El poder del Bienestar

Empecé todo esto hace ya más de nueve años. Mientras mi vida se desmoronaba yo buscaba maneras de hacer más, de trabajar mis ocho horas diarias, de sacar tiempo para dibujar y escribir y además llevar una vida social. Empecé interesándome por las posibilidades de dormir menos. Si dormía seis horas al día, entonces tendría dos horas más cada jornada. Eso era mucho tiempo. Caminaba como un zombie por los pasillos de la oficina. Pronto me di cuenta de que no se trataba de hacer más; se trataba de hacer menos. Me llevó unos años más darme cuenta de que tendría que detenerme completamente y replanteármelo todo; ir a los fundamentos de mi experiencia de estar vivo y volver a construir sólidamente desde ahí.

Pero todavía antes de eso llegué a «El poder del Ahora», de Eckart Tolle. Encontré el audiolibro y lo empecé a escuchar. Recuerdo caminar en otoño de 2007 por el parque en Alemania, escuchando las palabras de aquel hombre. Aunque un par de años después, tras hacerme con «Un nuevo mundo ahora» en papel, comprendería mucho mejor de qué hablaba, por entonces aquellas palabras ya resonaban en mí. No era tanto lo que decía, sino la manera pausada y sosegada en que lo decía. Yo estaba apenas empezando a tomar contacto con el brutal y salvaje caos dentro de mí, con mi nerviosismo y mi estrés, con el pánico y el terror en mi interior. Tan sólo oírle me resultaba balsámico, aunque estuviera aprendiendo a comprender de qué hablaba.

El fondo de todo era el ahora. En concreto, el poder del ahora; del tiempo presente. Decía que el presente era lo único que había y que siempre era ahora. A mí se me hacía más bien extraño: ahora era ahora, pero luego sería después, y eso era el futuro, y el futuro estaba ahí y era tan real como el ahora y como el pasado que había tenido lugar antes. Podía razonar todo eso de muchas maneras, pero no podía hacerlo pausada y tranquilamente como él, así que, inconscientemente, podía darme cuenta de que tenía algo que aprender.

Hablaba del ego, esa cosa. Leí el libro varias veces tratando de ubicar esa cosa dentro de mí. En mi razonamiento, en mi interior había algo que se llamaba «ego» y que había que extirpar, o matar, o diluir. Tal vez en sosa cáustica o en algún tipo de ácido. Cuando un par de años más tarde me hice con uno de mis primeros libros de hipnosis y hablaba del «proceso egoico», eso tuvo más sentido para mí. Más o menos todos éramos buenos y generosos y desprendidos hasta que aparecía el ego y todo se torcía. Más o menos pude comprender de qué iba eso.

También hablaba del «cuerpo-dolor», escrito así, con un guión conector. También me costó comprender eso. Había una parte del cuerpo que era el cuerpo-dolor y de ahí salía el ego. Podía comprender todo eso del poder del ahora, pero la verdad es que tenía todos esos entendimientos cogidos con pinzas. Estaba el cuerpo-dolor y de ahí salía el ego, pero no sabía de dónde salía el cuerpo-dolor ni cómo eso generaba el ego. Aún así, me esforzaba en estar presente, fuera lo que eso fuera, y en vivir el ahora. Si alguien decía mi nombre, yo diría «presente», como en el colegio. Además de eso, empecé a meditar. Eckart Tolle no hablaba del entumecimiento, de notar un vacío en lugar del cuerpo. Toda esa parte la tuve que recorrer solo. Aún así, le estuve muy agradecido por poner nombres y conectar tan precisamente partes internas realmente sutiles. No es fácil hablar de algo así.

Luego, en el interior de una auto-regresión hipnótica, encontré el Big Crunch, comencé el «Uncrunching» y fui haciendo todo ese caminito rellenando los huecos. Si el mapa de Tolle traía los continentes, yo fui cartografiando los países a medida que saciaba mi curiosidad y ponía nombre a las cosas en términos de utilidad. Un día, leyendo otro libro, encontré la clave para cerrar el círculo.

La hipnosis había hecho tanto por mí que sentí la necesidad de hacer algo por la hipnosis, así que empecé a preparar un curso de hipnosis para poder enseñar a otras personas de una manera estructurada. Para basarme en algo concreto, cogí el libro «Trance-fórmate» de Richard Bandler, co-creador de la PNL. A menudo hablaba de sus experiencias aprendiendo de Milton Erickson, el gran hipnoterapeuta.

En uno de los capítulos hablaba acerca de una mujer que le llegó con un cáncer terminal. La mujer sufría terribles dolores y nada de lo que le habían dado había conseguido aliviarla. Milton, en su silla de ruedas, recibió a esta mujer y la escuchó, y le dijo que se daba cuenta de que había estado sufriendo terribles dolores y nada de lo que le habían dado hasta ahora había conseguido aliviarla, y entonces le preguntó qué sucedería si apareciera un tigre por la puerta y se quedara mirándola mientras se relamía, que cuánto de ese dolor sentiría. La condujo a un trance y la ancló en él. Desde entonces los enfermeros se preguntaron por qué decía esa mujer que había un tigre debajo de su cama.

Entonces comprendí cómo funcionaba aquello, y comprendí la función que había tenido el pánico y el terror crecientes en mi vida a lo largo de los más de veinte años anteriores: reducir el dolor.

Inconscientemente, a través de los años, había aprendido a crear situaciones de pánico imaginarias que dispararan en mi interior el mecanismo primitivo de «lucha o vuela». Imaginando situaciones de vida o muerte, continuamente, podía inundar mi cuerpo de las sustancias que anestesian el dolor y lo entumecen mientras el organismo se prepara para luchar o volar. Caminando por la calle imaginaría que un coche se subiría a la acera y me arrollaría. Si pasaba junto a los chavales jugando a fútbol imaginaría que me darían un balonazo en la cara y luego tendría una confrontación. Solo en casa, rescataría momentos horribles de mi pasado uno tras otro para entumecer el dolor. Me funcionó durante más de veinte años, con intensidad creciente. Lo peor era por la noche, cuando me tumbaba en la cama y cerraba los ojos y el dolor pronto se haría evidente. Entonces tenía que crear un torrente de imágenes y sonido en mi mente, un torbellino aterrador, hasta terminar perdiendo la consciencia por puro agotamiento. Era un esfuerzo mental brutal inconsciente para mantener entumecida la mitad de mi cuerpo, y el inconmensurable dolor fuera de mi consciencia.

Entonces comprendí el cuerpo-dolor, la parte dolorida del cuerpo, la parte que dolía, y entendí el ego como la intención positiva de reducir el dolor, de hacerlo manejable, de hacerlo llevadero. Cuando no vas a sanarlo porque no sabes, porque no puedes o porque tienes otras cosas que hacer primero o por lo que sea, entonces el dolor se entumece para poder seguir adelante de la mejor manera posible. Ese dolor físico se transforma entonces en dolor mental. El dolor no desaparece, sino que se transforma; y entonces surgen los pensamientos dolorosos. Sumido en todo eso, gran parte de los pensamientos están relacionados con «los otros», y eso lleva a los comportamientos egoístas, basados en la escasez, la competitividad, la envidia, el odio, etc. Grosso modo y en un pim pam. Ojalá alguien pueda usarlo para llenar los huecos que le quedaron de Tolle. Esta es solamente mi teoría acerca de cómo funciona esto, pero al menos trae más puntos y más conexiones entre sí. Tómese en términos de utilidad.

Los monjes budistas practican la meditación. Afirman que, a través de la meditación, se reduce el ego y se despiertan cualidades intrínsecamente humanas como la bondad, la ternura, la compasión, la generosidad… Mi lectura de esto es que la meditación crea consciencia. Si te sientas y te sientes, antes o después se te hará obvio el dolor. Cuando el dolor sea evidente, harás algo para reducirlo, y no me refiero a entumecerlo con aspirinas o similares, sino a hacer algo útil para sanarlo, como practicar tai-chi o yoga o algo de este tipo. El movimiento masajea el cuerpo y los masajes estimulan las diferentes partes del ser. La misma consciencia, el sentir la respiración y hacer pequeños ajustes posturales ya resulta sanador. Las partes dañadas a menudo solamente quieren ser reconocidas. Es entonces cuando pueden ser convenientemente atendidas.

Con tiempo, práctica y sanación, del dolor se pasa al malestar, y del malestar se pasa al bienestar. Esto lleva su trabajo y su práctica. Si hoy estás mal, mañana seguirás mal a menos que hagas algo. A medida que uno está bien, se siente más «sobrado»; sobrado de fuerzas, de energía y de facultades. Cuando uno está sobrado, es natural sentirse compasivo, generoso, comprensivo, paciente… son cualidades asociadas a un estado de bienestar. Cuando las parejas se casan se suele decir «…en la salud y en la enfermedad». En la salud todos somos maravillosos; en la enfermedad, podemos fácilmente convertirnos en hijos de puta retorcidos. Yo lo sé de buena tinta.

En fin, esto necesita estructura y desarrollo, pero en pocas palabras transmite lo que quería. Mucha gente está mal. En España hubo, en 2015, más de diez suicidios diarios. Rara vez se habla de esto. Empieza con el malestar, pasa por el dolor y profundiza en el mismo, y el dolor puede hacerse tan grande y tan profundo que sobrepasa la imaginación de la mayor parte de las personas. Luego un jubilado se encarama a lo alto de un hotel y descarga una lluvia de balas sobre una multitud y la gente se pregunta qué le llevó a hacerlo. Es sencillo: el dolor. Profundo y prolongado. Sus conocidos dicen «Era una magnífica persona», pero nadie estaba ahí cuando ese hombre se miraba al espejo por las mañanas. Dolor, dolor hasta el alma. Cuando el cuerpo se convierte en una jaula de dolor, no hay un segundo de descanso.

En este país estamos… regular. Hace menos de cien años nos estábamos matando entre nosotros. Todavía queda mucho de eso, y mientras seguimos perdonándonos, todavía queda un rato para llegar al bienestar y mucho dolor que sanar. Que cada uno haga su parte. Objetivo bienestar, pero para eso queda mucho de practicar el poder del bienestar. En marcha.

17 Comments

  1. Un apunte: “Mi lectura de esto es que la meditación crea consciencia.”

    Lo que me explicaron sobre esto en su día es que “la consciencia” (sea lo que sea eso… y soy consciente de que es difícil de definir con palabras –permitidme el giro recursivo 😀 –) siempre está ahí, siempre estuvo ahí: viene a ser como el silencio, que siempre está presente, y hay que aprender a apreciarlo bajo las diferentes capas de ruido (“formas”, al fin y al cabo… se trata de llegar al “fondo”, es decir, a la esencia).

    La metáfora que en su día me pusieron fue con un bloque de granito: el escultor ya ve la estatua que hay en ella; tan sólo necesita desbastarla, quitarle capas. Quizá parte de nuestro camino en aras de la “libertad” (me resisto a llamarlo “bienestar”) sea ir liberándose de esas capas de cosas que no somos: condicionamientos aprendidos, apegos, creencias…

    Respecto al “bienestar/malestar”, la sensación que ahora tengo (y esto es una “creencia” actual, así que no me hagáis mucho caso…) es que el camino consiste en ir liberándose de la dualidad (la famosa “tercera vía” o “camino medio” del que hablan los budistas, o el “mesotés” socrático): apreciar lo “bueno” que hay en cada situación “mala” (el punto yang dentro del yin, en la representación taoísta del “tai-ji-tu”), y viceversa…… darse cuenta de la relatividad de todo (al menos, en este plano!). Visto desde fuera, puede confundirse con indiferencia (“ataraxia”, en términos de la filosofía griega clásica), pero nada más lejos: es aceptación plena de lo que venga, apreciando ambos polos e integrándolos en uno, en algo que podríamos llamar “vida” o “realidad”.

    Gracias por compartir tus vivencias (que, en cierto modo, también son las mías). A los que somos vagos o estamos quemados nos ahorras el inmenso trabajo de tener que hacerlo por nosotros mismos… 😀

  2. Estar en paz en mitad de una guerra; mantener el silencio/calma (interior) pese a los muchos estímulos que invitan a “entrar al trapo”… casi nada!

    Y además, es una guerra que se desarrolla por todas partes (exterior… interior) y a varios niveles (físico, mental… aunque bueno, todo esto no son más que palabras, y la esencia de todo conflicto es que una parte trata de imponerse a la otra…. lo jodido es darse cuenta de que llevábamos toda la vida en guerra con nosotros mismos: si no podemos controlar lo que ocurre de puertas para afuera, es frustrante hacer introspección y darse cuenta de que, de puertas para adentro –ese lugar donde supuestamente somos “reyes y señores”– había una serie de procesos inconscientes/automáticos que tampoco controlábamos!).

    El truco, como siempre, está en no tomar parte o partido (ya lo dice la propia palabra: algo que está “partido” es incompleto, sesgado, parcial…), cosa difícil cuando a uno le tocan “lo suyo” (nos identificamos con algo y nos resistimos a soltar, a evolucionar).

    Lo que me resulta llamativo (y casi cómico, diría yo) es ver cómo mostramos taaanta resistencia al cambio incluso cuando estamos jodidos: “Ay, virgencita, que me quede como estoy…!!” (no sea que la cosa vaya a peor). En fin…. que sea lo que tenga que ser… vivimos cuatro días, y nos pasamos tres y medio en conflicto (con los demás y con nosotros mismos –viene a ser la misma cosa–). Habrá a quien le mole todo ese rollo (todo hemos sido “jóvenes y aventureros”, jojojo), pero en mi caso yo ya me cansé de batallar: en las guerras hay quien pierde, y quien pierde mucho más. Mucha energía perdida y mucho desgaste innecesario.

    Es necesario hacer el gilipollas durante mucho tiempo para darse cuenta de que era innecesario. Me bajo de ese burro: “pa quien lo quiera”.

  3. Qué buena entrada, me ha encantado.

    Sería interesante que hicieras un libro con todo esto. Un manual. Algo. Lo que sea, pero que quede ahí para poder leerse.

    Esto debería enseñarse en la escuela.

    Gracias Javier,
    Un abrazo,
    Dani.

    1. Hola Dani,

      sí que estaría bien, tomo nota de la sugerencia.

      Sí que son cosas básicas que convendría aprender ya desde pequeños, aunque también hay que estar muy jodido para aprender el valor del bienestar.

      Un abrazo, Dani. Gracias.

  4. Sigo on, por lo visto:

    Dices: “Imaginando situaciones de vida o muerte, continuamente, podía inundar mi cuerpo de las sustancias que anestesian el dolor y lo entumecen mientras el organismo se prepara para luchar o volar.”

    Igual lo he entendido mal, pero tal y como lo expresas pareciera que te tirabas piedras sobre tu tejado, o dicho de otra forma, que te provocabas tú mismo la respuesta de lucha o huída de forma consciente. Tal y como has ido expliando estos meses, tu respuesta es una respuesta típica de trauma, y no es consciente. Incluso los pensamientos negativos (como lo de pensar qué ocurrirá con los niños del balón) son causados en última instancia por la respuesta de trauma.

    El trauma cambia partes del cerebro, por lo pronto aumenta la amígdala, esa portera que se entera de todo e informa al hipotálamo y él a su vez a las glándulas suprarrenales (ahí es donde la verdadera respuesta de estrés o lucha-huída se dá en forma de hormonas). Si tu cuerpo tiene el umbral del estrés más bajo que el resto de los mortales (de los mortales no traumados), porque tu amígdala se entera de todo y lo magnifica, lo normal es que cualquier cosa te altere y provoque la cascada. Una cascada de estrés mantenida en el tiempo debilita el cuerpo y un cuerpo debilitado, a su vez, es más propenso a la negatividad y a que el círculo se perpetue.

    No sé si me explico. Yo siempre creí que esa negatividad me la provocaba yo, es decir, me machacaba por ello. Hasta que no entendí la fisiología del trauma no me liberé de ese yugo de responsabilidad que en realidad, esa al menos, no me tocaba.

    Va, sigo leyendo, que está tan interesante que no puedo evitar comentar a medio leer. 🙂

  5. Tu reflexión final la he tenido muchas veces durante mi propio proceso, porque ahí hay mucho dolor soterrado, no trabajado y me da un poco de miedo todo lo que está pasando estos últimos días porque si es jodido este proceso de forma individual, de forma colectiva me entran cagaleras (con perdón).

    1. Gracias por tus comentarios. Solamente un apunte que considero importante.

      Considero que todos eso que llamas “negatividad” tiene una función, y también considero que es algo que hago yo, de la misma manera en que yo hago latir mi corazón, yo dilato y contraigo mis pupilas o hago la digestión. No sé cómo lo hago, pero reconozco y acepto que son cosas que hago yo, y estoy dispuesto a asumir la responsabilidad por ello abriendo una puerta a aprender a hacer algo diferente.

      Gracias.

      1. Sin duda tiene una función. Casi todo tiene una función, y si no la tiene es que la desconocemos :P. La haces tú porque sale de ti, pero eso no quiere decir que lo provoques tú de forma consciente. Al menos no todo. Es ahí el matiz que quería hacer y que se me olvidó hacer. Entre el todo y nada hay una gama de responsabilidades. En cualquier caso y sea si es consciente o no, no toca otra que aprender. Aprender a borrar esas formas de proceder que nos hacen más mal, si son provocadas por nosotros, y aprender a evitar que nuestro cuerpo se dispare y entre en hiperactivación, donde todo control es estéril (millones de año de evolución son difíciles de ganar).

        🙂

  6. Hola Javier,

    También me ha gustado mucho esta entrada, además invita a reflexionar.
    Muy de acuerdo en lo que dices “En la salud todos somos maravillosos; en la enfermedad, podemos fácilmente convertirnos en hijos de puta retorcidos.”
    Lo he comprovado en mi misma, intercambiando salud por felicidad. Quizás por eso haya tantos retorcidos por el mundo.
    Siempre me he preguntado de dónde sale tanta rabia y tanto odio, y ahora más que nunca debido a los últimos acontecimentos políticos.

  7. El otro día me preguntaba qué habría pasado con el autor del blog el sentido de la vida. Te seguía en la etapa de Alemania. Justo al final la cosa se puso un poco chunga con tantos episodios de sincronicidad y si no recuerdo mal poco después el blog se cerró .
    Me alegro que todo vaya bien.

    1. Hola Andrés, gracias por tu comentario. La cosa se siguió poniendo chunga, cada vez más. No diría yo que ahora todo va bien, pero sí que va mucho mejor. Me alegro de leerte por aquí. Un saludo!

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