El Big Crunch (XXIII)

Mi sobrino Coquito corría por el pasillo. Reía, gritaba. Correr por el pasillo era una gran fiesta ahora. Eran esos tiempos en los que acababa de aprender a andar y estaba descubriendo que correr era lo más. Todavía tendría que llegar el saltar, pero ahora corría por el pasillo y su alegría por semejante hazaña era desbordante. Corriendo y riendo pasó por delante de la puerta de la casa, entró en la siguiente habitación y se tiró sobre el sofá junto a la ventana. Sonó el timbre.

Abrí la puerta. Era el vecino de abajo. Me pregunté qué tripa se le habría roto esta vez. Era un tipo alto, bien parecido, más o menos de mi edad, tal vez algo más joven. Me preguntó, con cara de haber visto un fantasma, si había alguien corriendo por el pasillo. Yo llevaba allí siete años viviendo y nunca había corrido por el pasillo. Había hecho algunas sesiones de hipnosis que habían sonado como exorcismos, pero nunca había corrido por el pasillo. De hecho, tenerme de vecino era algo así como convivir con un monje.

Le miré y le dije que sí, que había alguien corriendo por el pasillo.

De algún modo pude ver que se encendía por dentro, como si hubiera estado en su casa durante un par de minutos preguntándose incrédulo si había alguien corriendo por el pasillo. En algún momento se había calentado lo suficiente como para salir afuera, subir las escaleras y llamar al timbre dispuesto a una confrontación vecinal. Sí, alguien estaba corriendo por el pasillo, y podía ver cómo su incredulidad se tornaba en cabreo en una fugaz secuencia de decenas de milésimas de segundo. Antes de que pudiera abrir la boca y descargar su furia, levanté el brazo y señalé a mi sobrino descojonándose sobre el sofá.

—Ha sido él —dije.

El vecino, preguntándose qué carajo, metió la cabeza por la puerta y vio a Coquito, risueño y juguetón sobre el sofá y, en otro fugaz instante, su furia se derritió ante sus innumerables rizos rubios, sus ojos azules, sus rosados mofletes con hoyuelos y su boquita sonriente llena de piñitos. Se fue para dentro de sí mismo y, como uno de esos GPS cuando te metes por la calle que te da la gana, se puso a recalcular la ruta. Un momento después estaba de vuelta conmigo.

Me explicó apurado que su novia tenía la gripe, y que estaba en ese estado en el que cualquier ruido suena a un gran volumen y las cosas más pequeñas resultan sumamente molestas, y que si por favor podíamos cesar en nuestras carreras y en nuestros juegos ruidosos. Le dije que por supuesto y le deseé que se mejorara su novia.

Me despedí y cerré la puerta. Le expliqué a Coqui que se habían terminado las carreras y que era el momento de jugar a otra cosa más silenciosa. Mi hermana nos llamó a comer. Me quedé reflexionando acerca de ese estado en el que las pequeñas cosas resultan molestas y los ruidos atronadores.

Empezaba Marzo de 2016. Llegaban las Fallas. Yo caminaba por las calles aterrorizado. Los petardos sonaban con cadencia de uno cada diez segundos. Todavía se pondría la cosa mucho peor.

Entonces me di cuenta de que llevaba 25 años en ese preciso estado; en ese estado en el que las pequeñas cosas resultan sumamente molestas, en el que los pequeños ruidos resultan atronadores, y los grandes aterradores. Como en una gripe de veinticinco años, crónica, tan profunda y duradera que hacía ya veinte años que se había convertido en normal para mí, en mi manera de ser y estar; en ese estado de resaca perpétua, con un fondo de angustia y malestar permanentes, con unas ganas de vomitar continuas que, de algún modo, había aprendido a gestionar hasta el punto de poder comer casi normalmente.

Llevaba ya casi 60 sesiones de rehabilitación fisiológica y estaba empezando a levantar cabeza, y estaba comenzando también a darme cuenta de lo mal que había estado durante todo ese tiempo. Estaba saliendo del hoyo, y cuanto más salía, más me daba cuenta de lo profundo que era. Cuanto más me daba cuenta de la profundidad de toda aquella mierda, más triste me sentía, aunque se trataba de un sentimiento extraño y todavía por identificar para mí entonces.

Era como el aire; había estado allí todo el tiempo. Había vivido sumergido en él esos 25 años. Sólo entonces estaba empezando a darme cuenta.