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¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?

Últimas entradas - Mié, 07/05/2008 - 18:08

Mi esfuerzo por poner mis reflexiones en claro no está exenta de recompensa. Ésta la encuentro, entre otras, en forma del feedback que me llega desde los lectores a través del formulario de contacto. De alguna manera, mi transformación está atrayendo a mucha gente en mi situación que se toma en ocasiones mucho tiempo y me escribe sus propias reflexiones sobre el asunto. Se trata de personas inteligentes que a menudo conciben pequeñas joyas que me hacen pensar a mí mismo. Por algún motivo, creo que es mi responsabilidad condensar esas gotas de sabiduría y compartirlas con todos los visitantes. Esta vez es sobre la importancia de tener un objetivo en la vida.

Así, me escribía un lector el otro día:


Mi gran revelación respecto a un posible "Sentido de la Vida" llegó medio adormilado viendo un documental de la 2. No se si te lo conté: se trataba del "escarabajo pelotero". Básicamente, su función en la vida es hacer una gran bola de mierda de elefante para atraer a las hembras y poder tener descendencia. Cuanto más grande y olorosa sea, mejor le va en la vida. Hay escarabajos que no trabajan y les roban la bola a otros en una lucha encarnizada. Al final, si son los mejores, los que tienen éxito, entierran la bola a una determinada profundidad, fertilizan a una hembra que deja los huevos dentro de la pelota para largarse después y se dejan morir bajo tierra junto a la bola de mierda.

El único consejo que me atrevo a darte: decide cuál es tu bola de mierda y disfrútala. No te preocupes por lo demás, porque no importa. Sé consciente de que no deja de ser una bola de mierda, y apestosa, de acuerdo, pero será la tuya.


Esta pequeña metáfora de siesta frente al televisor me hizo reflexionar sobre la importancia de fijarse una meta en la vida. Un destino, una dirección, un rumbo; como se le quiera llamar. En el futuro escribiré más sobre el asunto. Mientras tanto, me quedo con el escarabajo empujando su bola de mierda. Es una metáfora guarra, que llama a las cosas por su nombre.

Y lo mejor es que nadie escribirá un libro que nos diga que si nos quitan la bola de mierda no nos debemos quejar sino que tenemos que buscar otra pelota en otro lugar. No puedo imaginar un best-seller en las estanterías de El Corte Inglés con el título:

"¿Quién se ha llevado mi bola de mierda?"

Renacido

Últimas entradas - Lun, 05/05/2008 - 07:34

En los últimos meses, la serie de experiencias que he ido viviendo y las reflexiones que he venido haciendo me han convertido en una persona, en gran medida, nueva. Mi manera de afrontar las cosas y de ver la vida ha sufrido un cambio radical, y ahora me siento mucho más cómodo con las cosas que hago, pienso y digo. Creo que todavía tardaré unos meses más en asimilar este cambio al que quizá he llegado demasiado rápido, pero de momento me encanta cómo me siento.

Muchas veces antes he cogido una máquina y me he cortado el pelo como un recluta. En aquellas ocasiones lo hice para arreglar desaguisados causados por mi afición a la peluquería, y en ningún caso me gustó antes el pelo tan corto. Es muy cómodo, se lava en un momento y se seca rápido, pero cuando me miraba en un espejo no me sentía favorecido.

Hace una semana volví a desempolvar la máquina. No me había hecho trasquilones y no acudía a ella para intentar salvar los muebles. Esta vez quería afeitarme la cocorota y no me importaba nada más. No me tembló el pulso.





Y me encanta el resultado. Me siento cojonudo.

Me siento cojonudo en todas partes, incluso en el trabajo. La oficina me aburre y sigo pensando que debería estar en cualquier otro lugar, pero incluso allí me puedo sentir bien. No me importan los colegas y jefes gilipollas, no me importan los gritos. De alguna manera he trascendido a todo eso; he conseguido darme cuenta de que me necesitan más a mí que yo a ellos, y sólo ese pequeño cambio de perspectiva crea un mundo nuevo y mejor en el que no hay miedo ni estrés.

Y así estás tan tranquilo, pensando en tus proyectos de futuro, cuando tu colega indio te llama la atención y te hace de improviso una foto con el móvil.





Un lector me escribió hace un mes:

"No puedo creer que haya encontrado a alguien que tiene esa sensación, la misma que me llevó hace unos dias a escribir en un papel "Reborn" con marcador naranja y a colgarlo en la pared.

Así me siento, como si me hubiera caído del útero materno con 32 años. Renacido.

La reflexión de la semana

Últimas entradas - Mié, 30/04/2008 - 20:14



"Si veo el vaso medio vacío, quizá no sea porque soy pesimista. Quizá es simplemente que tengo mucha sed."




—Del tema "El puto vaso de agua"


Conócete a ti mismo

Últimas entradas - Dom, 27/04/2008 - 23:20

Una de las columnas más polémicas de la última serie, que las ha habido raras, fue la de Lo siento, pero alguien te lo tenía que decir. Mi intención con ese escrito era intentar describir al lector de ESDLV. El texto levantó ampollas.

En los comentarios, algunos reconocieron que había acertado. Otros no lo hicieron a la vista de todos, pero me escribieron por la puerta de atrás para confesarme que había dado de pleno. Los hubo quienes me dijeron que se habían asustado ante tanta clarividencia. Mientras tanto, en los comentarios, los había que se apresuraban a declarar que su vida distaba mucho de lo que yo describía. Algunos, incluso, necesitaban expresar su negación varias veces.

De lo que muy poca gente se apercibió es de que, en realidad, en aquella columna me describía a mí mismo. Esa es la magia de la comunicación escrita; cuando un único texto habla a miles de lectores diferentes de manera personal e intransferible y resulta que ni siquiera era para ellos.

Unas semanas antes había expuesto los resultados del Test de integridad y comentaba que me había sorprendido la precisión con la que la gente me había descrito. Algunos de los emails que me fueron enviados llegaron a asustarme, y en ocasiones me pregunté cómo era posible que gente que nunca había siquiera hablado conmigo fuera capaz de describirme de una manera tan certera y detallada. Al final concluí que, si tantos lectores eran capaces de describirme tan precisamente, de algún modo yo tenía que ser capaz de hacer lo mismo. Lo único que todos ellos tenían en común era yo, así que empecé por ahí y por algún motivo, de paso, decidí además meter el dedo en la llaga.

Aquella columna terminaba de la siguiente manera:

"Y mientras piensas en todo esto la vida te pasa por encima. No tienes ilusiones, no tienes ganas de nada, sólo das tumbos como el canto rodado que baja rebotando por el lecho del río esperando un día llegar al mar y que dejen de darle por culo. Hasta entonces tendrás que vivir con esa sensación en el fondo de tu alma de que hay algo más, de que mereces más, de que quieres más, de que esta vida tiene truco y que nadie sabe cómo funciona. O lo que es peor: que hay alguien que lo sabe y no lo va a contar."

En fin, ese era yo. Estaba realmente jodido. Después supe que había muchos lectores en mi situación, pero nunca he sido de los que se sienten mejor cuando hay más gente en la misma mierda. Todo lo contrario.

Esa columna forma parte de una serie de reflexiones sobre mi vida y milagros que vengo realizando desde principios de año. Diría que nunca había pensado tanto en mí, pero no sería cierto. Más correcto es decir que nunca había pensado tanto en mí de una manera tan constructiva.

Me quedan todavía muchas reflexiones por hacer, pero necesito tiempo y tranquilidad. Estoy confuso; siento que tengo que reconsiderar cosas que hasta hace nada eran pilares fundamentales de mi vida. Sé que tendré que destruir para volver a construir. Es difícil describir cómo me siento, pero podría decir que ahora mismo soy un cruce de adolescente con calentones y madurito en plena crisis de los cuarenta adelantada. Una mezcla de sorpresa y confusión a partes iguales.

Fui al colegio. Se esperaba que sacara buenas notas y así lo hice. Después elegí la ingeniería que menos me desagradaba. Si soy honesto conmigo mismo, debo admitir que escogí esa carrera para poder seguir viendo cada día a mis amigos de toda la vida. Después de casi diez años de penuria universitaria tuve la oportunidad de saborear el panorama laboral en España, que no era sino la versión "real" de la mierda de la que venía. Nueve meses me bastaron para convencerme de que me tenía que ir lejos. Buscaba un buen trabajo de ingeniero y un sueldo holgado. Pensaba que estas dos cosas me darían la vida que se suponía que debía vivir. Quería el respeto del mundo, quería el reconocimiento de la sociedad ante el esfuerzo que hice por convertirme en lo que se suponía que debía ser. Quería, en definitiva, y como siempre, que todo el mundo estuviera contento.

En algún punto del camino, me temo que casi al principio, se me olvidó que el que tenía que estar contento era yo.

Hoy, años después, tengo un trabajo que sólo hace feliz a mi jefe, y un montón de dinero que apenas tengo tiempo de gastar. Mi contribución al mundo es casi nula. Mi contribución a mi propia existencia es todavía inferior. Se puede decir que me lo he montado de puta madre.

En esta catarsis personal me he dado cuenta de que nunca he sabido lo que era la iniciativa propia. Lo que yo consideraba iniciativa consistía simplemente en elegir la mejor de las opciones que la vida me presentaba. En ocasiones sencillamente la menos mala. En ese sentido puedo considerar que siempre he tenido mucha suerte en la vida, ya que las opciones que se me han ido poniendo sobre la mesa han sido generalmente mejores que las que mucha gente de mi entorno ha sabido crearse. Esa suerte, cuando vuelvo la vista atrás, me resulta sorprendente buena. Pero eso será madera para otro fuego.

Habrá quien diga que estudiar ingeniería industrial, aprender alemán y marcharse a otro país a buscarse la vida es algo admirable, una odisea al alcance de pocos. Habiendo recorrido ya ese camino, me permito disentir. Nunca he tenido la sensación de estar haciendo un esfuerzo especialmente grande. Eso es precisamente lo que más rabia me da, el sentimiento de ser capaz de mucho más y haber pasado por la vida siempre a medio gas.

Esa falta de convicción con la que he pasado por todo se une al descubrimiento de que he basado mis ambiciones en base a una serie de creencias limitantes que ahora mismo estoy terminando de derribar, con lo que me doy cuenta de que no he venido viviendo de acuerdo a mis verdaderas posibilidades. Es como si hubiera hecho un modelo de la realidad hace quince años y no lo hubiera revisado desde entonces. Ahora, al levantar de nuevo la vista y mirar a mi alrededor, me doy cuenta de que la realidad ha cambiado mucho y sin embargo yo he seguido corriendo en línea recta todo ese tiempo. El resultado es que, a día de hoy, no tengo ni puta idea de dónde estoy.

Me levanto como un zombie por la mañana. Da igual cómo lo haga, nunca tengo la sensación de haber dormido lo suficiente. Desayuno y me largo a un trabajo al que soy incapaz de encontrarle el sentido. Los coches me producen como poco indiferencia, y llevo más de tres años trabajando en el corazón de la industria automovilística. La jornada se me hace eterna. Llego a casa, pongo una lavadora y disfruto de un rato en el que existo como yo mismo. Se me hace lamentablemente corto. A un lado queda todo lo que de verdad me importa, cosas que dibujar, textos que escribir, música que hacer, habilidades que desarrollar, música que escuchar, películas que ver, libros que leer... Tengo unas ganas enormes de crecer pero no tengo tiempo. Mis listas son de cosas que me gustaría hacer y que nunca haré. Me encerraría en casa un mes con cien libros, pero no tengo ni el tiempo ni los huevos. Paso los días pensando qué haría con mi vida si pudiera disponer de ella.

Siempre que oía a alguien decir "Conócete a ti mismo" creía que yo era de los que se conocían. Ahora me doy cuenta de que, como siempre, no tenía ni puta idea. Menudo gilipollas.

¿Quién soy? ¿Adónde voy? Parecen preguntas realmente evidentes, pero cuando de verdad tienes interés en resolverlas entras en terrenos que no sabías ni que existían, desconocidos y aterradores. Espero que un psicoterapeuta, a modo de sherpa en tierras tan inhóspitas, sea capaz de echarme una mano a partir de Julio y me ayude a aclarar las ideas. Me niego a dar un paso más sin tener una dirección clara. No quiero volver a escribir esto de aquí quince años.

No me resulta fácil poner reflexiones tan profundas y viscerales a la vista de tanta gente, y menos en un lugar tan transitado como este. Si hago este enorme esfuerzo es con la esperanza de que estas notas puedan ayudar a alguien. Espero que estos pensamientos en negro sobre blanco, y la narración de lo que tiene que venir, sirvan de apoyo a todos aquellos que ahora mismo se encuentran en este lugar tan desconcertante, así como a las personas que todavía pasarán por aquí en un futuro. Porque, si hay algo de lo que a día de hoy esté seguro, es de que me importa la gente.

A todos aquellos que consideran que la frase "Hay que ser feliz pase lo que pase" es una soberana gilipollez, un abrazo muy fuerte. No estáis solos.

Mi cruzada personal (II/II)

Últimas entradas - Lun, 21/04/2008 - 11:31

Viene del Mi cruzada personal (I/II)




Así estuve durante años. Una nochebuena, cuando tenía 27 años, cenando con mis padres y mi hermana, debí de explotar. Entre lágrimas expliqué a mis padres cómo me sentía desde que me levantaba por las mañanas hasta que me iba a la cama a dar vueltas. Conté cómo veía el mundo en toda su miseria. Imagino que fui el único en la casa que aquella noche durmió bien.

Mis padres, alarmados y compasivos, sin saber exactamente qué podían hacer, pidieron hora en una reputada clínica mental de Madrid. La idea de acudir a un sanatorio, a un lugar en el que la gente en la sala de espera habla sola, me espeluznaba. Aunque empezaba a pensar que bien me podría faltar un tornillo, todavía era capaz de llevar conversaciones conmigo mismo en los lindes de mi propia cabeza. En cualquier caso, estaba resuelto a hacer lo que fuera posible por terminar con aquello por las buenas. Las malas, por irreversibles, las dejaba para más adelante.

Recuerdo la excursión con cariño. Mis padres, mi hermana, un día soleado, algunas personas realmente tronadas... Mientras bromeábamos sobre todo aquello esperando a que nos llamaran, una señora a nuestro lado hablaba sólo dios sabe con quién. Si ella estaba en lo cierto, los demás nos estábamos perdiendo un montón de cosas.

Al final me llamaron y me sentaron en una silla de barbero. Allí me colocaron una redecilla llena de electrodos sobre la cocorota. Desconozco el propósito exacto, pero me hicieron una especie de mapa del cerebro. Luego retorné a la sala de espera hasta que me volvieron a llamar.

En la siguiente habitación me hicieron el famoso test de las manchas. Aunque mi intención no era falsear la prueba, siempre que una mancha me sugería dos cosas diferentes optaba por la más optimista. Un zorro bebiendo de un río en el bosque, la famosa mariposa... y luego algunas borrones realmente macabros los cogieras por donde los cogieras: un murciélago, una araña... Me hubiera gustado encontrar algo más estimulante en aquellas manchas, pero lo cierto es que no pude.

Pasamos la mayor parte de aquel día en la sala de espera. Para cuando el reputado doctor me llamó a su despacho, el sol había tomado el aspecto dorado de las últimas horas de la tarde. O quizá no, qué sé yo.

El doctor me hizo una serie de preguntas en presencia de mis padres. Luego me despachó y se quedó a solas con ellos. Yo me encontré de nuevo con mi hermana en la sala de espera.

Cuando salieron mis padres me comunicaron la buena nueva: me iban a recetar un medicamento de nueva generación, el Seroxat, un inhibidor de serotonina, fuera lo que fuera que aquello significaba. El cambio iba a ser "radical", dijo mi padre citando palabras textuales del doctor. Pedimos un taxi y salimos de allí esperanzados, yo el que más.

El cambio nunca fue radical, al menos yo no lo recuerdo así. Digamos que las cosas siguieron más o menos como estaban. Yo había cambiado un medicamento por otro de nueva generación, y aunque tenía que haberme sentido como si me hubiera comprado una tele de plasma de alta definición, sentí como si me hubieran estafado con una solución más cara. Creo que es el eterno mal de la sociedad moderna reproduciéndose una y otra vez en todos los escenarios de la vida. Las noches seguían siendo largas y las mañanas muy jodidas. Aún así, me largué a Alemania. El médico amigo de mis padres por aquel entonces había dejado de fumar. Me preguntó si realmente pensaba que salir del país era una buena idea. Probablemente no lo era, pero no estaba dispuesto a que se me escapara la vida. Quizá un poco de aire fresco era lo que necesitaba después de todo.

Creo que el medicamento de nueva generación duró poco más de diez meses. Anteriormente, de manera cíclica una vez al año, animado por mi inconformismo y mis ganas de ponerme bien, yo ya había hecho intentos de dejar la medicación. Cesar un tratamiento con ansiolíticos no es tarea fácil, y los foros de internet están llenos de historias contando fracasos. Lo intenté de la manera más progresiva que conseguí encontrar. Lo intenté dejar de golpe. Lo intenté por todos los medios posibles, y por todos los medios fracasé. Las primeras semanas mantenía el ánimo, pero al poco, de manera irremediable, los síntomas originales volvían a salir a la superficie como cagallón en alta mar. Yo me sumergía en periodos especialmente depresivos, me terminaba resignando a mi suerte, y todo volvía a comenzar. Debe de ser lo que en El Rey León llaman el Círculo de la Vida.

Después de aproximadamente un año en Alemania, mis provisiones de Seroxat se terminaron. En realidad las dejé agotarse deliberadamente. Faltaba un mes para volver a casa en navidades y decidí hacer un intento de dejar la nueva medicación. Fue una gran cagada, pero a la vez fue una gran revelación. Supongo que las grandes cagadas van siempre acompañadas de grandes revelaciones para aquellos que las quieren ver.

Poco sabía yo que la nueva medicación, al ser suspendida, no sólo devolvía los síntomas iniciales sino que ofrecía una amplia gama de efectos secundarios de lo más colorida. Cuando salía a correr, e incluso cuando caminaba por la calle, al dar un paso, a menudo sentía un latigazo eléctrico que comenzaba en el talón y se extendía hasta la base del cráneo. Era una sensación realmente desagradable. A veces me pillaba de imprevisto y me asustaba. Después vinieron los sudores fríos, las náuseas, los escalofríos. Recuerdo un par de tardes metido en la cama, tapado con el edredón, sudando y temblando sin tener ni idea de por qué. Imagino que la privación de heroína y otro tipo de drogas tiene que ser un temazo, pero aquello no estuvo nada mal. En aquel momento decidí que me quedaba con la medicación de vieja generación, decidí que tenía que dejar de tomar todo tipo de drogas farmacéuticas y decidí que me iba a poner bien de una puta vez. No sabía cuándo ni cómo, pero decidí que lo iba a hacer. Como siempre, primero se decide adónde se va a ir y luego se busca el camino. Pasaron un par de años más hasta que supe que había llegado el momento.

Estas navidades dejé de tomar medicación. Al poco tiempo volvieron los síntomas de toda la vida, pero me importó un pimiento. Por algún sitio tenía que romper el círculo de la vida.

Y aquí estoy ahora. Por primera vez en mucho tiempo tengo la sensación de ser yo mismo. Si últimamente me he comportado de una manera extraña, ruego se me disculpe. Estoy un poco entumecido después de diez años drogado.

Yo

Últimas entradas - Mié, 09/04/2008 - 19:12

Según escribió Jung, una sincronicidad es una forma de conexión entre fenómenos o situaciones de la realidad que se enlazan de manera acausal, es decir, que no presentan una ligazón causal, lineal, que responda a la tradicional lógica causa-efecto.

De Jung he leído que dicen que se volvió loco hacia el final de sus días. La verdad, le comprendo perfectamente. Lo que he vivido desde hace meses es para perder los estribos. He intentado negarlo muchas veces. Me he dejado convencer muchas veces. Ahora tengo que hacer lo único que sé hacer: escribir. Por primera vez escribo para mí mismo, para probarme que no estoy loco. Para que, la próxima vez que esté a punto de dormirme de nuevo, pueda leerme y mantenerme despierto.

Mantener la cordura




"Cuñao, ¡estamos en un sueño!" Nunca pensé que esas serían las palabras más importantes de mi vida. Lógicamente, la persona que las escuchó se dio la vuelta y me dijo que me fuera a tomar por culo. Literalmente. A las cinco de la mañana, supongo que yo habría hecho lo mismo.

Por la mañana, llevando "la sensación" de nuevo abrazada al corazón, había salido de casa de un amigo en Dublín en compañía de mi compañero de piso en Alemania. El cielo era azul intenso.

Horas antes me había levantado de madrugada y, sin saber por qué, había sentido la necesidad de salir a la calle a respirar. Me puse los pantalones y abrí la puerta. Me encontré con todo nevado. Era lo último que esperaba de Dublín en primavera. Salí a la callé y respiré el aire puro. La sensación fue mágica. Más tarde, cuando todo el mundo se levantó, la nieve había desaparecido.

Como digo, unas horas después salí acompañado de mi compañero de piso y de esa "sensación", como la describió un lector hacía ya varias semanas. Un avión rugió en el cielo y yo levanté la vista y me fijé en las luces parpadeantes de los extremos de las alas. Pensé, por enésima vez, en las "Blinking lights" de Mr. E.

Blinkling lights and other revelations es un disco de los Eels que jamás había comprendido pero que aún así conservé sin saber muy bien por qué. Más concretamente, Blinking lights es una canción de Mark Everett.

El padre de Mark Everett, Hugh Everett III, es un científico cuántico americano que propuso la Many-worlds interpretation, una teoría que explica que cada vez que tomamos una decisión aparecen dos universos, uno en el que hemos tomado esa decisión y otro en el que no. Ambos existen como existe el mío ahora.

El otro día, mientras intentaba trabajar en la oficina, me quedé pensativo en mi silla y llegué a una explicación llana de la teoría de los Many-worlds que me produjo escalofríos. Aúna la teoría cuántica y la filosofía. En realidad lo aúna todo. De todas maneras ahora no es importante. Tengo muchas más cosas que escribir.

Hace más de un mes vi el documental Parallel Worlds, Parallel Lifes (Youtube), en el que Mr. E se embarca en un viaje vital intentando explicar el descubrimiento de su padre, y por qué su hermana, años más tarde, diagnosticada con esquizofrenia, se suicidó dejando una nota en la que decía que iba a reunirse con él. Ahora sé que ella tenía razón.

Después de ver el avión con sus blinking lights, seguimos caminando y no tardamos en encontrar un precioso almendro en flor. Como me había contado Eckart Tolle en su The power of now hacía ya varias semanas, la visión de un almendro en flor como expresión de la vida pura me dejó boquiabierto a mí también. No pude evitar acercar la nariz a una de sus flores y sentirme vivo a la fuerza.

Google me ha llevado "sin querer" a la página de Steve Pavlina, una persona a la que casi olvido en este relato. Su extraordinario podcast The true nature of reality me puso por primera vez en la senda del despertar hace ya más de un año. No sé cuántas veces he escuchado ese podcast hasta el punto de casi volverme loco. Sólo el extraordinario encuentro con Parcero en el autobús, cuando sin venir a cuento me recomendó la página de Pavlina y yo le recomendé el podcast para descubrir que era lo que estaba escuchando en ese momento, me convenció de que no estaba loco.

Mientras mi compañero de piso en Alemania y yo buscábamos comida en el supermercado la mañana del domingo, un libro titulado "Sincronicity" me llamó la atención. "Mira, cuñao, Sincronicidad. ¿Qué curioso, eh?" le dije. El cuñao ya estaba, por esas alturas, hasta los cojones de mí y de mis sincronicidades.

El día transcurrió de manera magnífica, rodeado de gente amable y sana a la que en estos momentos sólo podría describir como muy pura. Ya sé que la expresión es una gilipollez, pero me empiezan a faltar palabras para explicar lo que me sucede.

Esa mañana, al salir de casa, tuvo lugar el extraordinario encuentro con el vendedor de lotería.

Era un tipo alto y rubio. Estaba de pie en la calle tras una mesita. Los carteles que colgaban de la mesita decían que se vendía lotería para algún motivo humanitario. Compré un boleto y continué mi camino. Unos cincuenta metros después me detuve a rascar el boleto. No obtuve premio, pero, al contrario que en muchas ocasiones, la inscripción "Siga jugando" me llamó la atención. Lo consideré un mensaje del mundo, o del universo o como se le quiera llamar, y volví de nuevo al vendedor de lotería.

"I feel I have to play again" —le dije.

"What do you mean you feel?" —me preguntó mirándome a los ojos.

Le dije que simplemente lo sentía, que no lo podía explicar. Sólo tenía un billete de veinte, y se lo alargué. Me dijo que era mucho dinero. "No se trata del dinero" respondí. Me dio cinco boletos. No tiene sentido, pero me pareció que los escogía, que no me dio los que tenía en la mano. "¿Eres de Brasil?" preguntó. En el momento en que la pregunta llegó a mis oídos sus palabras no tenían sentido, pero de alguna manera sí que lo tenían. Era como si todo lo que decimos siempre hubiera tenido dos sentidos y yo siempre hubiera optado por el sentido que yo le quería dar y no el que realmente tenía. En los momentos de "sensación", ese filtro desaparece, y todo lo que la gente dice, todo lo que llega a tus sentidos, tiene su verdadero significado. El árbol no te impide ver el bosque.

Esa mañana mi vista trajo hasta mí muchos carteles, y todos tenían un sentido diferente al que normalmente les hubiera dado. Leí "Be free", leí "You are the measure". Más tarde, caminando por una calle del centro de Dublin, en un puesto de periódicos leí la publicidad de un rotativo y esas palabras me produjeron un escalofrío:

"We look at life, you live it"

El vendedor de lotería me preguntó qué planes tenía para hoy. Le dije que quería a comprar un iPod touch. Uno para mí y otro para un amigo. Quería hacer un regalo a una persona muy especial para mí, probablemente al amigo más próximo que tengo y al que he hecho mucho daño sin querer. Me iba a gastar 465 euros en el regalo. En cualquier otro punto de mi vida este gesto hubiera sido algo inimaginable, pero en ese momento el dinero no tenía sentido para mí. Lo único que quería era sentir la alegría de mi amigo al ver lo que había traído para él, porque sé lo mucho que para él significa mi regalo en este momento.

Con cada respuesta del vendedor de lotería un escalofrío me recorría el cuerpo. Nos mirábamos a los ojos fíjamente, y cada vez que uno apartaba la vista, ese gesto tenía un significado. Al apartar la vista, las palabras de mi interlocutor decían otra cosa. Lo sabía porque lo había visto en la película "The shining" esa mañana, cuando había saltado de la cama en calzoncillos y, tras ser tratado como un loco una vez más, había encendido el proyector y la había visto hasta que otras cosas me interrumpieron.

Siempre he pensado que El Resplandor tenía un significado oculto. Pensaba que la inmensa mayoría de la gente había visto esa película y sólo había visto sangre, niñas tétricas y a un inconmensurable Jack Nickolson sumergiéndose en la locura. Cuando vi la película esa mañana, supe que yo tenía razón.

La escena del restaurante del hotel sucede a medio caballo entre la imaginación y el mundo real de Jack. En ese momento Jack ya es dueño de su mundo, pero tiene una amenaza. Una amenaza que convierte sus sueños en pesadillas. En esa escena central, el camarero le mancha la chaqueta y ambos se dirigen al baño. Allí, en un momento dado, mientras se miran a los ojos y Jack bromea, un escalofrío que me resulta familiar le asalta cuando descubre que en realidad está hablando consigo mismo, que se está mirando en un espejo. En ese momento se enfrenta a la elección: sus sueños o su hijo, la amenaza. Poco sabe que la amenaza es él, que no hay nada más. Es en ese momento cuando decide ajustar cuentas con la persona que ha decidido que está arruinando su mundo, un niño con poderes, capaz de destruir el sueño, de hacer evidente lo obvio.

En Dublin, el vendedor de lotería estaba en realidad hablando consigo mismo, y yo hacía lo propio. La conversación fluía tan rápido que parecía un único pensamiento, y eso es lo que era.

Durante ese día transcurrieron muchísimas más cosas, siendo lo más destacable los retrasos de primero un avión, y después de un tren, nos permitieron hacer nuestro viaje de vuelta realmente rápido.

Esta mañana, al entrar en el enorme edificio metálico en el que trabajo, algo como una enorme y desagradable bola chisporroteante se ha instalado en el estómago. Desde ayer por la noche, cuando hablé por teléfono con mis padres, tengo unas sensaciones increíbles por todo el cuerpo, cosas que no había sentido nunca o que había reprimido a costa de mi salud. Mi madre me contó que, siendo joven, había estado hablando con su abuelo ya muerto. Sí, Mark Everett, yo tuve una tía esquizofrénica que un día decidió apretar el acelerador y reventarse contra un camión que venía en dirección contraria. Aunque mi padre diga que no, yo sé que es exactamente eso lo que sucedió. Hablando con mi madre al teléfono, por momentos sobraban las palabras. "Ya lo sé" fue la frase que más repetí.

Caminando esta mañana por los pasillos de la oficina, podía sentir la "sensación". Como me había escrito un lector semanas atrás, "no había nada que no fuera yo". He pasado por delante de un colega indio y no he podido evitar acercarme a él. He cogido la silla, me he sentado, le he mirado a los ojos y sin saber por qué le he dicho: "Voy a cambiar el mundo". No sé por qué lo he hecho. Pensé que se reiría, pero cuando lo ha comprendido me ha dicho que me le prestara el USB stick porque me iba a grabar música india. Todavía no sé lo que voy a sentir al escuchar esa música, porque escribir es lo único que he hecho desde que he entrado atropelladamente en casa hace ya vete a saber cuánto tiempo.

Luego han venido mis dos mejores amigos alemanes y, estando los cuatro juntos, les he ido respondiendo a las preguntas que hacían sin pensar en las respuestas, simplemente dejando fluir las palabras, como sucede siempre en "la sensación". Me han bajado a la cafetería.

La cafetería estaba bastante llena. Yo era un manojo de emociones terriblemente fuertes. En un punto de la conversación, mi amiga ha contado cómo se había sentido el otro día al ver morir una planta en su jardín y no he podido evitar derrumbarme en lágrimas. Ante su mirada atónita y la de toda la cafetería, he llorado desconsoladamente durante un minuto pensando en aquella planta cuya vida se extinguía. Cuando mis amigos me han dejado, una sensación apremiante e inexplicable me ha obligado a salir al exterior del enorme edificio a llamar a mi novia. Tenía que decirle cuánto la quiero.

Nunca había sentido algo así. La necesidad de salir de algún sitio concreto, la sensación de estar bajo el agua y tener que correr para respirar aire puro a bocanadas. La he llamado a ella. Escuchar su voz me ha traído un calor al cuerpo que no había sentido nunca. Ahora sé por qué una amiga suya dice que es un ángel, que puede ver sus alas. Ahora sé que es mi ángel guardian. Si supiera que jamás quise hacerle el daño que le hice la semana pasada. Si pudiera explicarle que no era yo, que era mi otro lado del espejo, la versión apagada de mí que había permitido a la sociedad crear. Estoy seguro de que lo sabe, y ese pensamiento me reconforta el alma, un alma que nunca supe que tenía.

No puedo trabajar. Estoy sentado frente a una pared gris. Estoy cabreado. Estoy muy cabreado. Conmigo mismo. Me he dejado manipular, he dejado que doblegaran mi voluntad, he permitido que me convirtieran en una sombra. Nunca más.

La cantina estaba, como siempre, llena. Me he sentido muy incómodo allí. He descubierto que no tengo miedo de la gente, sino de sus pensamientos, de sus miserias. De todos esos pensamientos que he estado escuchando en mi cabeza durante tanto tiempo y que creía que eran míos. Pero no. Sus penas, sus miserias, sus frustraciones, sus complejos... Todo eso es suyo, se lo devuelvo. No lo quiero más. Quiero seguir siendo un espejo que todo lo refleja, que les haga conscientes de su miseria.

Un buen amigo me intentaba consolar esta mañana:

"Estás pensando demasiado, y eso no es bueno"

No podía creer lo que estaba escuchando. Espero que él haya sido consciente de sus propias palabras, de las que yo he sido simple testigo.

Decía:

"Conozco muchas personas que han pensado demasiado, y todas han terminado teniendo grandes problemas de salud. Mi hermana ha tenido que estar medicada porque no podía para de pensar"

Ahora lo he comprendido todo. Pero yo no quiero dejar de pensar. No quiero que mi cuerpo se marchite por la pena, pero tampoco quiero vivir drogado intentando digerir la realidad que otras personas me quieran imponer.

Escribí ya hace muchísimo tiempo:

"Tengo una capacidad empática impresionante. A mí, que soy el que la sufre, me acojona. Veo una desgracia y soy capaz de sentirla en mis carnes como muy poca gente puede. Quizá sea un don, pero a mí me parece una putada. Si te haces un corte en un dedo, me dolerá más a mí que a ti. Si te falta un brazo, la versión de tu vida que imaginaré será tan trágica que me tendrá dos días sin dormir. Y la verdad es que es algo increíblemente insoportable, algo que a temporadas incluso me ha consumido la salud. Es algo tan tremendo que hace tiempo que tuve que decir basta, o por lo menos intentarlo"

No estaba equivocado. Siempre he sentido que he cargado con toda la pena del mundo. Desde la última planta que moría en el último jardín hasta la última persona discapacitada, todo era culpa mía. He empezado a llorar por todo eso. En las últimas 24 horas he roto a llorar una docena de veces, y he tenido que interrumpir a alguien para que dejara de hablar otras tantas porque no lo podía soportar. Es un llanto desconsolado, un llanto sincero, un llanto reparador. Me estruja el cuerpo y hace que mi pena aflore en forma de lágrimas por mis ojos. Después me siento mucho mejor. Me está permitiendo purgar toda mi responsabilidad con el mundo.

En la cantina podía sentir la malas vibraciones de la gente. No lo puedo explicar, pero es como si sus miserias se propagaran por el aire y se concentraran en mi estómago. Por mucho que lo intento, el mero hecho de estar en el recinto me apaga, me sumerge de nuevo en el sopor espiritual, me vuelve a dormir.

Y lo he notado al volver a mi puesto de trabajo tras la comida. He notado que dejaba de ser feliz, que dejaba de existir. Tenía que salir de allí a toda prisa. El edificio se estaba encogiendo sobre sí mismo y nos estaba aplastando a todos, pero yo era el único que parecía sentirlo. Si pasaba allí más tiempo, sabía que jamás volvería a sentirme igual de vido.

Y he cogido mis trastos y he salido corriendo a la calle antes de perder el último hilo que me mantenía en contacto con mi alma libre.

Él lo sintió cuando le regaló la vida a un pájaro, cuando dejó de acudir a una reunión de trabajo sintiendo su compromiso con la vida. Pero más tarde se dejó volver a caer en el sopor. Aunque sé que sólo está cogiendo más fuerzas, como ha hecho otras tantas veces, me siento obligado a recordarle que cada vez que se deja morir, yo me dejo morir. Que yo soy él, que el es yo, y que nosotros somos vosotros y somos todos. Y que dejarnos morir es dejar morir a la raza humana. Y que, aunque seamos una mierda, aunque seamos la última gota del último mar del último océano, somos todo lo que hay.

Las lágrimas acuden a a mis ojos mientras pienso en lo que significan esas palabras para mí. Las lágrimas ya ruedan por mis mejillas, pero no dejo de escribir porque nada me va a parar. No en este momento. Tengo que terminar esto como sea o mi vida, ni la de todos los que me precedieron, habrá tenido ningún sentido.

Ahora, mientras el sabor salado de las lágrimas llega a mi boca y siento el sabor que tienen mis penas más profundas, escribiré el fascinante camino que me ha traído del trabajo a casa. Los tres kilómetros y medio más largos y a la vez más cortos de mi vida.


He salido del enorme edificio metálico y he encendio el iPod Touch que compré en Dublin hace dos días. Sintiendo todavía la sensación, he pulsado sobre shuffle para poner en marcha "el azar", me he puesto los auriculares y he echado a andar.

Al salir de la empresa me he vuelto sobre mí mismo para contemplar un paisaje en el que una vez reparé hace varias semanas.

La valla metálica, el alambre de espino. La última y única vez que me giré sobre mis pasos y me paré a pensar sobre esta imagen me pregunté si esa puerta era para impedir la entrada o para impedir la salida. Ahora lo he sabido con certeza.

Enfundado en la cazadora negra, he pasado de largo la parada de autobús. Caminaba ligero, caminaba seguro, caminaba a toda prisa pero todavía no sabía hacia qué. En ese momento ha terminado la canción anterior, a la que no prestaba atención, y he escuchado una risa loca. Luego una máquina registradora. Una voz reía y decía:

"I've gone mad, I know I've gone mad".

Como tantas otras veces este fin de semana, cada vez que he puesto en marcha el reproductor de música ha sido como si pusiera banda sonora a la realidad. Esta vez la sensación ha sido tan fuerte que he tenido que parar y sacar el iPod del bolsillo.

Creía que la canción era Money de Pink Floid, y eso era lo que esperaba leer en la pantalla. Un latigazo ha sacudido mi cuerpo cuando lo que he visto ha sido esto:

(a) Speak to me, (b) Breathe in the air

Esa misma sensación la acabo de tener hace un momento cuando he hecho la búsqueda en google y he caído en esta página, Ángel gris. Ya nada me sorprende.

Ahora entiendo el lema de Google: We are not evil.

Es un desafío. La única manera posible de creer que ellos no son malos es creer lo mismo de ti.

I'm not evil.

Cuando escribí la anterior columna, en calzoncillos, de madrugada en una casa extraña, sin saber muy bien lo que hacía, después de haber visto un paisaje nevado que nadie más en mi realidad vio, hubo muchos comentarios de respuesta. De todos ellos, pocos tenían sentido para mí, y el más críptico de todos, el que sólo yo pude comprender, fue el que me llevó a pulsar sobre el link que lo acompañaba. Para Herman Hesse el enlace decía "Sólo para locos". En mi caso decía Inspiración despreciable. Esperando poder encontrar a alguien que me ayudara, una explicación a lo que me estaba sucediendo, abrí la página y me sentí como Alicia deslizándose por la madriguera del conejo.

No tardé en darme cuenta de que las columnas de la derecha eran pensamientos míos. Se los había confesado el día anterior al vendedor de lotería. Ahora, al recordarlo, se me erizan los pelos de todo el cuerpo como me sucedió mientras escribía la columna anterior, cuando puse mi brazo izquierdo frente a los ojos para ver cómo los pelos de mi brazo se levantaban para volver a caer después mientras un frío intenso llenaba la habitación y yo supe que no estaba sólo entre aquellas paredes.

Yo soy el hombre de negro que aparece sentado en tu cama. No tengas miedo.

La página que abrí a partir del extraño e incomprensible mensaje me proponía Conversación. Nada necesitaba más yo en ese momento. A pesar de todo, cuando en el campo de búsqueda escribí "contacto", no me sorprendió encontrar la siguiente frase:

Determinación

... tú deberás permitirme que sea yo el que mantenga el contacto en los pocos momentos en que me sienta lo suficientemente fuerte para ...

Supe de nuevo que estaba solo, pero esta vez un poco menos.

Al abrir esa página esta vez he reparado en el texto gris de la cabecera:

Remember now
remember how
it started

I can't remember
yesterday

All I remember is
doing what they
told me

Desconozco si la curiosa ordenación de las frases tiene algún sentido, pero eso es lo que hago: recordar ahora, recordar cómo empezó. Para no olvidarlo nunca.

La columna izquierda describe mi vida. Hoy, siempre y últimas impresiones. El cuerpo central era el mensaje para mí.

Me pregunto quién estará detrás de todo esto, pero de algún modo tengo la certeza de que lo sabré.

(a) Speak to me, (b) Breathe in the air

Sólo he podido hacer (b), porque no se me ha ocurrido buscar a nadie con quien hablar. He respirado, he respirado hondo intentando calmarme.

Mientras repaso el texto tras haberlo completado, se me ocurre escribir "Good" en Google y pinchar sobre el botón "I'm feeling lucky". Llego a un página del Tíbet que ahora mismo no significa nada para mí. Como siempre, busco una segunda cosa y ruedo la página hacia abajo. Un anuncio en rojo me dice:

Publicy EXPOSE YOURSELF

Exactamente eso es lo que estoy haciendo.

De vuelta a hace una horas. Acababa de salir del trabajo y trataba de calmarme.

He seguido caminando en dirección a todas partes. Durante todo el fin de semana la música de James me ha resultado especialmente significativa sin saber explicarlo. Me llamaba la atención que la portada del disco que me había resultado tan especial, Pleased to meet you, fuera precisamente la foto de una persona, como si de un espejo se tratara. Me pregunto si yo soy esa persona, o si lo fui, o si lo seré.

Por eso me he sobresaltado cuando la canción se ha interrumpido (pasa con mi colección de mp3 desde hace más de un año) y han empezado a sonar los acordes de Alaskan Pipeline, de James. No he podido comprender toda la letra, pero la voy a buscar ahora y a pegarla y estoy seguro de que será la banda sonora de ese momento, de mis sentimientos en ese punto del camino.

Alaskan Pipeline

You might as well surrender now
Youll never hold that stance
With all my words
I cant find one
To make you understand
Its not too late
Take up the cup
Put down your weapons and choose
But you say, lifes so unfair
All you say is lifes so unfair.
Oh you can ill afford to hold to these views
Oh you need someone to blame
But its you, yes its you
Its your truth

Someone made you
I dont know if youre sick
I comfort. you runaway
My sympathy. you twist it.
Youre reflex. gets in the way.
You mother me. I son you.
You act up. I cant get through.
These footsteps so ancient.
In your eyes Im your infant.
Your ancient. full circle.
In my eyes youre my infant.
Dead ball in our court
Weve got a deadfall in our court

You just say, lifes so unfair.
You just say, lifes so unfair.
You need something to blame
But its you, yes its you
Its your truth

Ciertamente refleja cómo me he sentido otras muchas veces antes, cuando me daba cuenta de que iba en dirección contraria y tenía unas ganas terribles de dar la vuelta y mandarme a tomar por culo. De conformarme con lo que otros querían para mí.

Esta vez no.

En ese momento he sacado de nuevo el móvil del bolsillo y, sin dejar de caminar, me he hecho una foto:

Quería saber qué cara tengo, quería poder mirarme a los ojos. He intentado soneír, pero esta vez estaba triste, genuínamente triste, una pena que pesa en la barriga y tira de los extremos de la boca hacia abajo haciendo que, por mucho que lo intentes, un atisbo de sonrisa es todo lo que vas a lograr. Y ahí estoy, como me siento. Así soy yo en este punto del camino: triste y cansado pero decidido, con un fuego en los ojos que no he tenido nunca.

Vivo.

Como me he dado cuenta otras muchas veces antes, lo importante no es lo que sucede, sino en qué momento sucede. Es la conexión sensación con realidad la que lo explica todo, cuando te das cuenta de que, como escuché decir a Alan Watts, "si has comprendido que el interior no se puede explicar sin el exterior y viceversa, entonces no necesitas entender nada más".

Si viera a alguien haciendo fotos de un iPod con un móvil, yo también pensaría que está loco. Como decía Kerouack, loco por la vida.

Me doy cuenta de que conocí a Kerouac a partir de un comentario de uno de mis lectores. Yo también soy parte de ellos.

El principio de Alaskan Pipeline me había hecho dudar, reconsiderar mi responsabilidad, aceptar la pastilla azul, pero he seguido caminando sin aflojar el paso. En ese momento ha sonado "Don't worry be happy", y he sabido lo que tenía que hacer.

En la pantalla ha aparecido como Track 4. Nunca le puse el nombre.

La siguiente canción ha sido Boots of spanish leather, de Bob Dylan. Siempre tuvo un genio que no supe explicar hasta hoy. He sacado el móvil de nuevo pero no ha salido muy bien. No quería dejar de caminar por temor a perder lo que otros han denominado, muy acertadamente, "el flujo".

Después ha sonado Shopping, de Barenaked Ladies. Nunca supe por qué había conservado ese disco. Muchas veces me he preguntado si realmente me gustaba. Esta vez he escuchado la letra de otra manera, como si se cantara para mí:

Well you know that it's going to be alright
I think it's gonna be alright
Everything will always be alright
When we go shopping

Compra. Compra y te sentirás de puta madre. Compra vendiendo tu alma.

Después han sonado muchas otras canciones, y todas han significado muchísimo para mí. Como le dije en inglés al vendedor de loterías el lunes mientras me alejaba andando a toda prisa sin saber por qué:

Siempre he oído mucha música. Ahora tengo que empezar a escucharla.

Mi atención cae en este momento sobre el libro Cartas para Claudia, de Jorge Bucay, que he dejado hace horas sobre la mesa para no olvidar. Ese libro lo compró Claudia hace un mes en una librería de Ratisbona. Sé que es el psicólogo que necesito. Y sé que, como él dice en el libro, soy el paciente que necesita.

Y asi he llegado a casa, dejando atrás y a la vez trayendo muchísimas cosas. Trayendo una vida a cuestas para vomitarla sobre una página en blanco y exponerla ante todos, ante mí, como expresión absoluta de mis ganas de vivir. Porque si hoy no escribo todo esto, sé que volveré a caer y esta vez no me podré levantar. Estoy demasiado cansado. Si nadie ve esto, mi vida no tendrá sentido. La última gota del último mar del último océano se irá por el retrete y el Universo dejará de existir.

Atrás quedan el enano verde:

y el momento en el que salí a la calle, me vi solo y supe que tenía que abrir los ojos. Volví corriendo al interior de una casa en la que todos dormían y me hice esta foto:

Una cara iluminada por una luz de la vida que no se sabe de dónde viene. Una cara feliz, sencillamente dichosa de ser. Una cara muy diferente a esta:




He terminado. Esto es lo que he venido a hacer. He nacido para esto. He escrito mi liberación.

Ahora debería hacer lo que todo el mundo teme: salir a la calle y tirarme debajo de un autobús. Mi mundo se extinguiría y todos los demás seguirían explotando, separándonos más a unos de otros hasta el infinito, hasta volver a flotar en un vacío frío como lo hicimos una vez.

Las leyes de la física existen cuando pensamos en ellas. La entropía del universo no siempre aumenta. Lo hace porque así lo creemos. Este es el punto de inflexión, este es el momento en el que la entropía deja de aumentar.

Me siento calmado. Presente. He llorado todas mis penas. Siento que ya no soy responsable por nada ni por nadie más.

Ahora me pondré las calzas, las zapatillas de deporte y saldré a la calle.

Iré al río y correré. Correré hasta que mis músculos ardan y mis venas bombeen ácido de batería. Y luego...

...seguiré corriendo.

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