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Te toca escribir

Últimas entradas - hace 14 horas 17 mins

Estaré unos días fuera. Mientras tanto, escribe lo que quieras.

Gracias.


Daos algo, hermanos.

Últimas entradas - Lun, 15/03/2010 - 13:54

Sólo me pongo traje cuando pido trabajo o cuando voy a una boda. Esta vez se trataba de una boda. En cuanto a trajes, sólo tengo dos. Uno es el que mis amigos llaman "De inaugurar pantanos". El otro tiene un corte algo más moderno, y ese fue el que me puse en esta ocasión. Después de todo, vivimos en tiempos modernos.

"¿Sólo tienes dos trajes?". Eso es lo que me dice la gente. Así, sorprendida; como si tuviera que tener una docena. Ni siquiera tengo una docena de calzoncillos. Sí, sólo tengo dos trajes y ya me parecen muchos, y allí estaba yo de pie entre los bancos de la iglesia como quien no inaugura un pantano.

La boda estaba pasando rápida. El lugar era bonito y, de acuerdo al folleto, en algún momento tocarían el cánon en D de Pachelbel. Me atusé la corbata y en eso llegaron una rubia y una morena y se pusieron en el banco de delante adopatando con premura el mismo aire solemne que teníamos todos.

La morena estaba buena. Tenía la piel fina, y cuando sonreía se le hacían en las comisuras de los labios unas arruguitas sensuales. El cura hizo un gesto con la mano y todos pudimos volver a reposar las nalgas sobre la madera. Por un momento quise convertirme en cierto banco de iglesia. Las termitas me comían por dentro. Empecé a maquinar, y me di cuenta de que hacía mucho tiempo que había dejado de sentir vergüenza por tener pensamientos impuros en un templo santo. Oiga, que Dios, como Hacienda, somos todos.

El cura continuó el espectáculo. Para alguien como yo que acude dos veces al mes a un club para aprender a hablar en público, cualquier tipo en sotana en acción es un ejemplo a modelar. Su voz sonaba potente y desde la barriga. Sus gestos eran contundentes. En cualquier momento las siete plagas caerían sobre nosotros, y eso que sólo se trataba de una boda. Quizá debía dejar mi club de hablar en público y empezar el seminario. Arrepentíos, oh pecadores, porque no sois competencia para mí.

Mientras pensaba todo esto, la voz del cura se fue aquietando y por fin una atmósfera calma se alzó sobre nuestras cabezas. "Daos la paz los unos a los otros" dijo él. Esta es la mía, dije yo.

—Javi, Javi... —me llamó una amiga tratando de captar mi atención.

—Espera —le contesté.

Alargué la mano hasta el banco de delante y le puse la mano en la cintura a la morena. Cuando se giró sorprendida, le dije:

—Hola, me llamo Javier —y le di dos besos—. Nos vemos luego.

Daos la paz. Daos la guerra. Da igual. Daos algo, hermanos.

Amén.


El comediante

Últimas entradas - Jue, 11/03/2010 - 20:10

Había quedado con mi padre para comer en el Asador Tapería.

—A las dos en punto allí —dijo mi progenitor—. Si no estoy fuera, estoy dentro.

Empujé la puerta exactamente a las dos en punto. La única que estaba allí era una chica alta de pelo largo y lacio que movía algún cacharro detrás de la barra. Di un par de pasos y dejé cerrarse la puerta tras de mí.

—¿Ha llegado ya mi padre? —le pregunté.

La chica se quedó de piedra.

—No... no conozco a tu padre —balbució casi como si ella tuviera la culpa.

—Entonces ponme una cerveza.

Últimamente estoy de un gracioso subido.



"Una vez de que te das cuenta del gigantesco chiste que es todo, lo único que cobra sentido es ser El comediante"

—Alan Moore


Nacer en otro lugar

Últimas entradas - Jue, 25/02/2010 - 14:38

Era de noche. Mi padre y yo estábamos tumbados el uno junto al otro en un sofá. En el otro sofá estaba mi madre. Yo llevaba un rato hablando con ellos. No recuerdo cuál era mi intención, pero estaba tratando de que mi padre se diera cuenta de algo.

A medida que los segundos transcurrían, empecé a impacientarme. Cada vez que le preguntaba, los ojos de mi padre acudían en busca de mi madre. Buscaban una respuesta, una explicación, una comprensión compartida. Yo seguía insistiendo, y la desesperación iba en aumento en mi interior.

Hasta tal punto llegó mi desesperación que tomé a mi padre con ambas manos del suéter, como tratando de hacerle reaccionar, tratando de hacer que me mirara y lo intentara una vez más. Necesitaba que se diera cuenta. Necesitaba que me comprendiera. Necesitaba que se hiciera la pregunta. Necesitaba que me tomara en serio.

Resbaló del sofá y cayó al suelo, y yo con él. Incluso allí, sobre la alfombra, cuando volví a hacerle la pregunta con una voz que probablemente se hubiera tornado amenazadora para él, incluso en aquellas circunstacias, se giró una vez más buscando la mirada de mi madre.

—¿Y ahora? ¿Estás despierto o no? —grité de nuevo.

Mi madre me miró a los ojos y dijo:

—Pero hijo...

En ese momento rompí a llorar. El sollozo sonó como la sirena de una ambulancia. Largo, prolongado. Agudo. Como el llanto de un recién nacido que ve la luz por primera vez. Sentí que fue así como lloré al nacer.

Su cara resplandeció. Sus ojos se abrieron como platos y su gesto adoptó una amplia sonrisa que me resultó familiar y desconocida a la vez. El tiempo se detuvo durante un momento. Después me abrazó y me habló. Su voz sonó reconfortante:

—Si la vida física no es para nada —dijo.

No sabía exactamente qué significaban aquellas palabras, pero en aquel momento fueron un bálsamo para mí. Sentí que había vuelto a nacer, y que esta vez podía estar tranquilo. Había sido liberado de algún tipo de peso. Esta vez podía respirar. Fue como si mi alma estallara de júbilo, como si alguien, en algún lugar, hubiera abierto una espita en mi ser y una parte de mí hubiera comenzado a fluir hacia otro sitio. Como si el recipiente que contuviera mi alma se me hubiera quedado pequeño y por fin alguien se hubiera dado cuenta y me hubiera permitido fluir hacia un lugar más espacioso. Sentía como si, en vida, estuviera naciendo en otro lugar.

Luego abrí los ojos. Había sido un sueño.

—————

El sueño es verdadero. Lo he tenido esta noche y me he levantado impactado. Me he sentado rápidamente a escribirlo tal y como aquí lo lees, antes de que los detalles comenzaran a difuminarse. Puedo asegurar que, antes de acostarme, no había comido ni peyote ni macarrones. Ahí queda eso, Freud.


Una cura para la gripe B

Últimas entradas - Mié, 24/02/2010 - 10:39

No sabía cuánto tiempo hacía desde que la incipiente Gripe B había golpeado por última vez. Le estaba cogiendo el truquillo a aquello. Un día la cajera del supermercado me diría "Toma el cambio y lárgate, que no te quiero volver a ver" y yo pondría una sonrisa, cogería las monedas y me largaría a casa silbando.

Regresaba con mi madre de su clase de PNL a la que acudo como observador. Caminábamos por la calle mientras ella me contaba lo último que le había hecho alguna de sus hermanas. Entonces oí una voz familiar:

—¡Jaaavi, Jaaaavi! —gritaba la voz.

Seguramente, en cuanto me girara, vería a una chica que me gritaría "¡Vete a tomar por el culo y no vuelvas nunca más!". Cuando me di la vuelta vi a Flor de loto. Me sorprendió. Quizá no quería que le llamara más pero sí que podíamos hablar si nos veíamos por la calle. Quizá la Gripe B tenía un carácter especial y sólo se contagiaba por teléfono.

Mi madre me dijo que nos veíamos otro día y se alejó al trote. Temí que se girara en el último momento y bramara "¡Pero no me llames más". Flor de loto y yo quedamos de pie sobre la acera.

—He ido a tu casa pero no estabas. Quería hablar contigo, pero había borrado tu teléfono.

Yo asentía sin dar crédito a lo que estaba pasando. Seguramente, durante la noche, mi consciencia se había desplazado a un mundo para lelos. Podía oír los crujidos de mi lógica tratando de abarcar la nueva situación.

—¿Tienes un momento para tomar una cerveza? —me preguntó.

Venía fundido de haber dormido muy poco y haberme pasado diez horas mirando gente, pero quería saber más sobre lo que estaba sucediendo.

—Sí, claro. Vamos... —contesté.

Flor de loto tiene una visión muy peculiar de la vida, influida por los estudios de budismo que cursa desde hace tres años. Mientras le daba el primer trago a su cerveza, me explicó lo que había sucedido:

—Me dije —contaba—, ¿para qué esperar a la siguiente vida para perdonarte? Mejor hacerlo en esta y así todos tan felices.

Hay quien expresa su punto de vista y dice que la lógica de su argumentación es "aplastante", como queriendo decir que cualquier argumento que difiera del anterior podría ser aplastado bajo el peso de chirriantes cadenas de acero. Las argumentaciones, la lógica de las mismas, depende de lo que uno crea, de cuáles sean sus valores y de cuáles hayan sido sus experiencias vitales. Desde el punto de vista de Flor de loto, aquello era de lógica aplastante. A mí me parecía bien.

Parecía que había una cura para la Gripe B. La pregunta es si se extendería con la misma rapidez con que lo había hecho la enfermedad. A mí me daba igual. Me alegraba de que Flor de loto estuviera de nuevo en mi vida.


Quien pierde a una buena mujer...

Últimas entradas - Lun, 22/02/2010 - 10:27

Habían pasado un par de semanas, quizá diez días, desde el episodio épico de ¡Por allí resopla!, y apenas un par de días desde que había vuelto a ser malo por última vez. En esta ocasión con Flor de loto. Por lo que conocía a esta última, iba a ser raro que las cosas quedaran como estaban. De momento todo iba bien. El silencio, el bendito silencio, se elevaba en mi existencia impregnándolo todo de paz y bienaventuranza.

Estaba en casa de mis padres. Mi madre le acercaba a mi padre una cuchara de madera para que comprobara si el arroz estaba en su punto o si todavía le quedaban un par de minutos. Me empezó a sonar el móvil. "Flor de loto", decía la pantalla. A medida que uno avanza en el juego de la vida, las cosas cada vez resultan más obvias, así que me preparé para cualquier cosa.

—¡Dime! —contesté.

—Hola. Quería decirte que no me gustó nada lo que hiciste el otro día.

—Vaaale... —dije yo, con tono de "comprendo lo que me cuentas y me pregunto hacia adónde va todo esto".

—Y quería decirte que no me llames más.

—Vaaale... —dije yo, esta vez con tono de "Esto me suena y me pregunto exactamente qué significan estas palabras".

—Te deseo lo mejor en la vida —se despidió.

—Yo también te deseo lo mejor en la vida.

Colgué el teléfono. Al menos esta vez la cosa había sido rápida y limpia.

La mente humana trabaja incansablemente buscando patrones. En este caso el patrón era obvio. De seguir así la cosa, un día descolgaría el teléfono y sería mi madre, que me diría "Has sido muy malo y llamo para decirte que no me llames más". Jamás volvería a saber de ella.

Dos casos en menos de dos semanas. ¿Qué estaba pasando? ¿Había un virus en el aire? ¿Sería este el inicio de una fatídica Gripe B? A mí, desde luego, me estaban entrando unas ganas tremendas de descolgar el teléfono, marcar un número al azar y gritar "¡No me llames más!". Con un poco de suerte marcaría el departamento de promoción de Jazztel y mi vida sería algo mejor al día siguiente.

En ocasiones mi padre suelta frases que aparentemente tienen poca relevancia y que después el tiempo demuestra que son cruciales. Por eso guardo todo lo que dice en un cajón de la cabeza, porque nunca sé cuándo comprenderé exactamente lo que quería decir. Son cosas del tipo "El sentido común es el menos común de los sentidos", "La gente no se da cuenta de lo que dice" o "Descapúllatela después de mear". Algunas son suyas, y otras eran a su vez de su padre, como esta: "Quien pierde a una buena mujer no sabe lo que gana".

Un par de veces me ha mirado mi padre y, moviendo una mano entre su frente y la mía, me ha dicho "Si se pudiera transmitir la experiencia sin palabras... todo sería diferente". Todavía no hemos llegado hasta ahí, pero es con toda certeza verdadero que, a falta de eso, una buena frase, una buena memoria y un poco de tiempo son capaces de obrar maravillas.


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