El Big Crunch (XX)

Junto al enorme ventanal, sentado sobre el sofá, mi sobrino miraba atentamente a través del cristal. A sus dos años, a través de aquella ventana se asomaba a un mundo fascinante. Sus ojos, inmensamente abiertos, recorrían aquel nuevo mundo reconociendo cada detalle detenidamente. A sus dos años, ignoraba el funcionamiento de todo aquello. Me senté junto a él.

Miré por la ventana. Los coches circulaban por la avenida en un flujo rítmico. Los semáforos cambiaban de color y los vehículos se detenían, esperaban y reanudaban su marcha alejándose en la distancia. Pasaban coches negros, blancos, rojos, azules, verdes, amarillos… Pasaban autobuses de diferentes tamaños y formas. Los vehículos fascinaban a Coquito en gran medida.

—¡Un «cahión glande»! —gritaba excitadísimo mientras un camión grande circulaba de derecha a izquierda en nuestro campo de visión.

Al parecer el color de los coches era un gran asunto. Era de suma importancia que unos coches fueran de un color y otros de otro.

—¡Coche «aful»! —gritaba ahora, señalando con el dedo.

El coche azul llegaba a la esquina, ponía el intermitente y giraba. Coquito lo seguía con atención. Cuando el coche era rojo, la excitación alcanzaba cotas desmesuradas.

—¡Coche «gojo», coche «gojo»! —gritaba mientras se sacudía de arriba a abajo a máxima potencia.

De entre todo el paisaje automovilístico urbano el coche rojo era, con diferencia, lo más; motivo de jolgorio y máxima excitación, toda una maravilla. Un adulto tendría que hacer una portabilidad telefónica para sentir tal gozo, al menos de acuerdo con los anuncios de la tele. A Coquito le bastaba ver un coche rojo para sentir que la vida era una fiesta. Yo, profundamente dolorido, magullado y asqueado, rebosante de profundo dolor y respirando contra una angustiosa masa de músculos, costillas y ligamentos retorcidos, me esforzaba en encontrar dentro de mí una alegría semejante.

—¡Coche «gojo», coche «gojo»! —me ponía a gritar señalando el siguiente coche rojo. Por un momento funcionaba. Coquito sonreía y aplaudía con esmero.

—¡Coche «amano»! —gritaba a continuación ante la vista de un coche amarillo que surgía de entre la arboleda.

Llamaba «amano» al color amarillo. A mí me hacía gracia. Mi hermana preparaba unos deliciosos cafés con leche empleando una leche de soja de sabor vainilla, y a veces mi sobrino pedía un vaso requiriendo leche amano.

—¿Leche amano? —le pregunté a mi hermana la primera vez que lo oí.

—Leche de vainilla —me respondió mostrándome el brick.

Leche amarilla. Leche amano.

Lo decía con tanta dulzura, con tanta ternura, que pronto terminé pensando que el color amarillo tenía un nombre equivocado, que ese color en particular tenía que llamarse color amano. Habría que revisar y corregir todos los diccionarios, pero sin duda valdría el esfuerzo. Así el sol, por ejemplo, pasaría a ser de color amano. Por ahí iba otro coche amano. Coquito reía ante la visión.

Le señalé un taxi. Al parecer ya los conocía. Los podía distinguir por la luz verde sobre el techo. El verde era verde. Le expliqué que los taxis recogían personas y las transportaban de un lugar a otro. De repente, explicado así, parecía hasta excitante y emocionante. Los taxistas tenían una misión: transportar a otras personas. Había un proceso definido para ello y diferentes señales que formaban parte del mismo. De pronto las personas eran tan amables como los animales de sus libros de dibujos. El león conducía un taxi y llevaba a la cebra hasta su destino. Ambos sonreían y lo pasaban bien. Coquito y yo sonreíamos y lo pasábamos bien, y apenas hacían falta unos pocos vehículos, unas pocas luces y algunos colores. Me di cuenta de lo fácil que podía ser divertirse y disfrutar, apenas mirando por una ventana.

Coche «gojo», coche «aful».