El Big Crunch (XIV)

Durante un par de semanas, cada día, como si me fuera la vida en ello, acudí a una sesión de rehabilitación. Desayunaba, fumaba un poco de marihuana para poder soportar el dolor, me daba una ducha y renqueaba hasta la clínica. Me sentaba en la silla esperando mi turno.

Encuentro algo absurdo en una habitación llena de personas que no hablan entre sí. Cuesta más trabajo mirar al techo, al suelo, las esquinas de la habitación, un punto aleatorio en el horizonte… que girarse al de al lado y preguntar «¿Qué te pasa?». Yo venía de estudiar PNL e Hipnosis. Eso son muchas cosas diferentes, pero todas esas cosas caben en la categoría «Comunicación». Así que me giraba y preguntaba con curiosidad «¿Qué te ocurre a ti?». Me sentía como si estuviera violando media docena de normas no escritas de aquella institución.

La edad. Los esfuerzos. Sujetar al churumbel en brazos. Los excesos a los mandos de un instrumento musical. Un ataque de una jauría de perros. Pronto me di cuenta de que cada persona tenía una historia diferente.

—Es la L3-L4.

—Los ligamentos metacarpianos.

—Me duelen todas las articulaciones. Lo llaman reuma.

Entre sesión y sesión de rehabilitación incluso salía a la calle. A veces iba a comer con la familia.

Estaba esperando a cruzar la calle. Delante de mí había un tipo con la funda de un instrumento al hombro. A juzgar por la forma y el tamaño debía de ser algo así como un violín. Tengo debilidad por iniciar conversaciones con gente desconocida.

—¿Qué instrumento llevas ahí? —le pregunté con curiosidad.

—Es un violín —respondió el tipo alegremente.

Hablamos un poco más mientras el semáforo se ponía en verde. Tocaba en el Palau de la Música. Formaba parte de la orquesta residente. Supongo que la llamarían así si la tuvieran que vender. A mí me gustaba el violín. Me gustaría tocar prácticamente cualquier instrumento de una orquesta, pero necesitaría varias vidas para eso.

Ahora, un par de meses más tarde, estaba sentado en la sala de rehabilitación esperando a que un calefactor quedara libre. Vi entrar un tipo por la puerta. Me quedé mirándolo.

Él se quedó mirándome. Fruncí el ceño. Revisé mis archivos mentales. Yo había visto antes a aquel tipo. Él me miró con curiosidad. Entonces caí.

—Hace un par de meses —le dije—, en el semáforo de la rotonda de la avenida de Aragón.

—¡Es verdad! —dijo.

Se sentó y me explicó que tocaba diez horas diarias y que tenía inflamado nosequé tendón del antebrazo izquierdo. Puedes pensar que tocar el violín es una actividad carente de todo riesgo. Tócalo diez horas cada día y acabas en rehabilitación. Se lo hubiera cambiado por el Big Crunch con los ojos cerrados. Yo tenía peor mano que prácticamente cualquiera de los que había allí. Me llamaron; en lugar de calor hoy tenía lo que llamaban «corrientes».

Me condujeron a otra sala. Me pusieron unos electrodos en la espalda. Con soltura, la mujer pulsó unos botones en un aparato y los músculos en la parte alta de mi espalda comenzaron a tensarse. Me sobresalté.

—¿Así? —me preguntó la mujer.

Yo qué sabía. ¿Cuál era el propósito de todo aquello? Así me resultaba muy molesto. Una corriente salía del cacharro, circulaba por los cables y entraba en los músculos de mi espalda. Se tensaban muy desagradablemente. Si el propósito de todo aquello era molestarme, justo así era una manera apropiada.

—Puedes ajustarlo con estos botones —me aclaró la mujer señalando unas flechas mientras me entregaba el aparato.

Me quedé allí sentado, mirándome en el amplio espejo en la pared, con los cables trepando hasta mi chepa. Los músculos se tensaban y se sentía como un cosquilleo. Probé a darle un poco más de intensidad. Sorprendentemente, se hacía un poco más molesto. Probé a bajarlo. Si lo bajaba demasiado, ni siquiera lo notaba.

Jugando con las flechitas, comprendí que podía encontrar una intensidad que correspondía a la intensidad que circulaba habitualmente por aquellos músculos. Esto es, en un momento cualquiera, una cierta intensidad estaba circulando por aquellos músculos tensándolos. Ocurría durante el día y ocurría por la noche. Ocurría todo el tiempo. Me pregunté cuánta energía empleaba en tensar la musculatura de mi cuerpo. Debía de utilizar una gran cantidad de energía solamente para evitar que mi esqueleto terminara por descomponerse completamente. Eso explicaba por qué estaba tan derrengado incluso sin hacer nada. Era como circular en coche con el freno de mano puesto. Lustros enteros apretando el acelerador hasta el fondo, bajando de marcha, apurando las revoluciones del motor… y cada vez más despacio.

El freno de mano estaba puesto. La dirección estaba doblada. Los cojinetes estaban retorcidos. El chasis estaba hecho un ocho. La chapa y pintura se salvaban; el resto estaba, o bien para tirar, o bien para rehacer. Y allí pasaba mis días, en el taller. Iba tanto como podía.