Mas sobre bodas

A raiz del articulo de esta semana en el sentido de la vida, me permito postear algo que escribi hace tiempo. Espero que os guste...

¡Que bonitas son las ceremonias religiosas! ¿Que me dicen de esos bautizos con esos padrinos poniendo cara de susto durante todo el convite al calcular mentalmente lo que le va a costar haberle dicho a su cuñado “¡el primero te lo apadrino yo!” en una noche de copas?. ¿Y de esas primeras comuniones con todos los niños vestiditos de almirante y las niñas de novias pequeñitas?, O hablando de novias, ¿qué les parecen esas bodas, donde los novios son los que menos se enteran de la movida porque parece que se hayan tomado una caja de valiums antes del evento? No me digan que no son ceremonias entrañables.

Pues no. No lo son. O por lo menos a mi no me gustan. Les explico por qué.

Para empezar, porque en la mayoría de los casos los que celebran la historia no se creen lo que están haciendo ni ellos mismos. Me refiero a las ceremonias religiosas, claro esta. Así vemos a matrimonios que no pisan una iglesia desde que se casaron bautizar a su hijo, o verlos tomar la primera comunión. O a parejas que no creen en Dios ni el uno ni el otro casándose por la iglesia por el mero hecho de que es lo tradicional, y para no darles un disgusto a sus padres, que no soportarían que su hijo o su hija vivieran en pecado (aunque tengan el pisito y el coche más que estrenado, no sé si me entienden).

Sigamos con el tema de las bodas. Para empezar, uno conoce a una pareja que de pronto decide que se va a casar. Uno en principio se alegra, pero solo de cara a la galería. En privado intenta pillar al novio a solas y decirle “¿Pero tu estás loco o que te pasa?, ¿Tu te lo has pensado bien?” Bueno, la verdad es que eso es lo que yo hacía antes. Ahora ya no, porque el novio generalmente se cree que vas con mala intención y te estas metiendo con su santa novia. Así es que desde hace tiempo ya paso de dar consejos, que cada palo aguante su vela.

El caso es que ese amigo que se va a casar tiene el detallazo de invitarle a uno a su futuro enlace matrimonial, y de paso comentarle discretamente donde tienen la lista de bodas. Vale, la primera en la frente. Cuando te das una vuelta por la tienda te das cuenta de que es la más cara en quinientos kilómetros a la redonda, y que unas puñeteras vinagreras de metacrilato valen la friolera de veinte mil pelas de las de antes. Y coño, ¿cómo le vas a regalar unas vinagreras a tu colega? No quedaría nada bien. (Bueno, al colega igual le da lo mismo, pero desde luego que la novia no te va a invitar nunca a tomar café en su casa, eso esta claro).

Total, que se tiene uno que gastar una pasta en el regalo. Pero es sólo el principio, porque tendrá uno que ir guapo a la boda, ¿no? Pues ala, a comprarse un traje y unos zapatos. Y a lavar el coche. Y eso si es que no se le ha pasado por la cabeza al amigo que seas su padrino, porque entonces solamente en decorar el coche con flores, en comprar los puros y las peladillas y sobretodo en el ramo de la novia se nos puede ir el presupuesto de las vacaciones de este año y del que viene.

Las ceremonias religiosas suelen estar muy influenciadas por la forma de ser del sacerdote que las celebra, creo yo. Por ejemplo, hace unos meses asistí a un bautizo, y la ceremonia se retrasó cosa de unos quince minutos porque el cura se había olvidado de la cita y estaba pintando su casa, tan feliz el tío. Además, en la mayoría de los casos me da toda la impresión de que el cura se esta quedando con la audiencia, bueno, eso me parece a mí, porque de todo lo que me cuenta no me creo ni una parte. Pero bueno, eso ya es algo más personal, no voy a entrar en ello.

Sigamos con el ejemplo de esa pareja de amigos que no han tenido una idea mejor que la de casarse. Normalmente termina la ceremonia propiamente dicha y después se va uno al banquete. Pero como los novios tienen que ir a hacerse las fotos antes de que se le ponga el traje perdido a la novia, siempre suele haber un lapsus de tiempo en el que nadie sabe que hacer. Si la boda es a las diez de la mañana, por ejemplo, pues terminará aproximadamente a las once, y entonces puede irse uno a tomar un café hasta la una o una y media que empieza el convite. Eso no esta muy mal, pero es que hay casos es que la boda se celebra por la tarde, y uno se tiene que ir al convite (que sería algo así como una merienda-cena) sólo dos horas después de haber comido, con el consiguiente riesgo de que nos dé un corte de digestión del quince. En fin, todo sea por los amigos.

Los convites son de lo más variable. Así nos encontramos con el de alto postín, señal inequívoca de que los papás de los novios, o al menos de uno de ellos, son gente de pasta. En estos casos uno come poco pero bueno (teóricamente), bebe poco pero también bueno, y no se suele armar mucho escándalo porque la comida o cena suele ser en un restaurante de lujo y como que da un poco de corte ponerse a cantar el consabido “¡Que se besen!, ¡que se besen!” en ese ambiente tan refinado.

Pero como por lo general el personal no está para muchas alegrías económicas, los convites suelen celebrarse en salones acondicionados para tal efecto en restaurantes normales y corrientes. Aquí generalmente se come peor, pero en mayor cantidad. Las croquetas suelen estar hechas con los restos de la carne que sobro en la boda del día anterior, el marisco no es marisco sino sucedáneo de marisco, y el vino no suele ser Vega Sicilia, precisamente. Lo que pasa es que en estos sitios los invitados están mas desinhibidos, más cómodos. La gente come (y bebe) todo lo que le apetece, después se toma su cafelito, su copita y su purito, y ala, a bailar, que hoy es un día muy alegre.

Y aquí si que me quiero detener un momento, porque la sobremesa de una boda nos puede proporcionar detalles dignos de la mejor película de los hermanos Marx. Por un lado está la familia que ha venido del pueblo para la ocasión, y que han mantenido una distancia prudencial con el resto porque no se conocen mucho y, además, tienen mal rollo con los demás por asunto de una herencia. Cuando ya han tomado unas copas, se dedican a confraternizar y a descubrir su lado más silvestre y que en el fondo son buena gente, aunque en el próximo evento al que sean invitados no se relacionen hasta haber tomado las consabidas copas.

Otro personaje que no suele faltar es la tía solterona del novio o de la novia, que siempre va de modosita escandalizada por el libertinaje reinante, pero que cuando va por la segunda copa de Bailey’s se pone a bailar como una posesa con cualquier humano del genero masculino que se le ponga a tiro. Y tampoco suele faltar ese hombre mayor que dejó de fumar hace unos quince años, pero que en todas las celebraciones le da por fumarse un puro Montecristo, y en todas las celebraciones se atraganta con el humo y hay que darle una paliza en la espalda entre tres para que pueda volver a respirar, mientras otro de los invitados va a avisar a uno que ya estaba en el parking poniendo el coche en marcha para llevarlo a urgencias.

¿Quién me falta? Ah, claro, las cuñadas que se empeñan en quitarle los calzoncillos al novio para cortarlos y sacar una pasta para el viaje de novios vendiéndoles los trocitos a los invitados como recuerdo de la boda. Y las niñas y los niños con cara de buenos que reparten los puros y el tabaco rubio entre los invitados, y que a mitad del recorrido ya se han hartado y dejan las bandejas tiradas en una mesa. Y el padre o la madre de uno de los novios que le da la llorera y no para de soltar lágrimas en todo el convite. Y los amigotes pesados del novio que se emperran en ligarse a la hermana menor o a una prima de la novia sin obtener ningún resultado. Y los músicos que tocan después de la comida y a los que nadie hace puñetero caso. Y el fotógrafo coñazo que no para de dar por..., bueno, de molestar con la cámara y el flash. Y el tío de la familia que come poco y el resto del tiempo lo pasa paseando de mesa en mesa preguntando “¿Qué? ¿Habéis comido bien?”

En fin, toda una fauna que en condiciones normales no son tan espectaculares, pero que invariablemente en una boda (o un bautizo, o una comunión) se transforman y adoptan cada uno su rol correspondiente. Por cierto, el mío suele ser el de amigo del novio que se pasa una parte del convite comiendo callado estudiando a los demás, otra parte riéndome de los demás (bueno, riéndome con los demás), y otra parte intentando ligar con la prima de la novia, con los resultados anteriormente descritos.