El Big Crunch (XXXI)

Avanzando en tres frentes, progresando como una apisonadora, imparable, incansable, tirando de yoga, de ejercicios de rehabilitación y de osteopatía cuántica integral, yendo cada dos semanas a sentarme con mi profesora de PNL para remendar los jirones de mi mente, saliendo prácticamente cada día a darme una larga caminata y pasando un par de horas tumbando en el suelo estirándome de la cabeza mientras me retorcía en todas direcciones, fui recuperándome todavía más semana a semana. Convencido ya de que esta pesadilla de más de 25 años con diferentes fases tendría un final, me dispuse a ver un poco más allá.

En 2008 regresé de Alemania. Consideré detenidamente suicidarme. Sencillamente no podía más. Me llevó más de cinco años encontrar lo que me ocurría y llevo ya tres años y medio largos trabajando en mi recuperación veinticuatro horas al día siete días a la semana. Si en 2008, cuando resolví que dedicaría el resto de mi vida a encontrar lo que me ocurría y a ponerle fin, tenía sumamente claro mi compromiso con este propósito y todo lo demás era secundario, hoy estoy llegando ya al final de este largo camino y saliendo a un nuevo mundo en el que, por primera vez en prácticamente todo lo que recuerdo de mi vida, empiezo a sentirme bien.

Hace un año, tal vez más, leí acerca de un anuncio que habían hecho. Habían reunido a un grupo de personas y les habían preguntado acerca de sus sueños y lo que deseaban para sus vidas. La gente, bien sana, expresó deseos muy naturales: viajar, ganar mucho dinero, éxito, etc… Luego, al margen de este grupo, reunieron a un grupo de personas que había superado enfermedades rozando lo mortal. Les grabaron igualmente hablando de sus sueños y lo que deseaban para sus vidas: sentir el viento sobre la piel, sentir la lluvia sobre sus cabezas, ver una puesta de sol… El propósito de este anuncio era, precisamente, poner de manifiesto este contraste.

Yo los comprendí a todos. Comprendí a los unos y comprendí a los otros. Todavía recuperando la sensibilidad en las manos y con la zona cero del Big Crunch todavía entumecida, incluso después de más de sesenta sesiones de osteópata en lo que va de año, me estremezco cuando siento la brisa en los brazos o me cae la lluvia encima. Caminar y sentir mi cuerpo cuando paseo se me hace una experiencia maravillosa.

El otro día me desperté y un gran nudo en las primeras vértebras dorsales, un nudo que llevaba ahí más de 25 años y que hace menos de cuatro surgió del vacío entumecido en mi consciencia, se soltó. Tumbado en la cama, lo sentí suelto. La docena de piezas que estaban cogidas a él quedaban libres, con lo que la veintena de piezas que estaba cogida a la docena quedaba también libre. Todas estas partes podían empezar a regresar de nuevo a sus lugares de origen, las articulaciones de los hombros a destorcerse, igual que los codos y las muñecas. Podía respirar más profundamente en mi pecho. Lo noté y comencé el proceso de creérmelo. De la misma manera, reconozco que todavía me estoy creyendo el resto de todo esto. A pesar de todo el tiempo y de todo el trabajo, honestamente, todavía lo estoy procesando.

Incluso así, avanzo, y eso es lo único que me importa. Apenas me duele ya, aunque sigo sintiendo el retorcimiento y las numerosas partes de mí fuera de sus lugares todavía, y me sigo recuperando. Sigo asumiendo todo esto. Como digo, sigo creyéndomelo. Todavía estoy dando crédito. A veces pienso que es como si hubiera sanado todo ese daño dividiéndolo en unos 1.500 trozos más pequeños y más manejables y procesándolos a lo largo de casi cuatro años, comiéndome el elefante a pequeños bocaditos, sin prisa pero sin pausa.

Y más allá del dolor, más allá del brutal retorcimiento, más allá de las articulaciones rotadas y las vértebras batidas, me queda ahora la conmoción; la sensación, de pies a cabeza, de haber sido brutalmente sacudido de arriba a abajo.

Me ha sucedido en ocasiones estar tumbado sobre la camilla de la osteópata mientras, concienzudamente, me saca la carne de los axilas. Luego saca carne de algún lugar entre las costillas y la columna vertebral. Luego sus manos me recorren la espalda estirando de aquí y de allá, moviendo y aflojando las diferentes capas de músculos trenzados entre sí que forman el tejido que cubre la espalda. Termina. Me levanto, me visto.

Me siento agredido. Me siento brutalmente apaleado. Miro a la mujer y me tengo que decir con contundencia: «Javier, no ha sido ella. Ella solamente está deshaciendo todo aquello». Respiro hondo. Se lo comento y le hago un chiste. Nos reímos.

Fui yo. Yo me hice aquello. Yo tejí la trama de sucesos y eventos que me condujo a aquel lugar. Yo me puse en aquella situación. «¿Para qué?», me pregunto una vez más. Escucho, pero sólo oigo el silencio. Las respuestas llegarán. Cuanto de más profundo vienen las respuestas, más tiempo tardan en llegar. Pero tengo paciencia. Sigo haciendo más.

Con la cabeza abajo, haciendo y haciendo a lo largo de los meses y los años, tan metido en este proceso, olvidé que tal vez un día todo esto terminaría, que recorrería este túnel de dolor y angustia y terror y malestar y saldría por el otro lado, que lo conseguiría. Aunque todavía quedan partes por mover y cosas que poner en su sitio, está todo entero, y más pronto que tarde acabaré con todo esto y me quedará una segunda oportunidad para vivir una vida más allá del dolor y la angustia. Siento el calor de mis manos y me digo que tiene que ser la hostia.

Los huesos vuelven a sus lugares de las maneras originales. En su sitio quedan grandes cantidades de carne retorcida y magullada durante más de 25 años. En cualquier momento algo hará click y me pondré a llorar, ojalá que por última vez por todo esto, convirtiendo todo ese desahogo de dolor en alivio emocional. Después de eso me sentiré mucho más, vivo entre otras cosas.

Si hace algo más de nueve años decidí dedicar el resto de mi vida, si fuera necesario, a llegar hasta aquí…. ahora que estoy llegando al final de esto. ¿Adónde iré a continuación? ¿Qué hago con el resto de mi vida? Ahora que me tengo, ¿qué hago conmigo?

A falta de una respuesta más específica, prosperar.

Prosperemos entonces.