El Big Crunch (XV)

A las dos semanas estaba de vuelta, sumamente maltrecho, en la consulta del traumatólogo. De nuevo la sala de espera abarrotada. La gente miraba las musarañas. Entraban y salían de la consulta a toda velocidad. Debían de entrar y sentarse. Él les gritaría: «¡Levántate y anda!» y saldrían renqueando de nuevo. Eso explicaría la celeridad. Llegó mi turno.

Entré, saludé, me senté. Tenía que ponerme en un trance y sugestionarme solamente para ser amable. Era algo extraño. Le expliqué que había estado yendo a las sesiones de rehabilitación a las que me había enviado. Me habían ido bien. El calor era un gran invento. Los masajes me resultaban orgásmicos. Ignoraba que me pudiera sentir tan bien sin que me masajearan la entrepierna. Él asintió a todo lo anterior y me dijo que me levantara y me diera la vuelta. Un escalofrío entumecido recorrió mi cuerpo una vez más.

En mi mente, me diría «Quítate por favor la camisa». Aquel hombre tenía que ver aquello. Era necesario. Sí, tienen manos, y pueden tocar y palpar la carne. Pero si tienes dos maneras diferentes de adquirir la misma información, úsalas, aunque sólo sea para asegurarte de que estás haciendo todo lo que puedes. Pero el hombre vino por detrás, me sujetó por los hombros y dijo:

—Deja caer la cabeza hacia adelante…

Oh, no. Estaba de nuevo en ese bucle. Dejé caer la cabeza hacia adelante.

—Muy bien. Ahora hacia atrás…

Yo, en la lejanía entumecida, a varias dimensiones de distancia, hervía por dentro. Ni siquiera sabía qué estaba pasando.

—Gira hacia un lado —decía ahora.

Me esforzaba denodadamente para girar la cabeza. Mi vida era como el Doom, como uno de esos videojuegos en tres dimesiones, tanto por la ambientación como por la manera en que me movía. Si quería ver algo a mi lado, tenía que girarme entero. Eso es mucho trabajo al cabo del día.

—Muy bien —dijo, y regresó de nuevo a su silla.

Me senté otra vez, gritando en mi interior, como si estuviera separado del médico por una tonelada de cemento invisible que me impidiera comunicarme con él. Le vi tomar un volante de rehabilitación. Bueno, de algún modo, en algún nivel, nos estábamos entendiendo. Pude sentir el alivio solamente oyendo el bolígrafo rodar sobre el papel. Me dio el volante: diez sesiones más de rehabilitación de cervicalgia. Menos daba una piedra.

Tras conseguir validar el volante con el seguro, lo cual se había convertido en una historia aparte, al día siguiente a primera hora estaba sentado en la sala de la clínica de rehabilitación esperando a que un calefactor quedara libre. Tras los diez minutos de caliente alivio lejano, recibí un masaje en la espalda. Las manos entraban y se perdían en el entumecido vacío en mi interior. Sentía que penetraban, tomaban mis pulmones y los masajeaban cuidadosamente. Me concentraba en respirar contra el dolor entumecido. Allí, sentado en la pequeña cabina, podía haberme puesto a llorar en cualquier momento.

Poco a poco fui conociendo a las diferentes mujeres que allí trabajaban. Todas mujeres. Sólo mujeres. A mí me parecía fantástico. Cada una tenía su propia manera de dar el masaje, su propia interpretación de la misma pieza. Yo comparaba los masajes entre sí y aprendía a notar las distinciones sutiles. Era la mejor manera de pasar el tiempo, medido en dolorosas respiraciones.

Luego, de vuelta en casa, pasaba varias horas tumbado sobre el suelo. Varias horas. Se dice rápido, pero túmbate en el suelo y pasa varias horas. Se hacen realmente largas. Cada hora y media, cuando el dolor emergía del entumecimiento y empezaba a resultarme apabullante, me levantaba y me preparaba un cigarro con algo de marihuana. El traumatólogo me había recetado un medicamento para el dolor. Debía de ser unas 50 veces menos efectivo que la marihuana. Daba la primera calada y notaba cómo disminuía el dolor. Respirar volvía a tornarse en una tarea asequible.

Por entonces fumaba mucha marihuana cada día, unas diez veces cada jornada. A lo largo del año y medio, a medida que había ido desenterrando cada vez más dolor, había tenido que ir subiendo la dosis. Era la única manera de sobrellevar todo aquello. Me daba igual mi salud. Venía de haber tomado la decisión de no suicidarme. Estaba un poco más allá de ese paso entonces. En aquel momento me importaba poco lo que pudiera sucederme. La alternativa era estar muerto. Había llegado a buenos términos con lo primero; lo segundo… estaba todavía un poco mejor. En un cierto punto me había preguntado para qué fumaba. «Para gestionar el dolor» me dije. Me alegré de encontrar un fin a todo aquello. Fumaría toda la marihuana que necesitara hasta nueva orden mientras seguía con mi recuperación, con el «Uncrunching».

Yo me sentía culpable. Fumar marihuana estaba mal. Era malo. Había artículos en el periódico. Lo llamaban «marihuana medicinal». De «uso terapéutico», ponía. En algunos países avanzados los médicos la prescribían para pacientes con dolor crónico. Me pregunté cuánto tiempo tenía uno que sentir un dolor para que fuera crónico. Lo averigué: seis meses. Me entró la risa. No decían nada de dolor entumecido creciente a lo largo de 25 años.

Mi tío era farmacéutico. Me contaba que tenía piruletas de morfina. Yo le decía que me diera algunas. Él se reía; debía de estar pensando que estaba de broma. Yo no bromeaba con el dolor.

Está el dolor que conoces. Más allá está el dolor que puedes imaginar que se puede llegar a sentir. Luego está el dolor más allá de tu imaginación. Allí estaba yo: entre la muerte, el dolor y las drogas con fines medicinales. En ese delicado triángulo pasaba los días, las semanas y los meses. Llevaba ya más de año y medio. Eso es mucho tiempo. Entre la muerte, el dolor y las drogas, ese es un lugar realmente desagradable en el que estar.