El Big Crunch (XXV)

Hacía apenas unos meses que había cumplido cuarenta años, y ahora estaba viviendo con mi padre. Me sentía una mezcla de ni-ni, despojo social, niño traumatizado, y algunas cuantas cosas más con connotaciones negativas en el inconsciente colectivo. Era un tío hecho y derecho. Tenía buen aspecto. Tenía una carrera en ingeniería industrial, experiencia en el extranjero, un máster en PNL e Hipnosis y cuatro idiomas y podía tocar varios instrumentos, y me arrastraba cada día a través de las horas en mi propio pellejo. Menos salud, tenía de todo. Estaba bien jodido.

Sumido en un dolor paralizante desde los primeros segundos del despertar hasta los últimos segundos del quedarme dormido, ahondaba en una certeza que había ido construyendo durante los últimos años: la salud es lo más importante de la vida. Me seguía pareciendo increíble la cantidad de que cosas que dependían de ella. Básicamente, en pocas palabras y por resumir, todas.

Si no hubiera sido por mi padre, si no hubiera sido por mi hermana, probablemente hubiera terminado durmiendo en la calle, tal vez entumeciendo mi brutal dolor con alcohol de brick o con lo que hubiera podido encontrar. Gracias a mi padre, tenía un lugar en el que dormir, una cama sobre la que echarme, un techo para cubrirme, tres comidas al día y en realidad muchas más comodidades que esas. Cada mañana y cada noche, al despertarme y al prepararme para dormir, en la parálisis del dolor continuo que me atravesaba el pecho, recorría mentalmente la lista de cosas por las que me sentía agradecido.

Doy las gracias por esta cama. Doy las gracias por la ropa de cama. Doy las gracias por la almohada. Doy las gracias por esta habitación. Doy las gracias por esta casa. Doy las gracias por el lugar en el que vivo. Doy las gracias por mi padre y por mi hermana. Doy las gracias por haber conocido a mi madre. Doy las gracias por mis amigos. Doy las gracias por las personas que comparten sus vidas conmigo. Doy las gracias porque me estoy recuperando. Doy las gracias por este día que he vivido y doy las gracias por el sueño que voy a disfrutar…

Sistemáticamente, hacía crecer el agradecimiento lo suficiente como para crear un pequeño oasis en un desierto de dolor, una pequeña charca en la que poder beber metafóricamente y tomar fuerzas para enfrentar un nuevo día de angustia y dolor valorando por encima de todo cualquier pequeño progreso que hiciera.

Por las noches soñaba sueños de confusión y estupor, de caminar sin rumbo por lugares en los que la gente disfrutaba y se lo pasaba bien, especialmente gente que me caía mal. Me llevó todavía un poco más de tiempo darme cuenta del patrón de mis sueños. Por entonces se trataba, simplemente, de lo que había soñado siempre. Eso era normal para mí. ¿Se podía soñar algo diferente? Ni siquiera me hacía esa pregunta, y mucho menos si podía yo soñar algo diferente.

En ocasiones pensaba que hubiera preferido tener cáncer que un Big Crunch. Hubiera sido mucho más fácil.

El cáncer es una enfermedad estándar. Lo tiene mucha gente. Las personas saben cómo responder a eso. Más o menos lo sabes manejar. Pero si alguien te viene y te empieza a hablar de un Big Crunch… ¿qué le dices? Me llevó un tiempo más darme cuenta de eso.

Las personas respondían de maneras muy diferentes. Desde quien se quedaba verdaderamente impactado hasta quien me respondía como si le hubiera contado que la semana pasada cogí el 57 para comprar unas camisas en el Corte Inglés y luego volví andando. Me costó comprender eso.

Yo se lo contaba a todo el mundo. De algún modo, en lo más profundo de mi inconsciente, esperaba que alguien supiera qué hacer. Esperaba que alguien comprendiera lo que me ocurría y tuviera algún certero consejo que pudiera seguir, pero como me sucedió durante muchos años antes, tuve que ir encontrando mi propio camino día a día.

Me di cuenta de que tal vez por eso escribía El Sentido de la Vida. Tal vez si contaba mis miserias a todo el mundo encontraría alguien que tuviera una respuesta para ellas, alguna instrucción acerca de qué hacer. Muchas personas lo intentaron a lo largo de los diez años largos que duró la primera época de ESDLV, si cuento bien. Algunos consejos tuvieron más o menos tino, pero hay una razón simple por la que nadie dio en el clavo, por la que nadie vino y escribió un comentario y dijo:

«Javier, a ti lo que te pasa es que con quince años, en el patio del colegio, un chaval te cogió por la espalda así y así y estuviste a punto de partirte en dos a la altura de las primeras vértebras torácicas, y la experiencia fue tan traumática que no pudiste procesarla conscientemente y perdiste el recuerdo de la misma, desarrollando después éstrés post-traumático, igual que los soldados que volvieron de la guerra del Golfo Pérsico, y por eso pasaste veintitrés años en un estado de ansiedad, pánico y paranoia crecientes visitando en vano médicos que no podían siquiera imaginarse lo que te ocurría, y fue por eso que ni siquiera cuando te fuiste a Alemania con la intención de cambiar de aires eso funcionó y, luego, cuando volviste a casa desesperado y consideraste sucidarte y tomaste la decisión de seguir viviendo, tomaste una decisión y ahora lo que tienes que hacer para recuperarte es empezar a meditar cada día para gestionarte la ira y la rabia y no matar a nadie, y luego empiezas a hacer yoga para comenzar a meter huesos en su sitio y desenroscar articulaciones y luego empiezas a pasar por diferentes profesionales mientras vas afinando más y más acerca de lo que te ocurre y de quién puede ayudarte mejor a recuperarte y a levantar la cabeza. Eso es lo que tienes que hacer».

Hubo muchas razones diferentes por las que nadie vino y escribió eso. Y con el tiempo llegué incluso a pensar que está bien.

Cuando acudí de nuevo al traumatólogo llevaba ya 65 sesiones de rehabilitación en unos cinco meses. Entre volante y volante, me sentaba en el suelo de la cocina, ponía el horno a doscientos grados y pegaba la espalda contra el cristal. Por entonces ya podía sentir los brazos.

Entré en la consulta. Me puse de pie. Dejé caer la cabeza hacia adelante, hacia atrás… en todas las direcciones. Derrotado, ni siquiera hice mención de quitarme la camiseta.

El traumatólgo se sentó. Tecleó algunas palabras en su ordenador y me miró. Yo miré el montón de volantes vírgenes reposando sobre su mesa. Empezó a hablar y un temor comenzó a crecer en mi interior.

Le miré. Miré los volantes. Le volví a mirar. Volví a mirar los volantes. Sus palabras sonaban como si estuviera hablando a otra persona. En un momento más se me hizo obvio que no me iba a dar otro vale para rehabilitación. Me sentí furioso.

Me dijo que ya estaba bien. Que había recuperado la movilidad del cuello y que lo que me quedaban eran «molestias residuales». Su puta madre. Mi furia se redobló, pero sonreí como solía hacer y le di las gracias y me marché. Me alegré de perderle de vista, aunque en la parte de atrás de mi cabeza pudiera apreciar, lleno de agradecimiento como a veces conseguía estar, lo que había hecho por mí.

Pasé los veinte minutos que me llevó el viaje a casa repitiendo las palabras «Molestias residuales». No me lo podía creer. Molestias residuales. No me entraba en la cabeza ni la palabra molestia ni el adjetivo residual. Molestias residuales. Ni siquiera el plural suavizaba la cosa.

Tal vez había dicho dolor residual. Tal vez eso tendría más sentido. En mi cabeza, rebobinaba al momento y le daba al Play una y otra vez. «Molestias residuales, «molestias residuales», «molestias residuales»… Tal vez variando la velocidad de la cinta, o cambiándole el tono, o la inflexión… Tal vez había algo que había pasado por alto en aquellas palabras. Molestias residuales. Molestias residuales. Molestias residuales… Me cago en su puta madre, molestias residuales.

Mi hermana enfermó. Algo leve, una gripe o algo de ese calibre. Le acompañé al ambulatorio. Esperábamos sentados a que la llamaran. Para hacer algo de tiempo, me levanté y me dediqué a leer algunas hojas sobre la pared. Una de ellas llamó mi atención.

Hablaba acerca del incremento de las agresiones a médicos. Mis ojos se abrieron como platos. ¿Pacientes agrediendo a médicos? Era la primera vez que leía algo así. Se me hizo extraño que alguien pudiera agredir a alguien que estaba intentando ayudarle. ¿Qué sería lo siguiente?

Ahora, de camino a casa, repitiendo en mi cabeza las palabras «Molestias residuales» en un bucle sin aparente fin, el asunto de las agresiones a los médicos me resultaba de lo más natural. No sólo me sentía ofendido; me sentía insultado. Me sentía agredido. Me sentía violentado. Me sentía ridiculizado. Me di cuenta de que el gremio médico tiene un gran potencial por desarrollar en términos de empatía y comunicación. Yo también, pero no fue ese el momento en que me di cuenta de ello.

Debió de ser unos meses antes cuanto tuvo lugar una gran tragedia aérea. Un avión volando la ruta Alemania-España se precipitó sobre los Alpes. La gente se preguntaba qué había ocurrido.

La investigación pronto derivó las sospechas sobre el co-piloto, un hombre joven aparentemente en buen estado, con una vida hecha, con su novia y su carné de piloto bajo el brazo, tal vez de co-piloto, ignoro cómo funciona el asunto en esos menesteres. Cuando se hurgó un poco más, se descubrió que el hombre visitaba al psiquiatra y que estaba medicado. La historia me resultó familiar.

La gente se preguntaba cómo algo así era posible. ¿Qué podía llevar a alguien con una vida aparentemente normal a empujar los mandos del avión hasta precipitarlo, con pasaje y tripulación incluida, contra el pico de una montaña alpina? Una explicación coherente está fuera de la imaginación más salvaje de la mayoría de las personas. Para mí, simplemente les falta información.

Les falta información acerca de la cantidad de dolor, sufrimiento y miseria que puede llegar a experimentar a un ser humano. Yo, aunque encontré la tragedia terrible, pude comprender a aquel tipo. Hubiera preferido no poder hacerlo. Para mí era un paso lógico más en una larga cadena de horribles acontecimientos. Una simple expresión comunicativa del dolor, el terror y la miseria más profundas que puede experimentar un ser humano. Cuando las palabras se quedan cortas para expresar el terror, entonces surgen los actos de terror. Para mí, reflexionando acerca de 25 años de profunda angustia y dolor, meras formas de comunicación y expresión humana.

A lo largo de los años he aprendido a salir del dolor, del terror, de la miseria. De la desesperación. De vivir la vida como si fuera una pesadilla de la que el suicido se torna con los años en una salida razonable. He aprendido que lleva tiempo y trabajo, que no se trata de algo que se encuentra en algún momento, que funciona mágicamente y que lo cambia todo de una vez por todas. Más bien es la suma de decenas de miles de pequeñas cosas que, a modo de pequeños escalones, permiten ascender una suerte de escalera interior a través de una sucesión de estados que le transforman a uno y a su percepción del mundo que le rodea. Somos el mismo instrumento a través del que percibimos el mundo.

A lo largo del proceso, me he interesado por decenas de diferentes métodos y posibilidades, centrándome en los que me han funcionado. El agradecimiento es uno de ellos. La meditación es otro. El yoga otro. Con estas tres acciones he construido pacientemente hábitos cotidianos que, acompañados de otras cosas, especialmente de una actitud de aprendizaje, me han llevado a salir de lo más profundo del agujero.

Por entonces llegué a una entrevista, creo recordar en el «A la contra» del periódico «La vanguardia», que el entrevistador hacía a un psicólogo.

Para mí, un psicólogo es un sanador, y un sanador es un ejemplo de salud. En el fondo, detrás de cualquier teoría y cualquier técnica que pueda conocer y aplicar, un psicólogo y cualquier otra persona que se dedique a la salud sirve con su saludable ejemplo, y si quiere tener éxito en su campo necesita trabajar consigo mismo para forjar su propio ejemplo, en este caso en el contexto de la salud mental.

La salud mental y la salud física van de la mano entrelazada, y este hombre solía ir a nadar a menudo, y mientras nadaba reflexionaba acerca del agradecimiento que sentía por todas las bendiciones que disfrutaba en su vida. Si tienes una mente, esa es una de las mejores maneras en que ocuparla. Y aunque eso me llamó la atención, no fue lo más importante de lo que me aportó.

Yo llevaba un tiempo reflexionando acerca del asunto, y estaba llegando a una conclusión, a una certeza. Tal vez a una manera saludable de considerarlo. Cuando leí que esta persona pensaba que no había gente mala, sino gente enferma, encontré una confirmación para aquella conclusión que se había estado formando en mi mente.

Desde entonces, cuando encuentro a alguien que hace cosas malas, no pienso que sea mala sino que está enferma.