Viajes
Viajes y vacaciones en general
Copenhague era, de todas las ciudades que íbamos a visitar, la menos bárbara. En contacto directo con Alemania, parecía sobre el papel la que más cerca se encuentra de la civilización.
Nuestro primer hotel estaba de lleno en contacto directo con la zona de putas. A sólo una manzana de la estación de tren, alrededor de nuestra primera base operativa se desperdigaban una docena de night clubs en torno a los que giraba una fauna ciertamente peculiar. Paquito dijo que quería ir a un table dance, pero al final no encontramos ningún lugar en el que no pareciera que iban a traficar con nuestros órganos.
La habitación del hotel constaba de lo que considero imprescindible: cama (no sofá-cama ni variaciones) y un lavabo. Soy de los que no piden demasiado. Tanto cagadero como duchas eran compartidas con el resto del piso. No es algo que me encante, pero puedo sobrevivir. Un ejemplo de las cosas de las que disponíamos y sin las que podría haber pasado era la televisión.
Paquito tardó un minuto en localizar el canal porno, y cinco segundo en darse cuenta de que era de pago. Transcurrido ese tiempo aparecía un cartelito que convidaba a rascarse el bolsillo. Sin embargo, el tesón y el empeño suplen todas las adversidades, y no tardó en descubrir que si se cambiaba de canal y se retornaba al porno sin abusar, uno conseguía vidas infinitas.
Para cuando dejamos el hotel, Paquito había visto ya completas las dos películas que el hotel ponía a disposición de los clientes. Arte moderno en secuencias de cinco segundos.
La primera noche no sabíamos exactamente a qué hora podríamos dejar el hotel porque esperábamos la aparición del Juli sobre la medianoche. Llegar directamente al país de destino habría sido demasiado fácil para él, así que el Juli aterrizaba en Suecia y tenía que llegar en tren al país de al lado. Por el camino podía suceder cualquier cosa. Para hacer tiempo sacamos las botellas de las maletas y nos pusimos cómodos.
El calor en el hotel era insoportable. Ratuza y yo nos quitamos las camisetas y Paquito se quedó en calzoncillos "Homer". Empezamos a tomar unos copazos para ir poniéndonos a tono mientras aprendíamos danés viendo porno subtitulado.
La escena era tremenda. Ratuza y yo, con barba de cuatro días y sin camiseta, trasegando aguardiente en los vasos de lavarse los dientes. Paquito sujetaba una botella de whisky entre las manos, de la que iba dando chupitos como si de la teta materna se tratara. Al cabo de cinco minutos acabó por encontrar la posición fetal, y sólo se movía para pedir un poco de Cola-loca con la que aclararse la garganta. Entre las brumas del tabaco, una rubia de tetas gomosas se lo montaba con el fontanero o el deshollinador. Aquello no parecía la habitación de un hotel, sino la sala de máquinas de un carguero ruso en algún lugar del Báltico.
Como se hizo la una, el Juli no llegaba, y empezábamos a entender el danés escrito, decidimos que lo mejor iba a ser salir a la calle a tomar algo. A partir de ahí la niebla se apodera de mi memoria. Sólo recuerdo que a eso de las tres de la mañana abracé al Juli que, después de un día de curro, un viaje en avión y una odisea en tren y autobús de repuesto, venía fresco como una rosa en comparación conmigo. Me gritó en el oído:
---Antes quedábamos en el bar Manolo. Ahora en la puerta de un garito de moda en Copenhague.
Me hizo sentirme un tipo de mundo. Con aquella castaña me podía haber sentido como una vedette que tocaba el banjo para la resistencia francesa en plena segunda guerra mundial, pero me dio por lo del tipo de mundo.
Uno de los planes estrella para el día siguiente era visitar el Tívoli, que dicen que es el parque de atracciones más antiguo de Europa. El sol de la mañana lucía pleno y dimos una vuelta por el parque, pero nadie se atrevió a subir a nada. Tal era la resaca que hasta la atracción de pescar patitos amarillos con una caña me revolvía las tripas. Paseamos por la ciudad.
Lo que más llama la atención es la espectacular infraestructura de carril bici. Todas las calles tienen una amplia vía expresamente para bicicletas, y además la gente las utiliza de forma masiva. Se puede llegar a cualquier lugar utilizando estos vehículos de una manera segura y civilizada. El tráfico de coches era fluido en cualquier lugar e incluso inexistente en algunas zonas. Es algo impresionante. No vimos nada igual en el resto del periplo.
Copenhague es una ciudad no demasiado grande para ser una capital europea. Las únicas cosas especiales a ver son la sirenita, el canal, el Tívoli y el barrio hippy en el que venden cigarritos de la risa. Las cosas están bastante sucias, al menos en comparación con lo que se estila en el sur de Alemania, donde en algunas calles se podría comer del suelo.
El barrio de los cigarros de la risa decidimos descartarlo del itinerario ya que no hubo unanimidad.
El canal es bastante espectacular. Al caer la tarde la gente se reúne junto a él para hacer botellón. Está muy animado y viene a ser como la zona de marcha de la ciudad. Supongo que la visita es obligada.
La sirenita es como El Señor de los Anillos el día del estreno: has oído hablar tanto de ella que esperas que al verla te salga pelo en el pecho o te crezca el nabo. Evidentemente, ni una cosa ni la otra. La sirenita está cañón, pero si tiene que haber algo que te haga crecer el nabo, seguramente lo verás por el camino.
Las danesas están en general, tremendas. El problema es que quedan demasiado cerca de Europa y por tanto la historia les ha ido despojando del pelo rubio de serie y los rasgos exóticos.
En cualquier caso, el fin de semana que pasamos allí fue un sinvivir. Ciervas en bicicleta circulaban por cada calle a ritmo de media docena por minuto. Parecía que como si algún artilugio del ayuntamiento las fuera soltando desde un cargador al doblar la esquina. Rubias, morenas, altas, más altas, en falda, en pantalones cortos...
Entre semejante espectáculo y las sesiones de porno al llegar al hotel, cuando el lunes enfilamos rumbo a Noruega yo ya notaba una incómoda opresión en el bajo vientre.
- Por GonzoTBA el 03/09/2006 - 19:48
- Viajes
Éramos seis los que iban a hacer las Escandinavias. Los cazadores de mitos, los que iban a probar que era posible entrar y salir de tierras vikingas sin que una rubia se te metiera en los calzoncillos. Algunos de nosotros ya habíamos estado en misiones similares en el Caribe. Sin embargo, en esta ocasión, no volamos todos juntos.
Una primera avanzadilla compuesta por Ratuza, Paquito y yo mismo aterrizó en Copenhage el cuatro de agosto a primera hora de la tarde. El resto del pelotón sería lanzado en paracaídas en diferentes etapas de la misión.
Para determinadas cosas hace falta cara dura. Por ejemplo, en viajes como el que nos embarcamos, llevar un poco siempre hace bien.
La cara dura, la ausencia de vergüenza, es algo que me fascina, quizá por ser una persona que en cuanto se descuida acapara tanto la vergüenza propia como la ajena. En éste mi oficio de observador de la vida, mi labor consiste en examinar la realidad, reflexionar y tratar de sacar conclusiones. En este caso, si consiguiera encontrar la fórmula para cementar mi cara, además estoy seguro de que conseguiría pasar por la vida de una manera mucho más agradable. Es por eso que dedico grandes cantidades de energía a analizar qué es lo que hace que alguien tenga la cara dura y cómo podría yo ejercitarme en mi caso para llegar a semejante estado de inconsciencia consciente.
La cara dura consiste, a grandes rasgos, en ser capaz de decir o hacer cualquier cosa en público sin evocar el más mínimo sentimiento de bochorno. De la primera avanzadilla albóndiga, Paquito era el único que gozaba de semejante rasgo característico.
Paquito es un tipo sencillo, campechano, natural. Como si hubiera crecido en la selva al margen de la sociedad, hace en cualquier momento lo que le apetece sin pensar en las consecuencias. Le gusta abrir cajones en lugares en los que no debería, o quitarse la camiseta cuando hace calor, y siempre lleva encima una caja de cerillas para darse el gustazo de ir encendiéndolas cuando le apetece. Dice que le gusta el olor del fósforo al arder. En la cartera lleva un enorme callo disecado de un dedo gordo del pie, y lo sacaba a menudo durante las sobremesas hasta que le dijimos que el callo o él.
Un viaje de casi dos semanas con Paquito puede ser complicado para gente que siente la vergüenza ajena como propia. Ratuza lo sabía y yo lo sabía.
Paquito es como un niño. Cuando se sienta en un restaurante hay que decirle que deje de jugar con los cubiertos, que no encienda cerillas, que baje el pie de la silla porque se mancha la tapicería, que no eructe cuando termina el trago de refresco...
Cuando se vive en Europa central, en los restaurantes siempre hay velas. Durante una cena Paquito jugó a rajar una vela gruesa por la parte blanda con ayuda de los restos de una cerilla que había encendido un rato antes. Todo intento de convencerlo de que cejara en su empeño fue en vano. Abstraídos de sus operaciones con las mismas técnicas que se emplean en la meditación, continuamos con la conversación. Cuando nos dimos cuenta, la cera derretida corría por la mesa y se precipitaba al vacío. Una observación más detenida me permitió observar que no había de qué preocuparse porque la cera no caía al suelo sino a mis pantalones. Lo arregló diciendo "Ah, pues además eso no se va".
Así es Paquito: espontáneo, natural; como un gorrino que se reboza en un lodazal porque le gusta y porque no le importa que alguien le pueda decir que se está poniendo perdido. El único problema que tengo es que en ocasiones la cera cae en mis pantalones, pero en general siento una envidia sana por su naturalidad y la manera en que discurre por la vida sin pensar en el qué dirán.
La noche de nuestro primer día en Copenhage se incorporó desde España al comando albóndiga El Juli, convirtiendo la expedición en un cuarteto. Hasta ese momento Paquito había sido la cara más dura del equipo. Las cosas iban a cambiar. Al menos se preveía un combate ajustado.
A pesar de que El Juli y yo habíamos ido juntos al colegio, no fue hasta la universidad que la vida y los suspensos en cadena forjaron nuestra amistad. En el colegio el Chano y yo andábamos chafando latas de refresco para jugar al fútbol durante los recreos mientras que el Juli ya se camelaba a las primeras niñas que empezaban a desarrollar tetas. A base de cara dura, claro.
El Juli es un tío con clase, seguro de sí mismo, que actúa a sabiendas de que no tiene nada que demostrar. Su descaro nace de su propia autosuficiencia. Mientras que Paquito basa su desvergüenza en la naturalidad, el Juli cimenta su cara dura en la seguridad de que no tiene que dar explicaciones a nadie. Con dos copas sería capaz de quitarle la novia al papa si la tuviera.
El Juli tiene un segundo superpoder complementario que le permite circular por la vida haciendo y diciendo auténticas barbaridades sin que, hasta la fecha, le hayan partido la cara. No se sabe exactamente lo que es, si su amplia sonrisa o esa manera de descojonarse que invita a reír con él, pero le he visto hacer y decir cosas que a mí me hubieran sacado con los pies por delante. Él sale a hombros.
Al Chano siempre le gusta contar que cuando estaba viviendo en París, el Juli se dejó caer por allí unos días. El Chano convivía con dos chiquillas en un minúsculo piso cerca del canal Saint Martin. Yo nunca había visto un apartamento con un ascensor de un metro cuadrado, ni un baño en el que hubiera que encoger las piernas para poder cerrar la puerta y poder cagar. Allí vivía él con una gabacha poco agraciada que no callaba ni bajo el agua y una segunda compañera de piso que podía haber sido modelo. Cuenta el Chano que el Juli, sin saber francés y con el inglés nivel medio con el que se sale del colegio, se arrimaba a la segunda:
---Y tú... ¿Tú no tienes novio? ---preguntaba.
---Sí, está en Sevilla.
---¿En Sevilla? Madre mía, pero si ahora es la feria. ¿Sabes lo que pasa en la feria, no? El finito, las sevillanas... ¡Muuuuuu, muuuuuuu! ---le decía a la chica poniéndose cuernos sobre la cabeza.
A cualquier otro le hubieran partido la cara, pero a la chica le hizo gracia y probablemente se lo hubiera tirado allí mismo si no hubiera sido joven e inexperta y no hubiera subestimado las propiedades del fino.
Paquito y el Juli compartieron sinvergonzonerío durante el fin de semana. El primero se quitaba la camiseta para lucir lorzas al salir a la calle y ver que hacía bueno, el segundo le gritaba a la enésima rubia en bicicleta con modales de albañil maleducado. Cada dos horas teníamos que buscar un bar de emergencia porque cuando no se cagaba uno se cagaba el otro. En las cafeterías, un simple café en un vaso de hielos se convertía en una hecatombe nuclear. Ratuza y yo caminábamos resignados mirando hacia otra parte. Como estaba previsto, Paquito y el Juli, cada uno en su estilo, hacían gala de su falta de vergüenza allá adonde iban. Cualquiera habría dicho que aquello era un empate.
Volvíamos por la tarde al hotel. Paquito, Ratuza y yo caminábamos por la sombra. El Juli desfilaba por el otro lado de la calle con un mapa en la mano. Un autobús se paró a su altura, y la tia buenísima en bici número cien mil del día tuvo que pararse junto al Juli. Éste quitó la vista del mapa y, mientras la chica subía la bici a la acera para intentar deshacerse del autobús, nuestro amigo le gritó a la cara una serie de improperios que hubieran hecho santiguarse a un guerrillero somalí.
Paquito se giró hacia y mí y me preguntó:
---Pero por el amor de dios, ¿de dónde habéis sacado a este tío?
Así caía Paquito, el azote manchego, apenas 24 horas después de conocer al Juli. El pulso de la poca vergüenza ya tenía vencedor. Lo que yo había previsto como un duelo de diez días terminó antes que el fin de semana.
Durante esos diez días, el Juli siguió desparramándose por el norte de Europa, olvidándose de su trabajo de mierda en la depuradora, dejando atrás las jornadas laborales de doce horas, las discusiones, el calor y la raja del culo de Manolo el encofrador. Durante diez días fue feliz.
Personalmente opino que todo el mundo tiene un don. Cuando recibes un email, sabes que es del Juli porque tiene cuatro líneas y ningún punto. Parece escrito por un niño de diez años que tiene un retraso en el aprendizaje y una dislexia incipiente. Te cuesta dos minutos descifrarlo y otros dos minutos interpretar lo que realmente quería decir. Pero cuando el Juli pone en marcha la maquinaria y el avante toda es capaz de cualquier cosa, convirtiendo lo complicado en sencillo a base de cara dura, magia y salero.
Al Juli le gusta viajar y conocer gente. Se sabe todas las capitales del mundo y las banderas de sus respectivos países. Por las noches, mientras yo leo manuales de física cuántica para tontos que me bajo de internet, él está ojeando el atlas intentando ubicar ese nuevo país que se ha dividido en dos. Es un tío brillante que podría estar dando vueltas por el mundo, y que ahora pasa los días discutiendo con Manolo porque el almuerzo dura dos horas y él lo que quiere es salir pronto para irse a casa y terminar el cuadro de pintura figurativa que se trae entre manos bajo el título "Decantador secundario".
El Juli es la historia de otro de esos curiosos talentos que el mundo se está perdiendo porque tuvo la desgracia de nacer en España y porque, a pesar de tener la cara muy dura y miedo a muy pocas cosas, no se decide a salir del fango y echar a volar.
Yo tengo otros dones, pero no puedo sino seguir envidiando su cara dura. Juli, tú que puedes: no la cagues.
- Por GonzoTBA el 28/08/2006 - 16:01
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Cuando se viaja, se tiende a hablar. Suele suceder sobre todo cuando se viaja en grupos de dos o más personas.
En todos los viajes se forma con el tiempo ese chascarrillo que sólo los están viajando comprenden, esa frase graciosa que dijo el abuelo del mercado de pescado de Bergen o quizá alguna cosa que todo el mundo vio en la tele hace algún tiempo y que ahora ha salido a relucir gracias a algún evento del viaje. Pueden surgir varias de esas en diferentes puntos del trayecto, pero siempre hay una que nace a raíz de algún acontecimiento para recordar, se mantiene con fuerza y luego termina dando juego para todas las vacaciones.
Se llama La Coña del Viaje.
En esta ocasión no fue menos. Seis personas en una furgoneta verde cruzando las Escandinavias pasan demasiado tiempo juntas. Cuando además han estado todo el día viendo rubias cañón, al final del día toda esa energía tiene que salir por algún sitio. Como por ahora no se puede transformar en electricidad para iluminar bombillas o recargar los móviles, uno se tiene que limitar a alimentar La Coña del Viaje.
Nuestra coña del viaje tomó forma la segunda noche, cuando dando cuenta en el hotel de la parte del equipaje que iba en botella, el Juli leía las instrucciones en danés sobre cómo actuar en caso de incendio.
Supimos entonces que el mineralismo iba a llegar.
- Por GonzoTBA el 23/08/2006 - 21:08
- Viajes
Los países nórdicos son uno de esos sacos en los que metemos el montón de clichés internacionales que no sabríamos poner en otro sitio.
Si tiene los ojos rasgados y escribe raro, entonces es chino. Da igual que termine siendo japonés, coreano o filipino: es chino. "Es que escribe de derecha a izquierda y su dieta se basa en marisco que pesca con sus propias manos. ¡Es camboyano!" dirá uno. Es chino. ¿Pero no ves la cara de chino que gasta?
Con esta gente pasa lo mismo. Si es rubio, tiene los ojos azules y viene de un sitio en el que hace mucho frío, entonces es nórdico. Y esa zona del planeta a la que pertenecen, llena de renos paciendo nieve, con un alto porcentaje de alcohólicos y suicidas entre sus ciudadanos, se llama Los Países Nórdicos.
Los albóndigas estamos preparando un viaje para la segunda semana de Agosto a ese lugar difuso en el que las mujeres son rubias ninfómanas y una botella de ginebra se vende al mismo precio que un órgano vital en China. Allí esperamos encontrar rubias walkirias, unicornios, suecos con sentido del humor y otros animales mitológicos.
Después de un intenso fin de semana estudiando mapas y revisando enciclopedias hemos terminado haciendo una serie de descubrimientos de alto calado.
Los países nórdicos son cuatro: Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia.
No sólo hemos averiguado sus nombres, sino que también sabemos cómo se reparten la superficie de ese continente virtual a la vez cercano y misterioso. Más información en http://maps.google.com.
Disponemos de diez días para sacarle el máximo rendimiento a la expedición, que parte con el objetivo principal de estrechar lazos con las nativas, a ser posible a razón de un lazo diario. Eventualmente, por el camino también se puede disfrutar de la belleza de alguna ciudad. Una de las condiciones de contorno es que hay que llegar y salir al mismo aeropuerto. Cualquier otra manera de aterrizar allí es prohibitiva.
Como las posibilidades que ofrecen estos cuatro países son muchas y diez días son muy pocos, me gustaría conocer la opinión de gente que haya estado ya por esos lares. Cómo de caro es alquilar un coche, cómo de caro es pedirse una copa, en qué país se encuentran las nórdicas más prietas, en qué lugar la moral es más laxa, con qué cantidad de agua hay que mezclar medio litro de alcohol 96 para que no produzca ceguera... En fin, esas cosillas.
Vinimos a Alemania porque nos dijeron que aquí se follaba más. Ahora vamos al norte. Derribando mitos.
- Por GonzoTBA el 18/06/2006 - 22:55
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De vez en cuando hago con mis padres y mi hermana un viaje de contenido culturo-festivo. Es una buena forma de reunirnos todos, de conocer mundo y de que yo ponga de manifiesto mi incultura histórica y artística. Esta vez tocaba Roma, ciudad de abundante riqueza, así que tuve la oportunidad de desplegar toda mi ignorancia en todos los frentes posibles con gran éxito de público y más de crítica.
No sé si todo el mundo se avergüenza como yo de no saber cuál es la capital de Rumanía o en qué siglo se pintó la Capilla Sixtina. Si es tu caso, si te sientes culpable por no saber dónde se celebra el Conclave que elige al nuevo papa, sigue leyendo esta pequeña guía cultural en la que encontrarás todo lo que deberías saber sobre la historia de Roma para no parecer un completo iletrado.
Roma es la jungla. Antes en la jungla se moría o se mataba. Ahora en la jungla se entra a los sitios sin pagar o sin hacer cola. Los italianos también hacen gala de esa "picardía" que abandera nuestro querido país y de la que más de uno se siente orgulloso. El turista se contagia. Cuando el turista es español y está en Roma, se juntan el hambre con las ganas de comer: si puede subir al autobús sin pagar, lo hará; si puede entrar en el Vaticano saltándose media hora de cola, lo hará. No le des mas vueltas, es la picardía esa tan nuestra. ¡Enorgullécete, cojones!
Bien, veamos la versión express para aquellos que no tengan mucho tiempo: La historia de Roma, como otras muchas, empieza con una zorra. El animal se encuentra a un par de zagales de teta y los amamanta. Luego viene una época muy difusa y al cabo de unos siglos empiezan a salir monumentos por todas partes.
Si hay algo que hay que tener en claro desde el principio es que no todo lo que a día de hoy se puede encontrar en Roma se hizo alrededor del siglo uno. Ni mucho menos. La mitad se hizo entonces y la otra mitad se hizo durante el Renacimiento, que fue una época de esplendor de las artes y las ciencias que tuvo lugar hace unos quinientos años así a ojo. Es fácil distinguir unas cosas de otras. Las más antiguas están hechas puré y apenas quedan vestigios: el coliseo, los foros, acueductos, el circo máximo… Todo hecho una mierda. En cambio, lo que se construyó durante el Renacimiento se encuentra en óptimas condiciones. Ahora ya no se construye como antes.
El Coliseo fue una de las cosas que más me impactaron. Lo construyeron para distraer a la gente y en aquellos tiempos, al contrario que ahora, la entrada era gratuita. Hasta 75.000 almas reventaban las gradas durante cien días para no tener que pensar en otra cosa. Al principio se diseñó para albergar batallas navales, pero siendo que los romanos no eran grandes navegantes, drenaron la fosa y la llenaron de pasadizos por los que subían a las bestias y animaban los espectáculos. En fin, todo el mundo ha visto Gladiator. Si uno se quiere marcar el gallifante cultural extra debe esperar a que le pregunten por qué el Coliseo está tan hecho mierda. En el sigo tres aproximadamente hubo una revuelta de gente sin techo y cabreada y le pegaron fuego. Luego, unos doscientos años después, cuando ya no se llevaba lo del espectáculo sangriento y el recinto ya no se utilizaba, un par de papas cabronazos lo fueron desmontando para construir basílicas (por supuesto esta versión hay que refinarla si nos pregunta un cura). En uno de los desmontes se les vino abajo la mitad del coliseo. El resto es lo que queda hasta nuestros días.
De aquella época todavía quedan unos cuantos trastos interesantes, pero ya digo que está todo hecho puré. De los foros quedan cuatro piedras. El lugar en el que apuñalaron a Julio César está hecho fosfatina ---"¿Tú también, Bruto? ¡No me jodas!"---. Lo que antaño fue el Monza de las cuádrigas no es hoy en día más que un jardín muy grande lleno de la porquería que tiran los turistas. En pie y todavía dando la talla sólo queda el panteón, así a bote pronto. Y es que el tiempo no perdona.
Entrando en la época del Renacimiento sí que encontramos chicha. De ahí para adelante no hay más que obras colosales. Aquel debió de ser el siglo de oro, para las letras, las ciencias y para las constructoras. Mucha basílica, mucha escultura. Mucho de todo y por todas partes financiado por la gracia de dios.
El Vaticano es un país pequeñito. Es como Suiza pero mucho más eficiente. Se encuentra al lado justo de Roma. Si Roma fuera Madrid, el Vaticano sería Vallecas.
"Joder, Pedro, y pensar que esto lo empezamos tú y yo con un burro"
Lo mejor del Vaticano es la Basílica de San Pedro. Se llama así porque el edificio se erigió en el lugar en el que se crucificó a este santo. Según apunta mi madre, de los doce apóstoles sólo dos fueron crucificados. Ambos se negaron a ser muertos de la misma manera que Jesús, así que a Pedro lo colgaron boca abajo y a Andrés le inventaron una cruz con las aspas ligeramente desfasadas. Luego quisieron seguir crucificando apóstoles pero se quedaron sin ideas, así que los tuvieron que dejar marchar.
Para entrar en el Vaticano hay que hacer cola y además es conveniente evitar el Corpus Cristi porque se lía gorda. Ya en día normales la cola cruza la enorme plaza de lado a lado y se revuelve sobre sí misma. Dentro, aparte del interior de la basílica, lo único que hay que ver es La Pietá de Miguel Ángel. La escultura está bien, pero vamos, si no eres de los que les van las piedras, a lo mejor te decepciona. Mi hermana dice que antes la figura estaba expuesta sin protección hasta que un día llegó un chalao y le partió la nariz a la virgen. Luego pusieron la escultura en una urna. Yo no es que justifique semejante acto vandálico, pero puedo comprender que alguien, después de dos horas de cola en la plaza del Vaticano un quince de Agosto, entre y le parta la cara al primero que se encuentre aunque sea de piedra.
La Basílica de San Pedro es de dimensiones fabulosas. Dicen que es la más grande del mundo, pero mi amigo Jamarier que sabe mucho de estas cosas dice que hay otra más grande en África. En el suelo, y para contrariar a Jamarier, han dispuesto una serie de marcas con las que comparan la talla de las iglesias más grandes del mundo y prueban así que caben todas en ella y que allí es donde más grande la tienen. En el Vaticano no sé eso qué nombre tendrá, pero en mi pueblo se llama soberbia y es pecado.
También es curioso observar por allí a la guardia suiza con sus uniformes diseñados por Miguel Ángel, demostrando que incluso los genios tienen malos días.
Por lo que me comentaron mis padres, en cuestión de papas ha habido de todo, desde los que por un módico precio te libraban de arder en el infierno hasta los que formaron ejércitos y mandaron pasar a cuchillo a toda la basca.
La Capilla Sixtina también tiene su cola, pero va relativamente rápido. Antes de llegar a ella te hacen andar un par de kilómetros y subir y bajar varios pisos. La capilla en sí es espectacular, pero la verdad es que esperaba un poco más grande el dibujo en el que dios insufla vida al hombre que, todo sea dicho, no parece esmerarse demasiado en el trance. Es posible que la escena sea grande, pero está tan alta que apenas se aprecian los detalles de los monigotes.
Apunte uno: Mi hermana cuenta que un papa mandó tapar las mandurrias de todos los angelitos y demás personajes por considerar que podían incitar a la lujuria, pecado capital junto a la soberbia. Apunte dos: De acuerdo con mi hermana, el pobre Miguel Ángel apenas pudo terminar el techo de la capilla porque se estaba quedando ciego al caerle la pintura en los ojos mientras le daba al pincel con la espalda solidaria al andamio. Y luego hablan de trabajos jodidos.
En la Capilla Sixtina es donde se reúnen los cardenales que optan a papa. Se encierran a deliberar y a fumar porros hasta que sale humo por la chimenea. A juzgar por la cara del Ratzinger, eligen al que más ciego sale.
Y así de entrada poco más hay que saber de culturilla general. Por supuesto este texto está lleno de incongruencias e inexactitudes, pero si fuera perfecto no tendría excusa para volver a Roma.
- Por GonzoTBA el 20/04/2006 - 19:24
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Como turista albóndiga en la República Dominicana, hay dos cosas extraordinariamente molestas y que no te dicen que vienen en el all inclusive: los mosquitos y los vendedores ambulantes.
Los mosquitos allí también se pegan unas vacaciones del carajo, a mesa puesta. Tienen barra libre en bebidas y buffé internacional, desde españolitos enclenques hasta polacos sobredimensionados.
Los mosquitos dominicanos son extraordinariamente diminutos y silenciosos. En una semana me picaron unas treinta veces y yo sólo causé dos bajas. No entiendo cómo lo hacen para conservar esa esbelta figura, porque los hijos de puta se ponen morados. Yo creo que se lo montan en plan festín romano: poniéndose hasta las cejas, yendo al baño a vomitar y volviendo a seguir con la bacanal. En serio que no sé dónde se metían todo lo que tragaban. Y eso que no hacían nada de ejercicio, todo el día en la habitación esperando a que cayera la noche.
Llegabas a la madriguera, te sentabas a la cama, abrías el folleto de las excursiones y empezabas a notar un dolor sordo en el dedo. "Dios, no, otra vez no" decías, pero sabías que ya era demasiado tarde. A continuación te comenzaba a picar la mano y a los cinco minutos te la querías cortar.
Las picaduras en manos y pies son bien jodidas. Una mañana me levanté con un dedo anular como una morcilla. Ni siquiera podía doblarlo. En la base del pulgar de la misma mano me picaron dos veces. Llegué a pensar que si me daban otra en el mismo sitio iba a terminar perdiendo el dedo.
Los venderores ambulantes no se quedaban a la zaga. Llegabas a la playa, te agenciabas una tumbona y en menos de dos minutos de reloj ya tenías uno encima. Al principio del viaje nos comentaron que teníamos mucha suerte allí puesto que teníamos la ventaja del idioma. Esa semana hubiera deseado ser ruso.
"¡Hooola España! ¿Cómo va España? ¡España va bien!" decían a voces. Acertaban siempre en la nacionalidad, pero no sabían que España iba de puta pena.
Generalmente vendían figuras en madera, colgantes y cuadros. Vamos, cosillas típicas del arte dominicano. Mientras las veían moradas para endosarle algo a alguien, pasaba por detrás otro gritando:
¡¡Aaaaiiiii got de monki, aaaaaiiiii got de monki!!
El Monkey era un peluche de colores alucinógenos, y con la cola en completa erección, que el tío llevaba colgado en la espalda. Se los quitaban de las manos. Cuándo aprenderán que la cultura no vende, sino las tonterías. El hombre doblaba los billetes y se alejaba dando voces por la orilla:
¡¡Aaaaiiiii got de monki, aaaaaiiiii got de monki!!
Conocimos a nuestro vendedor favorito, Wilson, el primer día de estancia.
---Lo que sí que me gustaría pedirles ---dijo mientras dejaba la mercancía a los pies--- es un cigarrito.
Mientras se lo fumaba nos desgranó la historia de la República Dominicana empezando por España.
---España tiene 50 provincias. Es un país muy grande ---sentaba cátedra. ---Y Corte Inglés, y Mercadona, y Carrefour...
---¿Y cuántas comunidades autónomas? ---pregunté yo haciéndome el gracioso, habiendo perdido ya la paciencia después del tercer vendeor.
---Aay, eso ya no lo sé. Pero yo les voy a contar una cosa...
A partir de ahí se sumergió en la clase de historia. Todo había comenzado con nosotros, que les habíamos cambiado el oro por espejitos y cepillos de dientes. Describió la colonización con detalle, cómo los nativos habían sido convertidos al catolicismo a hostias y toda la historia del mestizaje forzado.
---Y entonces se llevaron a la gente de aquí a trabajar África.
Nos miramos anonadados. Yo conocía otra versión de la historia, pero Wilson hablaba de manera tan solemne que no me atreví a contradecirle. Si dices una estupidez muy serio la gente se la traga.
Por si acaso luego le pregunté a Alberto en la intimidad:
---Sí, no te jode, el puente aéreo intercontinental echaba humo.
Wilson proseguía su historia y al final llegábamos al presente, concretamente al día anterior, en el que unos madrileños le habían comprado todo el lote. Ahora nos tocaba a nosotros. Nadie tenía especial interés en los curiosos regalos "para las suegras".
En veinte minutos dijo tres veces la frase "Yo sé que ustedes han venido a descansar, pero..." antes de por fin recoger los trastos y largarse. Por lo menos Wilson era consciente de que habíamos venido a descansar.
Las tardes al borde de la piscina eran el único momento de auténtica paz. Luego volvíamos a los mosquitos.
Eins, Zwei, voto, paja, zumo...
- Por GonzoTBA el 27/11/2005 - 23:09
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Como tampoco queríamos pasar todo nuestro tiempo encerrados en el hotel entre buffés internacionales y cócteles, o caminando por las playas esquivando vendedores de cosas legales e ilegales, decidimos apuntarnos a algunas de las excursiones que ofrecía la organización.
El catálogo era relativamente amplio, así que nos costó descartar cosas como "Conozca cómo vive una familia típica en la República Dominicana" y la excursión a la cascada natural que, a juzgar por el plantel geriátrico que se mostraba en las fotos, parecía la clásica excursión Cocoon. Al final nos decidimos por una que incluía las letras VIP en el título. Sólo para gente con clase, como nosotros. Ofrecían un paseo en yate por la costa noroeste de la isla y la visita a una exclusiva islilla de fina arena y apenas cien metros de diámetro. Valía un pico, pero ya que estábamos allí...
Las excursiones en la República Dominicana consisten en que te llevan a ver algo a un lugar determinado, pero por el camino se van haciendo escalas en diferentes puntos estratégicos ostentados por colegas y en los que te intentan vender la burra. La burra puede tener cualquier forma, pero generalmente viene como figuras de madera y cuadros. Se diría que el arte dominicano está en alza, pero algo me sugiere que toda esa mercancía viene de Haití, donde se compra por dos pesos para intentar revender por 20.000 antes de regateo. Al final siempre es el pez pequeño el que se lleva todas las hostias.
La segunda y última de nuestras excursiones fue una expedición en quad. Antes de llegar a la playa nos detuvieron en un chiringuito de mala muerte con la excusa de darnos un refrigerio que terminó consistiendo en un chorro de Pepsi. Lo que allí presenciamos fue el rizo del rizo.
Una docena de chiquillos se arremolinaban alrededor de los turistas, a estas alturas de trayecto llenos de barro mierdoso hasta las cejas, mientras degustábamos nuestros breves refrigerios. El organizador de la excursión departía con los colegas en una mesa bajo el cañizo. Uno de los colegas se fue al interior del comercio y salió cargado de bolsas de chucherías de todos los tamaños y colores. Las ofreció a los turistas a precio de amigo.
---¡Primo, cien pesos! Barato, tú sabes.
Algunos compraron e inmediatamente las repartieron entre los chiquillos. Caramelos, chicles, chupachups... La nube de críos se desplazaba en función de cómo fueran rasgándose los paquetes.
Me puse filosófico:
---Esto es como cuando, en la plaza del pueblo, te venden alpiste para que dés de comer a las palomas.
---Sí, pero en ese caso las palomas no son tuyas ---apuntó Alberto.
Joder, era cierto. Y cómo educaba el tipo a las palomas. El hombre se mantenía al tanto de la fiereza de las criaturas y, cuando el turista se acojonaba, azotaba a la muchedumbre con una caña de las que rasgan el aire. Sólo le faltaba gritarles "¡Baix, baix!".
El payo de los caramelos guardó las bolsas restantes y nos conminó a visitar la tienda de arte que había enfrente del chiringuito. Cómo pensaba ese hombre que yo ---literalmente cubierto de barro y ante una perspectiva todavía más guarra--- comprara y me llevara un cuadro de allí, es algo que desconozco.
De los quads lo mejor fue descubrir que son auténticas máquinas de matar, tanques con ruedas hinchables que pasan por cualquier sitio. Bueno, no; lo mejor fue cuando el inglés larguirucho de la coleta se salió de la fila sin previo aviso y se estrelló contra una fachada en una maniobra esperpéntica.
De la excursión a la isla de los 100 metros de diámetro, lo mejor fue el grupo de cinco polacos.
Se alojaban en nuestro hotel pero no los habíamos visto hasta ese día. Había dos mujeres: una era un pedazo de polaca de bandera de unos 25 años y la otra parecía la madre. De los tres tipos, uno era como Harpo Marx pero sin pelo, otro sin ningún rasgo destacable, y el tercero era un enorme gordo con perilla y gafas oscuras. Lo atractivo del asunto es que el gordo de la perilla se pasaba por la piedra a la polaca de bandera. Podía haber sido su padre. En realidad, por el tamaño, podía haber sido dos padres.
La mente de Alberto creó al menos una docena de teorías que incluían una mafia de coches de importación robados, armas, drogas de varios tipos y negocios de prostitución. Acabó concluyendo que además el gordo pegaba a la moza.
---No creo, tendría marcas ---sopesaba yo en el yate con mi cóctel en la mano.
---Toallas mojadas. Los polacos hacen maravillas ---atajaba él abriendo los ojos.
La madre iba siempre borracha o colocada, y a la hija sólo se le vio sonreír el último día, cuando dijeron que se iban.
---¿Ves lo contenta que está? Seguro que hoy termina los servicios ---hizo notar Alberto.
Más allá de las perversas figuraciones de Alberto, nunca sabremos la verdad.
Eins, Zwei, voto, paja, zumo...
- Por GonzoTBA el 24/11/2005 - 20:19
- Viajes
Tras recoger las maletas salimos al exterior del aeropuerto. El aire era pesado y pegajoso, y cada respiración costaba su esfuerzo. Yo era el más excitado de todo el avión después del episodio del pasaporte. Era ya de noche cerrada y estábamos agotados después de un extenuante viaje de diez horas en butaca.
A lo lejos, entre la maraña de autobuses que había acudido a recoger a los guiris, apareció una moto de pequeña cilindrada que había visto días mejores.
---¡Oh, en moto y sin casco! Creo que este país me va a gustar ---dijo Ratuza.
---Sí, ninguno de los tres lleva casco ---certifiqué.
El pedazo de hierro rodante tomó un desvío y pudimos apreciar que además llevaban unas enormes maletas. Definitivamente aquel parecía un gran país.
El hotel se encontraba en un clúster de hoteles incrustado en mitad de una playa enorme. Nos dieron las habitaciones y yo me ubiqué con Alberto para dejar a la familia junta. Con gran jolgorio descubrí que pasan unos 40 segundos entre que se apaga la luz y Alberto empieza a roncar.
La habitación no era nada del otro mundo. Tiraba a flojita en comparación con el resto del hotel, pero tampoco era que fuéramos a pasar demasiado tiempo allí. Descorrí las cortinas y vi que teníamos vistas a un callejón interior que a su vez daba a una discoteca que lo daba todo hasta las tantas de la mañana.
Cuando nos levantamos el primer día, Alberto me dijo:
---Si las vistas ayer te parecieron cutres, no mires.
Una puerta de servicio, una pila de ladrillos y un depósito de gasoil de 10.000 galones.
La playa no estaba mal. Situada en el centro de una especie de bahía que albergaba un hotel junto a otro. Por cierto, que nadie me pregunte en qué playa estábamos; yo sólo me ocupo de los detalles más sonoros, como las fechas de renovación de documentos oficiales y similares.
La zona transitable de la playa era de varios kilómetros. Por el lado izquierdo podías caminar unos 25 minutos antes de que te vendieran una onza de marihuana (60$), y por el derecho podías andar unos 20 minutos hasta que te ofrecían cocaína. Apenas cien metros más arriba hacían masajes completos. Entre estos dos extremos se desparramaban los turistas de todos los tamaños y rosados colores.
Nos dieron una pequeña charla y nos explicaron las propinas y lo que son allí los sueldos en general. Luego fuimos a cambiar unos pesos. Alberto se paró a hacer números:
---Vaya, así que llevo ahora en el bolsillo el Producto Interior Bruto del país.
La fauna de nuestro hotel estaba constituida básicamente por parejas en luna de miel, recién casados y abuelos en bodas de oro o de refresco geriátrico. Apenas había poco interesante a lo que hincarle el diente. Lo que sí que había por allí eran unas madres espectaculares en la plenitud de la treintena. Me di cuenta de que estoy desarrollando un instinto maternal insólito. Uno está en esa edad en que lo empieza a abarcar todo antes de ir abandonando puertos.
Por las noches no salimos demasiado. Antes de comer nos echábamos al gaznate los primeros cócteles remojando los pies en la piscina. Tras la siesta, continuábamos el recital en el Rincón Albóndiga, un lugar apartado al borde de la piscina principal. Íbamos de dos en dos a buscar las bebidas; principalmente piñas coladas, Flamenco especiales y derivados del Ron local. Huelga aclarar que llegábamos justitos a las cenas, flotando entonces una densa mapachidad en el ambiente.
Los camareros eran todos de color negro con un tostado peculiar, siempre serviciales y muy simpáticos. El país vive del turismo y la verdad es que se esmeran.
Allí al café solo lo llaman café negro, lo que dio pie a un par de malentendidos que, calentados por las mezclas de ron ingeridas a lo largo de la tarde, se convirtieron en descojones épicos. La primera de las noches en las que entramos a cenar tropezando con las baldosas, Gorrino se hizo un lío con las pausas al pedir su café:
---Un café solo, negro.
Es cierto que hay que tener cuidado con la vejiga cuando se llevan un par de copas de más.
A la noche siguiente se había aprendido la lección:
---Un café negro, negro.
A partir de entonces sólo tomamos café de la máquina de recepción.
Próximo capítulo de Acción Albóndiga: excursiones contratadas en la República Dominicana.
Eins, Zwei, voto, paja, zumo...
- Por GonzoTBA el 22/11/2005 - 20:36
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