El chantajista emocional

Ella y yo íbamos en el metro. Volvíamos de Alemania después de pasar una extraña semana. Yo hacía tiempo que no me sentía tan mal. No sabía qué estaba pasando. Cuanto más me esforzaba en gustarle, más parecía repelerla. En algún momento, en algún lugar, un interrupor se había accionado en mi interior y el imán había cambiado de polaridad. Mientras tanto me deshacía en un guiñapo, tratando en vano de estirarme en una dirección que cambiaba cada hora con la manecilla reloj. Ya no sabía quién era, qué quería o dónde me había dejado la cartera.

Tenía dos opciones: quedarme en su casa o coger un tren a la mía. Yo resoplaba cada cada vez que me sentaba en un asiento. Estaba agotado, o al menos eso era lo que quería parecer. Le había debido de decir media docena de veces lo cansado que estaba. Ella parecía seria. Yo era incapaz de ver más allá de mis narices.

Íbamos en un vagón cargado de gente. Ella colgaba de una anilla mirando hacia el interior. Yo colgaba de otra adivinando las estaciones por encima de sus hombros. Le dije por milésima vez que estaba agotado. Ella estalló:

—¡Estás haciendo chantaje emocional!

Le miré cariacontecido. No sabía de qué diantres estaba hablando. Pensé en toda la gente que nos rodeaba en aquel vagón de metro mientras ella gritaba a voz en cuello que le estaba haciendo chantaje emocional. Quizá alguien me saltara encima, me tirara al suelo, me hicera una llave y le gritara que saliera corriendo ahora que podía. Mientras yo presenciaba mi película mental, ella seguía hablando exasperada. Tenía que detener aquel escarnio público. Me habían llamado muchas cosas en mi vida, pero jamás chantajista emocional. ¿Qué pensaría el tipo de gafas que, sentado en el asiento de plástico gris, nos miraba de reojo? Seguramente llegaría a casa, abriría un buscador y teclearía en la cajita "chantaje emocional". Cuando aquel fulano pulsó Enter no saltó la página de resultados, salté yo:

—¡Menuda película te estás haciendo! —dije.

Sus ojos se abrieron como platos y su cabeza reculó varios centímetros. Casi se desnuca contra el cristal. Tan impactado quedé por su reacción que ya ni recuerdo cómo contraatacó. Ahora es irrelevante. Hacía poco que nos conocíamos y ya parecíamos un matrimonio. Eso sí, uno muy sofisticado. De los que pasan las tardes charlando sobre tipos de personalidad y juegos de poder. Un extraño matrimonio cuyos números en el metro hacían a la gente preguntarse si de verdad lo había visto ya todo. En el siguiente instante ella extendería la mano como Darth Vader en las películas y yo caería de rodillas en el suelo tratando de tomar una esquiva y desesperada bocanada de aire. La gente se pondría de pie y aplaudiría.

Salimos del metro y nos dirigimos a su casa. Ella paró un momento en un supermercado para comprar tres viandas. Luego, en el sofá, con más calma, me desgranó la película completa.

Me tuve que meter el ego por el culo, pero, varios minutos después, terminé viendo lo que me explicaba. Era cierto, me había comportado como un chantajista emocional.

No puedo describir en palabras lo extraordinariamente jodido que es darse cuenta de algo así. Es como si alguien te dijera "Oye, ¿sabes eso que llevas diciendo toda la tarde de lo que molan tus pantalones? Pues que sepas que no llevas". Bajas la vista y te das cuenta de que, efectivamente, te has dejado los pantalones en la silla de la habitación, justo al lado del amor propio. Me metí el otro rabo entre las piernas y bajé la cabeza. No sólo llevaba una semana entera comportándome como un gilipollas, sino que había puesto la guinda a la tarta con un chantaje emocional. Quería que la tierra se abriera y me tragara por los pies. Pero la tierra es lo que tiene, que siempre se abre en el sitio y el momento equivocados.

Se levantó y se acercó hasta la librería de la pared. Sus movimientos eran suaves, ondulantes y precisos. Yo no sabía si era una pantera o una serpiente, pero desde luego yo era un gorrioncillo desplumado que había caído del nido prematuramente. Lo siguiente que sucedería era que me cagaría encima. O en el sofá. Chantajista emocional y guarro. Y encima sin pantalones. Menudo pastel iba a quedar allí.

Volvió a sentarse y dijo que iba a leer algo de tipos de personalidad. Empezó a recitar párrafos en los que había frases que me describían de pies a cabeza. Al final resultó que yo era un cruce de psicótico, masoquista y neurótico. Me sentía de puta madre. Hubiera saltado por la ventana, pero sólo era un cuarto piso.

—Tranquilo, yo también tengo mucho de esas tres —dijo, supongo que al verme la cara.

Cojonudo. En cualquier momento se nos cruzarían los cables, correríamos a la cocina, cogeríamos un cuchillo y empezaríamos a darnos dentelladas el uno al otro mientras nos gritábamos cosas que sólo aparecían en los libros de psicología. ¡Neurótica! ¡Psicótico disfuncional! ¡Eneagrama del nueve! Yo esperaba sobrevivir porque tenía muchas cosas que hacer al día siguiente. Si lo hacía, estamparía después mis manos sanguinolentas por la pared del comedor haciendo una suerte de happening. Luego me haría un par de cortes en el brazo. Los psicóticos masoquistas es lo que tenemos. Y luego me iría a dormir, que, por si no había quedado claro, estaba muy cansado.

Al final ambos nos contuvimos, así que no hubo cruz de navajas ni llegó la sangre al río. Estuvimos charlando y hasta nos reímos. Yo todavía cargaba conmigo mismo sobre mis hombros, así que me costaba levantar cabeza. En la última semana me había comportado como un niño, como un gilipollas, como un imbécil, como un idiota y como un chastajista emocional. Además iba por ahí sin pantalones. Supongo que por eso me caía el moquillo. Y cada vez que me incorporaba en el sofá tenía que apretar fuerte el esfínter para no cagarme encima. Menudo cuadro.

Al día siguiente nos dimos un abrazo, nos despedimos y salí de allí mirando al suelo. Me alejé en dirección a la parada de metro arrastrando la maleta, los pies y el alma. Por lo menos volvía a llevar los pantalones puestos, pero los tenía cagados. Tenía mucha mierda que limpiar, e iba a necesitar semanas. Si estaba chantajeando emocionalmente a otros, seguramente estaba haciendo lo mismo conmigo. No necesitaría semanas; necesitaría meses.

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Algo parecido

A mi me pasó algo parecido. Empezaré diciendo que soy un adolescente, y esperaba ansioso que llegara el viaje a la nieve de este 2010, una semana sin preocupaciones y con una "amiguita", no novia, amiga de las que molan ;). La semana antes del viaje hablé tanto de lo bien que nos lo pasaríamos juntos (los polvos que tanto le quería pegar), que a la primera noche en el hotel se me puso a llorar y cortó conmigo. Parece mentira, pero aunque no fuera mi novia, me rompió por dentro, me había quedado sin polvos... Me ha hecho falta leer esto que has escrito para darme cuenta de que yo también fui un chantajista emocional, dios mío, que precoz, no?

¿Chantajista?

Muy bueno el relato Gonzo, pero no llego a entender porqué lo de chantajista emocional. Te podía haber llamado pesado, pelmazo, torpe, desconsiderado, patoso, pero lo que yo entiendo por un chantaje emocional es una manipulación de los sentimientos con el fín de obtener algo. ¿Qué es lo que querías conseguir? En todo caso ¿no estaba ella manipulandote al llamarte chantajista emocional?

El por qué del chantaje

Yo quería quedarme en su casa y, como no era capaz de decírselo de cara, empecé un paripé inconsciente encaminado a darle penita para que me dijera que me quedara. Es un proceso muy sutil que sólo otro chantajista emocional, o ex-chantajista "reinsertado", puede detectar. Es poco común que alguien vaya percibiendo este tipo de patrones fácilmente por ahí, a menos que lo haya hecho antes y otro se lo haya señalado. Y aún así hay que apartar un momento el ego, mirarse desde fuera, darse cuenta de que es cierto y animarse a corregirlo.

Ya ves, así funcionamos a menudo.

Victimismo

Je je, si que es verdad que todos nos hemos hecho la víctima alguna vez para dar lastimita. Es un poco ruin pero en el amor (o en el sexo) y en la guerra todo vale.