Sólo me pongo traje cuando pido trabajo o cuando voy a una boda. Esta vez se trataba de una boda. En cuanto a trajes, sólo tengo dos. Uno es el que mis amigos llaman "De inaugurar pantanos". El otro tiene un corte algo más moderno, y ese fue el que me puse en esta ocasión. Después de todo, vivimos en tiempos modernos.
"¿Sólo tienes dos trajes?". Eso es lo que me dice la gente. Así, sorprendida; como si tuviera que tener una docena. Ni siquiera tengo una docena de calzoncillos. Sí, sólo tengo dos trajes y ya me parecen muchos, y allí estaba yo de pie entre los bancos de la iglesia como quien no inaugura un pantano.
La boda estaba pasando rápida. El lugar era bonito y, de acuerdo al folleto, en algún momento tocarían el cánon en D de Pachelbel. Me atusé la corbata y en eso llegaron una rubia y una morena y se pusieron en el banco de delante adopatando con premura el mismo aire solemne que teníamos todos.
La morena estaba buena. Tenía la piel fina, y cuando sonreía se le hacían en las comisuras de los labios unas arruguitas sensuales. El cura hizo un gesto con la mano y todos pudimos volver a reposar las nalgas sobre la madera. Por un momento quise convertirme en cierto banco de iglesia. Las termitas me comían por dentro. Empecé a maquinar, y me di cuenta de que hacía mucho tiempo que había dejado de sentir vergüenza por tener pensamientos impuros en un templo santo. Oiga, que Dios, como Hacienda, somos todos.
El cura continuó el espectáculo. Para alguien como yo que acude dos veces al mes a un club para aprender a hablar en público, cualquier tipo en sotana en acción es un ejemplo a modelar. Su voz sonaba potente y desde la barriga. Sus gestos eran contundentes. En cualquier momento las siete plagas caerían sobre nosotros, y eso que sólo se trataba de una boda. Quizá debía dejar mi club de hablar en público y empezar el seminario. Arrepentíos, oh pecadores, porque no sois competencia para mí.
Mientras pensaba todo esto, la voz del cura se fue aquietando y por fin una atmósfera calma se alzó sobre nuestras cabezas. "Daos la paz los unos a los otros" dijo él. Esta es la mía, dije yo.
—Javi, Javi... —me llamó una amiga tratando de captar mi atención.
—Espera —le contesté.
Alargué la mano hasta el banco de delante y le puse la mano en la cintura a la morena. Cuando se giró sorprendida, le dije:
—Hola, me llamo Javier —y le di dos besos—. Nos vemos luego.
Daos la paz. Daos la guerra. Da igual. Daos algo, hermanos.
Amén.
Si no es novelado,
que tu eres muy novelador cuando quieres, ...
... está muy bien, así se vence la timidez. Vas por buen camino. ;o)
Mmmmm
mmmm
Great!
Toda oportunidad es buena.
Si no nos has contado...
Si no nos has contado que es lo que pasó después y nos hablas de como era su boca y no de como eran sus tetas, debo entender que lo más interesante fué el hecho de meter fichas en una iglesia... ¿o me equivoco y os disteis algo más?
Quiá!
Había pensado exactamente lo mismo al acabar de leer... Que perversidad albergamos los seres humanos, je, je. Aunque, ahora que lo pienso, quizá hay algo interesante y lo haya dejado para la segunda parte, para crear expectación, el llamado Macguffin.
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Como en el chiste...
INVÉNTATE ALGO, ¡¡INVÉNTATE ALGOOOOOOOO!!
Amaos los unos sobre los
Amaos los unos sobre los otros... vas por buen camino.
Y entonces?
Os visteis o no os visteis luego? Cuenta, cuenta!