Ya estamos de vuelta en Regensburg, y esta vez para trabajar. Mañana mismo, lunes, toca dejarse caer por MiniPerryAG en el nuevo escenario. ¿Qué es lo que nos espera esta vez? De nuevo la incógnita. Ahora mismo no tengo nada en planning de curro, y hasta que no aparezca el Payo Pork no sabré en qué dirección hay que remar, y eso puede ser mañana mismo o cualquier día a lo largo de la semana. De cualquier semana.
Mi futuro se presenta incierto como nunca. Tengo contrato hasta finales de Febrero, y la idea del Payo Pork es colocarme en PerryAG VDO. No es la primera vez que lo hace, ya que tiene varias cabezas trabajando para la multinacional, pero nunca se sabe. Espero que en breve me vea con el traje puesto camino de una entrevista. Si termina Febrero y no he metido los cuernos en PerryAG, entonces estaremos en un buen lío.
Mi habitación está en posesión de Ulrich (el Pequeño Burgués) hasta finales de Marzo, y de momento voy a dormir con mi amigo en casta postura, ya que la cama es grande y permite solaz esparcimiento sin que peligre nuestra masculinidad. A finales de mes, muy a mi pesar, nos deja mi compañera de piso, y tomaré posesión de su habitación hasta que Ulrich vuelva al agujero del que nunca debió salir. Una forma de vida precaria la mía, como la de una ameba, sin cajones donde guardar los calzoncillos..
Del Ulrich sé poco, pero un vistazo rápido a lo que antes fue mi habitación denota que el chico es alemán de los de una regla bajo el brazo y otra en el trasero para andar tieso. Mi antigua morada parece una página de un catálogo de IKEA, con la cama siempre hecha y una alfombra cuidadosamente girada para dar un punto de desenfado y espontaneidad. Lo mejor, su toalla colgando en el baño con su nombre bordado en Arial 125 en la parte inferior. He decidido que quiero una toalla así antes de que la muerte me llegue.
Al llegar aquí, después de rebotar en Mallorca, de que el tren se estropease en Straubing y de que un grupo de chavales me amenazaran de muerte en la oscuridad del parque mientras trotaba con el equipaje, descubrí que mi compañera de piso, sus amigos y una caja de 24 cervezas habían tomado la cocina. Yo no tenía muchas ganas de roscas, pero me uní a ellos y terminé acostándome a las 5 de la mañana. Como ahora trabajo puedo hacer el ganso todo lo que quiera sin remordimientos de conciencia, siempre y cuando a las 8:30 de la mañana del lunes esté listo para pasar revista.
Lo de nuestra compañera de piso es tremendo. Oscila entre dos estados: la borrachera tremenda y la resaca descomunal. No conoce el término medio. Entre semana simplemente hiberna esperando el fin de semana. Definitivamente la vamos a echar de menos cuando se vaya. Es lo alemán menos alemán que hemos encontrado en estas tierras. Seguimos esperando a que toque el chelo.
En estos días tan entrañables que hemos vivido, no podíamos dejar de pasar a ver a todas aquellas personas que forman parte indispensable de mi vida, como mi dentista. Si tengo que ser sincero, al entrar por la puerta albergaba una esperanza latente de que el payo dentición, animado por el espíritu navideño, me hiciera un regalo en forma de liberación. Nada más lejos de la realidad. De acuerdo con sus reflexiones, quedan dos problemas todavía con mi piñata, a saber:
Por supuesto ninguno de estos dos problemas se traduce en una molestia de tipo alguno, pero después de tanto tiempo, queremos terminar las cosas correctamente. En cualquier caso, mi dentista, consciente de mi desesperación, se ofreció a retirar la parte inferior del aparato en una clara muestra de buen talante. Como una adolescente ardiendo en los fuegos del vicio le grité "¡Quítamelo, quítamelo todo!". Minutos después ya podía disfrutar deslizando la lengua por la parte exterior de la dentición inferior, una sensación indescriptible después de tanto tiempo lamiendo ferralla.
Luego me hicieron un molde para el aparato de retención que tendré que llevar por las noches, para que la cosa no se desmadre, que los dientes son unos cabrones y quieren independencia con libre adhesión al estado bucal. Para la realización del molde te meten un calzador en la boca relleno de una pasta gelatinosa que tiende a limitar las funciones respiratorias, con las molestias que ello origina. Al cabo de una semana tenía ya el artilugio en la boca. Se me ha ordenado que lo lleve de momento día y noche, más que nada porque me han colocado unas gomas que tiran de las muelas que se han desbocado. Con semejante aparamenta, pronunciar Constantinopla es un ejercicio considerable de dicción. No queráis saber las inconveniencias para pronunciar Winterreifen o Weinnachten.
En cualquier caso, como siempre en la vida, el fin está cada vez más próximo. Me temo que cuando vuelva con las muelas en la inclinación correcta, el payo dentición querrá terminar de cerrar cualquier resquicio que quede por ahí, pero creo que me voy a negar. Estoy absolutamente hasta las narices de llevar cosas en la boca que no sean dientes, y creo que cualquier mínimo resquicio que él pueda encontrar en mi dentición no me va a impedir circular por la vida como una persona normal. Llevo tres años y medio con el asunto y he conseguido tener una sonrisa profidén, construirle una terraza a mi dentista y subir las acciones de Air-Berlin. Creo que ya he cumplido con la sociedad.
Como último dato curioso, decir que en el avión de venida, con Condor airlines, nos pusieron en los monitores durante el despegue y el aterrizaje las imágenes que ofrecía una cámara en el morro del avión. Igualito que en el Flight Simulator. Increíble cómo el avión daba tumbos intentando enfilar la pista para el aterrizaje. Por lo visto es el pan nuestro de cada día y no es sólo cosa mía a los mandos del joystick. Al tocar tierra en Munich fue una de las pocas veces que he pasado miedo en un avión en mi vida. El avión se desplomó desde cinco metros de altura con una fuerte sacudida, y un tremendo ruido me hizo pensar que el tren de aterrizaje se iba a quebrar bajo el peso de los cien pasajeros y la enorme gorda que llevaba delante. Quizá fue cosa mía, que me dejé llevar por la emoción de las imágenes desde morro de la nave.
Y ná más. Ya veremos cómo transcurre la semana.