Esta semana he estado de vuelta por España, y por tanto he encontrado algunas cosillas de esas a las que uno está acostumbrado, que traga sistemáticamente, y que hasta que no toma un poco de perspectiva no deja de ver como normales. No estoy hablando de que aquí haga calor y en Alemania no, sino de que la vida aquí es diferente y no siempre para mejor. Otro día hablaré de que lo que aquí se llama "calidad de vida" es, en realidad, buen tiempo, y que España tiene poco mérito ya que es algo que se ha encontrado. Si "calidad de vida" es que haga sol y se esté bien en una terraza, en la Guayana francesa tienen una calidad de vida de puta madre.
Al llegar a casa me encontré con que la moto no arrancaba. La batería ya había estado renqueando en la última visita, y tuve que pasar ahora por el taller para hacerme con otra. Allí, los mecánicos de turno me hicieron el favor de venderme una, tras un día de carga debido a "la alta demanda de baterías de cara al buen tiempo", al módico precio de 70 euracos. Entonces me di cuenta de que, en los talleres, en las tiendas, en el metro, en las cajas del súper... la gente no me atiende: me hacen favores, me perdonan la vida.
En los talleres de coches o de motos, ya cuando entras parece que estés molestando. Ellos están ahí tranquilamente a lo suyo, con el cigarrito o con el café, y entonces entras tú y ponen cara de "Ostia, ya viene este a jodernos la mañana. A ver qué tripa se le ha roto". Tú saludas con la mejor de las sonrisas y expones tus inquietudes. El andoba va poniendo mala cara a medida que vas relatando tus males, se frota la barbilla y su expresión se va torciendo. "Eso va a ser la trócola, y ahora no hay trócolas porque se va todo el mundo de Semana Santa. Se lo puedo mirar pasado mañana (le haré el favor) pero tampoco le prometo nada. Pásese y veré lo que puedo hacer, que esto como que tampoco es lo mío, ¿sabe?". A ver quién le levanta la voz a decirle que se apure, que uno no puede pasar por el taller a la hora que más le convenga al caballero. Es peor que manejar un funcionario. El funcionario te hace el favor si quiere, pero por lo menos no te pasa unas minutas de puta madre.
Las visitas a mi dentista me hacen sangrar la úlcera. Cuento la última.
Cuando llegué a la consulta de mi dentista hace ya unos tres años, mis incisivos, a grosso modo y para que nos entendamos, lucían tal que una uve invertida (^). Por lo visto, el proceso de instalación de los "brackets" no tiene ninguna importancia en la medicina odontológica actual. La señorita que los ubicó en su día símplemente los colocó todos en horizontal sobre cada uno de los dientes sin prestar mayor atención, tal y como dios le dio a entender. Entonces pareció una buena idea.
Ahora que los dientes ya están en línea, mi dentista se ha empezado a preocupar por los detalles de última hora, como cuando uno tiene tres meses para hacer un trabajo y siempre la última semana resulta ser de un frenetismo exacervado (esto de intentar escribir palabras que desconozco un día me va a traer un disgusto). Por ejemplo, mi dentista cayó en la cuenta durante la anterior visita de que mis incisivos "tienen una tendencia a separarse".
Acojonado ante la posibilidad de que el buen hombre intentara cualquier artimaña con más buena fe que arte, le di a conocer mi punto de vista, una opinión que ya venía aproximadamente un año cultivando. Le dije que, de acuerdo con las leyes de la física más elementales, si los brackets estaban colocados sobre mi diente fuera del eje horizontal del mismo, no existía ninguna fuerza que los conminara a enderezarse. Se le abrieron entonces los ojos como si hubiera descubierto la piedra filosofal y, fijándose en mi incisivo derecho, el más perjudicado por el tema de la falta de coaxialidad, decidió que se le acababa de ocurrir que lo suyo sería quitar el bracket y volverlo a poner, pero esta vez bien. Por supuesto no lo dijo así, sino que le apuntó a la asistenta una serie de complejas operaciones que incluía las palabras "mesiánico" y "meridional" entre otras de menor entidad. Yo alucinaba.
La asistenta tomó entonces el bracket y, con un par de tirones, lo desprendió fácilmente de la cerámica superficie. Me comentó que el próximo paso era, con una fresa, proceder a eliminar los restos de "cemento" del diente para volver a reubicar la pieza metálica. Si no hubiera estudiado ingeniería, habría pensado en aquellos momentos que iba a merendar fresas.
La señora agarró la piedra giratoria y la aplicó sobre el diente con un suave movimiento tal y como se aplica una plancha sobre una camisa para el domingo. En pocos segundos, mi diente alcanzó una temperatura del orden de varios cientos de grados, lo que me empezó a resultar ciertamente incómodo hasta el punto de pensar que iba a perder la pieza. Tras hacerle notar a la buena mujer que si continuaba por ese camino ambos tendríamos problemas, me dijo que iba a accionar el chorrito de agua que acompaña a la fresa. "Y digo yo --pensé para mis adentros-- ¿no podía haber puesto el chorrito desde el principio ya que parece ser que viene con la fresa?". Por lo visto la señora desconoce que la energía cinética que se disipa al frenar la rueda rugosa contra el diente se convierte en calor. Pero al galope. Tras refrescar mis piños con algo de agua, el proceso siguió sin nuevas interrupciones.
Evidentemente, el diente se enderezó a los pocos días (después de tres años). Por las mismas leyes físicas que nombraba antes, el incisivo vecino se fue al carajo, ignorante de las nuevas condiciones de coaxialidad y buen ver de su colega de encía. Cuando mi dentista lo vió hace unos pocos días, concluyó: "Este incisivo tiene tendencia a irse de madre". Por lo visto, mi dentista asigna a los dientes personalidades propias, y cada una de las piezas tiene sus tendencias y modas pasajeras, vicios y virtudes. Le expliqué que ya discutimos el asunto hacía mes y medio, y le relaté de nuevo las virtudes de la ley de acción y reacción. En seguida concluyó que lo suyo era quitar el bracket y reubicarlo según las reglas mesiánicas y meridionales. Aplaudí su valía y temblé al pensar en la fresa abrasadora, pero la ayudante es más lista que el dentista y recordó que no se deben aplicar ruedas rugosas sobre superficies esmaltadas si no se refrigeran con agua. A mí me costó más aprenderlo en clase de Materiales.
Así pues, después de tres años y en unos pocos días, mis dientes están por fin en vertical y alineados. Me pregunto dónde estaba mi dentista el día que explicaron la geometría, en los días en que la pubertad lo azotaba. Creo que debería "hacerle un favor" y explicarle unas pocas cosas de sentido común. Eso sí, cuando a mí me venga bien y a un precio razonable, por supuesto.