El apasionante caso de las tempuritas de Carrefour

Soy muy especialito para comer. Aunque en los últimos años he hecho esfuerzos y, a raíz de ir recuperando mis sensaciones físicas he ido cambiando mis percepciones acerca de la comida, la verdad es que sigo siendo muy especialito para comer. Por ejemplo, siento pavor hacia los tomates. Más bien asco. Es el aspecto que tienen y la pulposa manera en que me miran, babeando. Ese brillo en su gelatinosa superficie me produce una profunda repulsión. Pocas cosas me repelen como los tomates.

Incluso así, como digo, he hecho grandes avances en los últimos dos años. Por ejemplo, he pasado de repeler las ensaladas a cenarlas la mayor parte de las noches. Esto ha sido, en gran parte, gracias al formidable trabajo de Florette. Les doy las gracias desde aquí.

Como especialito, si tengo que tomarme diez o quince minutos para preparar una ensalada, siquiera para comprar los diferentes ingredientes por separado, las ensaladas quedarán lejos de mi universo cotidiano. Si me las dan hechas, entonces ese es otro cantar.

Encontré las ensaladas de Florette. Vienen ya prácticamente hechas: sólo tengo que perforar los diferentes compartimentos que contienen los diversos componentes y volcarlos sobre la lechuga. Luego aceite y sal y para dentro con ayuda de un poco de pan. Echar las salsas que traen es algo que pertenece al siguiente nivel, como comer tomate.

Afortunadamente, el fabricante ha tenido a bien considerar a los especialitos para comer y crear un par de combinaciones al margen del tomate. Mis preferidas: la ensalada César, con trocitos de pollo, y la New Yorker, con cebollita frita. Vuelco los ingredientes y a comer ensalada. Me siento tan sano.

La verdad es que es algo fácil de digerir. Después me siento ligero y sano, como si las vitaminas y los minerales rezumaran por los poros de mi piel. Cuando me voy a dormir ya tengo la barriga vacía. Y me sacia mucho. En algún momento del futuro pasaré al siguiente nivel, pero de momento continúo consolidando este. Supongo que, cuando me aburra de comer este tipo de ensaladas, será la indicación de que ha llegado el momento de subir al nivel en el que reinan los tomates.

Los miércoles por la mañana, mi padre y yo cogemos el Polito y enfilamos al Carrefour más cercano. Se trata del día y la hora de la semana en que hay menos personas. Incluso así, para mí, mientras camino al borde de las lágrimas por los pasillos, hay demasiadas. La cara buena de salir de un Big Crunch es que aprecio y valoro el Carrefour. Doy las gracias porque existe algo así.

Me contaba mi padre la historia de una amiga de una amiga o algo así. Hay algún mecanismo inconsciente en mi interior que se activa cuando mi padre empieza a hablar y, en lugar de lo que dice, oigo una trompeta con sordina. Incluso con práctica, todavía me pierdo algunos detalles, pero todo se andará. El caso es que contaba que esta mujer era venezolana y que estaba en España de visita y que, cuando la llevaron al Carrefour, la mujer se puso a llorar al presenciar aquel desparrame en términos de variedad y cantidad. Y yo guardo esa actitud en mi interior, de apreciación y agradecimiento, por disfrutar de un lugar al que ir a comprar y encontrar tal variedad y abundancia. Qué maravilla. Además, la gente suele ser muy amable.

En mi empeño por comer cada vez más sano, viniendo desde la comida congelada y la inanición general hasta el punto de rozar, más bien tocar tranquilamente, la malnutrición, di un nuevo paso hacia las verduras de mano de la tempura de verduras. Me las presentó mi hermana.

Dicen que es mucho rebozado, mucha fritanga. Yo digo que al menos como verduras. Así que, a la espera de pasar al siguiente nivel, la tempura de verduras es una buena manera de comer verduras varias veces a la semana.

—¿Qué comerás mañana que no estoy? —me pregunta mi padre.

—Me haré las brochetas con tempuritas —respondo yo, tumbado en el suelo del comedor estirándome de la cabeza, tratando de mover las vértebras torácicas al menos una décima de milimetro.

Así, entre las ensaladas sin tomate y las tempuritas, avanzo lenta pero inexorablemente hacia la comida sana, incorporando hábitos cada vez más saludables a mi vivir.

Hace tres o cuatro meses, una manaña, estábamos terminando la compra. Cogimos unas cajas de Kleenex y un par de botellas de lejía y nos dirigimos hacia los arcones de congelados. Tomé la bolsa frigorífica y me encaminé hacia el lugar donde florecían las tempuritas. Localicé los paquetes y abrí la portezuela corrediza. Entonces las vi.

Eran tempuritas de otra marca. Yo solía comprar las de Carrefour, la únicas que había. Tal vez las únicas en las que había reparado. Entonces, unas bolsas coloridas llamaron mi atención. Eran tempuritas de Findus. Eran algo más caras, pero solamente la bolsa ya tenía mejor aspecto. Cogí una de Carrefour y otra de Findus, para probar.

Las probé a lo largo de la semana. Eran otra cosa. El rebozado era más fino, más crujiente. La verdura sabía mejor. En la tempurita de Carrefour a veces salían trozos de berenjena que sabían a rayos. Me hacían preguntarme: «¿Pero qué es esto?». Yo me decía: «Berenjena, tío», a lo que me respondía: «Joder, pues está revenía». En cambio, en cada pieza de verdura de Findus, el sabor era exquisito, y eso que me gusta bien poco la verdura. Las nubes en el cielo del mundo de la verdura se partieron en dos y un rayo de sol cayó sobre el arcón de los congelados haciendo brillar las bolsas de tempurita Findus. En la siguiente incursión carrefouriana me hice con tres bolsas de aquel formidable hallazgo.

—Tempuritas Findus —me decía mientras caminaba hacia los arcones de los congelados.

Joder, estaban muy buenas.

Aquel periodo de prosperidad verdulera debió de durar un mes como máximo. Un día llegué al arcón de las verduras congeladas y las verduras de Findus habían desaparecido.

Al principio pensé que sería algo transitorio. A veces llegábamos el miércoles tan pronto al Carrefour que faltaban cosas en los estantes. Tal vez se trataba de algo así. Después de la tercera incursión en vano, me tuve que rendir a la evidencia: las tempuritas de Findus se habían marchado para no volver. Miré las tempuras de Carrefour y las tomé torciendo el gesto. Incluso así, mejor eso que nada. Podría soportar alguna berenjena revenida de vez en cuando.

Un par de meses más tarde, tras haber revisado el arcón de las verduras congeladas de arriba a abajo una vez más, estábamos en la cola cuando reparé en un stand de atención al cliente junto a las cajas. Previne a mi padre y me acerqué. Una mujer me recibió amablemente.

Reconozco que, con un punto de vergüenza, especialmente debido a mi sorprendente apasionamiento verdulero, le expliqué con detalle el «Tempurita-gate», el ya conocido, en mi casa, como el «escándalo de las tempuras». Hacía unos meses habían aparecido las tempuras de Findus y luego, tal y como habían venido, se habían ido.

La mujer me escuchó atentamente y me dijo que podría escribir una sugerencia al respecto. Me acompañó al stand central de Atención al Cliente y me dio un tríptico que podía rellenar y entregar de vuelta. Le di las gracias.

De regreso a casa, tras ordenar y poner la compra en su lugar, me senté. Con el boli en la mano, expliqué detenidamente lo que había sucedido en términos de tempuras de verduras y les sugerí que trajeran las tempuritas de Findus de vuelta, lo que, con toda certeza, me pondría la boquita contenta. Aproveché para felicitarles por su amabilidad y su excelente trabajo. Al miércoles siguiente entregué prestamente la sugerencia en Atención al Cliente.

Una semana después me aproximé nuevamente, esperanzado, al arcón de los congelados. Chasco. Tempuritas de Findus missing. Lo mismo a la semana siguiente.

A la semana siguiente recibí una carta certificada. Era de Carrefour. Muy amablemente me agradecían mi sugerencia y me explicaban que, en la medida de lo posible, harían lo que pudieran por colmar mis deseos. Así, cuando llegué al arcón de los congelados unos días más tarde, el chasco fue doble. Sigo, desde hace meses, regresando una y otra vez esperanzado, cada vez menos, a la sección de congelados, esperando encontrar de nuevo esas bolsas coloridas repletas de tempurita fina. Oh, Carrefour, ¿por qué me haces esto?

¿Alguien come tempuritas de Findus? ¿Alguien sabe dónde las venden? ¿Alguna sugerencia de comida saludable?