El Big Crunch (X)

A lo largo del primer año y medio del proceso, que bauticé como «Uncrunching», encontré algunos momentos de bloqueo. De entre las tinieblas de ese vacío iban emergiendo sensaciones, prácticamente todas profundamente dolorosas. A veces encontraba picos de dolor y solían corresponder a bloqueos: algunas partes se encontraban aprisionadas, empujadas, apretadas, pellizcadas, presionadas… por otras. Tuve que aprender a desbloquearlas. Generalmente era cuestión de tiempo y persistencia. El proceso solía llevarme entre un día y una semana larga.

Por entonces yo era un tipo muy raro. Rara vez salía de casa, y cuando lo hacía era para encontrarme con mis amigos. Mis amigos ya me conocían. Si ya conocían mis excentricidades de antes, como mínimo encontraron justificación cuando supieron acerca del Big Crunch. Incluso conocían al chaval que me crujió. Pocos escaparon de sus «cariñitos» en el colegio. Pobre chico.

Cada dos o tres meses mi avance en la recuperación se detenía al encontrar uno de esos bloqueos. Duraban una semana o así. Estaba tan jodido que apenas podía respirar. Más meditación para hacer conciencia corporal, más yoga para mover las diferentes partes implicadas y, antes o después, la escápula resbalaría y el músculo se soltaría y yo podría seguir progresando por aquella selva de puro dolor.

Estábamos cenando en casa de mi amigo Dani. Terminamos de cenar. El Blas y él hablaban de diferentes temas; yo respiraba profundamente tratando de encontrar un equilibrio entre la cantidad de dolor que podía soportar y la atención que podía prestar a lo que estaban diciendo. Participar en la conversación estaba fuera de mis posibilidades. En un momento, sin saber por qué, me levanté y me puse a empujar la pared.

Ligeramente escorado, empujaba la pared con ambas manos. Medio inconsciente, no sabía por qué hacía eso, pero lo estaba haciendo. Tal vez encontraba un alivio en el movimiento. La presión adecuada de la manera adecuada. Mis amigos me miraron y siguieron hablando. Era una más de mis cosas: allí estaba yo empujando la pared. Mejor no preguntes, porque tampoco te sabré explicar. Estoy empujando la pared; el resto serán balbuceos y fragmentos de razón.

Así, avancé a través de diversos bloqueos. Generalmente sólo tenía que soportar el pico de dolor durante una semana. Luego conseguía ir más allá y avanzar un paso más en el proceso. Entonces llegó el verano y me enganché una vez más. El dolor era tan fuerte que sólo podía soportarlo poniendo la mano derecha sobre la cabeza. Iba por la calle con la mano sobre la cabeza. Hablaba con mis amigos con la mano sobre la cabeza. De alguna manera todo aquello tenía algún sentido para mí. De hecho era muy sencillo: era la configuración esquelética que arrojaba el mínimo dolor.

Para mi padre y para mi hermana, aquello no tenía sentido. Mi tía apareció hablando maravillas de un traumatólogo e insistieron en que le visitara. Yo no quería saber nada de médicos; quería salir de todo aquello por mí mismo, aunque tenía que admitir que estaba fascinado por haber descubierto la existencia de profesionales que se ocupaban específicamente de los traumas. Yo tenía un trauma de la infancia, y tal vez ese fuera el profesional apropiado para tratarme. Así, tras vencer decenas de resistencias, claudiqué y pedí cita para visitarle.

Llegué allí una tarde de verano de 2015. La sala de espera estaba abarrotada. Me senté y observé la dinámica: entraba uno y, aproximadamente cinco minutos después, salía. Entraba otro y salía cinco minutos después. Cinco minutos más tarde, salió otro. Eso era bueno por un lado, porque allí había una docena de personas esperando y ya era la hora de mi cita, así que tal vez sólo tendría que esperar una hora; por el otro lado, eso era malo, porque sólo contar la historia me iba a llevar aproximadamente media hora. Empecé a ponerme nervioso.

No quería molestar a toda aquella gente. Si la gente entraba y salía en cinco minutos, entonces yo disponía de cinco minutos para explicar todo aquello, de modo que empecé a elaborar una versión breve del Big Crunch en mi cabeza. Yendo a través de la historia, empecé a recortar más y más información imprescindible. Después de todo, aquel hombre era un traumatólogo, así que debía de estar familiarizado con los traumas de la gente. El mío era gordo, pero él sabría grosso modo de qué iba. La gente entraba y salía a toda velocidad. Una hora más tarde, por fin llegó mi turno. Debe de ser por eso que nos llaman pacientes.

Entré por la puerta y todavía antes de sentarme le expliqué que, hacía casi 25 años, en el colegio, un chaval había venido por detrás y me había cogido así y me había desgraciado, y que tenía muchos dolores. Si la versión original duraba media hora, con su angustia y sus mareos y su PNL y su hipnosis y su regresión y el descubrimiento del trauma, había conseguido reducirlo todo a diez segundos. Me sorprendí de mi capacidad de síntesis, aunque hubiera mutilado la historia horriblemente.

Me dijo que me diera la vuelta. Me sentí como si fuera a coger la silla y a partírmela en dos en la espalda. Luego me sentí como si me fuera a dar por el culo. Luego le oí pedirme mover la cabeza en diferentes direcciones. Mi cuello estaba rígido como una estaca. Me palpó la parte alta de la espalda y concluyó su análisis.

Me preguntó que a través de qué aseguradora venía y me explicó que me iba a requerir dos pruebas: una resonancia magnética y una electromiografía. Yo estaba familiarizado con la primera después de haber pasado tres cuartos de hora metido en una máquina de resonancia magnética, años antes, apretando botones para el doctorado de Farruquito en la universidad de Regensperry. En cuanto a la electromiografía, que me costó pronunciarlo, me explicó que era para comprobar el estado de los nervios de los brazos. Por entonces se me dormían los brazos al caminar por la calle y los dedos de mis manos estaban acorchados. Salir del vacío para sentir esas sensaciones es una mierda, pero era mejor que, literalmente, nada. En las notas del colegio me hubieran puesto: «Progresa adecuadamente».

Me dio el volante y me despedí dando las gracias. Salí de allí parando el cronómetro en 4:58. Lo había conseguido. Joder con la sanidad privada. Me sentí como una hamburguesa.