Hoy es Lunes, esto es ESDLV.

El Lunes es un día especial. En esta parte del mundo, el Lunes es ese día en el que empieza la semana. En este país, es un día en el que las cosas se ponen cuesta arriba. El frío es más frío, la oscuridad es más oscura, la gente es más arisca. Las calles se ponen antes y el tráfico es más denso; el humo de los escapes más negro, los cláxones más estruendosos. El café sabe peor y la gente está más encabronada. El Lunes es el día en el que más personas se lesionan en el trabajo. El Lunes, el despertador suena como un mazo sobre el cerebelo. El Lunes empieza la semana, y se ve como una pared larga y escarpada. De entre las piedras crecen cardos que hacen flores amarillas. La piedra es lisa y cortante, y cuando la agarras no sabes si aguantará tu peso o si se desprenderá y te partirás la crisma mientras te despeñas con un alarido.

Si hoy es Lunes, esto es El Sentido de la Vida.

Se pueden decir muchas cosas de este blog, pero una que es cierta es que, a lo largo de los años, lució una columna nueva cada Lunes. Mejor o peor, más graciosa o más deprimente; pero más allá de todo juicio, cuando el Domingo se convertía en Lunes y la bajada se tornaba en escarpada cuesta y había que bajar al plato pequeño y ponerse de pie sobre la metafórica bici que nos tendría que llevar hasta el siguiente fin de semana, allí había una nueva columna. Como un reloj. De hecho, como un puto reloj. Años y años.

Detrás de todo esto estaba GonzoTBA, una gran parte profundamente inconsciente y dañada que se manisfestaba en mi imaginación, un bicho raro, suave y azul, que con profunda e inconsciente furia y rabia transformaba la mierda en algo de lo que sacar una cucharada y llevársela a la boca y, aunque a menudo sabía rancio y revenío, en el fondo sabías que alimentaba y te ponía fuerte.

Ahora estoy de vuelta al lugar en el que empecé todo esto hace ya quince años, me pregunto cómo de exactamente. De vuelta en mi habitación, en casa de mis padres. Mi madre ya murió, pero sigue siendo la misma habitación, la misma ventana, los mismos árboles y las mismas hojas mecidas por esa persistente aunque sibilina brisa marítima. La misma luz. El mismo padre.

Este blog nació de la angustia, de la agonía. Nació de la más profunda desesperación. Nació como ese electrolito conductor en las baterías y cuya función era unir líquidamente el polo negativo con el positivo y hacer circular una corriente que moviera los pedales, que llevara las manos y los pies a los salientes adecuados y que proporcionara la energía suficiente como para auparse un poco más y ascender otro palmo, a menudo preguntándose para qué, con qué propósito. ¿Para qué todo ese absurdo esfuerzo?

¿Para qué estamos aquí? ¿Cuál es el propósito de todo esto? En definitiva, ¿cuál es el sentido de la vida?

Esas eran algunas de las preguntas que, después de siete u ocho años de agonía creciente, me empezaba a hacer yo cuando me quedaba a solas en mi habitación. Internet empezaba a popularizarse y aparecían los primeros blogs.

Yo era un friki, incluso todavía antes de que la RAE lo añadiera al diccionario. Un freak. Había conseguido instalarme la enésima distribución de Linux. Tenía mi módem de 14.400 baudios, en ese tiempo en que las letras se convertían en bits girando una manivela y se enviaban por la línea de teléfono de uno en uno y en fila. Tenías que editar un fichero de texto para pasarle al módem las cadenas de texto que tendría que marcar. Tenía que estudiar una ingeniería para editar un maldito fichero de texto. Al menos no tenías que empujar los electrones por el cable. Monté un «Geeklog» y empecé a escribir. Era un rollo de pergamino lanzado al incipiente océano de Internet en una botella de cristal hecha de puritos bits.

Y fue justo aquí, sentado en este mismo lugar. Era un mullido sillón verde en lugar de la dura silla de madera. Era un monitor mucho más pequeño y mucho menos plano. Era otro ordenador. Pero era este mismo sitio en esta misma habitación en esta misma casa.

Ha pasado mucho tiempo. Han pasado, de hecho, quince años. Me dio tiempo a escribir mucho. Me dio tiempo a seguir profundizando en mi agonía, revolviéndome furiosa e inútilmente sobre mí mismo intentando, desesperadamente y en vano, encontrar la astilla en mi mente. Me dio tiempo a marcharme a Alemania con la idea de que, tal vez, en un nuevo país, conociendo a personas nuevas, aprendiendo un nuevo idioma… cambiando de aire en definitiva, terminaría levantando la cabeza y saliendo de ese agujero al que sentía que me estaba precipitando, cada vez más profundo. No importaba lo que hiciera, con cuanta fuerza pataleara y con cuanta furia me revolviera; lenta e inexorablemente, antes o después, volvía a deslizarme de nuevo a esa resbaladiza negrura invisible, a ese horrible pozo de angustia y terror.

Pero fue en 2002 cuando perdí la esperanza. Fue en ese momento cuando, tras siete años de batallar, de visitar médicos, hacerme pruebas y probar todo lo que estaba en mi mano, decidí que todo estaba perdido: tendría que resignarme a mi suerte. Tendría que vivir con aquello. No había nada que pudiera hacer.

Me despertaba por las mañanas y, todavía con los ojos cerrados, recorría en mi mente lo que tendría que hacer durante el día. Era, sencillamente, demasiado. Todo un mundo. Tendría que ir a clase y tal vez quedarme a comer allí y hacer unas prácticas por la tarde. Tal vez conectar algunas bobinas y atender a algunas explicaciones acerca de las diferencias entre el arranque de motores en serie y en paralelo. Por entonces ya todo eso empezaba a darme igual. La angustia se me comía por dentro y levantarme de la cama por las mañanas estaba dejando de tener sentido para mí.

Llevaba años sin un sueño decente, por no escribir «sin pegar ojo». Me ponía en pie fundido, confuso, como un puto zombi. Apenas conseguía meterme la comida en la boca. Tenía que empujar los alimentos contra la angustia, contra un enorme nudo en la boca del estómago. En fin, no existen palabras en el mundo para describir tanta mierda, tanta miseria, tanto malestar y tanto horror. Tanto miedo y tan profundo. En 2002 mi vida se había convertido, lentamente y progresivamente a lo largo de siete u ocho años, en una pesadilla. Y fue entonces que me resigné: tendría que vivir con todo aquello. Esa era mi suerte. Esa era mi vida. Tendría que sobrellevarla de la mejor manera posible.

Me fui a Alemania. Las cosas no mejoraron. El agujero se hizo más grande. He escrito ya muchas veces acerca de todo esto y, afortunadamente, estoy llegando al punto en que estoy cansado de ello. No sólo tuve suficiente de aquello, sino que estoy llegando a tener suficiente de recordarlo. Con diferencia, lo mejor de todo aquello fue que ya pasó.

En 2008 regresé de Alemania. Aquel verano me arrastré angustiosamente a través de cada uno de los soleados días. Una mañana, antes de comer, entré en mi habitación y me senté en la silla verde de ruedas. Empujé con los pies y me quedé en el centro de la habitación con los ojos desenfocados, perdido en mis propios pensamientos, en esa bruma espesa que formaba una cortina ante mis ojos y que había ido creciendo inadvertidamente a lo largo de los años, espesándose lentamente como el chocolate caliente a medida que lo remueves. Al fondo, los árboles a través del cristal se convirtieron en borrones verdosos y, en lo más profundo de mi agonía, me pregunté qué ocurriría si me suicidara.

Por entonces llevaba ya 18 años de creciente misera, angustia y terror. Yo no sabía lo que me ocurría. Ya estaba cansado de visitar médicos. Estaba cansado de tomar pastillas. Estaba cansado de no dormir y estaba terriblemente agotado de vivir. Estaba en el límite de mis fuerzas, de lo que podía soportar; no tanto por el peso de la carga, que desde luego era brutal, sino por la duración de la condena. Dicen que no hay mal que cien años dure, pero 18 años pueden hacerse verdaderamente eternos con el mal adecuado. Yo no podía más, y el suicido había ya llegado a presentarse como una opción atractiva. Sólo quería un fin para todo aquello, terminar con aquella agonía. Era la salida más compasiva para mi propia experiencia.

En aquel trance, sentado en la silla con los ojos desenfocados, sobre aquel fondo de luz y manchas verdosas, consideré detenidamente qué ocurriría si me suicidaba. Llevaba ya semanas considerando el cómo; lo que me ocupaba en aquel momento era la decisión. Si lo hiciera, qué ocurriría después; como si eso tuviera alguna importancia.

Vi mi entierro. Vi el ataúd. Vi a todas las personas que vendrían. Vi a mi familia muy triste, preguntándose por qué, por qué lo había hecho. La gente se abrazaba y sollozaba y se preguntaba por qué. Mi hermana estaba desconsolada. Me di cuenta de que no podía hacer algo así. No podía hacerles pasar aquel trago. No lo merecían. No era justo.

Vi la muerte. La vi cara a cara. La vi fríamente. No me importó. Estaba listo para morir. Estaba dispuesto a hacerlo. Estaba incluso deseoso. Circulando por la autovía de la vida en dirección a la muerte, a aquella muerte en particular, estaba viendo el cartel que señalaba la última salida. Había pasado otras muchas salidas antes. «Muerte a diez kilómetros», decía el panel sobre la carretera. Mi destino se presentaba como un dulce descanso. Había hecho todo lo que había podido, pero era hora de rendirme.

Incluso así, tomé la última salida. No era justo, y si no era justo era injusto, y aunque en mi comprensión yo me encontraba a miles de kilómetros de aquella certeza, este es un Universo justo y yo puse el intermitente y salí de la autovía en dirección a Justicia.

En ese momento resolví, con una determinación desconocida para mí hasta entonces, que dedicaría mi vida a encontrar lo que me ocurría y a ponerle fin. Me daba igual si me llevaba cinco, diez, quince o los años que fueran. Eso sería todo lo que tendría que hacer de ese momento en adelante: averigüar qué me pasaba y solucionarlo.

Estuve a punto de matricularme en Psicología. Lo hice en Programación Neuro-Lingüística, PNL. Después vendría la hipnosis. Me encontré mejor, más animado. Incluso trabajé durante varios años haciendo terapia y coaching, sirviendo a otras personas con lo que aprendí. Hasta di cursos de hipnosis. Después llegaría mi gran momento de revelación y finalmente me vendría abajo, cascote a cascote, hasta terminar en casa de mi padre, aprendiendo a apreciar, valorar y respetar el dolor.

Son tantas cosas. Tanto que contar. Tantas historias diferentes que conectan entre sí de maneras sorprendentes. Tantas comprensiones y tan profundas. Tantas lecciones que tuve que aprender y que continúo aprendiendo. Si ya acepté lo que me ocurrió y lo que hice, esto me ayuda a integrarlo. Después sabré adónde ir desde ahí.

Hace unos meses conocí a una lectora. Me escribió a través de Facebook. Después pasamos al Whatsapp. Había tenido su propia historia de descenso a los infiernos y estaba encontrando su propio camino tras escapar de las llamas. A golpes y tumbos, se abría paso entre los días mientras recogía sus propias certezas y evidencias y aprendía a distinguir el polvo de la paja. Me envió un enlace a un libro titulado «El camino del artista».

Nunca me consideré un artista. Apenas un escritor en mis mejores momentos, en verdad. Ni siquiera se me había ocurrido que escribir fuera un tipo de arte, aunque esto ya sería mentir, al menos tan flagrantemente que hasta yo me daría cuenta. Lo que quiero decir es que no me considero un artista. En cualquier caso, con curiosidad, abrí el libro y leí la primera frase:

«El arte es una transacción espiritual».

No recuerdo si estas eran las palabras exactas, pero era algo así. Lo leí tan conciso, tan breve, tan preciso, que me enamoré inmediatamente de aquel texto. En cuanto pude dedicarle el tiempo, empecé a leer.

«Acéptalo, eres un artista» decía el libro en otro capítulo. «Deja de titubear: acéptalo», venía a decir. Además de eso, y como herramienta para la rehabilitación del artista herido, proponía el ejercicio de las Páginas Matutinas. Consistía en levantarse y escribir tres páginas, cada mañana, de lo que llamaba «estricto flujo de conciencia». Yo conocía eso de los buenos tiempos de ESDLV, de cuando me sentaba y empezaba a aporrear alegremente el teclado, de esos tiempos en los que escribir era fácil: sólo tenía que teclear lo que decía esa voz en mi interior. De hecho, era rematadamente fácil. Me sorprendían esas personas que decían que no sabían escribir. Escribir era fácil: sólo escuchas esa voz y pones letras a lo que dice. Yo ignoraba entonces que esta es la sencillez del maestro, la sencillez que viene después del caos; la simplicidad que emerge después de que todo se complique hasta lo ininteligible y lo inmanejable. Es entonces cuando, de mano del hartazgo, se abren las nubes y queda un cielo azul y los pájaros trinan y es obvio que, lo más importante, es lo natural. De entre toda la mierda, se destila la esencia.

Yo estaba herido, de hecho, todavía estoy en rehabilitación. Todavía me da miedo escribir. Temo contar más de la cuenta. Temo meterme en un lío. Temo exponerme más de lo que sería sensato, pero ya estoy rendido. Acepto someterme a mi propia naturaleza, y mi propia naturaleza me lleva de vuelta a escribir, y a hacerlo aquí, y a contar esta historia en particular y de este modo exactamente. Y está bien.

Así que hoy es Lunes, y esto es ESDLV, y este es GonzoTBA. Y aunque sigue siendo el mismo, ha cambiado, y este blog va de ese cambio y de ese camino, de esa resistencia y de esa aceptación, de lo divino y de lo humano y de lo universal, de lo que a todos atañe.

¿Puedes sentirlo? Yo sí.

Gracias por estar ahí.