Perros, ciclomotores y cintas de vídeo

El relato de la semana pasada sobre perros y mordiscos despertó en mí viejas vivencias. Se hicieron comentarios sobre los beneficios del footing y sobre los beneficios de sus otras alternativas, pero nadie habló sobre fauces y entrepiernas. Centrémonos hoy un poco más en el deporte de ser mordido por un bicho cabrón, modalidad al alcance de cualquiera y sin necesidad de entrenamiento previo.

A mí me encantan los perros. Vivimos fuera de la ciudad y aquí tener perro es tan normal como tener una “Pleisteison”, sólo que el perro no reproduce DVDs. Nos gustan tanto estos bichos que vamos por el tercero, uno detrás de otro. Y es que los perros son unos animales cojonudos, pero como los niños, están educados o asnados por los padres. En cualquier caso, hay dos frases que las madres nos repiten sin cesar durante la infancia: ” No toques eso que lo vas a romper” y “Jamás toques a un perro cuando come”. Las madres son sabias al 50% aproximadamente, y mientras hemos aprendido que hay ciertas cosas que podemos tocar con avidez sin que se rompan, nunca se nos ocurrirá tocar a un perro mientras come, especialmente a uno de esos que lucen como un saco de huesos y traen pulgas de las malas.

Era una tarde de Otoño, o de Primavera, vete a saber. Debía yo estar en mis 14 ó 15 años, y un amigo se presentó en casa con su flamante 49cc. Para aquellos que hayan vivido la época dorada de las motetas de “cross” de 49cc, cuando los scooters sólo los llevaban los amanerados, diré que era una Derbi FD, un mito urbano. Eran cuatro hierros impulsados por un motor que petardeaba como si amenazara con expirar en cada acelerón.

No sé muy bien qué íbamos a hacer, probablemente nada especial sino dar una vuelta para refrescarnos los caretos azotados por el acné. Empezamos a remontar la cuesta de salida de mi casa y la “amoto” bramaba impotente, quejándose por el exceso de equipaje. En medio minuto alcanzamos los 30 Km/h, y el mundo pasaba ante nuestros ojos mientras disfrutábamos de la candidez de nuestra juventud.

Fue a esa velocidad de crucero cuando pasamos a la altura de un perraco impresionante, un cruce de doberman, vitorino y mala bestia. Saludé yo al perro con mi manita embriagado por la dulzura del aire primaveral, cuando vi que aquel pedazo de animal arrancaba tras la moto como un miura picado por un par de banderillas. Espoleé a mi amigo, el cual no había visto el mamut al pasar y no estaba todavía al tanto de la gravedad de la situación. Cuando se apercibió del peligro que corríamos, bajó de marcha y retorció la oreja derecha de su apreciada montura, pero la moto no hizo amago de ir a correr mucho más, por lo menos en los siguientes y críticos diez segundos que iban a seguir a aquellos momentos de angustia.

El perraco alcanzó la velocidad de crucero de la moto con una aceleración que aquel montón de hierros sólo era capaz de superar en caída libre, y el vitorino se puso a una distancia poco recomendable en poco tiempo. Como quiera que la “amoto” apenas podía con dos adolescentes en pleno crecimiento, a pesar de que se deshacía en lamentos y olor a aceite quemado, la bestia tardó muy poco en ponerse a rebufo y amenazar mis prietas carnes. La velocidad comenzaba a ser ya respetable, pero el perro no aflojaba, así que, como las matemáticas no fallan, terminó por ponerse a nuestra altura y de las dos canillas que se le presentaban a la altura de las fauces, seleccionó la mía. Los colmillos de la mala bestia atravesaron el pantalón vaquero como si fuera mantequilla y se hundieron en mis, ahora más todavía, prietas carnes. Un alarido agónico se alzó sobre el petardeo del trasto que nos transportaba.

Cuentan por ahí, y oímos en los telediarios, que los perros cuando enganchan algo no lo sueltan. Afortunadamente aquella mala bestia no veía la tele (tampoco había gran cosa que ver por aquellos tiempos) y decidió soltarme el gemelo, quizá quemadas sus fauces por los hervores de mi sangre adolescente. Al final la moto adquirió una velocidad superior a la del perro y terminamos por perderlo en la lontananza. Pero cómo corría el hijo puta. Inmediatamente emprendimos el regreso a mi casa (aquel fue uno de los paseos más cortos de mi vida) por atajos alternativos, no fuera a ser que la mala bestia decidiera repetir atraída por el zumbido de la 49cc. De ahí al hospital.

Para todo aquel que no lo sepa, una de las primeras cosas que debe hacer uno cuando recibe la mordedura de un animal salvaje es ponerse la antitetánica. La antitetánica es una inyección que, como la programación de la primera, provoca náuseas y malestar general. La buena señora pinchó en hueso y al cabo de breves momentos estaba viendo chiribitas y oyendo en Dolby Surround con eco incorporado. Menudo pantais. Cuando me hube recompuesto, volvimos a buscar al dueño de aquel cruce de Terminator y bisonte. Tras convencer al propietario de que la marca de dentadura pertenecía a su fiera y de que yo no me había mordido accidentalmente, el tío juró y perjuró que la bestia iba vacunada hasta las cejas. Todo un alivio. El hombre prometió apartar a su imagen canina de la sociedad y creo recordar que la cosa quedó allí. El dueño sigue en libertad.

Así que ya sabéis, mucho ojito con los perros cuando vayáis en una 49cc. Aquellos sí que eran tiempos, cuando los ciclomotores eran de hierro y los perros eran hijoputas.

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Comentarios

…salve sea las partes. Los deja calmaditos un mazo, aunque sean mastodontes germanos asesinos. El problema es acertar a la primera, pero si aciertas, se calman. O por lo menos te dan tiempo a volver a soltarles otra. Yo corro con botas militares (es lo único que puedo llevar, por problemas que no vienen al caso), por lo que una patada con una puntera endurecida es lo más calmante que se ha inventado contra un perro; yo corro más que me corro, y me las he visto con más de uno de esos que cuentas. Una vez le planté cara a uno de ellos, me puse a gritarle, y se chantó y se fue.

Si te muerde un perro, ¿hay que vacunarse contra el tétanos o contra la rabia?

Sí, es lo más aconsejable. No pasa nada si el perro está
conveniente vacunado, pero tendrías mucha suerte si fuera
 así.

En todo caso, una antirrábica y a la cama.

Probando la potencia de Drupal...

La antitetanica hoy dia no te pega esos monazos, pero la antirrabica es una cosa la mar de curiosa despues de mordedura de animal por que NO es solo una, son 12 las que te ganas (te meten una por precaucion cuando vas a zonas donde se registro la enfermedad, igual que paludismo, etc antes de) y a que no adivinas donde van ya que no es en brazos o cachetes posteriores…

Pues no sé, macho… ¿En la punta del capullo?

XD

Lo correcto es una antitetanica y las subsecuentes de antirrabica (si es que el animalito no esta vacunado)
La antitetanica se debe a que Clostridium tetani (el agente causal del tetanos) es un colonizante frecuente del tracto gastrointestinal

DNA is life, the rest is just translation

y al final, siempre acaba siendo Carlota…