El Big Crunch (XIII)

Encontré una clínica de rehabilitación cerca de casa. Por entonces yo estaba aprendiendo a apreciar las cosas buenas en mi vida. Tenía que enfocarme en eso y hacerlo grande, de manera que tapara el brutal dolor que, cada mañana, se abría paso en mi consciencia en cuanto despertaba. Algo bueno era que había una clínica de rehabilitación a apenas diez minutos andando de mi casa, así que gracias. Marché hacia allí con el volante prescrito por el traumatólogo. Diez sesiones para el tratamiento de una cervicalgia, ponía.

No ponía nada de tratamiento del Big Crunch. No ponía nada de un descalabro. No ponía nada de tratar una tortura que apenas dejaba marcas. No ponía nada de recuperar mi forma humana. Apenas un cervicalgia. Realmente me sabía a poco, pero di las gracias por poder ir a algún sitio y hacer algo más y llamé al timbre. Subí al primer piso.

Tenía la forma de una vivienda. Se lo habían llevado todo de allí y lo habían llenado de aparatos para la rehabilitación. Me presenté, expliqué someramente el asunto y me dejé conducir a una sala un poco más grande. Sentí que había encontrado a los míos.

La mayoría ancianos, estaban realmente jodidos. Me senté a la espera de que quedara libre un calefactor. En silencio en la silla, miraba el suelo, uno de esos suelos hecho de pequeñas piedrecitas cortadas al ras, en diferentes colores de gris. La mierda podría acumularse allí durante semanas sin que apenas te dieras cuenta. Hasta donde yo sabía, era lo que se solía llamar un «suelo sufrido». Las personas allí encajábamos con el suelo. En cierto modo, podíamos acumular cantidades brutales de mierda antes de ni siquiera quejarnos.

El calefactor quedó libre y una chica me pidió que me sentara en la silla apropiada. Puso la gigantesca resistencia a unos centímetros escasos de mi cuello y apretó un botón. Empecé a sentir un calor en mi cogote. El calor penetraba en el vacío. Podía notar que allí había algo. Como la mantequilla en el horno, el vacío comenzó a disolverse lentamente y un dolor profundo y entumecido surgió de las profundidades de esa parte de mi cuerpo. En la columna, un cartel prohibía el uso de teléfonos móviles por posibles interferencias con los aparatos. La mitad de la gente manejaba sus teléfonos móviles mientras esperaba.

Cerré los ojos y entré en un trance, concentrándome en sentir aquel calor que derretía el hielo del dolor entumecido en mi cogote. Si normalmente sentía que el mundo que podía ver se revolvía a mi alrededor y entraba por detrás de mí produciéndome un dolor sordo constante, de algún modo aquel caluroso invento me proporcionaba un leve descanso de aquella continua tortura que duraba todo el tiempo en que, cada día, permanecía despierto. En cuanto me descuidé, la máquina pitó y noté cómo el calor disminuía. Debían de haber pasado unos diez minutos que se me hicieron verdaderamente breves.

Entonces vino la misma chica y me condujo a la habitación contigua, donde había varias cabinas dispuestas para masajes de rehabilitación. Me pidió que me sentara en la silla y que me quitara la camiseta. Maltrecho, con gran esfuerzo, conseguí quitarme la camiseta. La mujer se embadurnó las manos con una crema y las puso sobre mi espalda entumecida. Sentí que sus manos entraban dentro de mí, acariciándome los pulmones y el corazón. Estuve a punto de echarme a llorar.

Por un momento, porque aquel masaje duró apenas un momento, el mundo dejó de voltearse sobre mí mismo y entrar por mi espalda causando un daño brutal para suavizarse mientras aquellas manos operaban en el interior de mi pecho mientras contenía las lágrimas. Cuando me di cuenta ya había terminado todo. Maltrecho, confuso, sintiéndome brutalmente apaleado, me puse de nuevo la camiseta y salí de allí en silencio.

Caminando de vuelta por la calle, todo parecía diferente. Había más espacio entre las cosas. Las distancias eran mayores. Podía respirar con un poco más de facilidad. Aquello me venía bien. Aquello me hacía bien. Aquello era positivo. Me di cuenta de que me daba igual saber lo que me ocurría. Me daba igual lo que les pasara a las vértebras. Me daba igual si la resonancia magnética mostraba todo el daño o sólo un daño parcial. Lo único verdaderamente importante era saber si estaba mejorando o si estaba empeorando. Caminando maltrecho de vuelta a casa, me di cuenta de que aquello estaba funcionando. Todavía me quedaban nueve sesiones más de aquello. ¿Cuánto más me podría recuperar?