El Big Crunch (II)

Llegó el año 2000, con su efecto y sus zarandajas, y ya habían pasado unos siete años desde que empezara a manifestarse la plétora de síntomas que se habían convertido en parte fundamental de mi vida con la angustia creciente como principal protagonista, siete años en los que pasé por las consultas de diferentes médicos, en los que me sometí a diferentes pruebas y en los que estuve tomando medicación en vano. En el limitado horizonte mental de mis 25 años, la única solución que emergió entonces tenía un nombre sencillo: resignación.

Me resigné. Lo que me ocurría no podía ser curado, siquiera detectado o diagnosticado, así que lo único que podía hacer era resignarme y vivir con ello. La vida había repartido sus cartas, los genes habían hecho sus cositas y a mí me había tocado un trío de angustia, mareos e insomnio. Me resigné. Me resigné a arrastrarme a través de cada uno de los días que me quedaran. Me resigné a despertarme con ganas de vomitar cada mañana, a sentirme incapaz de levantarme de la cama, a estar cada vez peor y a ver cómo mi futuro se ensombrecía con cada día que pasaba. Desde entonces hacia adelante, viniendo de donde venía y viendo cómo la cosa se había ido torciendo cada vez más, me resigné a que todo fuera cada vez a peor en una cuesta por la que bajaría cada vez más rápidamente.

Me guardé la mayor parte de esto para mí mismo. ¿Para qué quejarme? Mis padres ya sabían que yo me mareaba. Mi hermana lo sabía. ¿Para qué repetirles cada día lo mal que me encontraba? ¿Qué iban a hacer? Ni siquiera compartí esto con mis amigos. A menudo, simplemente, me encontraba mal. El Valencia CF ganaba la Copa del Rey y mis amigos se iban a festejarlo; yo me iba a casa a tratar de dormir la angustia. Me acostumbré a guardar todo aquello, a callarlo, a hacer como que estaba tan bien como podía y a quejarme lo menos posible. Algo estaba terriblemente mal conmigo y yo me avergonzaba por ello. No podía estar bien como mis amigos; a mí me había tocado estar jodido. Me resigné.

Así, poco a poco, fui encerrándome más y más en mí mismo, empezando por esa parte de mí, doblándome sobre mí mismo alrededor de ese punto vergonzante que me había hecho tener que tomarme una pastillita blanca para poder dormir por las noches. Esa parte callada de mí fue haciéndose cada año más grande, creciendo en secreto flanqueada por la profunda y vergonzosa certeza de que algo estaba mal en mí.

Entonces llegó el año 2002. Intenet empezaba a entrar en masa en los hogares de todo el país y los primeros blogs aparecían en escena. Yo me había acostumbrado a escribir en el BIELA, la revista de la Escuela de Ingeniería Industrial, y se aproximaba el doloroso momento en que terminaría la carrera y tendría que despedirme del espacio de expresión que me ofrecían aquellas páginas. No estaba dispuesto a dejar de escribir, así que encontré otro lugar en el que hacerlo. De este modo, una tarde monté un blog y compré el dominio www.elsentidodelavida.net. Acababa de ver la película homónima de los Monty Python y, aunque seguía sin saber cuál era el sentido de la vida, me había reído un buen rato. Monté todo aquello sin pensarlo dos veces y empecé a escribir de lo que fuera que me pasara por la cabeza.

Aunque lo ignoraba por entonces, me sentía sumamente solo e incomprendido, desconectado del mundo, y el blog se convirtió pronto en una ventana por la que poder comunicar sin las limitaciones que experimentaba en mi vida cotidiana. Decidí que publicaría cada Lunes y comencé a hacerlo puntualmente. Cada semana me sentaba y escribía acerca de lo primero que se me ocurriera.

A pesar de las náuseas y de la angustia, a pesar de los mareos y del insomnio, a pesar del creciente malestar que inundaba las diferentes parcelas de mi vida, conseguí terminar «por mis cojones» la carrera de ingeniería industrial, encontrándome abocado a lo que llamaban «el mundo real», como si hasta entonces hubiera estado viviendo en un mundo irreal.

Tras trabajar un año en prácticas leyendo patentes, mi futuro pasó de gris a negro. El mundo real había resultado ser una auténtica  tortura. Donde antes había densas nubes amenazantes de lluvia, ahora había un pozo de oscuridad del que, de vez en cuando, con esperanzada amargura, emergían unas imágenes en las que me veía en una nave industrial paseándome entre las líneas de producción con un reloj en la mano. En mi imaginación, si había un infierno sin llamas, tenía exactamente esa forma. Me sentía avanzando a través de un gigantesco embudo y estaba llegando a la parte verdaderamente estrecha de todo aquello. Apenas llegaba la luz hasta allí.

Por entonces, mi buen amigo Chano había terminado sus prácticas en París y había entrado a trabajar en una consultora, que a su vez le había mandado a «hacer coches» a una pequeña ciudad en la entrañas de la Baviera alemana. Me preguntó por qué no me iba para allá. Yo caminaba doblegado a través del pitorro del embudo y, por lo que sabía, aquello terminaba en un pozo de petróleo en el país de los gatos negros. Pensé en aprender alemán. Pensé en cambiar de vida. Pensé en las alemanas. Estaba decidido: haría el petate y me marcharía.

Con la idea bajo el brazo de que, tal vez en un país nuevo, conociendo a gente nueva, haciendo cosas nuevas, aprendiendo un idioma nuevo, quizá encontrara algún cambio positivo en mi estado, marché hacia la llamada «locomotora de Europa». Esto es algo radical que hacer y que todavía no aprecio lo suficiente, el valor de marcharse tan lejos de casa y exponerse a tantas cosas tan nuevas y tan diferentes, pero para mí era sencillamente la única opción; movido por la esperanza, escapando de la desesperación más absoluta, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para estar mejor, para encontrar un rayo de luz. Tal vez un cambio de aires fuera todo lo que necesitara después de todo.

Por entonces mi vida se había convertido en una agonía permanente en la que cada uno de mis días resultaba profundamente angustioso. Por el día acudía a la oficina y pasaba ocho horas leyendo patentes. Con lo que quedaba de mí, dos veces por semana iba a aprender alemán. En un año, tras un curso normal y dos intensivos, consideré que mi nivel en la lengua de Goethe sería suficiente para encontrar un trabajo, un hogar y una nueva vida en la tierra de los BMWs, así que tomé un avión y volé para allá.

Medio año más tarde conseguí trabajo en una consultora de ingeniería. Unos meses después entré a trabajar como desarrollador de funciones en una multinacional de la automoción. A esas alturas empezaba a vivir en un estado de terror permanente, habiendo llegado allí a través de años de angustia, mareos, insomnio y malestar creciente. Todo eso entró por el embudo seguido de un émbolo y, al aplicar una presión de cien MegaPascales, todo aquello y yo salimos por el extremo del tubito y acabamos en otro país llenos de terror. Yo ni siquiera me daba cuenta; tan sólo era una extensión natural de todo lo que había venido antes, el siguiente paso en una larga cadena de despropósitos forjada a través de casi diez años. Cada día era un auténtico sinvivir, y sólo mi sentido del humor me permitía salir a flote cada vez que me hundía. Mi vida se había convertido en una pesadilla cada vez más compleja, absurda e insoportable. A lo largo de diez años, de una manera verdaderamente sutil, todo aquello había ido tomando forma lentamente, a un ritmo de un día cada vez. Si miraba atrás, simplemente parecía que todo había sido siempre así.

Yo callaba mi amargura. Mis nuevos amigos ignoraban todo esto. Mi nueva vida se alzaba como un colorido decorado sobre un edificio gris en ruinas, con las ventanas rotas y los cimientos carcomidos hundiéndose en un suelo ponzoñoso. Yo ignoraba todo esto: solamente tiraba hacia adelante como podía.

Desde fuera, todo parecía fantástico, envidiable. Tenía un gran trabajo muy bien pagado, un montón de buenos amigos, una novia magnífica e incluso éxito en mis aficiones, pues este blog, ESDLV, acababa de ganar el premio del jurado popular del primer concurso de blogs organizado por el diario 20 Minutos con 60.000 votos redondos. Aparentemente, estaba en la cresta de la ola. Sin embargo, vivía mi vida como una pesadilla fuera de control, tornándose cada día más angustiosa y absurda con cada semana que pasaba. Un enorme vacío, frío y desolador, se abría paso en mi interior creciendo poco a poco. Dio igual cuando me hice autónomo y llegué a ganar 10.000 euros brutos en un mes de trabajo; no había dinero en el mundo que pudiera llenar aquella fría oscuridad que me abría la carne. No había nada que pudiera comprar sobre la faz de la tierra que tapara aquel enorme agujero que seguía agrandándose.

Daba igual dónde estuviera, daba igual adónde fuera, daba igual con quién estuviera o lo que hicera; esa profunda angustia siempre estaba ahí arruinándolo todo. No tenía ni descanso ni escapatoria.

Unas navidades regresé a casa y, en plena cena de nochebuena, cuando mis padres me preguntaron qué tal me iba, no pude soportarlo más y rompí a llorar. El colorido edificio de mi vida se vino abajo con el estruendo de miles de cascotes. Cuando el ruido cesó, el polvo se asentó y yo me recompuse, expliqué a mis padres y a mi hermana, como pude, el infierno en el que se había convertido mi vida y, poco después, regresé de nuevo a una consulta médica ya con muy poca fe. El diagnóstico: trastorno de ansiedad generalizada. El tratamiento: más pastillas. El resultado: ligera mejoría con posterior nuevo deslizamiento al interior del agujero negro del que luchaba por salir. Caminé ese camino casi un año más. El día en que dejé de tomar las pastillas me encontré metido en la cama tiritando bajo el edredón como si me faltara la siguiente dosis de heroína. Caí tan profundo que toqué fondo.

Se acabó. Había tenido suficiente de todo aquello. No podía soportarlo más. Aquella había sido la gota que había colmado el vaso.