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El arte de regalar y de ser regalado y no poner caras
By GonzoTBA
Creado 21/01/2003 - 07:06

Hace nada hemos sufrido la navidad, apenas un mes. Época de vorágine descontrolada, donde todo vale y donde hay que gastar por cojones lo que no se tiene, es época también de entrañables regalos.

Dicen que regalar es un arte, y es cierto. Pero más arte es el de ser regalado y poner cara de que te han tocado la fibra. Los actores de Hollywood las pasan putas en navidades y onomásticas varias. Imaginaos el resto, sin preparación artística. Empecemos por el tema de regalar.

Primero están los cumpleaños. Es normal y comprensible que en tan señalada fecha uno reciba regalos. Si no los recibe en su cumpleaños, pues ya no queda otra ocasión en el calendario, porque vamos, lo de celebrar los santos está más trasnochado que el chachachá.

Total, que llega el cumpleaños de un amigo y, en el grupito de amigos que hacen el regalo en común se alzan siempre las mismas dudas: "Hostia, ¿otra vez?", "Pero si fue su cumpleaños hace nada. ¿Ya ha pasado un año?", "Yo creo que era ahora... ¿Me equivoco de persona?", "¿A quién le regalamos la muñeca hinchable?". Estas preguntas señalan la confusión inicial y dan paso a nuevas dudas: "¿Y qué cojones le compramos?", "Yo qué sé. Si es que el tío lo tiene todo", "¿Qué dijo la semana pasada que le gustaría tener? ¿Sería una indirecta?". Y luego está el tema del precio: "¿Veinte euros cada uno? Joder, cada año sale más caro esto", "Oye, ¿Tú me pagaste el regalo de fulanito en Marzo?", etc... Al final, se llega siempre a la misma conclusión. "Oíd, este es el último año que hacemos regalos". Siempre igual.

Pero en fin, los amigos son buenos y todo lo perdonan, al menos entre hombres. Las mujeres son mezquinas y si sufren una afrenta, guardan el golpe hasta que lo pueden devolver. Un mal regalo a una mujer es una factura a pagar que vence en el momento menos pensado. Con los amigos nos podremos permitir cualquier cosa, que al día siguiente todo estará olvidado.

Me di cuenta de lo difícil que era encajar un mal regalo un año en el que mis amigos me tomaron el pelo. Corría yo por entonces todas las semanas oyendo la radio, pero correr con un walkman es más incómodo que conducir sobre el freno de mano, así que había dejado caer que quería comprarme una de esas radios pequeñas, con la intención de facilitar a mis sufridos amigos la labor de comprarme el regalo y, por qué no, asegurarme de que no me iban a regalar un bodrio.

La cena a la que convidé yo se desarrolló con normalidad. Las jarras de cerveza iban de un lado a otro de la mesa con alegría, acompañadas por las de sangría marca "Don Salfumán". Al final de la cena, hice un brindis por tan señalado día y me dispuse a recibir el regalo. Abrí el paquete comprobando con satisfacción que las dimensiones correspondían a las de una radio de esas pequeñitas para correr. Con cara de "qué será, qué será" fui abriendo el paquete, que tenía más capas que el armario de un superhéroe. Al final llegué a una caja algo chunga, y metí la mano para ver qué había dentro.

Efectivamente, había una radio, pero de dimensiones algo superiores a lo que yo esperaba. Los auriculares eran de esos que te dan para ver los documentales sobre la reproducción del chipirón noruego cuando vas en el tren de cercanías lejanas. Tenía aspecto de ser la que había usado mi padre para seguir el golpe de estado hace 25 años, y le faltaba la tapa de las pilas. "Se le habrá caído al envolverla. Tranquilo que estará en mi casa" me apuntaron. Con un nudo en el estómago y aquella mierda entre las manos, levanté la cabeza y agradecí a los asistentes su generosidad. Ante la insistencia de las preguntas, tuve que decir cien veces que me había encantado, "Justo la que yo quería", mientras contenía las lágrimas.

Cinco minutos después, cuando los ácidos en mi estómago me empezaban a jorobar la cena, mis amigos empezaron a deshuevarse y sacaron una radieta de puta madre. Con satisfacción desmedida, los abracé a todos como loco. Hasta besos hubo. La gente del bar aplaudió ante el espectáculo. Demostré con dos cojones que podía encajar una mierda de regalo incluso hasta de mis amigos, aunque creo que se me debió ver en la cara cómo la bilis me rampaba por el esófago.

Y eso en los regalos de cumpleaños. Pero, ¿en qué situaciones hay que hacer regalos? A mí me revienta particularmente cuando uno va de viaje y tiene que traer regalos para todo el mundo. Joder, que me voy una semana a París, no a casa de Santa Claus. "¿Pero qué quieres?" preguntas. "No sé, lo que veas por allí". No te jode, encima de paje de los Reyes Magos. Total, que te vas de viaje, te pasas toda la semana viendo tiendas de regalos, te gastas la pasta del viaje y encima vuelves como si fueras un puto enano de Santa Claus. Sólo te falta entrar por la chimenea y dar una sorpresa. Por eso yo hace años que no traigo nada de un viaje. Total, para acabar comprando un peluche en un Duty-Free, para eso no traes nada y no pones a nadie en aprietos. Y luego están también los que te piden cosas caras, que sólo se pueden encontrar en ese país lejano y exótico al que vas (y que está al lado) y no te dan un duro. Pero esa es otra historia.

Hay gente que no lo entiende así, y si se va de viaje te tiene que traer algo típico de allí. Quizá para que lo pongas encima de la tele y te mueras de envidia acordándote de que él ha estado en tal sitio y tú, que eres un pobre desgraciao muerto de hambre y con menos mundo que un ácaro del polvo, no. Te traen una figurita, o un mantelito, o un cojín de color rosa marica ilusión, o un cuadrito. Y a ti te toca ponerlo encima de la tele, o en el sofá, o en cualquier sitio menos en la basura, donde debería estar. La otra opción es meter el engendro en un cajón y sacarlo cuando la visita, pero tamaños tejemanejes siempre acaban mal; porque la memoria es débil y porque siempre existe la posibilidad de una visita sorpresa. Total, que te han hecho un regalo y te han jodido. Menudo paradoja. "Lass mir in ruhe" (déjame en paz, que dirían los alemanes -Cómo controlo ya, eh? eh?-).

Y lo peor peor son las competiciones de regalos, especialmente en relaciones a larga distancia. Llega la navidad y por casualidad ves algo que podría gusta a alguien. Lo compras y se lo mandas. La persona en deuda, contrataca con la mejor de las intenciones. A la navidad siguiente, uno ya se siente en la obligación, por no romper con lo que se ha establecido ya como "tradición". Y además no vale con cumplir, tiene que superar lo del año anterior. Y el otro igual. Al final se acaba en una espiral de violencia que genera un torbellino que arrasa carteras. En un momento dado, uno de los dos no podrá mantener el tipo y acabará olvidando la fecha, o comprando un mierda por falta de tiempo o cualquier otra cagada que le deje a la altura del betún. Lo que comenzó como "una gracia" termina en tragedia. Otra buena intención que acaba en drama.

¿Y las tarjetas de navidad? Montañas de cartón viajando de aquí para allá durante semanas, completamente impersonales. Lo mismo valen para felicitar al jefe que a la dueña del burdel de la esquina. Feliz Navidad y a pasarlo bien el año que viene. Se le pone un sello y se manda a quien toque. "Qué bien que se han acordado de mí" dices. Sí, como los de la publicidad de la tienda de electrodomésticos del barrio, que no faltan a la cita semanal en tu buzón y bien que los pones a parir. Al final dará gusto recibir algo así: "El carnicero le desea felices fiestas, y le recuerda que como vuelva a aparecer por el colmado y no pague lo que debe, le partirá las piernas". Y dará gusto por recibir algo personalizado, que ha consumido tiempo, que se ha escrito con cariño. Menudas fiestas las navidades.

Seguro que me dejo unos cuantos supuestos más. ¿Alguna vez te han tomado el pelo con un regalo de coña? ¿Traes regalos cuando vas de viaje? ¿Tú también tienes dos cerdos de cerámica retozando sobre el televisor? ¿Y ese mantel de punto de la mesa camilla? Cómo mola, ¿eh?

Qué complicadas son las relaciones humanas.


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