El editor parlante
La historia del increíble hombre parlante ha traído a mi memoria otro suceso, también acaecido en torno a la primavera del año pasado, protagonizado igualmente por otro imparable chorro de voz adosado a un hombre. Se trata del fabuloso caso, como escribiría Conan Doyle, del editor parlante.
Todo comenzó con un escueto email en el que mi comunicante saludaba y se definía como un editor que había empezado su propia editorial hacía dos años. Me saltaré el leit motiv de la editorial para mantener su anonimato.
Le contesté que gracias, que quería hacer una recopilación de columnas de ESDLV, aunque ahora estaba enfocándome en otros asuntos. Le dije que si le interesaba publicar algo de esta página, me encantaría charlar al respecto. Me contestó: “Estemos cerca”. Estemos cerca. A mí, mientras no tuviéramos que acostarnos juntos, me parecía bien. “Te mando algunos materiales” era una frase que señalaba que en el email había adjuntos una serie de textos que venían a decir “Somos la editorial Perry, estamos creciendo y molamos mucho”. A mí me pareció bien; yo también estaba creciendo y también molaba mucho. Sigo haciendo las dos cosas.
Nos llamamos varias veces pero no hubo manera de coincidir. Ambos estábamos muy ocupados. Él aprovechó para enviar un nuevo email: “Te paso algunas entrevistas recientes y un artículo”. Tres pdfs más. En mi mente, este hombre se había creado su propia habitación. Ahora se la estaba decorando a base de pdfs de entrevistas y artículos de periódico. Si seguía metiendo flores en el cuarto no le iba a caber la cama. La lira descansaba en el tocador, junto al ropero repleto de togas imperiales. Se despedía en su email:
“Ojalá podamos hacer cosas: la editorial quiere latir a tope”.
A esas alturas yo estaba que me salía. Me veía fumando en pipa en una caseta de la feria del libro. Mi cola era más larga que la de Punset, literalmente. La editorial latía a tope, sí, a veces tenía erecciones y muchas ganas de hacer cosas. A mí me parecía bien mientras no se despertara un día por la noche y me diera por el culo.
Unos días después me pasó una entrevista que le hicieron en la radio. La pequeña habitación mental estaba ya atestada: el tocador, las togas imperiales, la lira, las flores por doquier, y ahora el equipo de música para oír entrevistas radiofónicas. Todo latiendo a tope. Zum zum, zum zum.
Al fin, un día, conseguí hablar con él. Saludos cordiales, acordes celestiales. No le hacía falta presentarse porque ya entraba yo de vez en cuando en la habitación a ver las fotos de sus grandes gestas. Schopenhauer y yo, aquí estoy pulsando el botón del Enola Gay, aquí estoy asesinando a Kennedy, este soy yo poniendo un pie en la luna, etc. Quiso saber algo sobre mí.
—¿A qué te dedicas? —preguntó.
—Pues estudié ingeniería industrial… —comencé a decir.
Cuatro palabras fue todo lo que me permitió antes de interrumpirme. El hombre habló y habló. Si ha leído usted “El increíble hombre parlante”, puede insertar aquí su propio circunloquio de varios minutos sobre los ingenieros industriales. Cuando termine usted de poner el chorraco sobre el cucurucho, a modo de guinda, toma usted a su propio hijo y lo sienta sobre la nata:
—… como mi hijo, Fulanito. Es un poco cabroncete pero, ¿sabes qué?
Algo me decía que, si era capaz de crear su propia conversación sin precisar de un interlocutor, contestarse sus propias preguntas iba a ser algodón de azúcar.
— Es un buen tipo —concluyó.
Yo no sabía si reír. Tampoco sabía si quedarme serio. Sólo sabía que apenas había podido pronunciar cuatro palabras para contar mi vida, que aquel hombre había secuestrado la interacción y que, tras varios minutos, el tipo estaba llegando por fin al fondo del asunto: su hijo era un poco cabroncete. Sufrí una luxación mental.
El silencio se apoderó de súbito de la línea telefónica. Titubeé un par de segundos. ¿Sería mi momento de hablar? ¿Y qué estaba contando? Ah sí, mi vida, y me había quedado en la quinta palabra. Inspiré profundamente y me di cuenta, al ir a continuar, de que me sabía mal recuperar el hilo original de la conversación. Está bien; lo primero que uno debe hacer es aceptar que es gilipollas.
—Y… —incluso me temblaba la voz por mi atrevimiento— luego estuve cuatro años trabajando en Alemania.
—¿En qué parte de Alemania? Yo he estado mucho en Alemania.
Oh, dios mío, era el espíritu del increíble hombre parlante. Me perseguía.
—En… Baviera —balbucí aterrorizado.
Comenzó de nuevo a hablar a chorro. Lluvia, truenos, relámpagos, Sauerkraut, BMW, locomotoras, cuadrículas, amplios valles y altas montañas, Merkel, vida y milagros, cinco horas con Mario, la radio que se queda encendida toda la noche, logos, la eternidad. Yo estaba sin duda maldito, y la penitencia del hombre parlante era mi redención. Debí de pasar mi anterior vida hablando, y ahora había vuelto para pagar por ello.
Después de una y mil vueltas, llegamos por fin al tema de las letras y el papel. Mi mente estaba confusa y dispersa. Aquel hombre giraba y giraba como una peonza en una tarde de verano. La editorial late con fuerza, el ariete se aproxima a puerta, hoy Europa y mañana el mundo, la noche de los tiempos se cierne sobre nosotros así que busquemos linternas. Las metáforas se acumulaban unas sobre otras. Me sentía como si estuviera en un mítin político. La sensación de estar recibiendo más y más información y sentirme cada vez más confuso era terrible. No estaba bebiendo agua; me la estaba tirando por encima. Debía atajar aquello.
—Oye, una pregunta —le dije—, ¿qué puedo hacer por ti?
—Bien, esa es una buena pregunta. Tú tienes un blog fuerte. Nosotros estamos creciendo. Me gustaría tenerte de observador en la zona de Levante.
Nivel metafórico peligroso. Anidación excesiva. Imposible computar significado.
—Me gustaría que estuvieras ojo avizor —prosiguió— y que, si descubrieras a alguien que valiera la pena ser publicado en esa zona, te pusieras en contacto conmigo.
Procesando. Accediendo a niveles semánticos. Extrayendo significado. Desembalando mensaje. Imprimiendo mensaje: “Eres gilipollas”.
Conviene estar preparado; por eso es tan importante aceptar que uno es gilipollas. Lo segundo es preguntarse ¿Cuánto vale mi tiempo?
—Muy bien —le dije—, yo quedo aquí alerta y ya te avisaré si me encuentro con alguien que escribe bien.
—Fantástico —dijo—. Si quieres me envías tu dirección y te mandamos un lote de libros de la editorial.
Jamás le envié mi dirección. Jamás recibí el lote de libros de la editorial. No me gusta leer; me gusta escribir. ¿Sabe usted lo bueno de escribir? Uno escribe, y escribe y escribe. Y luego lo lee aquel que quiere. Es el receptor el que busca al emisor. Esa es, para mí, parte de la belleza de la escritura.
El hombre parlante, esa fantástica especie que jamás lograré comprender. Una extendida raza de seres a los que sólo puedo aspirar a apreciar y a domar. Era ya mi segundo contacto con aquellos dos personajes sin duda mitológicos. Para ellos dos, tengo un mensaje: Tú hablas cuando yo escucho. Para el resto de las ocasiones, la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento.
Lo tercero es preguntarte: ¿Qué es lo que más te gusta hacer?
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Comentarios
Fabian
Mar, 15/06/2010 - 11:54
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Minglanillas
Podio!
Hay gente que llega muy lejos asi. Hablando, vendiendose, vendiendo mantas, vendiendo humo, vendiendo su forma de ver las cosas y traspasandote sus problemas.
Daniel
Mar, 15/06/2010 - 14:38
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Me imagino que hubiera pasado
Me imagino que hubiera pasado si cuando te pidió tu dirección le hubieras dado la del increíble hombre parlante, hubieran quedado y comenzado a hablar el uno con el otro sin parar, sin escucharse mutuamente hasta convertirse en un bucle infinito de conversación.
Jaar
Mar, 15/06/2010 - 15:07
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Jajaja, que bueno... Muerte
Jajaja, que bueno…
Muerte por inanición.
lotas
Mar, 15/06/2010 - 15:01
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A mi escuchar,
siempre que haya algo interesante que escuchar.
En mi imaginario personal, hombre parlante viene como sinónimo de idiota.
Gente tan llena de si misma que no le cabe nada más dentro, muchas veces perfectos ignorantes, incapaces de aprender nada de nadie, de modificar un ápice su punto de vista sobre la cosa más nimia. Inmunes a su propia ignorancia y ciegos a toda complejidad o matiz que supera su entendimiento, jamás se quedan sin algo que decir, nunca se termina la senda por la que discurre su sabiduría y conocimiento sobre cualquier asunto.