El Big Crunch (III)

Todavía en Alemania, al tocar fondo, al decidir que saldría de aquel agujero, que tomaría las riendas de mi vida y que haría lo que tuviera que hacer para salir de allí, decidí dejarlo todo.

Dejé el trabajo. Mis jefes me ofrecieron más dinero. Dije que no. Me ofrecieron trabajar desde casa. Dije que no. Tenía que salir de allí, fuera como fuera; no lo soportaba más. Tenía que hacer algo nuevo, algo diferente. Si me preguntabas, te decía que iba a dibujar y a escribir. Eso tenía un sentido para mí.

Aquella pesadilla había comenzado en mi primer año de ingeniería. Con cada año, se había hecho más intensa, más vívida, más caótica. Cada nuevo teorema, cada nueva fórmula, cada nuevo método matemático, cada nueva herramienta de programación lineal, cada tabla estadística que consulté estaba llena de angustia, de mareos, de profundo malestar. Cada patente que leí. Cada función que desarrollé para domar cada coche. Toda aquella angustia estaba profundamente asociada a la ingeniería, a los números, a las fórmulas. Lo que de verdad quería hacer era dibujar y escribir, así que lo dejaría todo y me pondría a hacerlo. Tal vez así me iría mejor. En cualquier caso, había tenido suficiente de lo que había estado haciendo durante los anteriores 15 años.

Y lo dejé todo: el trabajo y su formidable sueldo, los amigos, la novia. Metí todo lo que tenía en cajas, contraté una empresa de mudanzas y me lo envié todo de vuelta a España a casa de mis padres. A partir de ahí ya vería qué hacía. Lo primero era salir de allí.

Era verano. Los días eran brillantes y duraban años. Me arrastré a lo largo de cada uno de ellos mientras la gente disfrutaba y se divertía a mi alrededor. Yo me iba por el desagüe de la angustia. Sin apenas darme cuenta, empecé a pensar en cómo sería suicidarme.

Debía de llevar algunas semanas pensando en ello cuando una mañana, antes de comer, sentado en la silla en mi habitación mirando por la ventana, mis ojos se desenfocaron y consideré detenidamente cómo sería si me suicidara, qué ocurriría si me quitara la vida. Qué pasaría a continuación. Cómo alteraría eso el mundo en el que vivía.

Llevaba 18 años viviendo una agonía creciente. Había agotado hasta el último recurso. Había agotado mis últimas fuerzas. No podía más. Sencillamente, eso era todo. La muerte se había convertido, rápida o lentamente, en una opción atractiva. Después de 18 años de profundo y creciente sufrimiento, tan sólo quería terminar con todo aquello. Había tenido más que suficiente. No podía más. Mirando hacia atrás, considerando tantos años de creciente malestar, el suicidio se convirtió en una salida incluso compasiva, como se remata a ese caballo moribundo para terminar con su sufrimiento.

Entonces, de alguna manera, me di cuenta de que no había terminado. Si hubiera estado solo, lo hubiera hecho. Pero tenía a mi familia. Por un lado me sentía incapaz de hacerles algo así, de terminar con mi vida. Por el otro, me sentía lo suficientemente arropado y asistido como para continuar con aquel vía crucis, con aquel sufrimiento absurdo; para sobrellevarlo todavía un poco más con la esperanza de que, en algún momento en algún lugar, surgiera una solución inesperada a todo aquello. Fue entonces cuando lo decidí: dedicaría el resto de mi vida a encontrar lo que me sucedía y a ponerle fin. Me daba igual si me llevaba cinco, diez, quince, veinte años o el tiempo que fuera. Estaba tan verdaderamente harto de todo aquello que tal tarea se convirtió, en un momento, en una meta vital para mí, en el único propósito de mi vida. Desde ese preciso momento en adelante, viviría para encontrar lo que me pasaba y curarme. Haría lo que tuviera que hacer.

Ya en mis últimos meses en Alemania había descubierto lo que llamaban «Desarrollo personal», un campo del conocimiento que se ocupaba del desarrollo del potencial humano. Por entonces trabajaba ocho horas al día y, al regresar a casa, escribía y dibujaba para mantener dos blogs diferentes que reunían cientos de miles de visitas mensuales. Además de eso, hacía mis tareas cotidianas y me esforzaba denodadamente por llevar lo que consideraba una «vida normal». Como resultado, a mis días empezaban a faltarles horas, y así fue que empecé a investigar maneras de organizarme mejor, de ser más eficiente y de hacer más. Así fue como, entre otras muchas cosas, llegué a la Programación NeuroLingüística.

Ahora estaba en España, tenía un buen dinero ahorrado y todo el tiempo del mundo para trabajar en mi propio problema y ponerle solución. Así, empecé por lo que consideré más urgente: mi propia mente. De esta manera, intenté matricularme en Psicología y llegué tarde al plazo. En cierto modo me alegré: venía de hacer una ronda por la consulta de varios psicólogos y me pareció extendida la idea de que era inútil estudiar psicología para resolver los propios problemas. Yo tenía un problema con eso: yo sí que quería resolver mis propios problemas, así que tendría que buscar la solución en otro lugar.

Por otra parte, el temario de Psicología apenas tenía en cuenta lo Inconsciente, y para mí era obvio que lo inconsciente era una parte fundamental de todo aquel asunto. Después de tantos años yendo de aquí para allá y haciendo cosas sin parar sin saber por qué ni para qué, como un pollo sin cabeza, era evidente para mí que aprender acerca de lo inconsciente me resultaría vital. Fue por estas razones que terminé matriculándome en el primer curso de PNL, el llamado «Practitioner».

Comencé con entusiasmo. Devoraba el material. Me presentaba voluntario para los ejercicios. En casa, descargaba todo lo que encontraba por Internet. Veía vídeos en Youtube. Practicaba conmigo mismo cualquier técnica nueva que pudiera encontrar. Descubrí que la angustia era un gran motivador.

Un año después me matriculé en el segundo curso. Seguí aprendiendo. Seguí practicando. Al año siguiente estaba cursando el llamado «Trainer». Me encantó todo aquello. Todavía me matriculé en un Máster de Hipnosis Ericksoniana un año después. Lo encontré fascinante. Cuando me di cuenta, habían pasado cuatro años. Me encontraba mejor, estaba más animado. Tenía algo con lo que hacer algo útil. En lugar de quejarme amargamente, podía aplicarme una técnica. Eso me puso en disposición de estar algo mejor, de empezar a dar pasos en una cierta dirección; me dio un sentido de esperanza, de que podía hacer algo por mí mismo para cuidar de mí, para salir de aquella angustia aparentemente interminable.

Cuando hube terminado con todo aquello tras cuatro años consideré, por fin, que estaba preparado para descubrir lo que me ocurría. Ya no se trataba de usar algunas técnicas para estar mejor, para manejar mi mente de maneras más efectivas o por simple curiosidad aprendiz; por fin tenía el conocimiento y las herramientas necesarias para emprender el gran proyecto de encontrar qué me ocurría y ponerle fin. Ya no se trataba de un juego; era el momento de subirme las mangas, tomar la caja de útiles, ponerme el casco, encender la linterna y meterme en aquel agujero insondable.