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Nacer en otro lugar

Últimas entradas - Jue, 25/02/2010 - 14:38

Era de noche. Mi padre y yo estábamos tumbados el uno junto al otro en un sofá. En el otro sofá estaba mi madre. Yo llevaba un rato hablando con ellos. No recuerdo cuál era mi intención, pero estaba tratando de que mi padre se diera cuenta de algo.

A medida que los segundos transcurrían, empecé a impacientarme. Cada vez que le preguntaba, los ojos de mi padre acudían en busca de mi madre. Buscaban una respuesta, una explicación, una comprensión compartida. Yo seguía insistiendo, y la desesperación iba en aumento en mi interior.

Hasta tal punto llegó mi desesperación que tomé a mi padre con ambas manos del suéter, como tratando de hacerle reaccionar, tratando de hacer que me mirara y lo intentara una vez más. Necesitaba que se diera cuenta. Necesitaba que me comprendiera. Necesitaba que se hiciera la pregunta. Necesitaba que me tomara en serio.

Resbaló del sofá y cayó al suelo, y yo con él. Incluso allí, sobre la alfombra, cuando volví a hacerle la pregunta con una voz que probablemente se hubiera tornado amenazadora para él, incluso en aquellas circunstacias, se giró una vez más buscando la mirada de mi madre.

—¿Y ahora? ¿Estás despierto o no? —grité de nuevo.

Mi madre me miró a los ojos y dijo:

—Pero hijo...

En ese momento rompí a llorar. El sollozo sonó como la sirena de una ambulancia. Largo, prolongado. Agudo. Como el llanto de un recién nacido que ve la luz por primera vez. Sentí que fue así como lloré al nacer.

Su cara resplandeció. Sus ojos se abrieron como platos y su gesto adoptó una amplia sonrisa que me resultó familiar y desconocida a la vez. El tiempo se detuvo durante un momento. Después me abrazó y me habló. Su voz sonó reconfortante:

—Si la vida física no es para nada —dijo.

No sabía exactamente qué significaban aquellas palabras, pero en aquel momento fueron un bálsamo para mí. Sentí que había vuelto a nacer, y que esta vez podía estar tranquilo. Había sido liberado de algún tipo de peso. Esta vez podía respirar. Fue como si mi alma estallara de júbilo, como si alguien, en algún lugar, hubiera abierto una espita en mi ser y una parte de mí hubiera comenzado a fluir hacia otro sitio. Como si el recipiente que contuviera mi alma se me hubiera quedado pequeño y por fin alguien se hubiera dado cuenta y me hubiera permitido fluir hacia un lugar más espacioso. Sentía como si, en vida, estuviera naciendo en otro lugar.

Luego abrí los ojos. Había sido un sueño.

—————

El sueño es verdadero. Lo he tenido esta noche y me he levantado impactado. Me he sentado rápidamente a escribirlo tal y como aquí lo lees, antes de que los detalles comenzaran a difuminarse. Puedo asegurar que, antes de acostarme, no había comido ni peyote ni macarrones. Ahí queda eso, Freud.


Una cura para la gripe B

Últimas entradas - Mié, 24/02/2010 - 10:39

No sabía cuánto tiempo hacía desde que la incipiente Gripe B había golpeado por última vez. Le estaba cogiendo el truquillo a aquello. Un día la cajera del supermercado me diría "Toma el cambio y lárgate, que no te quiero volver a ver" y yo pondría una sonrisa, cogería las monedas y me largaría a casa silbando.

Regresaba con mi madre de su clase de PNL a la que acudo como observador. Caminábamos por la calle mientras ella me contaba lo último que le había hecho alguna de sus hermanas. Entonces oí una voz familiar:

—¡Jaaavi, Jaaaavi! —gritaba la voz.

Seguramente, en cuanto me girara, vería a una chica que me gritaría "¡Vete a tomar por el culo y no vuelvas nunca más!". Cuando me di la vuelta vi a Flor de loto. Me sorprendió. Quizá no quería que le llamara más pero sí que podíamos hablar si nos veíamos por la calle. Quizá la Gripe B tenía un carácter especial y sólo se contagiaba por teléfono.

Mi madre me dijo que nos veíamos otro día y se alejó al trote. Temí que se girara en el último momento y bramara "¡Pero no me llames más". Flor de loto y yo quedamos de pie sobre la acera.

—He ido a tu casa pero no estabas. Quería hablar contigo, pero había borrado tu teléfono.

Yo asentía sin dar crédito a lo que estaba pasando. Seguramente, durante la noche, mi consciencia se había desplazado a un mundo para lelos. Podía oír los crujidos de mi lógica tratando de abarcar la nueva situación.

—¿Tienes un momento para tomar una cerveza? —me preguntó.

Venía fundido de haber dormido muy poco y haberme pasado diez horas mirando gente, pero quería saber más sobre lo que estaba sucediendo.

—Sí, claro. Vamos... —contesté.

Flor de loto tiene una visión muy peculiar de la vida, influida por los estudios de budismo que cursa desde hace tres años. Mientras le daba el primer trago a su cerveza, me explicó lo que había sucedido:

—Me dije —contaba—, ¿para qué esperar a la siguiente vida para perdonarte? Mejor hacerlo en esta y así todos tan felices.

Hay quien expresa su punto de vista y dice que la lógica de su argumentación es "aplastante", como queriendo decir que cualquier argumento que difiera del anterior podría ser aplastado bajo el peso de chirriantes cadenas de acero. Las argumentaciones, la lógica de las mismas, depende de lo que uno crea, de cuáles sean sus valores y de cuáles hayan sido sus experiencias vitales. Desde el punto de vista de Flor de loto, aquello era de lógica aplastante. A mí me parecía bien.

Parecía que había una cura para la Gripe B. La pregunta es si se extendería con la misma rapidez con que lo había hecho la enfermedad. A mí me daba igual. Me alegraba de que Flor de loto estuviera de nuevo en mi vida.


Quien pierde a una buena mujer...

Últimas entradas - Lun, 22/02/2010 - 10:27

Habían pasado un par de semanas, quizá diez días, desde el episodio épico de ¡Por allí resopla!, y apenas un par de días desde que había vuelto a ser malo por última vez. En esta ocasión con Flor de loto. Por lo que conocía a esta última, iba a ser raro que las cosas quedaran como estaban. De momento todo iba bien. El silencio, el bendito silencio, se elevaba en mi existencia impregnándolo todo de paz y bienaventuranza.

Estaba en casa de mis padres. Mi madre le acercaba a mi padre una cuchara de madera para que comprobara si el arroz estaba en su punto o si todavía le quedaban un par de minutos. Me empezó a sonar el móvil. "Flor de loto", decía la pantalla. A medida que uno avanza en el juego de la vida, las cosas cada vez resultan más obvias, así que me preparé para cualquier cosa.

—¡Dime! —contesté.

—Hola. Quería decirte que no me gustó nada lo que hiciste el otro día.

—Vaaale... —dije yo, con tono de "comprendo lo que me cuentas y me pregunto hacia adónde va todo esto".

—Y quería decirte que no me llames más.

—Vaaale... —dije yo, esta vez con tono de "Esto me suena y me pregunto exactamente qué significan estas palabras".

—Te deseo lo mejor en la vida —se despidió.

—Yo también te deseo lo mejor en la vida.

Colgué el teléfono. Al menos esta vez la cosa había sido rápida y limpia.

La mente humana trabaja incansablemente buscando patrones. En este caso el patrón era obvio. De seguir así la cosa, un día descolgaría el teléfono y sería mi madre, que me diría "Has sido muy malo y llamo para decirte que no me llames más". Jamás volvería a saber de ella.

Dos casos en menos de dos semanas. ¿Qué estaba pasando? ¿Había un virus en el aire? ¿Sería este el inicio de una fatídica Gripe B? A mí, desde luego, me estaban entrando unas ganas tremendas de descolgar el teléfono, marcar un número al azar y gritar "¡No me llames más!". Con un poco de suerte marcaría el departamento de promoción de Jazztel y mi vida sería algo mejor al día siguiente.

En ocasiones mi padre suelta frases que aparentemente tienen poca relevancia y que después el tiempo demuestra que son cruciales. Por eso guardo todo lo que dice en un cajón de la cabeza, porque nunca sé cuándo comprenderé exactamente lo que quería decir. Son cosas del tipo "El sentido común es el menos común de los sentidos", "La gente no se da cuenta de lo que dice" o "Descapúllatela después de mear". Algunas son suyas, y otras eran a su vez de su padre, como esta: "Quien pierde a una buena mujer no sabe lo que gana".

Un par de veces me ha mirado mi padre y, moviendo una mano entre su frente y la mía, me ha dicho "Si se pudiera transmitir la experiencia sin palabras... todo sería diferente". Todavía no hemos llegado hasta ahí, pero es con toda certeza verdadero que, a falta de eso, una buena frase, una buena memoria y un poco de tiempo son capaces de obrar maravillas.


Migrando ESDLV

Últimas entradas - Mar, 16/02/2010 - 18:14

Ahora mismo estoy de videoconferencia con David y estamos migrando ESDLV a su nueva ubicación, donde estará en la última versión de Drupal y donde en breve disfrutaremos también de un rediseño a cargo de una amable y mañosa lectora.

Mientras tanto, hemos cerrado los comentarios para que no haya desajustes en la base de datos. Como el dominio va a pasar a apuntar a un nuevo servidor, es posible que en las próximas (máximo 48) horas, cuando entres en ESDLV, seas todavía redirigido a esta ubicación en vez de a la nueva. Lo sabrás porque en la nueva ubicación no estará esta entrada y allí podrás añadir comentarios normalmente.

Bien, eso es todo. Esperemos que esto vaya como la seda. Nos vemos en el otro servidor.


Flattr

Últimas entradas - Lun, 15/02/2010 - 20:54

No hace mucho hablábamos aquí de posibles modelos de negocio para blogs. Hace un par de días, un lector me envió un enlace a un sistema de pagos que encaja bastante bien en la dirección que planteaba en aquel artículo. El invento se llama Flatter.

La cosa todavía está en bragas y parece que funciona de momento por invitación, pero la idea es la siguiente. Uno tiene una cuenta y la carga con una cierta cantidad de dinero. A continuación hace una selección de páginas que lee regularmente. A final de mes, una cantidad de dinero, que imagino que será configurable, se reparte entre esas páginas. Puede ser poco o puede ser mucho, y lo interesante es que cada céntimo se une al de los demás y al final puede juntarse una cantidad respetable. Yo lo veo como un pago por una suscripción a una serie de páginas que sigo regularmente.

De momento el asunto está en sus primeros pasos e incluso hay que esperar a que te inviten. Habrá que ver cómo se desarrolla Flatter, pero desde luego es lo que a mí me parece el siguiente paso natural en este mundillo.

¿Será esta una sincronicidad de esas? El Universo me adora.


Las chicas del gimnasio

Últimas entradas - Jue, 11/02/2010 - 10:58

Hace un par de años, cuando todavía vivía en Alemania, me apunté a clases de yoga. El objetivo del yoga es lograr una mayor conciencia corporal a la vez que se potencia la capacidad de concentración. Cuando la mente está enfocada en lo que está haciendo, deja de pensar tontadas. La sensación es muy placentera, y salía de allí flotando después de cada clase, con unas extrañas ganas de ir abrazando a la gente por ahí. Yo lo más que hacía en ese sentido en aquellos tiempos era abrazar faloras los sábados por la noche, así que aquello me resultaba muy extraño.

Para mí especialmente, cada clase de yoga era todo un reto, quizá más que para el resto de alumnos. Esto es debido a que el resto eran alumnas.

Aparentemente, la conciencia corporal y la dureza y redondez del trasero guardan algún tipo de correlación. Cada semana compartía clase con una docena de chavalas enfundadas en enguantadas mallas de lycra. Cada uno de los ejercicios, cada una de las posturas, llevaba a límites insospechados mi capacidad de concentración. Si me hubieran disparado cada vez que mi concentración se alejaba de mi respiración, hubiera muerto unas cien veces en cada clase. Ah, el yoga.

Ahora me he apuntado al gimnasio, que es algo menos místico pero por lo menos me están saliendo bultos por el cuerpo, algo que siempre me ha hecho ilusión. Mientras hago los ejercicios, mientras estiro tendones que no sabía ni que tenía, procuro concentrarme en mi respiración y en mis sensaciones. Y en este caso también hay distracciones, claro.

Curiosamente, de todas las mujeres que por allí trotan en las máquinas elípticas, bailan al ritmo de canciones estridentes o levantan lingotes de plomo, mis favoritas son Consuelo y Maria Luisa. No sé, tienen un algo especial, esa esencia de la que a menudo aquí hablamos.

Maria Luisa debe de tener unos 500 años. En el DNI tiene números romanos. Está prácticamente ciega y se dirige hacia las espalderas palpando todos los obstáculos que en su camino encuentra. Yo, mientras hago abdominales, rezo por que me distinga como al menos una mancha móvil. Y ahí parecen terminar sus limitaciones.

A menudo le veo marcarse sesiones de una hora en la elíptica. Apenas suda. Se estira más que yo. A veces le da por cantar tangos y canciones de otra época. Un día terminamos cantando a dúo una de la Piquer.

Sus ganas de vivir me fascinan. Una mañana gritaba que tenía ganas de marcha mientras le daba vueltas a un palo y yo temía por mi cabeza. "¡Llévame a bailar esta noche!", bramaba a los cuatro vientos. Yo disimulaba haciendo crujir mis abdominales.

Estuvo varias semanas sin venir, así que, al verla de nuevo avanzando con sus pasos de pocos centímetros a tientas entre las máquinas, le pregunté dónde había estado. "Me he roto las dos caderas" dijo. "Estaba en la cocina y ¡zas!" contaba como quien mira llover. Al final alcanzó las espalderas y empezó a estirarse. "Ay, ¡cómo me duele!" gritaba, y seguía como si nada. Yo me sumía en la confusión.

Consuelo le debe de doblar la edad a Maria Luisa, así que le echo unos mil años. Llega todos los días a media mañana, con sus gafas y su moño, arrastrando un carrito de la compra. Sospecho que en el carrito guarda su equipación deportiva y no una docena de plátanos y tres pimientos. Nunca había visto nada igual. Evoluciona entre los aparatos tirando del artefacto rodante y saluda a la profesora. Después se introduce en el cuarto de baño y emerge al cabo de unos minutos enfundada en una extraña suerte de uniforme negro. Después comienza su ronda de ejercicios.

Cada uno de sus huesos parece estar haciendo un esfuerzo titánico para sostener su propio peso. Aún así, también le da al palo, pedalea como Indurain en sus tiempos y después se ubica sobre un banco para realizar diversos estiramientos que desafían todas las leyes de la física. Créeme, estudié ingeniería industrial y conozco unas cuantas.

Hay otras mujeres en el gimnasio, pero ninguna me fascina tanto con lo hacen Maria Luisa y Consuelo. Es por ellas que cada día me tengo que hacer nuevas preguntas. Es por ellas que redescubro, cada mañana, mientras levanto lingotes de plomo y me hago crujir los abdominales, lo que son las ganas de vivir.


Sexo telefónico

Últimas entradas - Lun, 08/02/2010 - 22:48

En los últimos tiempos, con tanta PNL, es evidente que muchos cambios se están operando en mí. A veces resultan muy obvios, otras veces menos. En ocasiones no es hasta meses después que noto alguna salida, algún despunte, que me indica que soy bastante diferente de lo que era antes, aunque en general el proceso es bastante progresivo.

Uno de estos despuntes acaba de tener lugar.

Sonó el teléfono. Descolgué. Al otro lado de nuevo la maldita voz mecánica "Por fin hemos mejorado la cobertura del ADSL en su zona". Argh. Esto tenía que terminar. Escuché el mensaje hasta el final para averiguar de dónde procedía el acoso. En ningún momento se citaba la compañía, pero al final de la grabación la voz decía "Pulse el uno para hablar con un agente".

Vaya que sí. Pulsé el uno de mil amores.

—Hola, buenas tardes —se presentó un caballero al otro lado de la línea.

—Buenas tardes. He pulsado el uno para decirles que las llamadas automáticas son ilegales desde hace un par de meses, y que dejen de llamarme.

—Esa ley todavía no ha sido aprobada.

—Me temo que sí.

—Me temo que no.

—De acuerdo. Pues haga lo segundo y dejen de llamarme. Buenas tardes.

Qué a gusto me he quedado. El sexo telefónico es la hostia.

Y oiga, me temo que sí:

Ley General de las Telecomunicaciones, Artículo 38.3.h:

"Los abonados a los servicios de comunicaciones electrónicas tendrán los siguientes derechos:

- No recibir llamadas automáticas sin intervención humana o mensajes de fax, con fines de venta directa sin haber prestado su consentimiento previo e informado para ello".

Así que me temo que sí, que me estaban ustedes dando por el culo. Caray con el sexo telefónico.


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