Categorías (en construcción)Encuesta¿Qué cojones le pasa al GonzoTBA que últimamente parece un meapilas? Se le ha terminado de ir la pelota 22% Se ha enrolado en una secta 23% Ha empezado a abusar de las drogas 18% Ninguna de las anteriores 37% Total de votos: 78 NavegaciónInicio de sesión de usuarioCosas para pasar un buen ratoAutobombo: Bombo en general: |
Viajes[Escandinavia] CopenhagueCopenhague era, de todas las ciudades que íbamos a visitar, la menos bárbara. En contacto directo con Alemania, parecía sobre el papel la que más cerca se encuentra de la civilización. Nuestro primer hotel estaba de lleno en contacto directo con la zona de putas. A sólo una manzana de la estación de tren, alrededor de nuestra primera base operativa se desperdigaban una docena de night clubs en torno a los que giraba una fauna ciertamente peculiar. Paquito dijo que quería ir a un table dance, pero al final no encontramos ningún lugar en el que no pareciera que iban a traficar con nuestros órganos. La habitación del hotel constaba de lo que considero imprescindible: cama (no sofá-cama ni variaciones) y un lavabo. Soy de los que no piden demasiado. Tanto cagadero como duchas eran compartidas con el resto del piso. No es algo que me encante, pero puedo sobrevivir. Un ejemplo de las cosas de las que disponíamos y sin las que podría haber pasado era la televisión. Paquito tardó un minuto en localizar el canal porno, y cinco segundo en darse cuenta de que era de pago. Transcurrido ese tiempo aparecía un cartelito que convidaba a rascarse el bolsillo. Sin embargo, el tesón y el empeño suplen todas las adversidades, y no tardó en descubrir que si se cambiaba de canal y se retornaba al porno sin abusar, uno conseguía vidas infinitas. Para cuando dejamos el hotel, Paquito había visto ya completas las dos películas que el hotel ponía a disposición de los clientes. Arte moderno en secuencias de cinco segundos. La primera noche no sabíamos exactamente a qué hora podríamos dejar el hotel porque esperábamos la aparición del Juli sobre la medianoche. Llegar directamente al país de destino habría sido demasiado fácil para él, así que el Juli aterrizaba en Suecia y tenía que llegar en tren al país de al lado. Por el camino podía suceder cualquier cosa. Para hacer tiempo sacamos las botellas de las maletas y nos pusimos cómodos. El calor en el hotel era insoportable. Ratuza y yo nos quitamos las camisetas y Paquito se quedó en calzoncillos "Homer". Empezamos a tomar unos copazos para ir poniéndonos a tono mientras aprendíamos danés viendo porno subtitulado. La escena era tremenda. Ratuza y yo, con barba de cuatro días y sin camiseta, trasegando aguardiente en los vasos de lavarse los dientes. Paquito sujetaba una botella de whisky entre las manos, de la que iba dando chupitos como si de la teta materna se tratara. Al cabo de cinco minutos acabó por encontrar la posición fetal, y sólo se movía para pedir un poco de Cola-loca con la que aclararse la garganta. Entre las brumas del tabaco, una rubia de tetas gomosas se lo montaba con el fontanero o el deshollinador. Aquello no parecía la habitación de un hotel, sino la sala de máquinas de un carguero ruso en algún lugar del Báltico. Como se hizo la una, el Juli no llegaba, y empezábamos a entender el danés escrito, decidimos que lo mejor iba a ser salir a la calle a tomar algo. A partir de ahí la niebla se apodera de mi memoria. Sólo recuerdo que a eso de las tres de la mañana abracé al Juli que, después de un día de curro, un viaje en avión y una odisea en tren y autobús de repuesto, venía fresco como una rosa en comparación conmigo. Me gritó en el oído: ---Antes quedábamos en el bar Manolo. Ahora en la puerta de un garito de moda en Copenhague. Me hizo sentirme un tipo de mundo. Con aquella castaña me podía haber sentido como una vedette que tocaba el banjo para la resistencia francesa en plena segunda guerra mundial, pero me dio por lo del tipo de mundo. Uno de los planes estrella para el día siguiente era visitar el Tívoli, que dicen que es el parque de atracciones más antiguo de Europa. El sol de la mañana lucía pleno y dimos una vuelta por el parque, pero nadie se atrevió a subir a nada. Tal era la resaca que hasta la atracción de pescar patitos amarillos con una caña me revolvía las tripas. Paseamos por la ciudad. Lo que más llama la atención es la espectacular infraestructura de carril bici. Todas las calles tienen una amplia vía expresamente para bicicletas, y además la gente las utiliza de forma masiva. Se puede llegar a cualquier lugar utilizando estos vehículos de una manera segura y civilizada. El tráfico de coches era fluido en cualquier lugar e incluso inexistente en algunas zonas. Es algo impresionante. No vimos nada igual en el resto del periplo. Copenhague es una ciudad no demasiado grande para ser una capital europea. Las únicas cosas especiales a ver son la sirenita, el canal, el Tívoli y el barrio hippy en el que venden cigarritos de la risa. Las cosas están bastante sucias, al menos en comparación con lo que se estila en el sur de Alemania, donde en algunas calles se podría comer del suelo. El barrio de los cigarros de la risa decidimos descartarlo del itinerario ya que no hubo unanimidad. El canal es bastante espectacular. Al caer la tarde la gente se reúne junto a él para hacer botellón. Está muy animado y viene a ser como la zona de marcha de la ciudad. Supongo que la visita es obligada. La sirenita es como El Señor de los Anillos el día del estreno: has oído hablar tanto de ella que esperas que al verla te salga pelo en el pecho o te crezca el nabo. Evidentemente, ni una cosa ni la otra. La sirenita está cañón, pero si tiene que haber algo que te haga crecer el nabo, seguramente lo verás por el camino. Las danesas están en general, tremendas. El problema es que quedan demasiado cerca de Europa y por tanto la historia les ha ido despojando del pelo rubio de serie y los rasgos exóticos. En cualquier caso, el fin de semana que pasamos allí fue un sinvivir. Ciervas en bicicleta circulaban por cada calle a ritmo de media docena por minuto. Parecía que como si algún artilugio del ayuntamiento las fuera soltando desde un cargador al doblar la esquina. Rubias, morenas, altas, más altas, en falda, en pantalones cortos... Entre semejante espectáculo y las sesiones de porno al llegar al hotel, cuando el lunes enfilamos rumbo a Noruega yo ya notaba una incómoda opresión en el bajo vientre.
[Escandinavia] 0.1 Paquito meets El JuliÉramos seis los que iban a hacer las Escandinavias. Los cazadores de mitos, los que iban a probar que era posible entrar y salir de tierras vikingas sin que una rubia se te metiera en los calzoncillos. Algunos de nosotros ya habíamos estado en misiones similares en el Caribe. Sin embargo, en esta ocasión, no volamos todos juntos. Una primera avanzadilla compuesta por Ratuza, Paquito y yo mismo aterrizó en Copenhage el cuatro de agosto a primera hora de la tarde. El resto del pelotón sería lanzado en paracaídas en diferentes etapas de la misión. Para determinadas cosas hace falta cara dura. Por ejemplo, en viajes como el que nos embarcamos, llevar un poco siempre hace bien. La cara dura, la ausencia de vergüenza, es algo que me fascina, quizá por ser una persona que en cuanto se descuida acapara tanto la vergüenza propia como la ajena. En éste mi oficio de observador de la vida, mi labor consiste en examinar la realidad, reflexionar y tratar de sacar conclusiones. En este caso, si consiguiera encontrar la fórmula para cementar mi cara, además estoy seguro de que conseguiría pasar por la vida de una manera mucho más agradable. Es por eso que dedico grandes cantidades de energía a analizar qué es lo que hace que alguien tenga la cara dura y cómo podría yo ejercitarme en mi caso para llegar a semejante estado de inconsciencia consciente. La cara dura consiste, a grandes rasgos, en ser capaz de decir o hacer cualquier cosa en público sin evocar el más mínimo sentimiento de bochorno. De la primera avanzadilla albóndiga, Paquito era el único que gozaba de semejante rasgo característico. Paquito es un tipo sencillo, campechano, natural. Como si hubiera crecido en la selva al margen de la sociedad, hace en cualquier momento lo que le apetece sin pensar en las consecuencias. Le gusta abrir cajones en lugares en los que no debería, o quitarse la camiseta cuando hace calor, y siempre lleva encima una caja de cerillas para darse el gustazo de ir encendiéndolas cuando le apetece. Dice que le gusta el olor del fósforo al arder. En la cartera lleva un enorme callo disecado de un dedo gordo del pie, y lo sacaba a menudo durante las sobremesas hasta que le dijimos que el callo o él. Un viaje de casi dos semanas con Paquito puede ser complicado para gente que siente la vergüenza ajena como propia. Ratuza lo sabía y yo lo sabía. Paquito es como un niño. Cuando se sienta en un restaurante hay que decirle que deje de jugar con los cubiertos, que no encienda cerillas, que baje el pie de la silla porque se mancha la tapicería, que no eructe cuando termina el trago de refresco... Cuando se vive en Europa central, en los restaurantes siempre hay velas. Durante una cena Paquito jugó a rajar una vela gruesa por la parte blanda con ayuda de los restos de una cerilla que había encendido un rato antes. Todo intento de convencerlo de que cejara en su empeño fue en vano. Abstraídos de sus operaciones con las mismas técnicas que se emplean en la meditación, continuamos con la conversación. Cuando nos dimos cuenta, la cera derretida corría por la mesa y se precipitaba al vacío. Una observación más detenida me permitió observar que no había de qué preocuparse porque la cera no caía al suelo sino a mis pantalones. Lo arregló diciendo "Ah, pues además eso no se va". Así es Paquito: espontáneo, natural; como un gorrino que se reboza en un lodazal porque le gusta y porque no le importa que alguien le pueda decir que se está poniendo perdido. El único problema que tengo es que en ocasiones la cera cae en mis pantalones, pero en general siento una envidia sana por su naturalidad y la manera en que discurre por la vida sin pensar en el qué dirán. La noche de nuestro primer día en Copenhage se incorporó desde España al comando albóndiga El Juli, convirtiendo la expedición en un cuarteto. Hasta ese momento Paquito había sido la cara más dura del equipo. Las cosas iban a cambiar. Al menos se preveía un combate ajustado. A pesar de que El Juli y yo habíamos ido juntos al colegio, no fue hasta la universidad que la vida y los suspensos en cadena forjaron nuestra amistad. En el colegio el Chano y yo andábamos chafando latas de refresco para jugar al fútbol durante los recreos mientras que el Juli ya se camelaba a las primeras niñas que empezaban a desarrollar tetas. A base de cara dura, claro. El Juli es un tío con clase, seguro de sí mismo, que actúa a sabiendas de que no tiene nada que demostrar. Su descaro nace de su propia autosuficiencia. Mientras que Paquito basa su desvergüenza en la naturalidad, el Juli cimenta su cara dura en la seguridad de que no tiene que dar explicaciones a nadie. Con dos copas sería capaz de quitarle la novia al papa si la tuviera. El Juli tiene un segundo superpoder complementario que le permite circular por la vida haciendo y diciendo auténticas barbaridades sin que, hasta la fecha, le hayan partido la cara. No se sabe exactamente lo que es, si su amplia sonrisa o esa manera de descojonarse que invita a reír con él, pero le he visto hacer y decir cosas que a mí me hubieran sacado con los pies por delante. Él sale a hombros. Al Chano siempre le gusta contar que cuando estaba viviendo en París, el Juli se dejó caer por allí unos días. El Chano convivía con dos chiquillas en un minúsculo piso cerca del canal Saint Martin. Yo nunca había visto un apartamento con un ascensor de un metro cuadrado, ni un baño en el que hubiera que encoger las piernas para poder cerrar la puerta y poder cagar. Allí vivía él con una gabacha poco agraciada que no callaba ni bajo el agua y una segunda compañera de piso que podía haber sido modelo. Cuenta el Chano que el Juli, sin saber francés y con el inglés nivel medio con el que se sale del colegio, se arrimaba a la segunda: ---Y tú... ¿Tú no tienes novio? ---preguntaba. A cualquier otro le hubieran partido la cara, pero a la chica le hizo gracia y probablemente se lo hubiera tirado allí mismo si no hubiera sido joven e inexperta y no hubiera subestimado las propiedades del fino. Paquito y el Juli compartieron sinvergonzonerío durante el fin de semana. El primero se quitaba la camiseta para lucir lorzas al salir a la calle y ver que hacía bueno, el segundo le gritaba a la enésima rubia en bicicleta con modales de albañil maleducado. Cada dos horas teníamos que buscar un bar de emergencia porque cuando no se cagaba uno se cagaba el otro. En las cafeterías, un simple café en un vaso de hielos se convertía en una hecatombe nuclear. Ratuza y yo caminábamos resignados mirando hacia otra parte. Como estaba previsto, Paquito y el Juli, cada uno en su estilo, hacían gala de su falta de vergüenza allá adonde iban. Cualquiera habría dicho que aquello era un empate. Volvíamos por la tarde al hotel. Paquito, Ratuza y yo caminábamos por la sombra. El Juli desfilaba por el otro lado de la calle con un mapa en la mano. Un autobús se paró a su altura, y la tia buenísima en bici número cien mil del día tuvo que pararse junto al Juli. Éste quitó la vista del mapa y, mientras la chica subía la bici a la acera para intentar deshacerse del autobús, nuestro amigo le gritó a la cara una serie de improperios que hubieran hecho santiguarse a un guerrillero somalí. Paquito se giró hacia y mí y me preguntó: ---Pero por el amor de dios, ¿de dónde habéis sacado a este tío? Así caía Paquito, el azote manchego, apenas 24 horas después de conocer al Juli. El pulso de la poca vergüenza ya tenía vencedor. Lo que yo había previsto como un duelo de diez días terminó antes que el fin de semana. Durante esos diez días, el Juli siguió desparramándose por el norte de Europa, olvidándose de su trabajo de mierda en la depuradora, dejando atrás las jornadas laborales de doce horas, las discusiones, el calor y la raja del culo de Manolo el encofrador. Durante diez días fue feliz. Personalmente opino que todo el mundo tiene un don. Cuando recibes un email, sabes que es del Juli porque tiene cuatro líneas y ningún punto. Parece escrito por un niño de diez años que tiene un retraso en el aprendizaje y una dislexia incipiente. Te cuesta dos minutos descifrarlo y otros dos minutos interpretar lo que realmente quería decir. Pero cuando el Juli pone en marcha la maquinaria y el avante toda es capaz de cualquier cosa, convirtiendo lo complicado en sencillo a base de cara dura, magia y salero. Al Juli le gusta viajar y conocer gente. Se sabe todas las capitales del mundo y las banderas de sus respectivos países. Por las noches, mientras yo leo manuales de física cuántica para tontos que me bajo de internet, él está ojeando el atlas intentando ubicar ese nuevo país que se ha dividido en dos. Es un tío brillante que podría estar dando vueltas por el mundo, y que ahora pasa los días discutiendo con Manolo porque el almuerzo dura dos horas y él lo que quiere es salir pronto para irse a casa y terminar el cuadro de pintura figurativa que se trae entre manos bajo el título "Decantador secundario". El Juli es la historia de otro de esos curiosos talentos que el mundo se está perdiendo porque tuvo la desgracia de nacer en España y porque, a pesar de tener la cara muy dura y miedo a muy pocas cosas, no se decide a salir del fango y echar a volar. Yo tengo otros dones, pero no puedo sino seguir envidiando su cara dura. Juli, tú que puedes: no la cagues.
[Escandinavia] 0. La Coña del ViajeCuando se viaja, se tiende a hablar. Suele suceder sobre todo cuando se viaja en grupos de dos o más personas. En todos los viajes se forma con el tiempo ese chascarrillo que sólo los están viajando comprenden, esa frase graciosa que dijo el abuelo del mercado de pescado de Bergen o quizá alguna cosa que todo el mundo vio en la tele hace algún tiempo y que ahora ha salido a relucir gracias a algún evento del viaje. Pueden surgir varias de esas en diferentes puntos del trayecto, pero siempre hay una que nace a raíz de algún acontecimiento para recordar, se mantiene con fuerza y luego termina dando juego para todas las vacaciones. Se llama La Coña del Viaje. En esta ocasión no fue menos. Seis personas en una furgoneta verde cruzando las Escandinavias pasan demasiado tiempo juntas. Cuando además han estado todo el día viendo rubias cañón, al final del día toda esa energía tiene que salir por algún sitio. Como por ahora no se puede transformar en electricidad para iluminar bombillas o recargar los móviles, uno se tiene que limitar a alimentar La Coña del Viaje. Nuestra coña del viaje tomó forma la segunda noche, cuando dando cuenta en el hotel de la parte del equipaje que iba en botella, el Juli leía las instrucciones en danés sobre cómo actuar en caso de incendio. Supimos entonces que el mineralismo iba a llegar.
Los albóndigas en el círculo polarLos países nórdicos son uno de esos sacos en los que metemos el montón de clichés internacionales que no sabríamos poner en otro sitio. Si tiene los ojos rasgados y escribe raro, entonces es chino. Da igual que termine siendo japonés, coreano o filipino: es chino. "Es que escribe de derecha a izquierda y su dieta se basa en marisco que pesca con sus propias manos. ¡Es camboyano!" dirá uno. Es chino. ¿Pero no ves la cara de chino que gasta? Con esta gente pasa lo mismo. Si es rubio, tiene los ojos azules y viene de un sitio en el que hace mucho frío, entonces es nórdico. Y esa zona del planeta a la que pertenecen, llena de renos paciendo nieve, con un alto porcentaje de alcohólicos y suicidas entre sus ciudadanos, se llama Los Países Nórdicos. Los albóndigas estamos preparando un viaje para la segunda semana de Agosto a ese lugar difuso en el que las mujeres son rubias ninfómanas y una botella de ginebra se vende al mismo precio que un órgano vital en China. Allí esperamos encontrar rubias walkirias, unicornios, suecos con sentido del humor y otros animales mitológicos. Después de un intenso fin de semana estudiando mapas y revisando enciclopedias hemos terminado haciendo una serie de descubrimientos de alto calado. Los países nórdicos son cuatro: Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia. No sólo hemos averiguado sus nombres, sino que también sabemos cómo se reparten la superficie de ese continente virtual a la vez cercano y misterioso. Más información en http://maps.google.com. Disponemos de diez días para sacarle el máximo rendimiento a la expedición, que parte con el objetivo principal de estrechar lazos con las nativas, a ser posible a razón de un lazo diario. Eventualmente, por el camino también se puede disfrutar de la belleza de alguna ciudad. Una de las condiciones de contorno es que hay que llegar y salir al mismo aeropuerto. Cualquier otra manera de aterrizar allí es prohibitiva. Como las posibilidades que ofrecen estos cuatro países son muchas y diez días son muy pocos, me gustaría conocer la opinión de gente que haya estado ya por esos lares. Cómo de caro es alquilar un coche, cómo de caro es pedirse una copa, en qué país se encuentran las nórdicas más prietas, en qué lugar la moral es más laxa, con qué cantidad de agua hay que mezclar medio litro de alcohol 96 para que no produzca ceguera... En fin, esas cosillas. Vinimos a Alemania porque nos dijeron que aquí se follaba más. Ahora vamos al norte. Derribando mitos.
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