El Big Crunch (XXIX)

En la primera sesión de terapia con mi profesora de PNL me habló de una mujer que daba masajes. Sin final feliz, me dijo. Ella iba, y me la recomendaba encarecidamente. Yo le había contado ya lo de las 65 sesiones de rehabilitación que hice cuando el traumatólogo, y también que iba a «el alemán» desde hacía varios meses, e incluso así me recomendó acudir a esta mujer. Si terminaba de ponerme los huesos en el sitio, después de más de tres años de recuperación, ese sería un final lo suficientemente feliz para mí. Incluso sin comer perdices.

Estábamos en Enero de 2017 cuando aparqué la moto frente al lugar y busqué el número. Hacía un frío que pelaba, pero al menos no llovía. Bajé de la moto y, con el casco en la mano, anduve por la acera buscando la dirección de esta mujer que daba masajes.

Encontré un centro de belleza. Ofertaban todo tipo de tratamientos de belleza. La gente allí tenía que estar bellísima.

¿Dónde quedaba aquello? Tal vez se tratara de un domicilio particular en el edificio de al lado. Era la hora acordada y no sabía adónde ir, así que saqué el teléfono del bolsillo y conseguí hablar con la mujer. Resultó que tenía que entrar en el centro de belleza. Tal vez yo también saliera bellísimo de allí.

La mujer era una poco mayor que yo. Me recibió y me condujo a una pequeña sala al final del local.

Cuando entré pude ver una camilla de masajes en el centro de la sala. Una banda sonora de cánticos tibetanos se alzaba en el ambiente. Dejé el casco y le expliqué de qué iba la cosa.

Fui a través de los años de angustia y amargura y ansiedad y luego PNL e hipnosis y le conté cómo descubrí el Big Crunch. Entonces llegamos al proceso de Uncrunching, con el que llevaba ya tres años por entonces. La mujer me escuchó con atención. Como mínimo me sentí escuchado, lo que ya me resultó muy reconfortante. Entonces comenzó a hablar ella y lo hizo explicándome con más detalle qué era lo que hacía.

Me dijo que se dedicaba a la sanación, y que lo hacía, principalmente, yéndose al campo cuántico. Yo conocía los campos de arroz de las afueras de Valencia, los campos de fútbol de los dos equipos de la ciudad y los campos euclídeos del Álgebra de primero de ingeniería industrial. No sabía nada de campos cuánticos, pero tampoco tenía que saberlo. A mí me daba igual a qué campos se fuera para curarme; mientras funcionara, yo estaría contento.

Me explicó que, aunque era osteópata de formación, a lo largo de los años y en función de las experiencias que había vivido se había ido adaptando y cambiando su forma de trabajar. Eso me pareció muy bien; ya había pasado por suficientes profesionales de la medicina que ni cambiaban ni se adaptaban en función de sus experiencias. A ella le habían ocurrido cosas extraordinarias. Por ejemplo, me habló de gente que, tumbada en la camilla y en plena sesión, le había empezado a hablar de vidas pasadas. A mí me dio igual.

A lo largo de los últimos años he aprendido a respetar las experiencias ajenas. Si alguien vivió vidas pasadas, me parece bien. Yo he vivido como una bola de energía del tamaño de una pelota de tenis flotando frente a una gigantesca pantalla de cine. Eso era todo para mí. Así, me puedo creer prácticamente cualquier cosa: aprendí a respetar la inconmensurable flexibilidad de la conciencia humana.

Me resulta curioso que sólo conozco a dos personas que hablen de física cuántica, y las dos son osteópatas. Al parecer no hay nada como un buen trauma para viajar en el tiempo y cuestionar los fundamentos de la misma realidad, al menos en parte. Durante un par de años el 30% de mí estuvo la mayor parte del tiempo en 1990. Puedo comprender la filia de los osteópatas por la física cuántica.

Me tumbé en la camilla. La mujer encendió un chusco de madera y el olor llenó rápidamente la sala. Se me hizo muy extraño, pero mientras la mujer no se volatilizara yo estaría bien. Entonces apagó la luz.

En la oscuridad, se movió muy lentamente a mi alrededor, tal vez con una velocidad angular de dos pi radianes por minuto. Yo ya me estaba yendo al campo euclídeo; ella debía de estar ya en el lado más salvaje del campo cuántico.

Debió de estar unos veinte minutos dando vueltas a mi alrededor, en silencio, palpando el aire sobre mí. A mí me pareció fantástico. Aunque me llevó unos diez minutos calmarme, relajarme y callarme en mi cabeza, comprendo el valor que puede tener todo ese tiempo haciendo algo así. Practiqué hipnosis profesionalmente durante cuatro años: he experimentado cosas realmente extrañas. Ocurre cuando te sales de los caminos más trillados.

Luego comenzó a palparme. Yo llevaba ya tres años haciendo todo lo posible para recuperarme. Incluso así, todavía me quedaba mucho trabajo, y eso se me hacía especialmente evidente cuando alguien me ponía las manos encima.

En mi desesperación, todavía mucho antes de descubrir el Big Crunch, visité a una mujer que hacía Reiki. El Reiki es un antiguo arte milenario de sanación oriental. Consiste, grosso modo, en poner las manos sobre diferentes partes de otra persona. Yo había hecho algo así antes, pero lo llamaba «prolegómenos sexuales», así que vencí todas mis resistencias científicas occidentales y algunos prejuicios más y fui a probar si eso me hacía algún bien.

Me tumbé y la mujer empezó poniéndome las manos sobre la cabeza. Al cabo de un momento me empezó a doler. A lo largo de las diferentes sesiones a las que fui, cada vez que la mujer me puso las manos sobre la cabeza, me dolió igualmente. Mi espíritu científico experimentador occidental se dio cuenta de que había una conexión directa entre las manos sobre la cabeza y el dolor en la cabeza. Aquello hacía algo, más allá de toda duda. Todavía me quedaba descubrir más acerca de los misteriosos mecanismos por los que funcionaba el Reiki; pero sí: algo había allí.

A lo largo de estos años he recurrido en varias ocasiones a lo que antes llamaban «medicinas alternativas» y que ahora llaman, creo que muy acertadamente, «medicinas complementarias». Mucha gente se atasca con los detalles. Para mí lo importante es esto: usa lo que funciona. Pero al margen de esto, encontré cosas como la meditación o el yoga o el reiki envueltas en un singular halo de misterio oriental.

Con la meditación me di cuenta de que, básicamente, lo que hacía era sentarme y relajarme. Eso tenía múltiples efectos beneficiosos en mí, especialmente viniendo de una ansiedad crónica de más de dos décadas. Tres cuartos de lo mismo para el yoga: un ejercicio de flexibilidad, relajación y atención al cuerpo. ¡Oh, sorpresa que tuviera múltiples beneficios para la salud! ¡Oh, misterios revelados! En cuanto al reiki, concluí que el dolor estuvo en mi cabeza todo el tiempo, tensos los huesos de mi cráneo tirados brutalmente por diferentes músculos, principalmente por el trapecio, y entumecido el dolor después de dos décadas seguidas de haberlo ignorado. Las manos en la cabeza llevaban mi atención hacia esa parte de mí y hacían el dolor más que evidente. Cuando encontré otras maneras de llevar mi atención hacia las partes dañadas de mí tuve otros modos de relacionarme con mis partes doloridas, lo que me dio opciones acerca de cómo sanarlas. ¡Oh, el misterioso poder sanador del contacto humano! ¡Oh, el misterioso poder sanador de la compasión! ¿Quién iba a pensar que las ganas de vivir pudieran curar?

La mujer encendió la luz. Le di las gracias. Le pagué. Le pedí otra cita. El final había sido relativamente feliz por esperanzador. Sentí que estaba en buenas manos, en unas manos sensibles y empáticas, llenas de humildad y comprensión. Me despedí y salí de nuevo a la calle.