Retrospectiva Big Crunch: «Mi cruzada personal (II de II)»

La semana pasada rescaté la primera parte de un par de columnas Pre-Big Crunch que escribí en 2008, cuando todavía estaba en Alemania pero, en mi desesperación, ya había decidido dejar el trabajo y volverme a España. Cansado de intentar ocultar una angustiosa parte de mi vida que cada vez se hacía más grande, me dispuse a sacar todo eso a la luz.

En esta ocasión traigo la segunda parte de aquel escrito. Hale, a disfrutar.

 


 

«Así estuve durante años. Una nochebuena, cuando tenía 27 años, cenando con mis padres y mi hermana, debí de explotar. Entre lágrimas expliqué a mis padres cómo me sentía desde que me levantaba por las mañanas hasta que me iba a la cama a dar vueltas. Conté cómo veía el mundo en toda su miseria. Imagino que fui el único en la casa que aquella noche durmió bien.

Mis padres, alarmados y compasivos, sin saber exactamente qué podían hacer, pidieron hora en una reputada clínica mental de Madrid. La idea de acudir a un sanatorio, a un lugar en el que la gente en la sala de espera habla sola, me espeluznaba. Aunque empezaba a pensar que bien me podría faltar un tornillo, todavía era capaz de llevar conversaciones conmigo mismo en los lindes de mi propia cabeza. En cualquier caso, estaba resuelto a hacer lo que fuera posible por terminar con aquello por las buenas. Las malas, por irreversibles, las dejaba para más adelante.

Recuerdo la excursión con cariño. Mis padres, mi hermana, un día soleado, algunas personas realmente tronadas… Mientras bromeábamos sobre todo aquello esperando a que nos llamaran, una señora a nuestro lado hablaba sólo Dios sabe con quién. Si ella estaba en lo cierto, los demás nos estábamos perdiendo un montón de cosas.

Al final me llamaron y me sentaron en una silla de barbero. Allí me colocaron una redecilla llena de electrodos sobre la cocorota. Desconozco el propósito exacto, pero me hicieron una especie de mapa del cerebro. Luego retorné a la sala de espera hasta que me volvieron a llamar.

En la siguiente habitación me hicieron el famoso test de las manchas. Aunque mi intención no era falsear la prueba, siempre que una mancha me sugería dos cosas diferentes optaba por la más optimista. Un zorro bebiendo de un río en el bosque, la famosa mariposa… y luego algunas borrones realmente macabros los cogieras por donde los cogieras: un murciélago, una araña… Me hubiera gustado encontrar algo más estimulante en aquellas manchas, pero lo cierto es que no pude.

Pasamos la mayor parte de aquel día en la sala de espera. Para cuando el reputado doctor me llamó a su despacho, el sol había tomado el aspecto dorado de las últimas horas de la tarde. O quizá no, qué sé yo.

El doctor me hizo una serie de preguntas en presencia de mis padres. Luego me despachó y se quedó a solas con ellos. Yo me encontré de nuevo con mi hermana en la sala de espera.

Cuando salieron mis padres me comunicaron la buena nueva: me iban a recetar un medicamento de nueva generación, el Seroxat, un inhibidor de serotonina, fuera lo que fuera que aquello significaba. El cambio iba a ser “radical”, dijo mi padre citando palabras textuales del doctor. Pedimos un taxi y salimos de allí esperanzados, yo el que más.

El cambio nunca fue radical, al menos yo no lo recuerdo así. Digamos que las cosas siguieron más o menos como estaban. Yo había cambiado un medicamento por otro de nueva generación, y aunque tenía que haberme sentido como si me hubiera comprado una tele de plasma de alta definición, sentí como si me hubieran estafado con una solución más cara. Creo que es el eterno mal de la sociedad moderna reproduciéndose una y otra vez en todos los escenarios de la vida.

Las noches seguían siendo largas y las mañanas muy jodidas. Aún así, me largué a Alemania. El médico amigo de mis padres por aquel entonces había dejado de fumar. Me preguntó si realmente pensaba que salir del país era una buena idea. Probablemente no lo era, pero no estaba dispuesto a que se me escapara la vida. Quizá un poco de aire fresco era lo que necesitaba después de todo.

Creo que el medicamento de nueva generación duró poco más de diez meses. Anteriormente, de manera cíclica una vez al año, animado por mi inconformismo y mis ganas de ponerme bien, yo ya había hecho intentos de dejar la medicación. Cesar un tratamiento con ansiolíticos no es tarea fácil, y los foros de internet están llenos de historias contando fracasos. Lo intenté de la manera más progresiva que conseguí encontrar. Lo intenté dejar de golpe. Lo intenté por todos los medios posibles, y por todos los medios fracasé. Las primeras semanas mantenía el ánimo, pero al poco, de manera irremediable, los síntomas originales volvían a salir a la superficie como cagallón en alta mar. Yo me sumergía en periodos especialmente depresivos, me terminaba resignando a mi suerte, y todo volvía a comenzar. Debe de ser lo que en El Rey León llaman el Círculo de la Vida.

Después de aproximadamente un año en Alemania, mis provisiones de Seroxat se terminaron. En realidad las dejé agotarse deliberadamente. Faltaba un mes para volver a casa en navidades y decidí hacer un intento de dejar la nueva medicación. Fue una gran cagada, pero a la vez fue una gran revelación. Supongo que las grandes cagadas van siempre acompañadas de grandes revelaciones para aquellos que las quieren ver.

Poco sabía yo que la nueva medicación, al ser suspendida, no sólo devolvía los síntomas iniciales sino que ofrecía una amplia gama de efectos secundarios de lo más colorida.
Cuando salía a correr, e incluso cuando caminaba por la calle, al dar un paso, a menudo sentía un latigazo eléctrico que comenzaba en el talón y se extendía hasta la base del cráneo. Era una sensación realmente desagradable. A veces me pillaba de imprevisto y me asustaba. Después vinieron los sudores fríos, las náuseas, los escalofríos. Recuerdo un par de tardes metido en la cama, tapado con el edredón, sudando y temblando sin tener ni idea de por qué. Imagino que la privación de heroína y otro tipo de drogas tiene que ser un temazo, pero aquello no estuvo nada mal. En aquel momento decidí que me quedaba con la medicación de vieja generación, decidí que tenía que dejar de tomar todo tipo de drogas farmacéuticas y decidí que me iba a poner bien de una puta vez. No sabía cuándo ni cómo, pero decidí que lo iba a hacer. Como siempre, primero se decide adónde se va a ir y luego se busca el camino. Pasaron un par de años más hasta que supe que había llegado el momento.

Estas navidades dejé de tomar medicación. Al poco tiempo volvieron los síntomas de toda la vida, pero me importó un pimiento. Por algún sitio tenía que romper el círculo de la vida.

Y aquí estoy ahora. Por primera vez en mucho tiempo tengo la sensación de ser yo mismo. Si últimamente me he comportado de una manera extraña, ruego se me disculpe. Estoy un poco entumecido después de diez años drogado».