Tiburón Submarino

Como ya he contado en anteriores ocasiones, DMax es uno de mis canales favoritos junto con Mega y Neox. En estos canales veo joyas frikis como The Big Bang Theory, La Casa de Empeños (versión Las Vegas) o Aventura en Pelotas. Este último programa pertenece a esa categoría que DMax, antes Discovery Max, mima con esmero. Tenemos Supervivencia en Pareja, Dúo de Supervivientes o el inigualable El Último Superviviente. Si se me hace imposible comer ensaladilla rusa, se me ponen los pelos de punta cuando veo al tipo meterse en la boca una araña más grande que mi mano o beber su propia orina de una piel de serpiente que vació el día anterior.

En casa de mi padre, los horarios son de cuartel: a las tres se come y a las nueve se cena; así que, a las nueve ceno. Después me tumbo un rato en el suelo para ordenar las vértebras y, cuando me siento con fuerzas, me cepillo los dientes y me preparo para dar un paseo.

Como el lector de refilón sabe, hace un par de años que mantengo una relación a distancia con una chica alemana. Son muchas las cosas que admiro y he aprendido de ella, y dos ejemplos de eso son el aire puro y los paseos, así como lo bien que se lo monta laboralmente, con fines de semana de tres días que empiezan los jueves por la tarde. De modo que, después de cenar, desde hace unos meses, salgo a dar un paseo de unos cuarenta minutos. Me aireo, despejo la cabeza, muevo las piernas y hago algo de ejercicio. Además de eso, a menudo aprovecho para hablar con ella. Telefonieren, lo llaman allí. Aprovecho para dar las gracias a Whatsapp por hacerlo posible, así como a las compañías de telecomunicaciones. Quitando algunos metros a lo largo del paseo, el resto del tiempo podemos mantener una conversación relativamente fluida. Mi nivel de alemán está alcanzando niveles insólitos.

Cuando regreso, a eso de las diez y media, me quito las zapatillas y me tumbo en el suelo sobre la alfombra, delante de la tele. Subo los pies al mueblecito y zapeo hasta que encuentro algo que capture mi atención. Ahora están con la undécima temporada de The Big Bang Theory en Neox, así que los jueves ya sé qué hacer, pero el resto de días vago sin rumbo entre diferentes canales.

Hace cosa de un mes terminé viendo el principio de lo que parecía un documental. «Tiburón Submarino» se llamaba. No entendía muy bien el título. ¿Acaso no son todos los tiburones submarinos? Pero me puse a verlo. Me gustó mucho la premisa.

Estaba hecho con restos de las grabaciones de las cámaras de un grupo de turistas, los cuales comenzaban el día subiendo a un barco para ir a visitar unos islotes en los que pacían focas y junto a los que retozaban las ballenas. Podías ver a los turistas hablar de su experiencia y de lo que pronto estarían viendo y disfrutando. El barco zarpa.

Me estiré de la cabeza. A veces caen todas las vértebras una encima de otra y, cuando me dejo caer hacia atrás, suena un tremendo «¡crock!» que me sorprende. Después de cien veces ya estoy acostumbrado, pero al principio me estremeció. Entonces el barco llegaba a los islotes, pero ¡oh!, algo pasa.

El capitán se acerca demasiado a tierra y se abre una vía de agua en el casco. Me encanta el término: «vía de agua». Estos marineros tienen sus expresiones para cada cosa. El capitán pone rumbo a puerto pero, apenas doscientos metros después, el barco comienza a zozobrar, otro de esos términos marítimos insustituibles.

Mi cabeza, que también tiene experiencia marítima, comenzó a «atar cabos»: islotes, focas, tiburones. Tiburones blancos. Tiburón Submarino.

La gente salta del barco. Acude un barco de salvamento. Los empieza a sacar del agua. Pero son muchos, se han desperdigado, así que les lleva mucho trabajo.

El capitán enciende el radar. Las aguas se han infestado de tiburones. Tienen que sacarlos rápido del agua. Las tripas se me ponen tensas: «¡Se los van a comer!», me digo. Síp, se los van a comer.

Entonces sucede algo sorprendente: todos los tiburones se marchan del lugar. No queda ni uno.

Tal vez un novato en materia de tiburones se sorprendería, pero no es el primer documental de tiburones que veo en DMax en horario de medianoche, así que yo sé lo que está pasando: eso es que ha venido el tiburón grande.

El radar muestra, el sónar, digo, un tiburón de grandes dimensiones, tal vez unos diez metros. Entonces aparece el clip con el viejecito de turno.

El viejecito, de pie junto a los muelles del puerto, explica cómo en su juventud viajaba con unos amigotes en un barco y tuvieron un encuentro con un tiburón que terminó arrancándole una mano a un colega. A cambio, el amigo le lanzó un arponazo que le atizó en el morro y le causó una enorme cicatriz bajo un ojo. Llamaron al gigantesco tiburón «Tiburón Submarino». No entraré a juzgar el alarde de imaginación del bautismo marítimo; me quedo simplemente en explicar que así pasó el bicho a llamarse el Tiburón Submarino. Fast forward. El sónar muestra al enorme bicharraco aparecer en la zona. Se me pone el culo prieto.

Las imágenes muestran cómo una mujer desaparece súbitamente bajo el agua junto con una enorme boya. Clip del científico de turno haciendo las fórmulas físicas de flotabilidad para explicar el empuje que hay que superar para sumergir una boya de tantos metros cúbicos bajo el agua. Conclusión: el bicharraco es enorme. La ciencia lo dice.

Siguen sacando gente del agua. El barco ya se ha hundido. Submarino merodea por el fondo mientras hace la digestión. Quince minutos más tarde, cuando ha terminado, engancha a otro pobre hombre. Las imágenes muestran al enorme escualo salir del agua antes de precipitarse sobre el señor, comiéndoselo por la cabeza. Para entonces estoy que no doy crédito a lo que estoy viendo. Llegan los anuncios. Me levanto y voy a mear a toda velocidad. Como vuelven en siete minutos, cojo la guitarra y me siento a hacer unos punteos. En el silencio de la noche es una delicia hacer algo de música. Termina el «break» y me tumbo de nuevo en el suelo. Pongo el volumen al siete.

Terminan de recogerlos a todos. El barco de salvamento se los lleva al puerto. Allí, hacen recuento: faltan tres. El capitán contacta por radio con el helicóptero y pide un barrido de visión térmica del fondo. El helicóptero comunica que hay tres personas atrapadas en el interior del barco. Por entonces estoy al borde del infarto.

El capitán, con un valor que se sale de mis escalas, pide una jaula para bajar a rescatar a los supervivientes. Mete unas gafas y unos botellines de oxígeno en una bolsa, se mete a su vez en la endeble jaula y se sumerge. Por cierto, hace ya rato que es de noche en el documental. Un tiburón submarino de diez metros de eslora merodea el barco que reposa en el fondo. La jaula baja hasta las inmediaciones. «Yo no lo haría» me digo. No porque todavía tenga un batido de vértebras en la espalda, sino porque aprecio mi vida demasiado. Pero el capitán se debe a su trabajo de salvamento y sale de la jaula en la penumbra en dirección al barco. En una de las tomas se ve al tiburón. Tiene al tamaño de un autobús escolar. Si no hacen otra pausa de publicidad, me cagaré encima.

Al poco consigue llegar hasta los supervivientes. Tres personas están encerradas, respirando los últimos rescoldos de una burbuja de aire. Llevan una hora ahí, respirando restos de aire, sumergidos en agua helada. El capitán los calma como puede, les reparte el equipo y los dirige hacia la jaula. Mientras aprieto el culo, consiguen llegarse al cacharro y meterse dentro. «¡Arriba, arriba!», grita el capitán por la radio. «¡Arriba, arriba!» grito yo.

Los suben. Ya están casi arriba. El tiburón Submarino aparece de entre la oscuridad para embestir la jaula. La sacudida es tremenda. Prosigue la ascensión y parece que están todos bien.

Los sacan de la jaula y los suben al barco. A menos que el tiburón abra la boca y engulla el barco entero, ya están a salvo. Se dirigen al puerto.

El capitán, los supervivientes y las autoridades se reúnen. El tiburón Submarino ha dejado de ser un mito; tienen las pruebas. Es el momento de acabar con él. Termina el programa. Joder, todavía estoy revuelto. Me quito las pantuflas, me siento en el suelo y medito durante unos veinte minutos antes de irme a dormir.

Unos días más tarde, sobre la camilla de la osteópata, comienzo a contarle lo que vi. El documental me dejó impactado. Hablo y hablo, y cuando termino me quedo sorprendido de haber hablado tres o cuatro minutos seguidos, lo que debe de ser todo un récord para mí. La osteópata se estremece conmigo y alaba el coraje del capitán, que se sumergió en las frías y oscuras aguas sin mención a su propia supervivencia.

Días más tarde, todavía estoy impactado. Comemos en familia y les cuento la historia del tiburón Submarino a mi prima y a su novio. Me sigo sorprendiendo de mi verborrea, insólita hasta la fecha. El novio se chotea. Mi hermana interviene:

—¿Eso no será… —dice con cuidado—… como el programa aquel de las sirenas?

Hace referencia a otro documental de DMax que emitieron así como medio año antes. Imágenes inéditas grabadas a cientos de metros de profundidad que probaban la existencia de las sirenas. No como Ariel en La Sirenita de Disney, sino en plan seres medio humanos medio pez. Las imágenes eran escalofriantes.

Meto el rabo entre las piernas.

Llego a casa, hago una búsqueda en Internet acerca del Tiburón Submarino. Pronto descubro que el programa pertenece a un nuevo género denominado «docuficción». Aunque me quedo más tranquilo porque las personas sobrevivieron al ataque del tiburón Submarino, me avergüenza mi supina credulidad. Pronto la vergüenza se torna en risa. Curiosamente, el asunto me hace reír. Sirenas, tiburón Submarino. Se lo cuento a mi hermana y me descojono. Vaya crédulo que estoy hecho.

No sabía acerca de que escribir para este lunes. Una y otra vez el tiburón Submarino venía a mi encuentro. Me senté ante el teclado y el tiburón Submarino emergió de las profundidades de mi inconsciente. Esta es la sorprendente historia del tiburón Submarino.

Y de las sirenas. Y de…

Shame, Javier!

6 Comments

  1. ja ja ja 🙂
    Me pasó parecido. Vi el otro día en el DMAX otro en la que encuentran unos enanos (medio hombre medio mono) en África. Eran unos semi-humanos muy cabrones. Se liaban a matar a la gente y comérsela.

    Viéndolo me tiraba de los pelos que no saliese en todos los telediarios. ¡Una nueva especie!
    Me quedé despierto hasta las tantas… Suerte que al final, en los créditos, o en algún punto hacia el final me fijé que “más o menos” reconocían que era ficción. Estaba muy bien hecho. ¡Cabrones! 🙂

    1. Juassss. Yo más o menos igual: ¿cómo es que esto no sale en las noticias? ¿Cómo es que la gente no habla de esto? Bueno, pues ya lo sé X)

      Están muy bien hechos. Piensa en el del Tiburón Submarino. Alquílate un barco, contrata los actores, tíralos al agua, hunde el barco, márcate los FX del tiburón comiéndose a la gente, grábate unos clips de los supervivientes de los ataques, unas escenas nocturnas de rescate, un encuentro con unas supuestas autoridades… En fin, es un despliegue grande de energía y dinero con el propósito de engañarme. Y no sé, si en los anuncios tienen que poner a la mínima lo de “ficción publicitaria”, qué menos en programas de ese tipo.

  2. Yo voy a apuntar un comentario inquietante:

    La realidad es tan “insuficiente” para los adultos, es decir, ya tan pocas cosas de lo “cotidiano” nos sorprenden que se hacen series y documentales exagerados para llamar la atención. El drama hay que magnificarlo para que siga haciendo efecto, como si los espectadores fuéramos yonkis.

    Como mola ver a un niño pequeño y que le sea “suficiente” un juguete analógico para pasar un rato estupendo.

    Mientras tanto los adultos a nuestro rollo, maximizando las dosis de todo no sea que “sintamos” aún menos…

    Joe, que destroyer me ha quedado 🙁

    1. Gracias por el comentario, Mario.

      Entonces, si te he entendido bien, hay un grupo de personas que crean series y documentales exagerados para llamar mi atención, magnificando el drama para que me siga haciendo efecto, como si fuera un yonki.

      No sé, yo todo lo que te puedo decir es que disfruté viéndolo para distraerme del brutal dolor y de la realidad de mi esqueleto retorcido.

  3. Me meo. Yo vi uno de esos docuwhatever hace más de un año. Hacían monográficos de tiburones esos días. Me los tragué todo. En el docu-historia en cuestión, mi hermano, que es un aguafiestas, y que sabe de cámaras, me dijo que era una cámara profesional, nada de una grabación del momento. Así que no pude dejar echar a volar mi incredulidad ya que mi hermano la dilapidó en menos de 10 minutos. Pero es cierto que cuando se puso la cosa jodida ya me empecé a reir porque no había manera “tiburónica” de hacer lo que se supone que el tiburón hacía. Pero molan.

    Como algo positivo, aprendí que en el Mediterráneo hay más de 100 especies diferentes de tiburones, que el tiburón blanco también está por aquí (realmente no es tan peligroso, aunque no lo voy a comprobar) y que igual he hecho bien en no bañarme nunca más allá de 5 metros de la orilla. Ahora lo dejo en 2 😛

    1. Oh, me he quedado con la curiosidad. ¿Qué hacía el tiburón? ¿Picnic submarino?

      Yo no he visto nunca ninguno. Medusas sí. Hace poco estuve a punto de parar una con el pecho como si fuera un balón de fútbol, pero de tiburones nada. En la orilla vi una mujer tan negra que parecía morada, pero eso ya era fuera del agua.

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