Tras llegar de Alemania para asistir a una boda, me subo a la báscula por curiosidad y la muy puta va y marca 80 Kg. Huelga decir que mi disgusto se debe a un manifiesto aumento de peso; en los últimos 5 meses he engordado 6 kilos en tierras teutonas. ¿Cuál es la causa? Buena pregunta, porque hay competencia.
Lo más sencillo es atribuir este desmadre kilográfico a la Weissenbier. Dicen que la cerveza engorda mucho, pero también decían que la masturbación compulsiva producía ceguera y es mentira, tan solo deriva en una ligera miopía. ¿Cómo es posible que la pobre cerveza de trigo, origen y solución de todos los problemas, sea capaz de gastarme esta faena? Si ni siquiera la acompaño con olivas o bravas. Imposible.
Los cereales. Desde que estoy en Alemania me he sorprendido trasegando cantidades semanales de arroz inflado que pondrían al borde del infarto a un dietista macrobiótico. Con algo más de 2 kilos de cereales a la semana, creo que merezco que quiten la rana de la caja y pongan mi estampa. Y todo ello regado con leche entera de las mejores vacas bávaras, de las que tienen las tetas a la altura de la cintura. De las que andan a cuatro patas, quiero decir.
Llevo comiendo cereales desde que tengo uso de razón, y debo confesar que últimamente los ingería en cantidades no sólo obscenas, sino incluso nocivas. Este tipo de alimento sobrevitamindado, que nos venden como la panacea de la buena alimentación, ha venido acompañándome hasta el momento. Los he probado todos. Algunos los he descartado porque no me gustaban (por ejemplo los chocolateados) y otros los tuve que dejar porque me inducían vicios o excesos secundarios. Algunos ejemplos de problemas identificados hasta el encuentro del cereal ideal:
Quizá me deje alguno en la lista, pero esos fueron los que más me marcaron.
A pesar de que mi sobrepeso era evidente (hacía un par de meses que no entraba en unos pantalones) no estaba preparado para el shock de la báscula. Me sentía como una adolescente devoradora de Marie Claire's, y es horrible. Me podía tomar un michelín con las dos manos, lo que se llama "las asas del amor".
El que me haya visto me puede decir que me puedo permitir cuatro kilos o seis, y que incluso no me vendrán mal, pero no en forma de michelín, por el amor de dios.
Alarmado y desolado (algo menos, pero hay que dramatizar), apareció la solución a mis problemas: mi hermana. Mi hermana es capaz de embarcar a todo el mundo en un bote que se dirige inexorable contra los arrecifes y ella quedarse en tierra tomando un cubata. Ya subió a mi padre al tren de "Dejar de fumar es fácil si lo hacen los demás" y, mientras que mi padre se debatía entre la vida y la muerte al segundo día, mi hermana retomaba el vicio con pasmosa naturalidad tras apenas 48 horas de abstinencia.
Esta vez la salvación de mi hermana también se presentaba en forma de libro: "La dieta de la Zona". Pasemos a estudiar el asunto con detenimiento.
Esta dieta se basa en el control de la insulina en sangre tras la ingesta de alimentos. Algunas de las cosas que nos llevamos a la boca tienen un cojón de calorías, pero eso ya no importa. Lo único realmente decisivo es lo que se llama "la carga glucémica", que viene a ser el impacto que los alimentos tienen sobre la segregación de insulina en las horas posteriores al atracón. Por lo visto la insulina de las narices juega un papel fundamental a la hora de elegir si se consume la grasa que tenemos bajo el ombligo o la que acabamos de comernos con el cochinillo. Hay que joderse con la insulina.
El caso es que todo esto de la dieta de la zona está elaborado por un microbiólogo de una prestigiosa universidad estadounidense, y parece ser que es lo que se lleva ahora entre las estrellas de Holywood, aparte de la coca. Probablemente mi hermana llegó a la dieta de la zona desde la Cosmopolitan, pero eso no importa. Ahora ya no hay marcha atrás.
Cuento por encima las bases del concurso:
Creo que esto es básicamente lo más importante. Hago aquí una pausa para pegar un berrido a mi hermana y decirle que supervise los supuestos científicos.
Bien, como el lector estará imaginando, me dejé llevar a la zona por mi hermana. Aprovechándose de mi desolación, me metió en el embolado y encima con una sonrisa en la boca. Al poco de ponerse en marcha el proyecto, mientras se tomaba un café con leche condensada después de una opípara comida, me comunicó que ella dejaba el asunto pero que seguiría con interés mi evolución por si acaso va y funciona la cosa. Metido en camisa de once varas una vez más por mi diabólica hermana, decidí continuar con el experimento. Hola, soy GonzoTBA y llevo una semana en La Zona.
¿Y es cierto que funciona? No lo puedo asegurar con certeza, pero 5 días después de dejar los cereales había perdido dos kilos y me noto ligero como una compresa con alas. Admito que la autosugestión todo lo puede, pero la modorra parece remitir y no me encuentro mal, lo cual ya es mucho estando mi hermana en el ajo. Todo esto son apreciaciones subjetivas, pero hay un indicador empírico del estado de salud del individuo que nunca yerra: la deposición.
Auténticos bloques. Al cabo de tres días uno come bloques y caga bloques. Algo increíble: tremendas pelotas de golf compactadas a 10 atmósferas por un intestino sin duda potente y en plena forma. Nunca me había sucedido algo así. Llevo 4 días sin limpiarme el culo porque no me hace falta. Las gestiones son rápidas, limpias y efectivas. Mi estómago es una máquina de esas que cogen una tonelada de porquería y expulsan un cubito Maggie. También se ha reducido de manera drástica la emisión de gases a la atmósfera, y a este ritmo en una semana más estaré en posición de ratificar el tratado de Kioto. Si mi familia y amigos se han alegrado, yo mucho más.
Igual que cuando uno deja el tabaco, los primeros tres días son críticos. Todo el mundo sabe que la leche desnatada es agua sucia y que hay que tener un estómago de acero para tirársela al buche. De la misma manera, una merienda a base de requesón (el hijoputa rezuma proteínas) es un reto difícil de tomar en serio. Ya no digo tomarse tres pistachos tras la comida porque te falta un bloque de grasa. Un bloque de guasa es lo que nos falta.
De la misma manera, puedo afirmar rotundamente que el azúcar es una droga. Sabido es por todos que el cerebro sólo consume glucosa, pero lo que le echamos al café por lo visto no es lo mejor. Los bloques de azúcar tal y como todos los conocemos no se contemplan en La Zona, y el "síndrome de abstinencia" o monazo los primeros días es terrible. A mí me entraban ganas de romper la puerta de la despensa y comerme un paquete de galletas, o ponerle un cuchillo a mi madre en el pescuezo y obligarla a prepararme un chocolate con churros. Afortunadamente, a los 3 días el mono remite y uno vuelve a pensar sólo en el sexo, pero las primeras 48 horas uno no piensa más que en comer buñuelos a pesar de que, curiosamente, no tiene hambre.
Dietas hay muchas. Cada verano o navidad salen a cientos; desde la dieta de la alcachofa a la de sólo comer fruta. Desde cómo adelgazar comiendo lo que quieras hasta cómo perder peso muriéndote de hambre. Fundamental siempre que el proceso no implique ejercicio físico. ¿Existen realmente las dietas que funcionan? ¿Perderé al menos cuatro kilos para volver a meterme en los pantalones negros? ¿Es todo cosa de la edad que no perdona? Os mantendré informados a vosotros y a mi hermana. Esto es como lo del "Super-size me" pero al revés. Toma pedazo de experimento en El Sentido de la Vida. Periodismo de calidá.