.
Ah, qué gran figura la del Aigor. ¿Quién no ha sido Aigor alguna vez? ¿Quién no lo volverá a ser?