Dentro de la serie "Grandes Hitos en la Historia de la Humanidad Humana", incluiremos esta semana el episodio titulado "2003, una odisea de la cocina", en el que se muestra cómo un pobre mono aislado, a base de golpear cacharros y aporrear verduras y acuciado por la necesidad, da por casualidad con la fórmula del caldo. ¿Casualidad? Quizá, quién sabe.
El que haya leído "Los anexos de supervivencia" del Diario de Nantes sabrá qué es lo que entiendo yo por "una dieta equilibrada (tm)". Como quiera que el cuerpo evoluciona y pide cada vez más, la necesidad se hace patente, y uno debe encontrar nuevas fórmulas para satisfacer el organismo.
Encerrado en mi exilio estudiantil durante casi un mes (y de lo que me va a servir), sopesé la idea de fabricarme una poción de caldo para alegrar las frías comidas a base de líquenes y hongos que crecían en mi cueva. La pasta está muy bien, las pizzas llenan el buche que da gusto, las natillas del súper rematan cualquier comida que haya dejado un pequeño hueco; pero uno siente que le falta algo. Y siendo que, curiosamente, cuando uno tiene que estudiar tiene tiempo para todo, decidí que por qué no intentar hacer un caldo e incorporar algo de verdura a mí ya de por sí completísima alimentación.
Sin embargo, no todo era tan fácil: nunca había hecho caldo. Desde mis infantes ojos, la labor de preparar semejante complejo vitamínico era de lo más complejo. Mi madre, cual Panoramix, echaba un poquito de esto, un poquito de aquello. Sin duda una receta magistral que sólo unos pocos conocen y que pasa de generación en generación por medios no escritos. Pero nada más lejos de la realidad.
Una ociosa mañana me armé de valor y llamé a mi madre, la cual estuvo encantada de compartir conmigo sus secretos de madre (a las madres les encanta que les pregunten cosas, y más de las que saben. Tomad nota). Descubrí entusiasmado que los ingredientes son básicos, y que el modus operandi para la obtención del revitalizante no lo es menos. Hete aquí la lista para principiantes:
Y eso es todo. Ya tenemos todos los packs necesarios para la instalación correcta del invento. Sí, podría ver en un metapaquete etiquetado como "caldo", pero entonces perdería la emoción de la caza y del "savoir faire" que os va a destacar entre vuestros amigos incultos y hamburgueseros. Ojo, que al margen de los ingredientes, necesitamos una cazuela bastante grande y un colador de buenas dimensiones. Pero eso seguro que ya lo sabíais.
Se llega uno a casa y arroja el contenido de todos los packs en el puchero. Yo opté por despiezar un poco los ingredientes, especialmente aquellas verduras cuyos nombres desconocía pero que parecía que se dejaban hacer. Digo yo que abiertas en pedazos destilarán con mayor eficiencia sus jugos vitamínicos. A continuación llena uno de agua la cazuela hasta que el berenjenal flote, más o menos. La cantidad de agua a añadir no es tema baladí, ya que si se pone poca nos habremos tomado la molestia de hacer caldo para dos platos, y si se pone demasiada nos encontraremos con la famosa "sopa boba", esa que tiene menos sustancia que un libro de Leticia Sabater. Sólo la experiencia nos aupará, una vez más, a la maestría.
La poción se pone a hervir a fuego lento durante una hora o un poco más. De vez en cuando se remueve un poco aquel potaje de elementos flotantes, y si se está de mala leche se les aporrea un poco para que suelten hasta la última vitamina que guardan con celo. Se echa sal más o menos a voluntad y a ojo, y se vuelve a remover.
Mientras el caldo evoluciona, podemos ir a resolver un problema de Máquinas Hidráulicas o a ver cómo termina el capítulo del Equipo A, levantándonos en los anuncios para aporrear y remover de nuevo toda esa suerte de verduras de nombres desconocidos. Al cabo de una hora más o menos, se corta el fuego y se deja reposar.
El caldo se guarda en la nevera y, según estimaciones oficiales, dura unos cinco días. De todas maneras, como siempre, si no sabe mal es que se puede comer. Ojo con meter el caldo en la nevera nada más dejar de hervir, porque tenemos entonces una masa ingente a una temperatura de cerca de 100 grados, y como la metamos en la nevera la vamos a dejar a 50, por lo que el resto de alimentos se pueden quejar y con razón. Deja reposar la cacerola con el invento hasta que adquiera temperatura ambiente.
Hay dos escuelas en cuanto a colar el caldo se refiere: la escuela antigua aboga por colar el caldo antes de meterlo en la nevera; sin embargo, estudios recientes de mi madre han probado que el caldo está mucho mejor si se guarda tal cual en la nevera, con todos los flotadores, y se cuela la cantidad necesaria antes de cada uso. La explicación técnica que se oculta tras este proceder es que los elementos flotantes siguen destilando calidad incluso tras el hervor. De hecho, está probado que un caldo colado y empleado el mismo día no sabe ni de lejos igual que un caldo reposado en la nevera un par de días, pero esto ya son cosas de gourmet, y aquí estamos hablando de supervivencia pura y dura.
Una vez hecho, su uso es un juego de niños: se prepara un cazo, se vierte el caldo y se pone a fuego. Cuando hierva, se le echa arroz o fideos y se remueve y se baja el fuego para que hierva con el fuego mínimo. La física dicta que el agua jamás pasa de los 100 grados a 1 atmósfera de presión por mucho fuego que se le dé. Otro tanto pasa con el caldo. Lo más que conseguiréis será que se desborde y os ponga los fogones finos, si es que no lo están ya.
Cuando el arroz o los fideos estén ya en su punto, prueba y error, se sacan y se depositan en un plato. Comprobaréis que se trata de un plato sencillo, reconfortante y que le llena a uno de vitalidad. Seréis el asombro de propios y extraños cuando convidéis a los amigotes. "¿Hace un caldito?". "No jodas, ¿no vamos a pedir pizza como siempre?" te dirán. No señor, hoy se come bien, que ya tenemos una edad.
Si, a pesar de todo, no tenéis tiempo o las circunstancias os superan, venden desde hace poco unos briks de caldo que sirven para un par de platos. Nos es lo mismo que la sustancia original, pero bien valen para un apaño. Los tenéis de caldo de pollo, de cocido y de pescado, en plan delicatessen.
Sí señor, todo un hito en mi vida de restaurador emancipado. ¿Alguna otra receta para tontos y que alimente? Creo que me estoy cansando de las pizzas. Eso sí, si lleva verduras, que estén escondidas, como en el caldo.