El Big Crunch (XXIV)

Estaba solo en casa y dormía profundamente. Me desperté de entre las brumas de alguno de esos sueños que solía tener en los que caminaba confuso y perdido de un lugar a otro mientras la gente se divertía y yo no sabía ni hacia adónde ir ni qué hacer. Todavía angustiado, recuperé la consciencia en la oscuridad.

Pensé que seguía soñando. Entre el silencio de la noche me pareció oír unos gritos de auxilio.

—¡Socorro! —gritaba una voz de mujer—. ¡Socorro! —repetía.

La voz sonaba lánguida y distante.

—¡Auxilio!

No podía estar oyendo aquello. Tenía que estar equivocándome de alguna manera. No tenía ningún sentido.

—¡Socorro!

Pero sí, oía aquella voz claramente pidiendo socorro. Sonaba irreal. Sonaba imposible.

Por un momento pasó por mi cabeza la posibilidad de hacer caso omiso a aquella llamada de socorro. Podía darme la vuelta en la cama e ignorar que había oído aquello. Pero pronto me di cuenta de que no podría hacer algo así. Si alguien estaba pidiendo socorro y yo lo estaba oyendo, era mi obligación acudir.

Aturdido, confuso, todavía adormecido, sacado de uno de esos angustiosos sueños que solía soñar, me pregunté qué hora era.

—¡Auxilio!

Eran las cuatro y media de la mañana. ¿Qué estaría sucediendo? Me puse unos pantalones, me enfundé las pantuflas, cogí el teléfono y las llaves y me dirigí hacia la puerta de la casa.

En el sepulcral silencio de la noche profunda, abrí la puerta y saqué la oreja.

—¡Socorro!

Los gritos provenían del piso de abajo. Me pregunté si sería el único que los estaría oyendo, y por qué no había ningún otro vecino solícito que hubiera acudido a la llamada. Pero yo sí lo había oído, había decidido responder y ahora estaba bajando las escaleras para acercarme al lugar de origen de aquella llamada de socorro.

Descendí las escaleras todavía medio dormido, preguntándome si estaba verdaderamente despierto o si, en un momento más, abriría los ojos y me encontraría de nuevo en la cama, despertándome todavía de un sueño dentro de otro sueño; pero cuando terminé de descender las escaleras y llegué al rellano del piso inferior, lo que encontré me dejó estupefacto.

Yo conocía a aquella mujer. De hecho, le tenía muchísimo cariño. Se trataba de una anciana que vivía un par de pisos por encima de mí, al otro lado del edificio. Había crecido y convivido con mi abuela y yo la recordaba vagamente de mi niñez. En los últimos años me la había cruzado con relativa frecuencia en el portal o en la calle, y me alegraba mucho de verla cada vez porque era una de estas ancianas bienhumoradas. A pesar de su pertinaz deterioro físico, la veía muy alegre cada vez que me la encontraba, siempre muy activa, yendo y viniendo de aquí para allá. Un día hasta me dio una tortilla de patatas que le había sobrado. Así de delgado, enclenque y desmejorado me debía de haber encontrado. Yo le tenía mucho cariño por todos estos y algunos motivos más.

Me faltó pellizcarme.

Estaba allí sentada sobre el suelo del rellano con la espalda contra la pared. Se había caído y no se podía levantar. Junto a ella, sobre el suelo, un andador, un abrigo, el bolso y diferentes objetos desparramados. Le pregunté, cuando me hube recuperado del shock, qué diantres hacía allí a aquellas horas.

Me explicó confusamente que venía de jugar a las cartas con unas amigas. Había entrado en el edificio, había subido en el ascensor y, al salir, había tropezado y casi se había roto la crisma. Me pregunté cuánto tiempo llevaba allí tirada, pidiendo auxilio, en la oscuridad del rellano. Hablé un poco más con ella, hasta que ambos conseguimos tranquilizarnos, y entonces saqué el teléfono y llamé al 911. Le expliqué la película a la persona que me atendió y me dijo que una ambulancia salía de camino.

Me senté allí con ella durante una media hora, charlando un poco, quitando hierro a aquel extraño episodio, bromeando con ella, gestionándome el shock que aquella experiencia me había producido. Entonces, cuando llegó la ambulancia, fue cuando descubrimos que el ascensor no funcionaba.

Cinco minutos después subieron dos chavales jadeantes. Les expliqué el percal.

—El ascensor no funciona, así que vamos a subir una camilla portátil.

La camilla portátil tenía un nombre técnico que no arraigó en mi memoria. Un momento después estaban de regreso, jadeando doblemente. De hecho era una silla de ruedas con una suerte de esquíes en lugar de ruedas, de modo que se podía deslizar escaleras abajo con cierta facilidad. Supongo que la llamarían «Silla de esquíes». Sentaron a la buena mujer y la deslizaron con cuidado escaleras abajo. Yo les dije que me haría cargo de sus enseres y me despedí.

Cogí el andador, el bolso, el abrigo y los objetos que había desperdigados por el suelo y subí a casa. Dejé todo eso y me metí en la cama, todavía procesando lo que acababa de ocurrir. Un rato después conseguí regresar de nuevo a uno de esos angustiosos sueños en los que voy desorientado de un lugar a otro, perdido y confuso, mientras la gente se lo pasa de puta madre. Me di cuenta de que mis sueños eran una mierda. Pasaron algunas horas hasta que, por la mañana, volví a despertar a la angustia y al dolor del Big Crunch.

Después de comer me llamó la hija de la ancianita. Quedé con ella para que pasara a recoger sus efectos personales. Algo más tarde vino, lo recogió todo y se puso a llorar. Si yo estaba ya bien removido por la experiencia nocturna, aquello terminó de desmontarme.

Estaba solo en casa. Era un día grande: mi padre vendría en un par de horas a recogerme y saldría de allí, con una maleta, para instalarme en su casa y dejar sitio a mi hermana para que hiciera vida familiar.

Un par de horas después llegó mi padre. Metí la maleta en el maletero y me senté en el coche, dolorido, maltrecho, después de dos años desenterrando dolor veinticuatro horas al día siete días a la semana, todavía traumatizado, estupefacto e incrédulo por una experiencia que había tenido lugar 23 años antes. Desencajado, desencuadernado. Descuajeringado.

De camino a mi nueva casa, empecé a contarle a mi padre lo que me había ocurrido la noche anterior y en algún momento comencé a llorar. Estuve llorando desconsoladamente la media hora que duró el trayecto. Todavía lloraba un rato después sentado en la cocina, cuando mi padre me dejó solo. Entré en un estado de semi-inconsciencia, y cuando me di cuenta estaba tumbado sobre la mesa de la cocina, clavando el hombro derecho sobre la superficie, intentando pasar un tendón o algo así desde la parte de atrás de la articulación hacia la parte de delante. Entre lágrimas y sollozos, presionaba el hombro contra la mesa con todas mis fuerzas, empujando y tratando de hacer resbalar alguna parte en particular de un lado al otro del hueso. Estaba loco de dolor.

Me dejé caer sobre el suelo, apoyándome sobre las rodillas y las palmas de las manos. Lloré y lloré, dejando sobre el suelo una masa acuosa mezcla de mocos y lágrimas.

Después de dos años de desenterrar dolor, por fin estaba empezando a llorarlo. Había abierto la espita.