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El Zehnkampf y su puta madreUna vez más las hormonas me han vuelto a meter en un lío. Como comentaba la semana pasada, el martes había visto una manada de ciervas en mallas intentando saltar altura, así que este martes volví al lugar del crimen tras un trotecillo de quince minutos. Se me había hecho algo tarde, así que cuando puse los pies allí estaban ya recogiendo la aparamenta y apenas se veía algún ejemplar por allí. Me acerqué al entrenador y le expuse la versión sesgada de la historia: que en mi juventud había hecho salto de altura y que al ver a las chicas aquellas me había entrado un fervor deportivo de cuidado, que a ver cuándo podía saltar un poquillo. Me remitió a un chaval que había por allí colgando unos carteles. Zehnkampf, me dijo, Zehnkampf. Puedes venir mañana. Entrenamos todos los miércoles y tendrás la oportunidad de saltar altura. Hmmm, los miércoles, extraño. ¿Y qué será eso del Zehnkampf? Sí, sí, los miércoles los tengo libres. Tendré que salir un poco antes del trabajo pero no hay problema. El asunto es demasiado atractivo como para dejarlo pasar. Así que el miércoles, después del trote de rigor, estaba a las seis en punto. Zehnkampf, la madre que los parió. Con lo que les gusta adoptar palabras extranjeras ya lo podían haber llamado decathlon, como se llama en todas partes. Sí señor; estoy embarcado en un entrenamiento de diez semanas para una prueba de decathlon que tendrá lugar a mediados de Julio. Sí sí, con lanzamiento de javalina y salto con pértiga incluidos. Y de chatis prácticamente nada; casi todo treintaymuchoañeros y varios abuelatas. Podría dejarlo, claro, pero me ha hecho gracia y voy a entrar hasta la cocina. El asunto tiene lugar todos los miércoles de seis a ocho. Llegamos, se trota un poco, se hacen unos ejercicios para poner el cuerpo a tono y luego se pasa a entrenar las pruebas, un par por sesión. El primer día estuve saltando altura y lanzando javalina. La sensación de volver a superar el listón 13 ó 14 años después es indescriptible. Fui el único de los presentes en pasar por encima del metro sesenta, y eso que los había que apuntaban maneras. Son veinte centímetros menos de lo que llegué a saltar en tiempos, pero para ser así en frío no está mal. Además, es duro hacerse cargo pero hay que hacerlo, ya no tengo 15 años. Al día siguiente me ardían los gemelos, y las agujetas en el trapecio me duraron varios días. De dónde saca uno agujetas en semejante músculo saltando altura, eso continua siendo un misterio. Para lo de la javalina tengo mano. Al primer intento la clavé, y cinco lanzamientos más tarde ya me había puesto en unos 20 metros. El trasto no pesa nada, pero hay que tener mucha maña para que salga tieso y no termine dándose la vuelta y clavándose por el lado que no toca ni en la espalda de nadie. No puedo esperar para el salto con pértiga. Verás que hostia, verás, ni te lo esperas. Curioso el asunto del decathlon. Iré contando cada semana cómo va el tema. La semana pasada apenas sabía dónde queda Timisuara, y ahora es uno de mis lugares más odiados del mundo. Un tal Flaviu lleva cuatro días bombardeándome con revisiones de mis especificaciones: en la primera había 16 errores. No son cagadas gordas, pero es que tiene que estar todo perfecto, lógicamente. Tenemos un juego la mar de cachondo: él me manda una review con 16 fallos, yo le digo que estoy de acuerdo y que le mandaré la especificación corregida, se la mando y él me la devuelve junto con otra review en la que dice que, de los 16 errores, ahora quedan 10. Corrijo, mando y me dice que ahora son 6, y así hasta que se cansa o se acaban los errores. El tío debe de pensar que soy gilipollas perdido. Después de jugar al ping pong con Flaviu durante varios días, me he dado cuenta de que el problema es que, el que hizo la especificación en su momento, cuando le apuntaron los errores corrigió sólo la especificación, pero no el modelo. El resultado es que cada vez que generas la especificación desde el modelo, el zurullo vuelve a salir a flote. ¿Cómo es posible que alguien sea tan manazas y tan descuidado como para hacer las cosas tan mal? se preguntará el lector. Creía que esas cosas sólo pasaban en España. Las respuestas son varias, pero se pueden resumir en dos: -En todas partes cuecen habas Por lo menos he estado entretenido. Esta semana no tenía mucha faena y me la ha estado proveyendo el Flaviu. El tiempo pasa mucho más rápido cuando tienes cosas que hacer. Por fin, después de más de un año de vivir en Regensburg, me he comprado una cama. Me la dan en diez días porque sólo tenían la de exposición, pero por lo menos ya es mía. Frustrado por volver a casa sin cama, me agencié una mesa de cocina la mar de recia para ponerla en un rincón de la habitación. Luego pasé por la sección de sillas y vi un sillón de ejecutivo en cuero negro por 35 pavos que no pude resistirme a dejar pasar. Hammerpreis ponía, precio bomba. La verdad es que es un pedazo de sillón, en cuero de verdad, regulable en altura y con asiento rechinable. Y con reposabrazos y todo. Te sientas y te entran ganas de firmas un par de cartas de despido. No tengo ni idea de cómo se puede fabricar semejante joya a tal precio. No sé cuántos niños habrán participado en su elaboración, pero desde luego pueden estar satisfechos de su trabajo. Total, que ahora tengo una mesa de cocina, un sillón de ejecutivo y un colchón en el suelo: la habitación perfecta. Las cosas no pegan ni con cola, pero la practicidad es mi lema. Ahora sólo necesito un par de estanterías y alguna cajita para meter trastos. Cómo se nota que ahora tenemos una chica en casa. No es sólo que todo está más limpio porque nos ha puesto las pilas, no. Son esos pequeños detalles los que marcan la diferencia, como una plantita en el comedor o una caracola de mar encima de la lavadora. Un día va a salir por la ventana en un centrifugado. El Chano, mi amigo del alma y compañero de piso, y yo hemos estado en guerra durante algunos días. Bueno, en realidad una tarde, porque ni él ni yo sabemos guardar rencor más allá de la mañana siguiente. Yo le echaba en cara que no limpiaba en casa y que la última vez que estuvo en el Netto en la caja le había hecho la cuenta con un ábaco. Él decía que mentía como un bellaco, y que el día anterior había vaciado el lavaplatos. ¿Y qué se siente? le preguntaba yo, y ya la teníamos liada. Pero nada, ya hemos hablado el asunto y está el tema zanjado hasta la semana que viene, cuando tenga que desayunar en PerryAG porque en casa no queda ni leche. Los albóndigas andan ahora alborotados porque el Alberto nos ha suministrado el GTA Vice City, un juego en el que vives en una ciudad de vicio y perversión y te pasas el tiempo robando coches, atropellando peatones y sacudiendo a la gente. Ratuza y Gorrino se pasan las tardes tumbando farolas, y yo tengo suerte porque mi portátil no tiene aceleradora gráfica. Ahora se lo hemos instalado al Chano y, conociendo cómo es incapaz de resistirse a la tentación de echar una partidita en los momentos más inoportunos, me temo que le hemos arruinado la vida. De aquí nada lo deja la novia y lo tiran del trabajo. Por supuesto Alberto tiene el juego convenientemente tuneado, y los coches de los agentes de la ley son los Mercedes verdes de la Polizei. El juego ese es un peligro; te echas un par de partidas y bajas a la calle y lo primero que se te ocurre es robar un taxi y llevarte la parada del autobús por delante. Yo estoy en contra de limitar el acceso de los chiquillos a los videojuegos, pero es que nunca había visto algo así. ¿Y tú?, ¿ya has atropellado a una puta hoy?
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El Zehnkampf y su puta madre
¡Ja! ¡Primero en comentar las noticias viejas! Se siente genial... no sabía por qué hasta ahora...
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Acceso a internet de alta velocidad, 40 dólares. Televisión por cable, 30 dólares. Ratón y teclado inalámbricos, 35 dólares. Tenerlos a ustedes leyendo hasta el