El Big Crunch (IX)

En esas condiciones estuve más de año y medio. Se dice pronto. Se dice demasiado pronto. A lo largo de las semanas el vacío se transformaba en tensión y la tensión se transformaba en dolor, y el dolor dolía cada vez más. Penetrando en el vacío encontraba más y más dolor. Un año después, me parecía que estaba atravesando un interminable desierto de dolor.

Por las mañanas, en lugar de despertarme, recuperaba la conciencia cayendo al dolor más brutal. Sentía como si me partiera en dos por la parte alta del pecho. Me levantaba de la cama, desayunaba y preparaba un cigarro con algo de marihuana para poder soportarlo. Con las primeras caladas el dolor volvía a entumecerse envuelto en un agradable bienestar. Yo podía ducharme y prepararme mentalmente para afrontar algunas tareas que en mi mente aparecían inabordables, como hacerme la cama o ir a comprar. Un par de sesiones de Yoga, varias meditaciones y mucho suelo. Por la noche, en lugar de dormirme, me desmayaba desde ese dolor entumecido que venía conmigo todo el tiempo. El sueño que conseguía conciliar por las noches, incluso lleno de pesadillas, era un agradable alivio. Estar inconsciente era un alivio.

Un año después, miraba hacia atrás y todo parecía lleno de dolor. Las semanas y los meses aparecían extremadamente largos. Si miraba hacia adelante, todo lo que podía ver parecía lleno de dolor. Llevaba más de un año desenterrando dolor a través de aquel absurdo vacío y nada hacía presagiar que fuera a terminar abruptamente en una semana, ni siquiera en un mes. Tal vez en un año. ¿Cómo saberlo? Era verdaderamente horrible. Sólo podía descansar en la marihuana y en el sueño nocturno.

Estaba rodeado de dolor por todas partes, sumergido en dolor, incapaz de encontrar una salida o ir hacia cualquier otro lugar que no estuviera lleno de dolor. Ser yo era indescriptiblemente doloroso. Cada minuto de mi patética existencia estaba colmado de abrumador dolor. Cada respiración que hacía era contra una masa de agujas, cristales rotos, piedras, arena, lija y pinchos. En aquellas circunstancias aprendí a entrar en un estado en el que podía respirar unas pocas veces por minuto. Con cada respiración empujaba contra una masa dolor y angustia así que, inconscientemente, encontré el modo de minimizar el número de respiraciones que hacía entrando en una especie de estado vegetativo. Me concentraba, me tensaba en una cierta configuración muscular que minimizaba el dolor y respiraba muy lentamente mientras permanecía atento a cualquier cambio en mi interior, pues cualquier mínima diferencia en mi estado interno podía significar deslizarme afuera de esa pequeña isla meditativa de alivio embotado para caer de nuevo en un mar de puro dolor.

En esas condiciones, se me hacía prácticamente imposible llevar una vida social. Tenso de un cierto modo, respirando tres veces por minuto, es sumamente complicado mantener una conversación acerca de prácticamente cualquier cosa que no sea la hipnosis profunda o los estados meditativos o el Universo y los agujeros negros. Pocas personas están en esa onda, en esa frecuencia. La política, el fútbol, los eventos sociales… prácticamente cualquier cosa queda fuera del interés que uno tiene cuando está en ese estado. Así, la mayor parte del tiempo la pasaba en casa, solo.

Estaba bien. Dentro de la aparentemente infinita jodienda, estaba bien. Era mi decisión. Hacía casi siete años que había decidido, en lugar de suicidarme, encontrar lo que me pasaba y sanarme. Ya sabía lo que me ocurría, que un malnacido había estado a punto de partirme en dos por la parte alta del pecho más de dos décadas antes. Ahora me quedaba encontrar el modo de sanar todo aquello, si es que era posible. Automedicado con marihuana, yoga y meditación, atravesaba un retiro de varios años. Yo había elegido estar ahí. Yo había elegido hacer eso y hacerlo de esa precisa manera. Encontré un gran consuelo en eso. Era horrible, pero había sido mi elección. Se suele decir que «sarna con gusto no pica», pero no dicen nada del dolor. Yo pasaba mis días sumergido en dolor. La gente no habla acerca de lo mucho que duele el dolor. Nadie dice cuánto dolor se puede soportar ni por cuánto tiempo. Es brutal. Es salvaje. Explorar el límite del dolor es una experiencia por la que nadie debería pasar. El dolor realmente duele.

También es importante el lugar. Es diferente «Me duele mucho la pierna» que «me duele mucho el pecho». Puedes cortarte la pierna y seguir viviendo. El pecho… eso lo necesitas para vivir. Eso forma parte de lo más vital de tu ser. Sin el pecho no eres. Esa parte tiene una importancia crucial.

Al hilo de eso, me di cuenta de que, como si fuera un desagüe, precisamente por ese frío agujero en mi pecho se iba mi fe en la humanidad y mi humanidad misma. Partiéndome en dos por ahí, dejé de sentirme humano. Es gracioso, me preguntaba quién era y respondía «Soy un fenómeno espacio-temporal». Partido en dos por la parte alta del pecho, dejé de reconocerme como ser humano. Era… otra cosa. Veía a otras personas como seres de otra especie. Yo era un algo amorfo, una suerte de confluencia espacio-temporal, una perturbación del tiempo en el espacio, un torbellino alrededor del que se revolvían el espacio y el tiempo, un punto de extrema gravedad hacia el que el espacio y el tiempo, entretejidos, se precipitaban. En en horizonte de ese frío agujero, prácticamente cualquier cosa era posible. Es difícil ir al supermercado y comprar espárragos verdes en ese estado.

Salvo reflexionar acerca del tiempo, del espacio, del Universo, la vida y la muerte, cualquier cosa se hacía realmente difícil en ese estado.