Hoy miércoles ha sido mi primer día de trabajo. Todo ha ido bien, pero luego entraremos en detalles. Ahora mismo me veo obligado a contar mi llegada a Mainz y la odisea de hoy para volver a casa.
Ayer cogí el tren hacia mediodía. Antes había llamado al Payo Pork, pero no estaba disponible (¡sorpresa!). Me atendió una amable señora a la que comuniqué que iba para allá, y a la que inquirí sobre dónde iba a dormir. Me dijo que el piso estaba libre y me esperaba con los brazos abiertos, pero me dijo que me diera prisita para recoger las llaves porque a las 5 tenía que largarse a casa. Teniendo en cuenta que mi hora estimada de llegada a Mainz era las 16:18, las cosas iban a andar algo justas. Como las desgracias nunca vienen solas, el tren se retrasó 20 minutos. Hubiera podido ir las 4 horas de viaje con el corazón en la boca y la úlcera sangrando, pero el Payo Pork me está convirtiendo en un joven y fuerte bonsai a base de "dar cera, pulir cera". Así que viajé más o menos tranquilo, cambiando de asiento cada vez que alguien me hacía notar que estaba en un lugar reservado. Si compré el billete con antelación, ¿por qué no me dieron a mí un asiento? ¿Hay que pedirlo? ¿Se pagará extra? A mí 55 euros me parecían suficientes incluso para ir en brazos de la cierva que se sentaba junto a la ventana.
Llegué a Mainz bastante apurado. Parecía que iba a tener que dormir en cualquier sitio menos en mi nuevo hogar. Como dice mi padre, "el dinero y los cojones son para las ocasiones", así que como un yuppi cualquiera, salí de la estación con las maletas y me subí en el primer taxi que encontré. Poderío.
El conductor resultó ser un indio la mar de simpático, que empezó a derrapar entre el tráfico momentos después de decirle que tenía algo de prisa. Viendo el accidente cada vez más evidente e inminente, le dije que aflojase el pie, que me esperaban en esta vida y no en la otra. Minutos después llegamos a MiniPerryAG.
El indio me dijo que me esperaría lo que hiciera falta y que no me cobraría por ello, así que aparqué el taxi en la puerta y dejé todas mis cosas dentro tomando nota mentalmente de la matrícula y de los rasgos físicos del conductor, para pasar parte a la policía en el caso de que le diera por largarse con todas mis pertenencias y me dejara hundido en la mierda.
La secretaria, una amable alemana regordeta de unos 60 años, me dijo que el Payo Pork le había dicho que yo llegaría mañana (vaya... ¡sorpresa!), y que esperara un momento mientras intentaba encontrar las llaves del piso. Me senté en una silla mientras inspeccionaba el lugar. Angelica, como ahora sé que se llama la afable mujer, trotaba de una habitación a otra en busca de las llaves, y yo miraba el reloj mientras me preguntaba si el número de la policía sería aquí también el 091.
Al cabo de un rato apareció la señora llevándose las manos a la cabeza: ¡tiene usted el taxi esperando en la puerta! "Ya lo sé, nenita, yo soy así" le dije. Le expliqué que el indio me había dicho que me esperaría sin cobrar extra, y eso la tranquilizó. Unos minutos más tarde apareció con las llaves y me contó que ya le había dicho al taxista cuál era la dirección, y que además le pidiera la factura para poder pagármela después. "15 euros" me dijo, "de aquí a casa". Perfecto. Esto de ser yuppi a gastos pagados es de lo más gratificante.
En el camino a casa el indio, padre de familia de unos 50 años, me contó que quería montar una empresa de taxis, pero que según su filosofía, uno tenía que empezar por abajo, así que llevaba 3 meses conduciendo él mismo un taxi para saber qué era lo que un buen taxista tenía que tener. Me contó esto y mucho más sobre su filosofía de la vida. Un tío cojonudo. Al llegar me extendió una factura por 30 euros y me dijo "No le hará daño, señor" (sir, decía todo el rato). En ese momento no supe a qué se refería, pero cuando hoy Angelica me ha soltado 30 boniatos a pesar de su sorpresa inicial por lo elevado de la factura, he comprendido algo más sobre la filosofía de la vida del curioso taxista. Ojalá me lo vuelva a encontrar.
Pude comprobar que el piso estaba al lado de la estación, en el mismo centro de Mainz. "Soy el puto amo" me dije mientras hacía girar la cerradura. El pequeño piso estaba con la calefacción a tope y agradablemente limpio. Consistía en un pasillo con breves aperturas a los lados, un baño con ducha de pie (por fin) y una habitación de unos 30 metros cuadrados con todas las comodidades que uno podía desear, sobre todo después de 4 horas de tren y un rally por Mainz. Dejé las cosas, leí un rato y me metí en el sobre.
Hoy me he levantado a las 7 por primera vez en meses. El día era gris y estaba lloviznando. Angelica me había dicho que tomara el autobús de la línea 66. A pesar de que había estado estudiando el mapa de la ciudad el día anterior y no me cuadraban las indicaciones, me he dirigido a la estación de trenes y allí he cogido el 66 porque no tenía muchas ganas de pensar. Tras 15 minutos, estaba de nuevo en MiniPerryAG.
El lugar es un pequeño edificio de dos plantas bastante moderno y que comparten con otra empresa. El sitio es agradable. En el centro tiene una especie de cúpula con una mesa debajo, y a un lado hay máquina de café y viandas varias para llevarse a la boca durante las pausas. Una radio tiene música a un volumen moderado todo el día. Alrededor se disponen los diferentes "laboratorios".
Al llegar me han presentado a mis compañeros, todos de una edad similar a la mía y relativamente simpáticos para ser alemanes. Angelica me ha dicho que no iba a tener mucho que hacer, ya que el Payo Pork estaba enfermo y seguiría así unos días. No es que me alegre de que el pobre Pork esté encamado, pero tampoco es que me parta el corazón. He alargado a la buena mujer la factura de taxi de 30 euros y, aunque se ha sorprendido del montante, al final ha terminado soltando la panoja. Encorajinado ante la posibilidad del "todo gratis" y en mi nueva línea de "más cara que espalda", le he preguntado a la señora si me iban a abonar el montante de los billetes de autobús, ya que la tarjeta mensual cuesta la friolera de 55 euros. Me ha preguntado lo que ponía en mi contrato al respecto y le he dicho que decía que se cubrirían "todos los desplazamientos por motivos de trabajo". Se ha quedado un poco dubitativa ante la flexibilidad aparente del concepto y me ha respondido que lo hablaría con el Payo Pork. Ya veremos qué pasa al final, pero desde luego quien no llora no mama.
Lo peor es que parece que las comidas se las busca cada uno como puede. Hoy he ido con mis compañeros al McDonals, pero desde luego no es lo que me gustaría llevarme a la boca cada día. "A veces pedimos pizzas" me han dicho. Cojonudo.
El día lo he pasado vagando de aquí para allá e investigando los circuitos electrónicos y extraños diagramas de flujo que hay por todas partes. Por si no lo había dicho, MiniPerryAG es una empresa especializada en electrónica. Mi paso por la electrónica fue frugal, desde luego lo que dábamos en clase queda muy lejos de lo que he visto hoy hacer a esta gente. Aquí el más tonto se hace su propia cadena de música. Yo lo más que sé es que los ordenadores llevan chips dentro, así que lo he pasado bastante mal durante todo el día mientras imaginaba lo que se esperaría de mí en la compañía.
El más simpático de los chavales, el Marius, parece que me ha apadrinado, y se ha pasado la jornada explicándome detalles sobre el proyecto en el que trabaja y mostrándome otras cosas en las que había estado currando antes. Lo más fuerte ha sido cuando ha venido con un furgón de la Polizei de Playmobil con media docena de cables colgando. Cuando he visto que en el interior del vehículo de juguete había un miniteléfono de plástico he pensado que funcionaba de verdad. Pero no.
Las cajas eran detectores de movimiento. Una de ellas controla los giros en los tres ejes, y cuando sacudes la furgona de Polizei y pierde toda referencia, entonces entra en acción la otra caja, que es una especie de brújula electrónica. Pero eso no es todo. El tío se había currado un modelo en tres dimensiones en OpenGL, de manera que en la pantalla el ordenador el vehículo iba girando a medida que hacías lo propio con la versión real del bicho. Todo a golpe de C++ y con unos listados que he tenido que salir a tomar el aire tras verlos.
Al final parece que la Angelina se ha conseguido poner en contacto con el Pork a través del zapatófono, cuyo número desconozco, y ha explicado a Marius qué era lo que yo iba a tener que hacer. Marius ha venido con una tarjeta que tenía unos sensores de movimiento como los anteriores, un micro programable, una salida serie, un CANbus y un par de cosas más que no he podido llegar a inteligir. Con unos dibujitos sobre postITs me ha dicho que iba a soldar unos LEDs a las patas del micro (con las resistencias pertinentes, claro) y yo que iba a tener que ir jugando a encender y a apagar los LEDs a golpe de C. Ahí se me ha abierto el cielo, ya que hace unos años hice algo parecido en una práctica de vete a saber qué y creo que sabré estar a la altura. Por lo menos no me van a pedir la luna. No en una semana.
En todo el día no he hablado una palabra de inglés. Aunque todo el mundo, incluso Angelica, domina la lengua de Chespir, parece ser que la filosofía de la empresa es hablar sólo en alemán. Me han repetido todo las veces que ha hecho falta y he comprendido la mayor parte de las cosas, aunque el acento es bastante diferente al de Regensburg y desconozco la totalidad de las palabras técnicas empleadas. He salido con la cabeza como un bombo de allí, pero creo que en tres meses voy a salir hablando alemán por los codos. Esto me recuerda mucho a Nantes.
Poco antes de irme, Angelica me ha comentado que había otra persona trabajando para ellos en Mainz y que, si esta persona estaba interesada en mi piso, que tendría que cambiarselo. Por lo visto uno de los dos es más grande que el otro, y él tiene por algún motivo prioridad sobre mí para elegir. "¿Yo vivo en el grande o en el pequeño?" le he preguntado a Angelica. "En el grande" me ha contestado. Por el amor de dios, no quiero ver el pequeño. En cualquier caso me ha dicho que el payo Alexander se pasaría por mi cueva para echarle un vistazo y acordar una posible mudanza. Perfecto, parece que un día me va a durar el piso. A saber adónde me tengo que largar ahora.
Así que con esas he salido del trabajo. He mirado la líneas 66 de vuelta y no me ha convencido nada, entre otras cosas porque pasa un autobús cada hora, así que he decidido caminar un rato hasta una calle más concurrida y probar suerte allí. En una de las paradas he encontrado a una señora que me ha indicado que desde allí, y cogiendo el 6, podía llegar hasta la estación de tren de Mainz. Bueno, menos mal, porque está empezando a llover fuerte.
He llegado a la estación de tren y he echado a caminar paralelo a la vía, por donde había venido por la mañana. Sin embargo, todo parecía diferente. Será la noche, que todo lo cambia.
Después de media hora caminando he llegado a la conclusión de que la noche había cambiado demasiado las cosas, y que ni siquiera el mapa parecía responder a las expectativas. He preguntado a algunas personas por mi calle y nadie sabía de qué estaba hablando. Al final un jovenzuelo me ha indicado con cierta soltura y he caminado media hora más hasta que me he visto más perdido que un pulpo en un garaje y he decidido volver a la estación para volver a empezar de cero.
Allí he preguntado a dos personas más, y la tercera, a la vista del mapa, me ha dicho que sí, que yo quería estar en la estación de trenes, pero en la de ¡Wiesbaden! Su puta madre.
Aquí la ciudad está partida en dos por el Rhin. La parte más grande se llama Mainz y la otra no, por lo visto se llama Wiesbaden, y por lo visto es allí donde vivo. Había oído algo sobre lo de que eran dos ciudades en una, pero ni siquiera el mapa lo aclara demasiado bien. El chaval me ha dicho que no sufriera, que cogiendo el 6 podía llegar de vuelta en un tiempo razonable. He llegado a la parada y, con la cabeza rota después de hablar alemán todo el día y caminar una hora bajo la lluvia, he cogido el primer 6 que ha venido.
He tardado unos 20 minutos en darme cuenta de que el 6 que había cogido funcionaba en dirección exactamente contraria a la esperada. Con razón el mapa con las líneas de autobús tampoco encajaba. A esas alturas lo mejor era esperar al final de la línea y viajar de vuelta. Una hora y 27 paradas de autobús después estaba entrando en casa. Me he metido una chocolatina en la boca (adiós a la zona por una temporada) y me he puesto a escribir esto para desahogarme.
Diez minutos después llamaba el payo Alexander a la puerta. Es algo mayor que yo y, si algo sé, es que le ha gustado mi "piso" (habitación ampliada). Afortunadamente, resulta que su agujero tan solo dista 10 metros del mío, así que la mudanza no va a ser tan traumática como preveía. El tío es simpático, programa micros y aprende a tocar la guitarra. Le he dicho que yo le enseñaré unos acordes si él me convierte en el rey de la programación. Parece que el tío está tan perdido en Mainz/Wiesbaden como yo, así que igual es mi amiguito para estas primeras semanas. Y gracias, porque la verdad es que no veo la manera de conocer gente en estas condiciones. Cuando salgo de casa está oscuro, y cuando vuelvo es de noche. Sólo quiero echarme una chocolatina al gaznate y meterme en la cama. En fin, los principios siempre son duros.
Pero no todo iban a ser malas noticias. El piso del payo Alexander es más pequeño, pero también es más barato. Angelica me ha dicho que sobre los 500 mortadelos que cobro tras pagar el piso, en el caso de que me quedara en el piso pequeño pasaría a cobrar 100 más ya que la gruta es de menor tamaño. Encantado del truque por 100 mortadelos más al mes. Si total, para dormir me basto con la cuarta parte de lo que tengo.
Por otro lado, creía haber acordado con el Payo Pork 400 mortadelos al mes después de regatear un tanto. Por lo visto el pobre hombre no se entera de la mitad de lo que hace, y desde luego de la cuarta parte de lo que dice, así que por algún motivo se quedó con la cifra de 500 mortadelos limpios al mes, que van a pasar a ser 600 cuando ocupe el nuevo agujero mañana. Dios bendiga al Payo Pork por su ineptitud. 600 maravedíes al mes me van a dar incluso para ahorrar, sobre todo ahora que ni siquiera tiempo para gastar. Y ahora me voy al catre que no puedo más, y mañana es jueves.
Bueno, ya es domingo por la tarde. He pasado el fin de semana en Trier con mi amigo el de Regensburg y visitando Heidlberg, lo que se supone que es una de las ciudades más bellas de Alemania. El cambio de piso con en payo Alexander ya ha sido consumado, y el Jueves por la noche dormí en la tercera cama diferente en cuatro días. Si se tratara de mujeres hubiera sido todo un placer, pero se ha tratado del deber, del vente para acá y del tira para allá.
El "piso" consta de más o menos los mismos componentes estructurales, pero la habitación principal es algo más pequeña (quizá un 30%). Para mí sigue siendo suficiente, ya que para dormir y escribir estas líneas poco más necesito. Si hago una fiesta habrá que apretarse. Y si alguna fémina quiere quedarse a dormir, entonces habrá que apretarse todavía más hasta puntos incómodos. La nueva cama sigue siendo "single", pero es algo más estrecha que la anterior. Que le pregunten a mi amigo lo incómodo que es dormir dos (espalda con espalda, ojo).
Mañana vuelvo de nuevo al curro (por fin sé lo que son los lunes otra vez) y espero que el Payo Pork esté ya de vuelta de su larga y penosa enfermedad, ya que ni siquiera el viernes se dignó a aparecer. No me importa que esté en cama retorciéndose entre altas fiebres y penosos dolores, pero tengo ganas de hacer algo de provecho. El circuito que me habían preparado resultó no funcionar por alguno de esos misterios de la técnica, así que he tenido que pasar los últimos días leyendo sobre microcontroladores y repasando ficheros de código.
A ver cómo se plantea la semana entrante. Payo Pork, ¡dame caña!