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Últimas entradasBajo este título, homenaje a la genial película de los Monty Python del mismo nombre, se publican las historias de GonzoTBA.
Para no meterse en líos, el autor aclara que todo lo que aparece aquí es pura ficción, que los personajes que aparezcan nunca han existido y que las opiniones del autor no son suyas; ni siquiera son opiniones.
"And tonight, for a change
it will all be made clear,
for tonight,
it's The Meaning of Life"
Actualizado: hace 1 hora 26 mins Tiempo que perder: el cómicCreo que nunca lo supe conscientemente hasta hace poco, pero siempre sentí una excitación por la escritura fuera de lo común. Entre diciembre de 2.000 y septiembre de 2.004 estuve escribiendo una novela. Tenía una idea en la cabeza y empecé a escribir. Después esa idea se juntó con otras y la historia se hizo grande y terminó por poseerme a mí. Yo no disponía de mucho tiempo para escribir, así que lo hacía cuando tenía unos días de vacaciones, ya fuera Pascua, Navidad o unas semanas en verano. No descansaba ni cuando caía enfermo. Recuerdo semanas en casa, con el gripazo de todos los años, sentado al ordenador. En batín y pantuflas de cuadros, con 39 de fiebre y cayéndome el moquillo, tecleaba más de diez horas diarias, ufano por saber que al día siguiente no estaría mejor pero por lo menos podría seguir contando aquella historia que quizá algún día alguien leería intensamente. Escribir a saltos no es nada fácil. Cada vez que retomaba la novela tenía que volver a leerla desde el principio porque no recordaba los detalles, y cada vez que comenzaba la lectura desde la primera página me daba cuenta del potencial de mejora que allí había. Yo crecía pero la novela no, y eso me dolía. Tres años después me di cuenta de que o echaba el resto y me sobreponía a todo o jamás terminaría aquel proyecto. Así empecé un sprint final en el que, sin mirar atrás, pasaba todas las tardes enfrascado en la escritura al llegar a casa. Finalmente, un día de principios de otoño, puse la última palabra en su sitio. Había terminado Tiempo que perder, mi primera novela seria. He vivido insconcientemente gran parte de mi vida. No fue hasta hace poco que me di cuenta de que me apasiona la filosofía, algo que para muchos de los que me leen era obvio hace ya mucho tiempo. Hace poco me preguntaba qué sentiría uno si fuera privado de sus sentidos. Unos días después, por azar, releí el primer capítulo de la novela para darme cuenta de que no se trataba sino de una descripción de exactamente eso. De alguna manera, mi yo del pasado ya ha escrito las respuestas de algunas de las preguntas que me hago ahora. También soy por fin consciente de la disciplina que los años me han ayudado a desarrollar. Por algún motivo yo pensaba que todo el mundo, al llegar a casa por las tardes, se enfrascaba en ambiciosos proyectos personales que se extendían a lo largo de años y terminaban forjando el carácter. Casi me avergüenza ahora darme cuenta de lo estúpido que he sido. Uno de mis mejores amigos no tardó en imprimirse mi nuevo libro. Al poco me mandó un email que no conservo pero que decía algo así: "Tío, me ha encantado tu novela. Me la he leído en dos tardes, no podía dejarla. Yo nunca he leído más allá de la colección de Barco de Vapor, así que sabes lo que esto significa". Sentí que los más de tres años empleados ya habían valido la pena. La novela circuló por ahí una temporada, y puedo decir con orgullo que reunió buenas críticas. Alguien me preguntó si no me daba miedo poner un enlace al pdf para que se lo descargara quien quisiera. No escribí por dinero, no escribí por el reconocimiento. Lo último que el cuerpo me pide es coger más de tres años de trabajo y guardarlos en un cajón bajo llave. Todavía a día de hoy, años después, me llega algún email felicitándome por la novela. Y me encanta. A veces sucede algo mejor todavía. A veces conozco gente parecida a mí. O mejor incluso, gente que me inspira, gente a la que me gustaría parecerme. Alberto acababa de dejar su trabajo de oficina para perseguir sus sueños. Se había despedido del curro, había vendido el coche y se había largado con una maleta llena de ilusión a Berlín, a dibujar cómics, a seguir su pasión. Conocí su historia porque me hizo un regalo. Unos pocos antes me mostraron que para vivir sólo hace falta ilusión, pero esta vez me tocaba tan de cerca que no podía ignorar el mensaje: la vida es vivir el hoy intensamente vibrando con la emoción de un mañana que estás dibujando en este mismo momento. Yo había conseguido todo lo que me había propuesto, pero el presente no me hacía vibrar y el futuro se me antojaba como la continación de esa desagradable sensación de entumecimiento. Siempre que voy a conocer personalmente a algún lector de ESDLV mis amigos sugieren que se tratará de un maniaco que me apuñalará en un portal y me dará de comer a las tortugas que guarda en un cajón bajo la cama. Los telediarios hacen mucho daño. Conocer a Alberto en persona fue un placer. Tiene una peculiar manera de ver la vida en la que cualquier cosa es susceptible de convertirse en una obra de arte. Así, cuando me dijo que había leído Tiempo que perder y que si le hacía un guión estaría encantado de dibujarlo, supe que allí había potencial. Tras mucho darle vueltas al asunto, la cosa se ha puesto por fin en marcha. Yo he escrito un guión preliminar del cómic y Alberto ya está diseñando los personajes y haciendo algunas pruebas de estilo. No puedo describir la sensación que experimentas al ver cómo cobran vida propia personajes y lugares que sólo han existido antes en tu imaginación. Después vendrán las pruebas de color y el diseño detallado del storyboard. El trabajo es ingente, pero el placer de realizarlo resulta casi absurdo. Pensar que probablemente ganemos dinero con esto se me antoja casi obsceno. Creo que estoy empezando a paladear en serio las primeras satisfacciones de mi nueva vida. Ni se me había ocurrido que uno se pudiera sentir tan bien. Dicen los sabios que sólo hay un camino en la vida. Ahora sé que he estado corriendo en círculos hasta hace muy poco. Hay un camino, desde luego, y es el de seguir tu verdadera pasión. Y cuando emprendes ese camino empiezas a encontrar a otras personas que también están en su propia senda que a la vez es la tuya, y las cosas dejan de ser un tira y afloja para fluir de una manera que, al menos al principio, asusta. Supongo que cuesta un tiempo darse cuenta de que, probablemente, ese es el devenir natural de las cosas. Enlaces:
Gracias por pensarA mediados de Marzo yo llevaba una empanada de tres pares de cojones. Una serie de experiencias habían cambiado mi concepción del mundo sacudiendo el marco en el que yo creía que se desarrollaba mi vida. Había tenido sensaciones y asistido a sucesos para los que no tenía etiquetas. Estaba perdido, y lo único que sabía era que quería sacar de mi vida la mayor parte de lo que había para volver a llenarlo todo de cosas que salieran de mis sueños y no de lo que el mar arrojaba a la orilla. Cada vez lo tenía todo más claro. Los lectores de ESDLV, por su parte, no entendían nada. De hecho nadie a mi alrededor entendía nada. La mayoría de los comentaristas tenían una opinión clarísima: yo había perdido un tornillo. Gente que no me conocía, que ni siquiera me había enviado jamás un email, declaraba con total familiaridad que yo había perdido el norte y que en breve la tierra se abriría para comerme por los pies. Parecían saberlo todo sobre mí cuando ni siquiera yo mismo era capaz de dibujarme con seguridad. En aquel mar de opiniones alegres e infundadas me cayó una tabla entre las manos en forma de email. Nada más abrirlo, una bocanada de aire fresco me agitó el flequillo. Se trataba de un tipo que me animaba en mi nuevo camino, y para empedrarlo, y ofrecerme contraste, me copiaba unas líneas del ensayo de José Ingenieros, "El hombre mediocre": "El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el hombre inferior hereda el "alma de la especie", el mediocre adquiere el "alma de la sociedad". Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios." A este párrafo seguían muchos otros igualmente brillantes y, para mí, esclarecedores. Esta persona completamente desconocida había sabido leer entre líneas lo que yo sólo era capaz de ver buceando en lo más profundo de mí mismo, y me había lanzado un salvavidas en un momento en el que yo braceaba luchando por lo que parecía ser el último aliento. ¿Cómo era posible que un desconocido me pudiera comprender mejor que todos aquellos que me rodeaban? Contesté, y me despedí con las siguientes líneas: "Muchas gracias por tu email. Eres de esa gente que empiezo a encontrar Poco después me escribió de nuevo para recomendarme un libro que le había caído en las manos. Decía que el libro describía lo mismo que estaba yo intentando expresar en ESDLV, y me copiaba algunos de los párrafos que había encontrado más relevantes. Escribí de vuelta un largo email que comenzaba con las siguientes palabras: "Tío, tu email me ha impactado. Los párrafos del libro que me has enviado describen cómo me siento ahora mismo y cómo veo el mundo. Ha sido todo un viaje leer lo que has mandado." No podía dejar de preguntarme quién era mi interlocutor, quién estaba detrás de aquella capacidad de compresión que yo no había visto nunca, quién era capaz de ver tan claro y de expresar sus ideas con un vocabulario tan rico y una sintaxis tan ordenada. Para mí era un placer deslizar los ojos sobre las líneas en cada email que me escribía. Imaginé a una persona culta, algún tipo de erudito encerrado en la clásica biblioteca victoriana de las mansiones que había visto en las películas. Supuse que debía contar al menos cuarenta años, quizá cincuenta. De piedra me quedé cuando me enteré de que se trataba de un chaval de 22 primaveras. Empezamos a intercambiar emails casi a diario. Ambos compartíamos un profundo interés por comprender la conciencia y todo lo que en ella está contenido, que no es poco. Mirábamos al mundo como niños, con curiosidad, sabedores de que no podíamos dar nada por sentado si queríamos explicarlo todo. Por fin nos conocimos personalmente en Barcelona. Un chaval grande, con cara de bueno y voz serena, quizá más tímido incluso que yo. Empezamos a charlar de los temas que nos interesaban y en ese momento me sucedió algo increíble. Hay momentos en la vida de uno en los que tienen lugar sucesos que te cambian para siempre, experiencias que sabes que van a marcar un antes y un después en tu existencia, golpes en la cabeza que te dejan sentado cavilando durante meses y a partir de los cuales tu vida no vuelve a ser la que era. Momentos en los que a uno le acuden a la imaginación el monolito de 2.001 y los compases de "Also sprach Zaratustra". Puntos de inflexión que cambian la historia. Comencé a hablar desgranando un argumento, una idea que me gustaba y a la que había dado ya muchas vueltas. Me di cuenta de que, como siempre, estaba hablando atropelladamente, pero debía darme prisa y exponer el nudo de la idea antes de que mi interlocutor me interrumpiera como de costumbre sucedía. De repente me di cuenta de que él seguía escuchando con atención; no parecía querer decir nada antes de que yo hubiera terminado. Me atraganté por un momento, me rehice y continué con mi exposición. Cuando hube acabado de articular mi idea me di cuenta de que me había sorprendido el hecho de que no me hubiera interrumpido antes de terminar, y fui, a la vez, consciente de mi sorpresa, lo que no hizo sino redoblarla. Me quedé entonces mirándole esperando una respuesta inmediata y automática, como las que recibo normalmente. Los segundos se sucedían y él permanecía en silencio. Me empecé a sentir incómodo. No sentía que aquello fuera normal. Al poco se me hizo obvio lo que estaba ocurriendo: ¡mi interlocutor estaba pensando! Dios mío, ¡era fascinante! No había asistido nunca a nada así. Estaba reflexionando en calma sobre lo que yo le acababa de comunicar, y lo mejor era que yo tenía la sensación de que, terminado aquel fantástico proceso, iba a obtener una respuesta sopesada y ponderada. Buceé en mis archivos mentales pero no fui capaz de encontrar parangón entre mis experiencias pasadas. Absolutamente increíble. De modo que así era cómo pensaba la gente. Se metía durante algunos segundos en su cabeza y después volvía con el fruto de una reflexión. No había visto nunca nada igual. Sentí que estaba asistiendo a un espectáculo de la naturaleza, algo comparable a los terremotos y a las tormentas que recorren la tierra. Intuía una fuerza enorme. Me preguntaba en qué podría convertirse el planeta si todo el mundo fuera capaz de invocar ese poder que, por definición, debía de encontrarse en el interior de cada ser humano. Darme cuenta de que me encontraba en verdadero estado de shock por ver a alguien pensar durante una conversación fue una auténtica revelación para mí. De repente me sentí más solo que nunca, como si durante mucho tiempo hubiera sido el único que se hubiera esforzado en pensar en muchos kilómetros a la redonda. Me di cuenta de que gran parte de la comunicación que establecía con la gente que me rodeaba se quedaba en un risible nivel superficial si lo comparaba con aquello. Aquel chico, antes de contestar, con un simple silencio reflexivo, me había cambiado la vida, me había demostrado que no estaba solo, que había otros que eran igualmente capaces de pensar lo que decían, que había personas dispuestas a poner en tela de juicio sus propias ideas sin sentirse necesariamente amenazadas. Sentí un enorme alivio. Sentí una tibia esperanza en el futuro. Pensé que quizá la humanidad no estuviera perdida. Un rato después, yo intentaba articular un nuevo argumento mientras caminábamos distraídamente por una acera cualquiera de Barcelona. Me interrumpió y me dijo: —Transmites paz. Yo le miré perplejo. No estaba seguro de haber entendido correctamente las palabras. —¿Cómo dices? —Digo que transmites paz —repitió—. La manera en que te expresas, el tono de voz, el cómo ordenas las ideas. "Transmites paz", pensé. Me encantaba. "Transmites paz" era lo más bonito que nadie me había dicho nunca, quizá más bonito que "Sólo es una contractura" o incluso que "Quiero que te corras en mi boca". Poesía pura en mis pobres oídos. El monolito con el que el Universo me mostraba que había estado viviendo en un mundo de comunicación superficial me tuvo cavilando durante meses. Fue como si en vez de haberse revelado pacíficamente me hubiera caído encima. Yo siempre creía haber escuchado detenidamente a todo aquel que tenía a bien acercarse hasta a mí, escuchaba hasta el final, con interés verdadero, tratando de asimilar lo que se me intentaba comunicar, poniendo en tela de juicio mis propias ideas incluso cuando se hablaba contra mí. Sin embargo, ahora me daba cuenta de que no había ninguna reciprocidad a mi alrededor. La mayor parte de las veces, antes de decir yo algo, ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Mis intentos de comunicación resultaban estériles de antemano. Al exponer un argumento controvertido, la gente rara vez me dejaba terminar de hablar, y cuando lo conseguía, la respuesta no se hacía esperar, era automática. Era como si en vez de comunicarme con la otra persona simplemente pulsara una tecla con mi voz. Hablaba con robots que reaccionaban a mis comandos. Este fenómeno hubiera tenido unas posibilidades enormes si hubiera deseado manipular a aquellos que me rodeaban, pero yo sólo quería entenderles y que me comprendieran. La inmensa mayoría de la gente con la que me comunicaba no me escuchaba, simplemente se quedaba con alguna de las palabras que pronunciaba y saltaba como si le hubieran tirado de un cordel en algún lugar de la espalda. Podía incluso ver cuál era el momento exacto en el que la otra persona se metía en su cabeza y preparaba la respuesta automática. Yo aflojaba el ritmo de mi argumentación porque sabía que lo que yo tuviera que decir ya no estaba siendo escuchado. Rara vez tenía sentido terminar mis argumentos. Dios, qué terrible sensación no sentirse escuchado. Menos mal que parecía existir gente más allá de su propio ego, gente capaz de esperarse a que la otra persona termine de hablar antes de pensar la respuesta. Quizá no estuviera todo perdido. Releeo esto y me doy cuenta de que parece que describa un mundo de ciencia ficción poblado por autómatas sin cerebro, pero es que ese mundo está ahí fuera. Sólo hace falta salir a la calle para sumergirse en él. Un par de meses después encontré a una persona parecida. Igual que en la ocasión anterior, pude ver a un ser humano mirar en su interior antes de ofrecer una respuesta de vuelta. Todavía me sobresalto cuando sucede, me resulta extraño. Me siento raro cuando mis palabras hacen que alguien entre en su cabeza para pensar. Pero es algo formidable, un espectáculo de la naturaleza: un ser humano reflexionando. Quiero que se me permita vivir para verlo más veces. También en esta ocasión, en un momento de la conversación, se me dijo: —Transmites paz. Quizá fuera casualidad, quizá no. Exactamente las mismas dos palabras. Sentí que me acariciaban el lomo. Paz es lo único que tengo. La transmito porque tú lo haces posible. Gracias por ofrecer un lienzo en blanco en el que pueda expresar lo que llevo dentro. Gracias por estar ahí. Gracias por escuchar. Gracias por pensar. Perdido en un mundo de caras infinitasEn el verano del 86, en el primer mundial después de Naranjito, mis padres me enviaron a Inglaterra con la sana idea de meter algo de la lengua de Shakespeare en mi infantil y maleable mollera. Yo apenas contaba once años, pero a tan tierna edad sabía, de algún modo, que un día aquel idioma bárbaro me sería de utilidad, así que aquel mes de Julio subí a un avión con una enorme maleta en dirección a la mayor de las islas de los hijos de la Gran Bretaña. Pasé cuatro semanas en una localidad pesquera llamada Brixham hospedado en casa de una amable pareja de ancianos que vivía en la parte alta del puerto, así que cada tarde de aquellos treinta días debía ascender una angosta escalera empedrada con unos escalones de palmo. Había como unos 120 de ellos, y lo sé porque tuve tiempo de contarlos cada una de aquellas tardes en que regresaba a casa pasando revista a lo sucedido durante la jornada. Aquel verano aprendí muchas cosas. Cuando no estaba en clase con el resto de cenutrios, pasaba el tiempo en los enormes recreativos de la pequeña ciudad. El suelo de la gigantesca sala de estilo victoriano estaba impecablemente enmoquetado, y se respiraba lujo y bienestar en una atmósfera que me resultaba incomparable para entregarme a una de mis mayores pasiones de la infancia: las máquinas recreativas. Entre aquellas paredes se consumían mis horas estivales, alimentando con monedas de diez peniques las panzas de videojuegos ahora míticos y que entonces acariciaban mis sentidos de tierno infante. Entre luces de colores y sonidos hipnóticos el tiempo dejaba de tener sentido, y cuando emergía de aquel universo el sol ya estaba muy bajo y la marea había recogido el agua y las barcas reposaban sobre el fondo yermo del puerto. Una de las cosas que tuve que aprender aquel verano fue a gestionar un presupuesto. No recuerdo de cuánto dinero disponía para atravesar el mes, pero cuando abría la carterita en la que guardaba los billetes en el interior de la maleta debajo de la cama de mi cuarto, a mí se me antojaba que contaba con el producto interior bruto del país. En cualquier caso, los días eran muy largos y las pobres máquinas me tiraban de la camiseta al pasar junto a ellas y me sugerían al oído que les diera de comer. Me consta que no era el único que escuchaba sus lamentos, porque los corazones de otros chicos también se ablandaban al escuchar aquellos llantos y terminaban por sucumbir a sus instintos paternales más primitivos. Así pues, mi ingente presupuesto se medía en fracciones de monedas de diez peniques con el solemne perfil de la reina de Inglaterra. No tenía más gastos que dar de comer a aquellas máquinas y alimentarme a mí mismo con lo que sobrara, pero no quería dejarme llevar por la imprudencia ni por otras muchas cosas de las que había oído hablar y ni siquiera comprendía, así que procuré, en la medida de lo posible, hacer un uso responsable de aquel dinero que tanto esfuerzo había costado a mis progenitores reunir. Estar solo en un país desconocido intentando comunicarte con los lugareños en su lengua bárbara es una situación extrema cuando tienes once años. Es curioso pensar que hay gente que no pasará por una experiencia así en su puta vida. Creo que no se aprende más que en el momento en el que te tiran a la arena del mundo en calzoncillos con un bocata y, asustado y confuso, no te queda más remedio que mirar a tu alrededor con curiosidad desde el otro lado de tus sentidos y confiar en que todo va a salir bien. Si hay algo que recuerdo de aquel verano es todo lo que aprendí de mí mismo. Con once años, al menos en aquellos tiempos, los chiquillos no están para ir a ningún lugar. Aquello se trataba de un viaje organizado en el que chavales de toda España pasaban un verano en una suerte de inmersión lingüística. La edad media del grupo era de catorce años, que coincidía con la edad mínima recomendada por el folleto informativo. Mi padre no pareció pensar que yo fuera demasiado pequeño para semejante experiencia y yo tampoco supuse que este detalle pudiera ser óbice para mi disfrute. Probablemente a mis once años ya empleara palabras como "óbice" en mis conversaciones, lo que seguro que en algún momento estuvo a punto de costarme una tunda. De cualquier modo, yo y mis expresiones de académico de la lengua nos subimos al avión con dos cojones. Pasé un mes como puta por rastrojo. Por aquel entonces no debía de tener ni pelos en los huevos. Recuerdo que fue en aquel verano la primera vez que me di cuenta de que las chicas despertaban extrañas sensaciones en mi cuerpo. Mientras tanto, el resto de chavales del grupo ya debían de eyacular. Yo era el último mono de la manada. Todo el mundo parecía encontrar una diversión en tomarme el pelo y tocarme los barbilampiños cojones, así que terminé prefiriendo pasar la mayor parte de mi tiempo con las máquinas recreativas, sumergido en un mundo de píxeles parpadeantes y zumbidos eléctricos. A menudo, por no gastar el dinero de mis padres, me acercaba a las máquinas mientras nadie jugaba y éstas reproducían una partida imaginaria, y cogía el mando y pulsaba los botones y soñaba que era yo el que desplazaba a los personajes por la pantalla. Encontraba más comprensión humana en una máquina de dos metros que comía aluminio aleado que en mis compañeros de expedición. Darme cuenta de ello me producía una profunda confusión. A pesar de todo hice un pequeño grupo de amigos. Una tarde viajábamos los cuatro en un autobús que unía las localidades de Brixham y Torquay. Era un día extrañamente soleado y el bus circulaba por la costa con presteza. En algún momento del viaje yo me quedé traspuesto, y cuando desperté me di cuenta de que mis "amigos" se habían bajado mientras dormía y yo me encontraba ahora en el final de la línea a merced de mis propias facultades. Veo ahora que la distancia entre esas dos pequeñas poblaciones es de apenas nueve millas, pero cuando me desperté con once años en una estación de autobuses de un país bárbaro lleno de personas extrañas me sentí a mil millones de kilómetros de casa. Pregunté al conductor cómo podía volver a Brixham y pagué mi billete mientras derramaba una lágrima por saber que aquellas monedas plateadas que entregaba significaban que aquel día las pobres máquinas del recreativo del puerto tendrían que pasar hambre. Aquella tarde, mientras subía los 120 peldaños de piedra en dirección a casa, me pregunté de dónde salía tanta maldad, me pregunté qué sentido tenían las acciones de aquellos que me rodeaban y que tan mal me habían hecho sentir. Me supe de nuevo confuso, incapaz de comprender a las personas con las que compartía el mundo. El verano transcurrió entre máquinas recreativas y puteos varios. Muchas tardes más subí los escalones de piedra preguntándome por qué. El último día, la expedición hacía escala en un hotel de Londres donde el grupo pasaba la noche antes de embarcar al día siguiente de regreso a la piel de toro. Yo, que con once años debía de tener la conciencia de un notario de cincuenta, debí de decidir que, siendo que al día siguiente había que madrugar, me acostaría pronto. El resto de chavales se entregaron a los pasillos del hotel en una vorágine de excesos en la medida en que su corta edad lo permitía. Gritos y carreras me mantuvieron despierto durante un breve espacio de tiempo hasta que la oscuridad se hizo en mi consciencia. Debían de ser las cuatro de la mañana cuando el teléfono me sacó de una profunda ensoñación. Una voz al otro lado me comunicaba que debía cambiarme y vestirme porque la expedición partía de inmediato. Yo tenía la boca pastosa y la cabeza embotada. Encendí la luz y observé la habitación a mi alrededor. No tardé en darme cuenta de que tenía los pies empapados. Alguien debía de haberme derramado un par de vasos de agua sobre los pinreles durante mi letargo. Cuando me miré al espejo me di cuenta de que me habían vaciado un tubo de pasta de dientes en la cabeza, y mi pelo lucía blancuzco y tieso y desprendía un agradable aroma a menta que me acompañaba por la habitación. Es por cosas así que puedo decir que cuando era un niño dormía como un tronco. Me puse en orden como pude y salí corriendo por el pasillo arrastrando mi maleta en dirección al descojone general más absoluto. Creo que esa noche conocí la humillación. Le di la mano y me volví a meter en la cama a remojar los pies. Cuando evoco estos recuerdos no siento ira, no siento rabia. Soy incapaz de encontrar trazas de odio contra nadie. No puedo negar que me resulta extraño, pero lo cierto es que sólo siento confusión y estupor. Tengo once años y estoy de pie en el pasillo de un hotel londinense junto a una maleta que me llega hasta el pecho. No comprendo nada, no entiendo por qué la gente se comporta así, no entiendo quién puede tener interés o encontrar un disfrute en hacerme pasarlo mal. Doy media vuelta y empiezo a arrastrar una maleta en la que se amontonan recuerdos de un verano de niñez, y las fotos mentales de los mejores momentos muestran máquinas que imprimen fantásticos patrones de colores sobre sus sonrientes pantallas al ritmo de sonidos que disparan mi imaginación. Me siento solo, desconectado de la humanidad con tan sólo once años. Me siento confuso, incapaz de comprender a las personas con las que se supone que tengo que compartir una generación, con las que debería tener tanto en común. Me pregunto por qué soy tan diferente. Me pregunto qué me pasa. Me pregunto si estoy roto. En mayor o en menor medida, aquel verano se repitió varias veces. Diez años más tarde marché un estío a los Estados Unidos, de nuevo, con una mano delante y la otra detrás. Al contrario que la mayoría de los que salieron de España aquel verano, yo no volaba con un trabajo en la maleta, y ni siquiera sabía en qué estado geográfico iba a desarrollar mis actividades. Todo lo que tenía era un billete a Nueva York. Después ya veríamos. En la ciudad de la gran manzana entablé una incipiente amistad con tres chicas españolas que me contaron que se dirigían a Carolina del Sur, a un lugar llamado Myrtle Beach y que parecía ser, por lo que ellas relataban, la tierra prometida. Yo no necesitaba mucho, apenas un trabajo digno y alguien que me echara un polvo. Compré un billete en el primer avión hacia allí y me metí a vivir en un motel de la costa con aquellas tres criaturas del averno. Poco tardaron en dar rienda suelta a sus instintos más perversos y a asegurarse de que yo participaba de sus infiernos personales. Por algún motivo decidieron que tenían que hacerme la vida imposible, y durante las tres semanas que estuvimos juntos se emplearon a fondo. En aquella ocasión yo no tenía 120 escalones de piedra, pero muchas tardes me pregunté igualmente de dónde sacaban los demás tanta mierda que invariablemente se volcaba sobre mí. De nuevo sentí confusión. De nuevo sentí estupor. Tan desagradable fue el comportamiento de las tres chicas durante aquellas semanas que, algo después, cuando todos estuvimos de vuelta en Valencia, quisieron quedar conmigo una tarde en una cafetería y, mientras me enseñaban sus fotos, me pidieron perdón por haberme hecho pasar las de Caín. Yo les dije que no se preocuparan, que no pasaba nada. De alguna manera yo me había convertido en el cubo que debía recoger las vomitonas de otros, el lienzo en blanco en el que todo el mundo parecía querer pintar lo peor que llevaba dentro. Y por algún extraño motivo no me importaba. Yo quería comprender a todas aquellas criaturas torturadas, quería saber qué les llevaba a comportarse así, pero era obvio que algo no funcionaba, y lo único que yo podía hacer era poner la otra mejilla. Me sentía confuso. De nuevo sentía estupor. Me preguntaba por qué yo era tan diferente de los demás. Me preguntaba si estaba roto. Mis disquisiciones se prolongaron durante mucho tiempo. Intentaba encontrar algo que me diera una pista sobre lo que me sucedía, al menos un hilo que me permitiera empezar a tirar y quizá algún día saber quién tenía razón, si el mundo o yo. Entonces, en Marzo de este año, escribí la columna El test de integridad. En ella pedía a los lectores que me describieran utilizando sus propios adjetivos. Tenía curiosidad por saber si los demás me veían de la misma manera en que me veía yo. Mi hermana, quien rara vez se pone en contacto conmigo (ni yo con ella a pesar de lo mucho que nos queremos), me escribió alarmada: "A ti que te gustan tanto las proyecciones de la mente y las realidades paralelas, parece que no has aprendido nada. Los lectores tienen de ti una imagen edulcorada y llena de a prioris, porque no tienen otro remedio, ¡no te conocen! En la vida real tienes un rol diferente para cada grupo de gente; para unos eres un campeón para otros una mierdecilla. Y tú refuerzas inconscientemente cada imagen, porque con cada grupo te relacionas de diferente manera." Cuando leí aquellas líneas se interrumpió mi programa vital. Se había producido una excepción, había recibido un input inesperado que me iba a obligar a modificar mi programa de la vida pero todavía no sabía cómo. Necesitaba un poco de tiempo para encontrar qué era lo que rechinaba en aquellas líneas y ver cómo lo integraba en mi explicación del mundo. No tardé en descubrir de qué hablaba mi hermana. Ella decía que las personas no tenemos una única cara, sino que mostramos una u otra en función de con quién interaccionemos. Aquello tenía sentido. Miraba a mi alrededor y veía aquel fenómeno que describía por todas partes. La mayoría de las personas que me rodeaban parecía un holograma que se reinterpretaba en función del observador. Aquella teoría de las infinitas caras que mi hermana propugnaba con tanta convicción parecía poder aplicarse de una manera consistente al mundo. Sólo había un pequeño problema... ¡Yo sólo tenía una cara! Cuando hablaba con unos o con otros modificaba el tono de mi discurso, sí, pero no cambiaba el contenido. Escuchaba a propios y extraños con interés sincero, y a propios y extraños trataba con la misma naturalidad. Me comportaba de la misma manera con cada uno de los muchos lectores que me escribían todas las semanas, casi como si todos fueran la misma persona. Sentía una profunda e inmediata amistad con cualquiera que quisiera exponerme sus inquietudes y que se interesara genuinamente por lo que yo tuviera que contar, había una conexión sincera sin importar que apenas nos conociéramos de un par de días o que viviéramos a miles de kilómetros y nunca nos hubiéramos visto. Yo me movía por el mundo con un reducido juego de principios vitales y una sola cara. Casi veinte años después de subir las enormes escalinatas de piedra de un pequeño puerto pesquero del sur de Inglaterra me seguía haciendo las mismas preguntas: ¿Por qué soy tan diferente de los demás? ¿Estoy roto? Este descubrimiento de la teoría de las caras me sumió en la confusión más absoluta. Me sentía extraño por no tratar a cada persona de una manera diferente, por ser siempre yo. La gente parecía mutar con cada iteración del programa de la vida mientras que yo permanecía anclado en los mismos principios que veinte años antes, cuando metía monedas con el perfil de la reina de Inglaterra en la panza de coloridas máquinas recreativas. Seguía siendo el mismo niño curioso e inquieto mientras los demás parecían tornarse en maduros adultos cada vez más seguros de la naturaleza del mundo que les rodeaba. La gente parecía estar cada vez más feliz mientras yo me iba sumergiendo en la mierda dejándome arrastrar a una vida cada vez más gris y predecible. Todo el mundo mascaba la misma mierda que yo, pero yo intentaba nadar y los demás tragaban y decían que estaba buenísima. A mí no me quedaba otra opción que pensar que yo debía de estar gilipollas. Más de una vez he sentido que circulaba en la dirección correcta por la carretera de la vida y de repente encontraba un montón de coches en dirección contraria. Asustado, paraba en el arcén, consultaba mi mapa y mis notas y me aseguraba de que iba bien. Reemprendía la marcha y de nuevo encontraba más coches en dirección contraria. Varias veces tiré los trastos en el asiento de atrás y di media vuelta convencido de que la había cagado. Después el soniquete en mi cabeza volvía a sonar y no paraba hasta que volvía a girar y me lanzaba de nuevo en lo que yo estimaba que era la verdadera dirección correcta. Ahora sujeto firme el volante y acelero. Sólo pido a aquellos que vienen de frente que se aparten, porque sólo tengo una cara y no me importa darla con el poder de la confianza que la honestidad y la coherencia me confieren. Hace apenas unos meses un lector me escribía hablando sobre el sintoísmo: "Hace tiempo leí un libro de ciencia ficción de Neal Stephenson, "La Era del Diamante". En uno de los pasajes hacía referencia al sintoísmo: el conocimiento debe ir de dentro a fuera. Primero debemos conocernos, entendernos, aceptarnos y después proyectarnos hacia fuera; conocer, entender y aceptar a los demás y al mundo para que así el mundo pueda conocernos, entendernos y aceptarnos. Esa es la vía que sigo desde entonces: conocerme a mí mismo, conocer al resto y hacer que me conozcan." Llevo 32 años viviendo dentro de mí mismo. He permanecido la mayor parte de ese tiempo callado, escuchando, observando lo que sucedía fuera y, sobre todo, en mi interior. Poco queda aquí dentro ya por revisar, etiquetar, catalogar y clasificar. Creía que era un pobre desgraciado por arrastrar un par de complejos estúpidos y un moderado miedo al mundo y ahora me he dado cuenta de que mis miedos y mis complejos son tan pequeños que soy el único que se atreve a ponerlos sobre la mesa. Mi sombra es mínima. Otros callan sus miedos y sus complejos, y los más ni siquiera son conscientes de ellos. Llevo toda la vida compadeciéndome de mí mismo cuando en realidad debía compadecerme de los demás. Una mañana me levanto y descubro que el mundo se ha dado la vuelta. Tras un largo periodo de reflexión, por fin han cesado la confusión y el estupor. Estoy listo. Me conozco, me comprendo, me acepto. A partir de ahora, cada vez que suba escalones de piedra, una sonrisa se dibujará en mi rostro. No estoy roto. Está roto casi todo lo demás. No me importa. Estoy seguro de que existe más gente que todavía está entera. Vamos allá. [Crítica] Wall-eNos encontramos en un futuro lejano pero inquietantemente próximo. El ambiente en la tierra se volvió tan inhóspito debido a la imparable actividad humana que la raza entera tuvo que darse a la fuga a bordo de una enorme nave espacial y se encuentra a la espera de que un día la vida vuelva a ser posible en el planeta. Mientras tanto, un ejército de robots limpiadores recogen la mierda y la comprimen en bloques con los que construyen gigánticas montañas que conforman el paisaje de lo que antes eran fecundas ciudades. Sólo queda en funcionamiento uno de estos robots de limpieza. Wall-e pasa los días recogiendo porquería, haciendo cubitos y apilándolos afanosamente. Todos sus congéneres han caído en acto de servicio, así que su única compañía es una cucaracha. Con ella pasa las tardes al volver a casa del trabajo, mientras organiza los curiosos cachivaches humanos que ha ido encontrando durante la jornada y despiertan en él sentimientos que trascienden a su condición robótica. Porque Wall-e echa de menos el amor. Un día llega a la tierra un nuevo robot sonda que trastocará la tranquila monotonía vital de Wall-e, y con este suceso comienza la aventura del simpático robot. Esta aventura le llevará al espacio, hasta la nave espacial en la que la humanidad perpetúa su patética existencia. El hombre del futuro está gordo como un tonel, pasa el día tumbado en una suerte de diván flotante que le lleva de aquí para allá y observa el mundo a través de la pantalla de su ordenador mientras sorbe alimentos en forma de refresco por una pajita. Debo avanzar antes de dar mi opinión que siento una especial debilidad por las películas de Pixar desde que hace mil años viera un corto de animación por ordenador en el que un muñequito de nieve encerrado pugnaba durante diez delirantes minutos por salir de la burbuja de cristal en la que vivía. Eran los albores de la animación por ordenador y sin embargo aquella creación ya desbordaba ingenio en cada fotograma. Da gusto comprobar que hay cosas que no sólo no cambian sino que mejoran. Algunas de las escenas, sobre todo las iniciales que transcurren en la futurística ciudad desierta, parecen reales. La manera en que se mueve la cámara y cómo las diferentes superficies reflejan la luz es algo nunca antes visto en el cine de animación. El robot, inspirado sin duda en el número 5 de "Cortocircuito", posee una dulzura y una comicidad que transciende a su condición cibernética. La película está llena de metáforas e incluso guiños a otras obras universales como "2.001: Una odisea espacial", y de una manera ingeniosa hace reír, maravillarse, llorar y reflexionar a partes iguales. Wall-e es una tremenda película de animación de una factura excepcional y con una carga filosófica respetable, una cinta que pondrá a cavilar a todos aquellos que tengan más sensibilidad que un gato de porcelana. Mi primera media maratónAño 490 antes de Cristo. Las tropas atenienses se baten en lucha desigual contra los persas a las afueras de Atenas. Tras una ardua batalla los griegos se alzan con la victoria contra todo pronóstico (estaban 15 a 1 en BetAndWin) y Milcíades decide enviar a su soldado más veloz, el corredor Filípides, para anunciar la victoria en la ciudad. Filípides recorre a toda mecha los 42 kilómetros que separan los campos de Maratón y Atenas. Llega a la ciudad, dice "Hemos vencido" en griego y cae fulminado debido al esfuerzo. A día de hoy los historiadores todavía se preguntan si Filípides no podía haber bajado un poco el ritmo y haber cumplido los 25. Otras versiones de la historia dicen que el artista se llamaba Fidípides y que no fue para tanto, que lo más probable es que bajara a Atenas por el camino del norte, que tan sólo cuenta con 32 kilómetros. La versión más plausible especula que en realidad nuestro amigo recorrió el camino entre Maratón y Atenas tres veces: la primera para solicitar refuerzos, la segunda hacia el campo de batalla para decir que las tropas acudirían cuando terminara el "Corazón corazón", y la tercera cuando llega a Maratón, se encuentra el pastel de que la batalla ya ha terminado y regresa a Atenas para decir "Hemos vencido, y os pueden dar por el culo a todos". En cualquier caso, la épica hazaña sirvió de base para la actual maratón, prueba olímpica en la que se recorren algo más de 42 kilómetros lo más rápido posible. La prueba hija, la media maratón, cuenta contra todo pronóstico con una distancia de 21 kilómetros. En Mayo hice mi primera media maratón. Que un día de Mayo en el sur de Alemania resulte soleado es casi tan poco probable como que las tropas griegas ganaran a los persas. Sin embargo sucedió. Pantalones cortos, cinturón con botellitas para refrescar el gaznate por el camino, pulsómetro. El sol brillaba con fuerza en el cielo azul y mil personas se apelotonaban a la salida. Yo rememoraba los peldaños de la escalera que me había traído hasta allí. Mi entrenamiento había comenzado en Navidad. Durante los más de cuatro meses había ido aumentando el ritmo de entrenamiento y en los últimos compases estaba corriendo entre 40 y 50 kilómetros semanales. Mi meta inicial de acercarme al 1h30m se iba alejando a medida que mis simulacros de carrera iban haciendo evidente que estaba en buena forma pero que no era dios. Acepté mis limitaciones. Decidí que intentaría correr holgado por debajo de las dos horas. Durante la carrera hay tres corredores que portan globos rojos hinchados con helio que se pueden otear si no vas muy lejos. Cada uno de ellos corre una marca determinada, y sirven de referencia para aquellos que quieren terminar en los tiempos de 1h30m, 1h45m y 2h. En la salida me arrimé al tipo que sujetaba el enorme globo rojo con el rótulo 1h45m. Dieron el pistoletazo y allá fuimos todos. Mucho público. Buen ambiente. Gente aplaudiendo por las calles. Grupos de música amenizando el recorrido por la ciudad y sus alrededores. Organización alemana. Durante mi entrenamiento había controlado mi pulso en torno a las 150 pulsaciones por minuto. Cuando a los tres minutos miré el reloj, me di cuenta de que estaba a 165. Supuse que se trataba de la emoción de la salida y traté de relajarme y de disfrutar del ambiente. Cuando algunos mintuos más tarde volví a inspeccionar mi cuentavueltas pude ver en la pantalla que estábamos a 172 pulsaciones. Supuse entonces que uno de los dos aparatos no funcionaba correctamente, el pulsómetro o el corazón, y decidí que fuera el primero. A partir de ahí no hay mucho: la guerra personal con el tío del globo, la sensación de que estás corriendo demasiado rápido y en cualquier momento llegará el colapso, la sensación de que se te van a partir las piernas en un momento dado. Intentas evadirte y buscas algo que te llame la atención. Cambias el globo por uno de los muchos culos prietos que te adelantan. Visualizas las nalgas como si fueran el conejo que tira de los galgos en el canódromo. El conejo se transforma en un culo demasiado rápido y termina convirtiéndose en tu peor pesadilla. Vuelves a centrarte en el globo. El ciclo se repite varias veces. Para mí hubo un momento mágico en el recorrido. Llega un punto en el que te das cuenta de que estás en una lucha contigo mismo y que todo lo demás es atrezzo. No hay más gente, no hay globo, no hay conejo, no hay cuchara, no hay culo... Eres tú y tus circunstancias. En ese momento sabes que todo depende de ti. Como si se tratara de un sábado cualquiera, llegamos al IKEA y dimos la vuelta. Las únicas dos cosas que me preocupaban era si me aguantaría la rodilla derecha y, en caso de respuesta afirmativa, si me estallaría la vejiga antes de llegar a la meta. Miré el reloj. Las pulsaciones durante los diez primeros kilómetros no habían bajado de 172. Me di cuenta de que eran entonces tres las cosas que me preocupaban. Aquello no tenía mucho sentido desde el punto de vista médico, así que no le di demasiada importancia. Después de todo era en esa segunda parte cuando iba a tener que echar el resto. El tipo del globo me sacaba 200 metros y yo, a mitad del recorrido, estaba ya al límite de mis fuerzas. La frase hecha "tan cerca y tan lejos" nunca había tenido tanta significación para mí. Me pregunté cómo iba a aguantar los diez kilómetros que quedaban. No sabía que podía correr tan rápido. Entramos en la ciudad y cruzamos el Danubio. El pulsómetro indicaba 180 pulsaciones, igual que en los cinco kilómetros anteriores. No sabía cuánta marcha le quedaba a la patata, pero tenía el globo a cien metros y me había propuesto llegar por delante de él aunque literalmente fuera lo último que hiciera. En ese momento sucedió. Debían de quedar un par de kilómetros para la meta cuando una ola de energía salió de algún lugar de mi interior y me puso la patata a 185 revoluciones para conseguir adelantar al tipo del globo y poner algo de distancia, no me fuera a adelantar de nuevo en el último momento. Vi la meta al fondo de la avenida y supe que estaba ya todo hecho. Cuando superé la línea el cronómetro marcaba poco más de 1h44m. Entonces, la gloria. Las emociones al finalizar la prueba son indescriptibles. La culminación del trabajo bien hecho junto con la sensación de haber dado hasta la última gota de todo. Un sentimiento de felicidad te arrasa el cuerpo. La gente sonríe, todo el mundo está fundido pero exultante. Parece que en vez de beber agua por el camino hayamos fumado porros. Pupilas dilatadas, amplias sonrisas estúpidas. Todo el mundo es tu amigo y te sientes uno más en una fiesta en la que no tienes más remedio que admirar el esfuerzo de los demás y disfrutar cómo los demás aprecian tu esfuerzo con la misma intensidad. Me acordé de los funcionarios. Días después te enteras de que Jonas piernas largas, tu compañero de curro, hizo 1h32m, y que el tipo aburrido de gafas del grupo del Paquito corrió en 1h35m porque el día anterior había participado en el medio fondo de Straubing y estaba algo apagado, y que el jefe del Chano, que ya pasa de los cuarenta, bajó de la hora y media. Cuando lo asimilas y piensas en todas aquellas personas que ni siquiera pueden cubrir la distancia, tomas estos casos como lo que son, ejemplos dignos de admiración y espejos de lo que puedes llegar a conseguir con la actitud adecuada. Ellos, y los abuelos sesenteros que me mearon vilmente durante el recorrido mientras me preguntaba si era en ese momento cuando se me iba a parar el corazón, fueron una de las lecciones más importantes del evento. Cuando corra la próxima carrera, lo haré por ellos. |
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