El increíble hombre parlante
Hay ocasiones en las que uno se pregunta si está soñando. En serio.
Ocurrió hace cosa de un año. Era una de esas tardes del verano incipiente que invitan a salir a dar una vuelta. En casa de mis padres, cogí la bicicleta y me perdí por el bosque a hacer girar las piernas.
El polvo del pedregal, el aire seco, el sudor en el cuerpo. Encontré un camino que nunca había explorado y me tiré de cabeza por él. Cuando me di cuenta estaba saliendo del bosque y los primeros chalets de una urbanización discurrían a ambos lados del manillar. Me di cuenta de que cerca de allí pasaba los días de verano un amigo al que hacía casi diez años que no veía. Me pregunté qué sería de él y decidí pasar a darle un timbrazo por si la casualidad quisiera que allí se encontrara.
Me costó un rato encontrar la casa. Las urbanizaciones son organismos vivos. Crecen, mutan, se tiran pedos y de vez en cuando cambian el sentido de las calles. Por fin me encontraba frente a la puerta de madera. Puse un pie en el suelo y pulsé el timbre.
—¿Dígame? —la voz debía de ser de su padre.
—Eh, hola. ¿Está Fulanito?
—No, no está. ¿Quién eres?
—Soy Javier, no sé si te acordarás de mí.
—Ah, Javier, claro. Espera un momento.
Escucho sus pasos por el jardín. Ah, hola. Cuánto tiempo. Fulanito se ha ido unos días a Alemania con un amigo, volverá la semana que viene. ¿Quieres que le diga algo? No, deja, si es que he salido con la bici a dar una vuelta y he terminado aquí y he pensado… Ah, pues nada, vuelve la semana que viene.
—¿Qué es de tu vida? —pregunta.
—Pues terminé industriales y… —empiezo a relatar.
—Ah, industriales. Los ingenieros industriales lo tenéis bien para encontrar trabajo. El otro día coloqué a un amigo de mi hijo, que había estudiado industriales. Tengo un amigo que tiene una empresa en el polígono este al lado de Poltorna. Es una empresa de paquetería que distribuye por toda España. Son más de 1.500 metros cuadrados de naves. Lo bueno de los ingenieros industriales es que tenéis una formación muy amplia y podéis hacer muchas cosas diferentes.
El párrafo anterior es una licencia artística, porque no fue un párrafo sino que fueron cinco minutos de reloj. Si tenía que contarle qué era de mi vida, a este ritmo íbamos a necesitar una semana. Afortunadamente, llegó un momento en el que el hombre hizo una pausa entre dos frases y decidí continuar con mi relato.
—… y luego me fui a Alemania a trabajar —completé.
—Ah, a Alemania. ¿A qué parte?
—Al sur, a Baviera.
—Ah, yo he estado en Baviera varias veces. Tengo un amigo que estuvo trabajando allí, en Munich. La comida es una porquería, con la coliflor agria. El tiempo es una mierda, todo el día lloviendo y con un frío del carajo. La gente es un poco amarga. Eso sí, los alemanes, cómo trabajan. Todo lo que tienen de cuadriculados lo tienen de eficientes. Y es que si Alemania es la locomotora de Europa, Baviera es la locomotora de Alemania. Sólo hay que fijarse en los coches que conducen.
Este párrafo también es una licencia artística, porque tampoco fue un párrafo sino que igualmente fueron cinco minutos de reloj. Aparentemente, todo lo que le pudiera interesar de mi vida había sido ya dicho— terminé industriales y marché a Alemania— y el buen hombre se enfrascó en un fantástico monólogo en el que mi papel quedaba limitado a asentir con la cabeza y a emitir alguna obviedad ocasional. Los minutos se sucedían sin piedad.
Ahora estaba hablando de coches. Se apartó un momento para enseñarme su Mercedes. Le había cambiado las ruedas, le habían costado una pasta. Luego se puso a hablar del móvil para volver de nuevo al coche porque había mandado poner una instalación en el coche para poder hablar sin usar las manos. Un parrot de esos. Había diferentes opciones; la de la casa Mercedes costaba un huevo de la cara pero era la que mejor funcionaba. Él había optado por una solución intermedia y económica. La cosa marchaba perfectamente pero las ruedas se seguían desgastando una barbaridad porque a él le gustaba correr, y cambiar las ruedas le había costado una pasta. Luego estábamos de nuevo en la universidad con los ingenieros, y el rector estaba cenando en su casa. Después volvimos a lo de los paquetes y diez minutos más tarde él estaba jugando al tenis con Zaplana. Cuando digo “estábamos” y “volvimos” me refiero a que él hablaba y yo escuchaba, asentía con la cabeza, y me preguntaba a qué carajo estaba asistiendo exactamente.
Ahora, sin previo aviso, me estaba hablando de su antiguo trabajo en el banco y de las prebendas que le otorgaba su condición de jubilado de su puesto de directivo. Y allí, de pie en la puerta de su casa, treinta minutos después de haberse encontrado a un chaval con los huevos en salmuera de dar pedaladas por el bosque, abrió la cartera y sacó la Visa oro. O platino, ya ni recuerdo.
—Cuando vas de viaje por ahí y sacas esto, la gente se queda acojonada —decía mientras me la mostraba.
“No sólo cuando vas de viaje”, pensé yo acojonado mientras me preguntaba si nos estaría viendo algún vecino. Hacía ya rato que me había dado cuenta de la dinámica de la interacción, algo bastante fácil porque había permanecido inalterada desde el minuto cinco. Él hablaba y yo levantaba las cejas. Me pregunté, con genuina curiosidad, cuánto más podría durar aquello. Debíamos de llevar ya media hora con aquello. ¿Sería capaz de hablar aquel hombre durante media hora más? Decidí hacer la prueba y puse cara de más interés.
Hablaba y hablaba. Quise experimentar; dejé de dar sentido a lo que decía. Pasé de escuchar las palabras a escuchar los sonidos. Después los sonidos no eran más que aire en movimiento. Después ya no eran nada. Era fascinante. Era como salir completamente de la escena para observarme a mí mismo allí de pie, mirando al increíble hombre parlante. Sus ojos miraban directamente a los míos, su tono de voz era monótono. Sus labios no dejaban de moverse. Hablaba y hablaba sin, aparentemente, ser capaz de detenerse. Imaginé que yo no estaba allí, y vi a aquel hombre hablando solo, en la puerta de su casa, mirando al vacío. Hablando y hablando un minuto detrás de otro sin que a nadie le pudiera importar. La insoportable levedar del hablar. Si un hombre habla en un bosque y nadie le escucha, ¿por qué sigue hablando? El surrealismo me empezó a comer por dentro.
Hay ocasiones en las que uno se pregunta si está soñando. En serio. En momentos como ese uno se pregunta ¿Y si fuera un sueño, qué haría?
Sin hacer mención alguna, sin el más mínimo miramiento, bajé la cabeza, deslicé la cremallera de la riñonera y saqué una lata de bebida isométrica. Tiré de la anilla y le di un largo trago al contenido como si estuviera solo en lo alto del Mulhacén. Sólo las nubes, los pájaros, el cielo azul, el camino y mi bicicleta. Respiré profundamente. Había un tipo que no paraba de hablar. Cerré los ojos y terminé la lata. Sin siquiera mirarle a la cara, estrujé el recipiente metálico, lo introduje de nuevo en la riñonera y volví a cerrar la cremallera. Después levanté la cabeza.
Y allí seguía. Hablando. Los bancos, la jubilación, las lecciones de la vida, las frases lapidarias, la gente que conocía, las ruedas del coche, el Parrot, la Visa oro, o platino, o qué sé yo. Lo primero que haría al llegar a casa sería mirar un reloj para estimar el tiempo transcurrido en aquel episodio. Soy bueno escuchando, y soy bueno estimando el tiempo que alguien pasa hablando. Debía de haber pasado casi una hora. Me dolían los pies de estar de pie y el culo de estar sentado en el sillín de la bici. Me dolía la cara de poner gesto de interés. Me dolía el tiempo desperdiciado en aquel trozo de acera. Me daba cuenta de que podía darme un infarto volviendo a casa y hubiera pasado la última hora de mi vida escuchando hablar a aquel hombre. Si muriera así volvería a la vida para acosarme a mí mismo con mi propio fantasta, por gilipollas.
—Bueno, me alegro de haber charlado contigo. Me tengo que ir ya que se me va a hacer de noche —dije.
Cambió de canal pero no dejó de hablar. Tracé medio círculo y me empecé a alejar con dos pedaladas, pero el hombre seguía emitiendo frases. Me supo mal marcharme y dejarle con la palabra en la boca, así que tracé medio círculo más y retorné sobre mis pedaladas.
—Me marcho, en serio, que se me va a hacer de noche.
Cuando giré la esquina todavía estaba hablando. En serio, que se me estaba haciendo de noche. Jamás volví a saber de él. Y esa es la increíble historia del hombre parlante.
Quedé conmocionado por la experiencia. Pasé la mayor parte del camino de vuelta reflexionando sobre lo que me acababa de ocurrir. Se lo conté a mi padre al llegar a casa. Una semana más tarde se lo estaba contando a un amigo. Un año más tarde lo estaba escribiendo en un procesador de textos. Sus ecos todavía se propagan. Ese es el fantástico poder del hombre parlante.
—Eso lo hace para controlar la situación —dijo mi amigo.
Es fácil explicarlo con una frase, y es posible incluso acertar. Lo cierto es que jamás sabré qué pretendía el increíble hombre parlante. De alguna manera es parte de su encanto.
Desde ese día, eso sí, descubrí que se puede vivir la vida como un sueño. Si alguna vez estás atrapado, si alguna vez piensas que no tienes escapatoria, si alguna vez te encuentras secuestrado por un hombre parlante, piensa que la vida es un sueño. ¿Qué harías si en realidad estuvieras durmiendo en una cama lejos de allí? ¿Qué posibilidades te ofrecería el mundo onírico? ¿Cuáles son las fuentes de diversión disponibles? ¿Qué sucede si haces esto? ¿Y si luego haces esto?
Un cuento es una frase muy larga que encierra un mensaje. Emplea isomorfismos para crear diferentes niveles de abstracción y generar nuevos conceptos que se entrelazan entre sí creando nuevos significados. El increíble hombre parlante habló durante una hora componiendo un texto fantástico que sin embargo me comunicó un único mensaje breve, sucinto e intenso:
“Eres libre”
Ahora sé que soy libre. Y esta, queridos amigos, es la increíble historia del hombre parlante y del tipo que una vez le escuchó.
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Comentarios
Nasón
Dom, 13/06/2010 - 21:19
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Juas, alguna vez también me
Juas, alguna vez también me ha pasado a mí, aunque no de una manera tan exagerada. No sé, supongo que hay gente a la que se gusta escucharse a sí misma y por eso no se callan ni debajo del agua.
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¿Por qué mandáis que el hijo de Venus se prostituya por dinero? No tiene bolsillo donde guardarse el dinero.
Murphy
Dom, 13/06/2010 - 21:20
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Que paciencia
La verdad es que tuviste mucha paciencia, yo no habría aguantado tanto tiempo. A veces esa hiperverborrea es una manifestación de un trastorno bipolar o de personas histéricas, no se si se dan cuenta de lo que pueden llegar a hablar, realmente yo creo que es que lo necesitan y es que cuando estas personas empiezan a hablar es como si el mundo se parara, no tienen noción del tiempo.
Jiji, por cierto lo de la bebida isométrica ha sido un puntazo.
vihernes
Dom, 13/06/2010 - 21:37
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Al fin libres ¡¡¡¡
Por qué a algunos nos cuesta tanto aprender a ejercer esa libertad, y necesitamos imaginar que soñamos, para liberarnos del poder de mitológicos seres, que sin reparo se adueñan de nuestro tiempo, de nuestras habilidades o nuestros sentimientos…
Yo también he aprendido a ejercer mi libertad¡¡¡
Namaskar
Lun, 14/06/2010 - 08:42
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Eso me pregunto; porqué no se
Eso me pregunto; porqué no se decir en situaciones como esas NOOOOOOOO!! soy de las que escucha más que habla, de las que tiene un cartel (q yo no veo) que debe poner “cuéntame lo que quieras”. Y me gusta; lo que empieza a cansarme y que no aguanto son las personas que sólo les interesa lo suyo y no escuchan. Antes las aguantaba (pq es aguantar); pero estoy intentanto aprender “a ejercer esa libertad”… pq no creo que sea bueno perder el tiempo (para mi no lo es) escuchando gente que no te aportan nada y encima todo fanfarroneo del coche, de sus amigos, de su paddel…. NOOOOOO!!!
dianso
Lun, 14/06/2010 - 00:10
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Qué bueno eres. Hay veces que
Qué bueno eres. Hay veces que te leo y me pregunto qué pasa que todavía no te sacan los del telediario sentadito en una caseta en la feria del libro. Creo que deberías proponerte escribir algo más largo y sistemático, a ver que pasa. Yo lo compraría.
Mi blog: http://dianso.es
Ambar17
Lun, 14/06/2010 - 00:37
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Igualico que el difunto de mi agüelico
Tal cual estuve con un pretendiente en una cita a ciegas en la que durante dos horas de reloj sólo me dejó esbozarle un par de datos breves acerca de mí. Si no hubiera estado en una postura tan incómoda como la tuya, quizá habría reunido el valor de cortarle antes. Y todavía al final me decía “es que yo tengo un defecto; si ya me lo dice mi familia: yo, es que no sé parar de hablar.” De haberlo sabido antes le habría ayudado a hacerlo :)
Después de esa experiencia juré que sería lo bastante libre como para no repetir otra igual. Y, o no me he dado cuenta, o juraría que no me ha vuelto a pasar.
Con mi progenitora he ensayado esos modos de abstraerme que propones, cuando perora más tiempo del que soy capaz de escucharla, con resultados muy buenos.
Confieso que con algunos párrafos me he tronchado un poco, pero como ha sido de risa, sólo puedo felicitarte por habérnoslo contado.
Ambar17
Lun, 14/06/2010 - 00:41
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Fe de ratas
Quiero decir si hubiese estado en una postura tan incómoda como tú.
Paulimaki
Lun, 14/06/2010 - 01:53
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A mí
lo que más me ha impactado es que al increíble hombre parlante le hubiera costado la opción de la Mercedes “un huevo de la cara”. XD
Todavía me impacta más saber que aún tiene otro huevo en la cara, así no me extraña que pegue la hebra con cualquiera que aparezca… ;)
De todas formas te y os admiro, porque yo aún estoy aprendiendo a ejercer esa libertad. Soy el tipo de persona que se quedaría horas oyéndole hablar (sin escucharle mucho, eso sí) y asintiendo sólo por no hacerle sentirse mal. Contesto a las escuestas telefónicas y escucho a los que te abordan por la calle para que te afilies a “Caniches sin fronteras”.
Cada vez avanzo un poco, pero ya digo que estoy al inicio del camino.
Cuando digo NO, aún me siento culpable. Enhorabuena por tu avance.
Nada es verdad, nada es mentira: todo depende del color del cristal con que se mira.
Jaar
Lun, 14/06/2010 - 09:59
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Borrar, porfa, no sé como hacerlo
para borrar este post repetido, si es que puedo.
Saludos
Jaar
Lun, 14/06/2010 - 09:58
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Ya ha escrito un libro. Yo lo
Ya ha escrito un libro. Yo lo he ojeado y creo que es un poco flojo, como toda ópera prima necesita un buen pulido o simplemente perseverar y hacer otro y otro…
El Mar idiota
Lun, 14/06/2010 - 10:10
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¿Qué aprendemos de esta historia?
La próxima vez que te veas en una situación así, y te darás cuenta enseguida después de esta experiencia, le interrumpes y le dices:
… y luego escribí un artículo sobre cómo descubrí lo que mola el sexo anal…
Así ya que le escuchas, ¡por lo menos que sean las historias interesantes, oiga! :D
Fabian
Lun, 14/06/2010 - 11:19
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Una entrada genial Gonzo,
Una entrada genial Gonzo, gracias por compartirla.
Pobre hombre con su soliloquio errante, tan vacio, tan pobre, sin nada que comunicar, sin nada que aprender, un hombre acabado.
Me pregunto como habrá llegado alli?, demasiadas reuniones en el trabajo sin contenido? una mujer criptonita a su lado? demasiada tele?… o una simple perdida de la curiosidad por las cosas?
Dandelion
Mié, 14/07/2010 - 13:57
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a mi me pasó algo parecido y me desmayé
Y no es una exageración. Me ocurrio de verdad…era una chica en una tienda, se habia pasado el dia probablemente sin vender nada ni ver a nadie y cuando me pilló a mi por banda vería el cielo abierto. Yo tambien estuve como veinte minutos por reloj solo escuchandola y asintiendo “ineresada” pero me iba sintiendo mal, como si me bajara la tensión, no sabia interrumpirla, me parecia de mala educacion, pero iba flaqueando cada vez mas hasta que perdí el conocimiento… cai al suelo y me desperté.
Una vez se lo comenté a mi jefe que es medico y me dijo que sería una especie de “autodefensa”…era mi unica escapatoria jajaja
Pero la verdad es que no entiendo a las personas asi, y que no se dan cuenta…
Saludos!
Dandelion