Habían pasado un par de semanas, quizá diez días, desde el episodio épico de ¡Por allí resopla!, y apenas un par de días desde que había vuelto a ser malo por última vez. En esta ocasión con Flor de loto. Por lo que conocía a esta última, iba a ser raro que las cosas quedaran como estaban. De momento todo iba bien. El silencio, el bendito silencio, se elevaba en mi existencia impregnándolo todo de paz y bienaventuranza.
Estaba en casa de mis padres. Mi madre le acercaba a mi padre una cuchara de madera para que comprobara si el arroz estaba en su punto o si todavía le quedaban un par de minutos. Me empezó a sonar el móvil. "Flor de loto", decía la pantalla. A medida que uno avanza en el juego de la vida, las cosas cada vez resultan más obvias, así que me preparé para cualquier cosa.
—¡Dime! —contesté.
—Hola. Quería decirte que no me gustó nada lo que hiciste el otro día.
—Vaaale... —dije yo, con tono de "comprendo lo que me cuentas y me pregunto hacia adónde va todo esto".
—Y quería decirte que no me llames más.
—Vaaale... —dije yo, esta vez con tono de "Esto me suena y me pregunto exactamente qué significan estas palabras".
—Te deseo lo mejor en la vida —se despidió.
—Yo también te deseo lo mejor en la vida.
Colgué el teléfono. Al menos esta vez la cosa había sido rápida y limpia.
La mente humana trabaja incansablemente buscando patrones. En este caso el patrón era obvio. De seguir así la cosa, un día descolgaría el teléfono y sería mi madre, que me diría "Has sido muy malo y llamo para decirte que no me llames más". Jamás volvería a saber de ella.
Dos casos en menos de dos semanas. ¿Qué estaba pasando? ¿Había un virus en el aire? ¿Sería este el inicio de una fatídica Gripe B? A mí, desde luego, me estaban entrando unas ganas tremendas de descolgar el teléfono, marcar un número al azar y gritar "¡No me llames más!". Con un poco de suerte marcaría el departamento de promoción de Jazztel y mi vida sería algo mejor al día siguiente.
En ocasiones mi padre suelta frases que aparentemente tienen poca relevancia y que después el tiempo demuestra que son cruciales. Por eso guardo todo lo que dice en un cajón de la cabeza, porque nunca sé cuándo comprenderé exactamente lo que quería decir. Son cosas del tipo "El sentido común es el menos común de los sentidos", "La gente no se da cuenta de lo que dice" o "Descapúllatela después de mear". Algunas son suyas, y otras eran a su vez de su padre, como esta: "Quien pierde a una buena mujer no sabe lo que gana".
Un par de veces me ha mirado mi padre y, moviendo una mano entre su frente y la mía, me ha dicho "Si se pudiera transmitir la experiencia sin palabras... todo sería diferente". Todavía no hemos llegado hasta ahí, pero es con toda certeza verdadero que, a falta de eso, una buena frase, una buena memoria y un poco de tiempo son capaces de obrar maravillas.
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