Retrospectiva Big Crunch: «Mi cruzada personal (I de II)»

Para hoy tengo algo especial, pues he rescatado una columna (la primera parte de dos) que escribí hace más de nueve años, unos meses antes de regresar de Alemania, y que trata del Big Crunch. De hecho, la escribí mucho antes siquiera de sospechar acerca del Big Crunch. La columna data de finales de Marzo de 2008.

Por entonces ya había decidido regresar a España. Había firmado mi último contrato, el cual iría hasta finales de Junio, y por entonces trataba de mantener mi compromiso con la empresa y mis últimos atisbos de cordura en una vida sumida en el caos y en la paranoia de una película de terror.

Por primera vez en seis años de blog, me abría a los lectores en mi miseria. Hasta entonces la línea editorial había sido de «ji-ji-ji ja-ja-ja». Fue en este artículo cuando me sinceré y hablé de esta parte de mi vida, de la trastienda, de la parte que no era oro porque no relucía.

Siendo estos los prolegómenos, ahí va la primera parte de lo que escribí hace más de nueve años acerca de todo esto.

 


 

“Debió de ser hace algo más de diez años cuando acudí por primera vez al médico debido a lo que en aquel momento describí como un “malestar estomacal”. En realidad la descripción completa del problema era “Presión alrededor de la boca del estómago como si una mano me la estrujara, provocando unas ganas de vomitar que ni cesan ni se ven satisfechas”. Por aquel entonces debía de llevar un año o dos con aquella interesante sensación entre la barriga y el pecho, y levantarme por las mañanas para acudir a la universidad se había convertido por aquel entonces en una tarea prácticamente insuperable. Ese fue el momento en el que, por primera vez, decidí que debía hacer algo, que aquello no podía seguir así. Que aquello no era vida.

El médico, amigo de mis padres y a la larga amigo mío, concluyó tras el examen que mi estómago era como muchos otros que había visto antes, y que mi problema era más un trastorno psicosomático que otra cosa. Un trastorno psicosomático es la manifestación física de un problema que existe únicamente en el plano espiritual. Es como cuando piensas en chavalas en bolas y se te levanta, sólo que en este caso ni se te levanta ni hay chavalas en bolas.

Le recuerdo fumando un Ducados en la consulta, mirándome a los ojos y diciendo:

“Imagina un labriego conduciendo un carro. Cuando se cabrea, se baja, le da una patada al carro y se queda de puta madre. Tú no; tú te lo guardas todo”.

A su manera, acertó de pleno. La explicación era simplista, sí, pero incluía el problema y la solución. Lo jodido era comprender el problema, definir la solución y llevarla a cabo.

Como comenté en Más Platón y menos Prozac, la sociedad moderna se ha especializado en tratar los síntomas y no las causas. En un ambiente cada vez más orientado al capitalismo más atroz, resulta mucho más rentable prolongar la enfermedad que curarla. Fue así como empecé a tomar Alapryl, un tranquilizante benzodiacepínico.

Debo admitir que al principio fue como la seda. Con un tercio de la dosis recomendada diaria pude volver a dormir, y cuando me despertaba por las mañanas la mayoría de los síntomas físicos habían desaparecido o ya no resultaban incapacitantes. Sólo quedaba la lucha interior, pero esa nunca me dio miedo.

Así, durante una temporada, todo fue bastante bien; al menos mejor de lo que había ido todo hasta entonces. En este entretiempo se me hizo una prueba en la que tragaba una especie de papilla que luego ofrecía contraste en las radiografías del estómago. Así se comprobó que, al menos a nivel constructivo, mi mayor problema era un leve reflujo. Para cerciorarnos de que también las mucosas estomacales se encontraban en perfectas condiciones, me sometí a una endoscopia.

Una endosciopia consiste en que te largan un tubo inacabable por el esófago hasta llegar al otro extremo del estómago mientras el galeno te sonríe y te dice “¡Caray, esto no se acaba nunca!”. Cuando vas al médico de cabecera te pone un palo de madera sobre la lengua, te pide que digas trentaitrés y después te alarga el palo hasta que te toca la campanilla y te entran unas breves ganas de echar la papa. La endoscopia es parecida, pero en vez de un palito de madera es una manguera, y en vez de un suspiro dura varios minutos. Cada tres segundos tienes una arcada, y cuando pasa la arcada reúnes fuerzas para tragar un palmo más de manguera e intentar respirar. Luego pasas la siguiente arcada y vuelves a tragar. Cuando el médico te dice que todo está bien, te das cuenta de que hubieras deseado encontrar una terrible malformación que explicara tu trastorno y justificara la experiencia. Pero no, todo está bien, hay que joderse. Cuando estás convencido de que tu vida es una mierda, incluso las buenas noticias son una putada.

Al cabo de unos meses la medicación dejó de hacer el efecto que debía hacer. Creo que en términos médicos se denomina “desarrollar tolerancia”. Es cuando el cuerpo se termina acostumbrando a una droga y hay que aumentar la dosis para lograr el mismo efecto. Pasé a tomar la mitad diaria de lo que correspondía a un mamífero humano. Seguía siendo poco, pero para mí resultó claro que no estaba saliendo de ningún sitio sino entrando. Era una sensación muy poco reconfortante.

A los pocos meses la nueva dosis se volvió a quedar pequeña, pero decidí que no quería aumentarla. Fue entonces cuando volvió el malestar permanente. También volvieron las noches en blanco. Hubo un momento de insomnio insoportable en el que durante más de dos semanas apenas dormí una o dos horas cada noche. Ponía la radio bajita y escuchaba pasar la programación entera hasta que, en algún lugar entre las siete y las nueve de la mañana, perdía el conocimiento durante una hora o dos. Cuando padeces insomnio todo parece una copia de una copia de una copia”.

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