Seguro que muchos de los que pasan por aquí recordarán una colección de libros de esos de "nuestros tiempos". El protagonista era un niño llamado Teo que iba al zoo, a la playa, al museo... y en todos esos lugares nos aleccionaba sobre lo que se podía encontrar uno al circular por el mundo, siempre de manera adaptada a los infantiles ojos de los impúberes niños en cuyas manos iban a caer los ejemplares. Sería el equivalente hoy en día a series de televisión como los Simpsons o a películas como "Colega dónde está mi coche", cosas educativas que nos explican la realidad cotidiana por si no la vemos cuando pasa por delante de nuestras narices.
La colección de Teo no sé cómo terminó, seguramente con algunos títulos adaptados a las nuevas generaciones, del tipo "Teo sale del armario", "Teo va de putas" o "Teo va al trullo". Pero en fin, nada de todo esto tiene que ver con la columna de la semana. Salvo Teo.
La semana pasada murió el padre de mi amigo, con el que vivo aquí en Regensburg, y se llamaba Teo. Digo que se murió y no que falleció de la misma manera que la gente se casa y no contrae matrimonio, a menos que el matrimonio se considere una enfermedad contagiosa, lo cual se puede discutir. En cualquier caso, conociendo a Teo, seguro que hubiera preferido morir o palmarla antes que fallecer. Porque Teo era un tío sencillo.
Estamos en una edad en que pensamos que lo peor que le puede pasar a un amigo es casarse. De hecho en Octubre tengo dos bodas y me tiemblan las piernas de ver a la gente entrando en "el carrilito", que dice mi tía. Pero no, peor que que un amigo se case es que se le muera un padre o una madre, y desgraciadamente estamos en una edad en que eso también está de moda.
Lo peor de todo esto es la cara de gilipollas que se te queda. Cualquier cosa que uno pueda decir sabe a culebrón rancio o a frase de compromiso cementerario.
Teo era un tío sencillo, que no simple. La sencillez es algo que se echa en falta hoy en día, por eso se aprecia. Al menos yo la aprecio. Conozco a mi amigo desde hace unos 15 años y su casa era mi segunda casa. Allí me acercaba a comer cuando no me apetecía deglutir la bazofia de la universidad. La madre de mi amigo, conocedora de mis problemas con la comida, siempre tenía un plan B para llenarme la panza, y me reprendía por no haberla avisado con tiempo para que pudiera comprar las copas de chocolate de poste que tanto me gustaban. "No te preocupes, que no pasa nada" decía yo. "Las patatas están cojonudas".
Teo vino a Valencia desde un pueblo de Guadalajara para montar un negocio. Después de muchos años y de mucho curro, los hermanos tenían una nave de productos cárnicos desde la que abastecían a sus carnicerías y a todo el que tenía buen gusto y quería comprar carne. Por sus dependencias anduvimos hace unos años cuando teníamos que hacer un projecto para una asignatura del último año y elegimos edificar una nave de productos cárnicos. Siempre acudíamos a Teo cuando había que regalar a alguien un buen jamón y quedar bien. Eran buenos tiempos, como todos.
Antes de decidirme a venir a Alemania acudí un día a despedir a mi amigo. Después de empaquetarlos a él y a sus trastos, me quedé con Teo a ver el partido del Valencia por el Plus. Una tele grande, un vinito y unos buenos productos de la piel de toro para disfrutar del encuentro.
En estos momentos uno no sabe qué decir. Siempre parece que se mueran los demás y los familiares de los demás. Pero un día va y toca, y durante un breve periodo de tiempo uno tiene la impresión de comprender el verdadero sentido de la vida. Uno se da cuenta de que sólo hay dos cosas importantes en la vida: una es ser feliz, y la otra... bueno, la otra se me ha olvidado.
Durante unas horas o días uno se da cuenta de que todos los problemas que tiene son tan triviales que se enfada por haberse preocupado por ellos. Después de todo lo único importante es estar vivo y de pie, y poder sentarse luego a tomar una cerveza para contarlo.
Para bien o para mal, este sentimiento pasajero, esta perspectiva privilegiada que nos permite contemplar momentáneamente el sentido de la vida, se diluye otra vez en la marcha cotidiana, dejándonos otra vez solos y preparados para caer en los mismos errores y llorar por las mismas penas de mierda, como son todas las que nos "azotan". ¿Hasta dónde se podría llegar si se consiguiera conservar esa sensación de saberlo todo sobre la vida, ese sentimiento de saber "esto es lo que cuenta"?
En fin, Teo se ha ido pero los demás seguimos aquí, así que habrá que hacerlo lo mejor que sepamos. Descanse en paz donde quiera que esté, y que su recuerdo nos ayude a los que seguimos aquí a hacerlo todo un poco mejor, que para eso hemos venido.
Algo en el vaso y un brindis por Teo. Nos vemos.