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El Diario Teutón: Segundos pasos
By GonzoTBA
Creado 20/04/2004 - 21:05

Alemania, punta de lanza de la modernidad y la exquisitez, ha perdido gran parte de su encanto para mí: he descubierto esta semana que aquí a los tíos los hacen mear sentados en la taza. Como lo digo. Había visto algunos carteles en algunos de los baños haciendo referencia al tema, pero creía que eran de coña. Esta semana por fin he visto la luz, en parte debido a que mi alemán va mejorando y en parte porque he visto algún otro cartel que incluía dibujos ilustrativos sobre el tema. ¿Cómo se puede rebajar así al hombre, despojándole de casi lo único que le queda en el mundo a estas alturas? ¿Dónde queda la comodidad y la facilidad de uso? Supongo que lo hacen porque habrá mucho alemán guarro que no retire la tapa sobre la que las señoras asientan el trasero, pero a los que de verdad sabemos mear se nos debería levantar la veda. Alguno dirá que no es para tanto, pero eso de miccionar sentado... como que no es lo mismo. ¿Adónde se dirige el mundo?

Ya estoy instalado en mi nuevo hogar; mi compañero es un tanto rarito. Apenas le veo el pelo rojo que lleva y nos cruzamos muy poco. Hay un par de sartenes llenas de aceite que llevan varios días luciendo sobre los fogones, pero como lo único que hago en casa de momento es desayunar, no me importa demasiado. Probablemente haya que celebrar una cumbre en casa para ver cómo abordamos algunos de los temas domésticos, como por ejemplo los viajes a sacar la basura o la compra de trastos de uso comunitario.

Mi bañera, como no podía ser menos, no tiene cortina. Además, por algún extraño motivo, la porcelana del receptáculo está especialmente fría, y ducharse (?!) por las mañanas a veces es más una obligación que un momento de relax y deleite. El baño está abuhardillado y el techo hace rampa sobre la bañera. Alguien tuvo la idea de colocar un mapamundi enorme (Weltkarte) sobre la inclinada superficie, con lo cual estoy aprendiendo un huevo durante mis labores de higiene diaria: mientras me enjabono la espalda echo un vistazo a Australia y Asia Oriental, cuando me froto las partes examino los alrededores del Índico, y termino inspeccionando Sudamérica antes de levantar las nalgas de la fría superficie. Por cierto, no sabía que Groenlandia fuera tan grande. Nunca un simulacro de ducha fue tan intelectualmente gratificante.

El chico al que sustituyo en el piso me dejó las llaves de una bici sin dar más detalles. Tampoco se me ocurrió a mí que fueran necesarias más indicaciones hasta que llegué al aparcamiento del piso, en la parte posterior, donde yacían tres docenas de bicicletas de todas marcas y pelajes. Tras diez minutos forzando candados, decidí dar la empresa por finalizada, ya que si no hubiera cejado en mi tarea la policía hubiera llegado en los cinco minutos siguientes.

El otro día contaban por aquí un chiste que preguntaba por qué no había crimen en Alemania. La respuesta era ?Porque no está permitido?. Aquí puede uno pasear a las cinco de la mañana con el portátil bajo el brazo con la certeza de que cuando llegue a casa todavía seguirá ahí. No se puede caminar por los barrios malos de la ciudad simplemente porque no existen, y lo más parecido a un delito que he visto en dos semanas ha sido ver a un alemán cruzando un semáforo en rojo. Quizá es que llevo poco tiempo aquí o que esta es la parte buena de la ciudad, pero a mí me gusta.

Aquí el concepto de escándalo es diferente. Ayer volvía del super con un pollo bajo el brazo. Como aquí las bolsas de plástico se pagan y no me hacía falta, resolví caminar hasta mi destino con el pollo en la mano, dentro del mismo recipiente compuesto a base de envoltorio de plástico y corchopán que también se conoce en España. Al pasar por una de las soleadas terrazas vi a algunos amigos, así que me acerqué y me senté con ellos, dejando el pollo de amplio torso rosado (7 euros de ave) sobre la mesa. Enseguida se montó un revuelo de cuidado, y varias mesas alrededor se reían revolucionadas. Aquí la tontería más cotidiana sirve para montar un número resultón.

En el plano más morboso, decir que en apenas 10 días me han dado unas calabazas, me ha tirado los trastos un maricón y he triunfado con una alemana. La chica es de curvas redondeadas, pero tiene a su favor que es muy simpática, tiene buena conversación, habla alemán y además es logopeda; el sueño de todo aprendiz del idioma. No sé si la cosa va a prosperar, pero de momento pronuncio Schluckauf que no veas.

Contra todo lo que había visto anteriormente en mis dos visitas anteriores, puedo decir que, como se dice en las encuestas, un buen porcentaje de las alemanas están entre buenas y muy buenas, siendo algunas simplemente tremendas en todas las acepciones del adjetivo. El porcentaje sobre este grupo que no tiene el 15% extra de materia grasa sobre las caderas es relativamente reducido, pero si hay que crujir bajo uno de estos monstruos de la naturaleza, se cruje y punto; después de todo, para eso y para aprender alemán hemos venido. Hay algunas walkirias escapadas de una película de vikingos que son demasiado, aunque de momento no me atrevo a acercarme. He resuelto tener cuidado, hasta nueva orden, con todas aquellas que sean más altas que yo (1.86 m).

Hay un amigo de mi amigo que me ha acogido aquí como a su segundo hijo, y digo segundo porque ya tiene viviendo en casa a un pendejo mexicano que chupa también de la teta materna. Este chico es uno de los pocos que tiene vivienda no compartida, y la mayor parte de la acción se desarrolla con su casa como escenario. Durante la pasada semana he estado pasando allí la mayor parte del día: desayunaba, cogía los trastos y caminaba hasta su casa. Comía cualquier cosa y luego, cuando él llegaba del curro, nos hacía una cena de puta madre a mí y a otros chupópteros. Además, como le gusta cocinar, hace unas delicatessen que son la monda. El otro día sin ir más lejos hizo empanada gallega. Como sabrá el lector, hace un par de meses yo no salía de la pizza con jamón y la carne con patatas. Pues bien, ahora son pocas las cosas que no como. No sólo me encontré repitiendo empanada gallega, sino que me sorprendí devorándola con fruición. No sé ni lo que llevaba, sólo sé que me saltaban las lágrimas de la explosión de sabor en mis fauces. A ver si va a tener razón mi padre y me faltaba una mili. En fin, nunca es tarde si la bicha es buena.

Este chico tan acogedor se cuida, y tiene una red wireless montada en casa. No tengo palabras para expresar lo que, para un friki como yo, un acceso wifi a internet supone. Es por esto, entre otras muchas otras cosas, que he pasado largas horas en esa casa compartiendo vida con el mexicano, que se encuentra a la espera de que los Recursos Humanos de PerryAG le digan si tiene futuro aquí en Regensburg o si tiene que volverse a México. Este chico es apasionante por diferentes motivos:

  • Habla mexicano: Ya que no paso tanto tiempo con alemanes como quiero, estoy intentando aprender mexicano. No os podéis hacer idea de lo complicado que es recordar todas las expresiones, el acento y la entonación. Qué onda, güei. Hemos pasado días en los que no hacíamos más que explicarnos las diferentes frases hechas entre ambos idiomas (o lenguas, o dialectos o como lo quiera llamar el puntilloso de turno).
  • Juega al Starcraft a un nivel profesional: Yo estuve jugando al Starcraft una buena temporada, hasta que unas pascuas, tras una sobredosis, pasé dos noches en blanco porque cuando cerraba los ojos veía naves y bichitos alienígenas trotando sobre un terreno escarpado. El tío juega de tal manera que miras una partida y no sabes lo que está sucediendo. La pantalla se mueve de un lado a otro y, con la destreza que ha desarrollado con teclado y ratón, si se lo propusiera podría tocar el acordeón en tres días. A veces se queda en el palomar en el que está instalado, una especie de segundo piso metido con calzador, jugando al Starcraft hasta que se hace de día. Prodigioso.
  • Su resistencia física me tiene fascinado: El otro día se levantaba cuando llegué yo a las dos de mediodía. Abrió la nevera y se metió varias cucharadas de un yogur de vainilla que venden en botes de un kilo, no comiendo nada más hasta que por la noche preparamos la empanada gallega. Cuando entra en el Burguer King le ponen la alfombra roja y le hacen la ola.
  • El tío es brillante: Como se aburre, se pone Cds para aprender alemán (más), busca cosas en internet para montarse un kit de un robot que se conecte por el puerto USB y haga chorradas (programarlo por el puerto serie es demasiado fácil), y aprovecha el tiempo libre para aprender a escribir con un teclado DVORAK. El tío se sabe ya la disposición de las teclas de memoria y está empezando a coger mucha soltura.

En resumidas cuentas, se trata de un personaje curioso, adaptado al máximo al medio y al que no puedo más que admirar.

Las casas alemanas tienen formas extrañas, con vigas de madera que cruzan estancias, techos en rampa de las formas y colores más dispares y todo tipo de excentricidades que uno pueda imaginar. El palomar del pinche mexicano tiene una enorme viga de madera a media altura que uno puede golpear fuertemente con la cabeza cuando toma impulso para bajar las escaleras. Lo sé porque el otro día me desperté en el suelo y tardé unos 15 segundos en darme cuenta de que había intentado partir la columna de madera con la parte de la calabaza que queda entre la frente y la colleja. Nunca antes había visto tantas luces de colores. Ahora tengo una especie de actitud paranoide cada vez que veo un techo que baja en rampa, y con razón, porque el otro día saliendo de la bañera casi parto África en dos.

En fin, la vida aquí es muy intensa, podría estar horas y horas contando todo lo que hay y probablemente se me olvidarían muchas cosas. Aquí tengo la impresión de que estoy viviendo la vida, y no que la vida me vive a mí. Vivo en el centro de una ciudad muy bonita, lo tengo todo en un radio de quince minutos a pie y puedo explorar en bici cuando quiera. Además, ahora de cara al verano esto se está soleando, las calles están animadas y parece que llega la época de las vacas flacas (aquí es la mejor época, claro). El sol no te quema la chepa como en España sino que te acaricia, y los alemanes se desparraman como lagartijas en cuando salen los primeros rayos del astro rey. Este sitio, y más de cara al verano, me parece ahora mismo el mejor lugar del mundo para estar. Aunque de aquí unos meses tenga que volver a España con el rabo entre las piernas y un bagaje de sólo un mejor alemán, habrá valido la pena. Recomiendo a todo aquel que haya pensado alguna vez en cogerse los bártulos y largarse al extranjero, que lo haga. No sólo en España se vive bien, y además hay algunos sitios en los que hay trabajos dignos. A ver si yo encuentro a algún pardillo que me dé uno en las próximas semanas.

Se despide el reportero Gustavo desde Regensburg. Así han sido el 10% de las cosas y así se las hemos contado.


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