El Big Crunch (XXXV)

A lo largo de los meses he estado desgranando los acontecimientos y eventos de lo que llamé El Big Crunch, un largo proceso traumático que me llevó de médico en médico durante dos décadas y cuyo origen finalmente descubrí en una regresión hipnótica auto-inducida. Incluso sabiendo el origen del asunto, me quedaba mucho camino por recorrer; me quedaba la recuperación. La sanación, la curación. Esto tiene una parte física, de poner los huesos en su sitio, y también una parte mental, de poner «las cosas en su sitio». Ambos son diferentes niveles de sutileza del mismo proceso de curación.

A lo largo de todo este tiempo, de esta historia, de este relato, me presenté como la víctima de todo este asunto. El Big Crunch fue algo que me fue hecho: hubo un perpetrador y culpable que estuvo a punto de partirme en dos. Como contrapunto, yo fui la víctima en el suceso.

Durante un tiempo funcioné así. Tuve que avanzar más en la recuperación para llegar hasta el punto en el que estaba dispuesto a asumir mi propia responsabilidad en todo esto. En otras palabras, dispuesto a responder a las preguntas: «¿Qué hice yo para merecer esto? ¿Cuál fue mi papel en todo esto? ¿Cómo fui yo responsable de mi parte?». Todavía en otras palabras más claras y contundentes: «¿Cómo me hice yo esto a mí mismo?».

¿Cómo me puse en aquella situación?

No es fácil llegar a ese punto. Me costó mucho. Me sentía muy cómodo en mi papel de víctima. También era la manera en que quedaba mejor en toda esta historia. Ahí estoy yo, siendo crujido. Pobrecito de mí.

No lo hice desinteresadamente, llegar al punto de estar dispuesto a asumir mi responsabilidad por un acontecimiento brutalmente doloroso que marcó un antes y un después en mi vida y que la cambió para siempre en un momento. Sencillamente, me di cuenta de que, a menos que asumiera mi responsabilidad en el asunto, corría el riesgo de repetir la historia. Y desde luego, más allá de toda duda, una vez fue más que suficiente.

Así que yo debía de tener unos catorce o quince años, y estaba en el colegio en esa época en la que, por prácticamente cualquier cosa, nos metíamos en una pelea. Era algo sorprendente, mirando atrás, pero así era. Después de meterme en varias peleas y salir maltrecho, recurrí a mi padre para obtener una solución al asunto.

Mi padre me explicó que lo que ocurría era que tenía que hacerme respetar, y para ello tenía que defenderme, y para defenderme me enseñó algunas cosas. De entre las cosas que me enseñó me quedé con una en particular: retorcer brazos.

Era fácil. Debía de tener algún talento natural. Simplemente cogías la mano así, te metías por debajo del hombro del otro chico y le retorcías el brazo causándole un notable dolor. Con muy poca fuerza podías causar un gran daño. Así eran las maravillas de la palanca.

Para completar mi arsenal defensivo, mi padre me explicó qué hacer si alguien me cogía por la espalda; qué hacer si alguien venía por detrás, introducía sus brazos bajo mis hombros y me sujetaba entrelazando las manos en la parte de atrás de mi cabeza. Entonces, con agilidad felina, me revolvía, ponía mi pierna detrás del agresor y me dejaba caer hacia atrás. Basculando sobre mi pierna, el agresor caía de espaldas sobre el suelo y entonces caía yo, aprovechando el impulso, y hasta podía poner el codo para clavarlo en mi caída y causar un extra de dolor. Canela fina. Me quedé con esas dos cosas. Eso sería suficiente. Lo que yo ignoraba entonces era para qué.

Por aquel tiempo, un fin de semana me llevaron mi padre y un amigo suyo a la feria. Allí recuerdo jugar a un juego que consistía en reventar globos lanzando un dardo. Con mi habilidad, gané un corta-uñas-navajita la mar de molón que, al lunes siguiente, me llevé al colegio para mostrar a mis amigos. Mi verdugo, al que llamaré «Nelson» en honor al abusón de los Simpson, me vio en clase con el artefacto y me lo quitó, y acto seguido comenzó a amenazar a la gente con la navajita. Estamos hablando del mismo tipo que, unos años más tarde, efectuaría en clase varios disparos con una pistola de aire comprimido, pero centrémonos en mí y en el camino que estaba emprendiendo por aquellos entonces.

Cuando el profesor de turno le preguntó a Nelson de quién era el corta-uñas-navajita con el que andaba amenazando a sus compañeros, Nelson me señaló a mí. Eso me envió al despacho del director y después a casa con una notita de apercibimiento que llevó a mis padres a visitar el colegio y a mí a recibir una reprimenda. La verdad es que no recuerdo si esto fue antes o después del Big Crunch, pero voy a decir antes, si es que esto tiene importancia secuencial, que seguramente sí. Pero volvamos a mi incipiente arte de retorcer brazos.

Recuerdo haber usado el Big Shoulder Wrencher al menos un par de veces, y al menos una de ellas haberlo hecho de un modo que podríamos calificar de traicionero o, como mínimo, de sorprendente o inesperado.

Me acababa de meter en una pelea con uno más grande que yo y acababa de salir mal parado, así que me retiré a un rincón del recreo a lamentar mi derrota cuando me di cuenta de que podía vengarme con el Big Shoulder Wrencher, esa nueva tecnología que había adquirido y que podía causar gran dolor con poco riesgo. Para reducir todavía más los riesgos involucrados en mi venganza, ideé una estratagema.

Así que me acerqué de nuevo al chico que me acababa de zurrar, le dije que le perdonaba y le tendí la mano. Él la estrecho y, en cuanto la tuve, me revolví rápidamente y, cuando se dio cuenta, tenía el hombro retorcido y no había ningún lugar al que pudiera ir sin tener que atravesar un dolor que, a juzgar por su cara, debía de ser horrible.

Retorcí un poco más. Me sorprendí de la efectividad de aquello. En virtud de la ley de la palanca, bastaba aplicar muy poca fuerza para causar un enorme daño. Él se revolvió intentando zafarse, pero unos pocos radianes de giro más bastaron para mostrarle que saldría de todo aquel dolor cuando yo así lo decidiera. Entonces tuvo lugar un momento que a la postre encontré clave en todo esto y que llamé «fase de encabronamiento». Estoy hecho un poeta.

Le tenía preso en aquella llave. Le estaba haciendo daño. Ya le había hecho daño. Entonces, al considerar soltarle, al preguntarme si aquello había sido suficiente, me di cuenta de algo novedoso para mí en aquel momento: si le soltaba, me daría una tunda que me dejaría más que maltrecho. Estaba encabronado, más que enfadado. Rabioso, iracundo. Estaba en ese estado en el que uno no piensa sino que actúa, y las tripas dicen «Mátalo». Si lo hubiera soltado en ese momento, lo hubiera pasado muy mal. Así que me di cuenta de que tenía que superar la fase de encabronamiento y llevarlo más allá, llevarlo hasta el punto en que quedara tan dolorido que tuviera que ocuparse de sí mismo en lugar de mí. Y lo hice. Mirando su cara para estimar el dolor que estaba sintiendo, retorcí todavía más su brazo hasta que, de algún modo, supe que habíamos ido más allá de la fase de encabronamiento hasta llegar a la fase de… lo que sea que viene después, que todavía estoy por ponerle un nombre pero para qué. Entonces le solté. Se cogió el hombro y se alejó. Yo, siendo un niño, de algún modo supe todo aquello en un momento, intuitivamente.

Como digo, retorcí aquel brazo y al menos uno más, que yo recuerde. Apenas un suceso adolescente amplificado ahora por la lupa de la consciencia con propósitos educativos. Pero todavía hay más.

¿De qué sirve tener una manera de salir de una llave que nadie te va a hacer jamás? La mejor manera de darle un uso a una tecnología así es ponerte en una situación en la que puedes usarla. ¿Para qué construir misiles que no vas a usar nunca? Creemos una situación en la que poder utilizarlos. Todo esto inconscientemente, claro.

Así que una mañana, después de clase de gimnasia, estábamos en el vestuario cambiándonos de ropa. Todo esto que estoy describiendo son eventos, antaño carentes de toda importancia, que fui recuperando de mi memoria a partir del descubrimiento del Big Crunch con el propósito de ordenar y comprender y aprender. Dicen que los músculos tienen memoria. Yo creo que somos memoria en sí misma, y que en el daño se almacena la lección. A medida que me fui sanando, fui recuperando los fragmentos pertinentes del relato.

Y allí estábamos, hablando de nuestras cosas mientras nos cambiábamos tras la clase de gimnasia. Yo estaba junto a mi amigo Arturo, y le dije «Mira, cógeme así por detrás». Les quería mostrar cómo funcionaba aquello. Debía de ser una manera de decir «No te metas conmigo que mira lo que sé». En fin, una de esas recetas universales para el dolor.

Siguiendo mis instrucciones me cogió por detrás entrelazando sus manos en mi nuca y, cuando lo hubo hecho, yo hice mi maniobra anti-BigCrunches y, cuando mi amigo se dio cuenta, cayó al suelo sobre su espalda con uno de esos golpes secos que dejan sin respiración. Por si eso fuera poco, después caí yo empezando por el codo. Todavía recuerdo la cara de mi amigo mirándome después, como preguntándose, en mitad de la confusión y la conmoción y el dolor, por qué él, por qué eso. Lo puedes resumir en que me estaba convirtiendo en un verdadero malnacido y ni siquiera me estaba dando cuenta de ello.

Ahora, Nelson debía de estar allí, en aquel vestuario, mientras yo engañaba y humillaba a mi amigo, y debió de ver aquello y pensar: «Cuando te coja así no te vas a librar».

Lo cierto es que ignoro si esta es la secuencia en la que ocurrieron las cosas, e ignoro también el tiempo que transcurrió entre unas cosas y otras. Eso me resulta información superflua en el argumento.

Lo siguiente que recuerdo es estar jugando a fútbol esperando, de pie con los brazos en jarra, a que sacara el portero del equipo contrario. Un momento después, a traición, sin previo aviso, por sorpresa, estoy atrapado en un Big Crunch. Me vuelvo y me revuelvo, luchando por mi vida, atravesando la etapa de encabronamiento, ese momento en el que Nelson se da cuenta de que, si afloja su presa y me libera, va a salir más que mal parado. Necesita apretar un poco más, necesita empujar un poco más mi cabeza hacia adelante, necesita doblarme más sobre mí mismo. Necesita asegurarse de que, cuando me suelte, me quedaré quieto, en silencio. Empuja más y más. Más y más, hasta que me despierto tres años después en una clase de Álgebra en la universidad.

La gente dice que la vida no es justa. No sé, tal vez no han reflexionado lo suficiente. La vida, y el Universo del que formamos parte, me parece maravillosamente justa. Cada cosa en su justo lugar, hasta el último átomo, hasta la última partícula. Cada cosa en su sitio exacto. El dolor es una cosa muy desagradable a través de la que aprender pero, cuando ya no puedes sentir nada, el dolor se hace notar y cumple su función; se abre paso a través de la consciencia e indica el camino a seguir. A través de los años he aprendido a maravillarme con la misma vida y con la perfección con que todo está hecho. Es verdaderamente increíble. Más que eso.

Tuve lo que merecía. Ni más ni menos. Exactamente lo que merecía.

Recuerdo en clase de PNL cuando la profesora decía que «Lo que hacemos a otros nos lo hacemos a nosotros mismos». No terminaba de entender eso. Ahora, gracias al dolor y a los hombros retorcidos, la lección me queda mucho más clara. Sabiendo eso, el potencial para el bienestar y la dicha es prácticamente infinito.

Y esta es la manera en que comprendí mi propia responsabilidad en lo que me ocurrió, el modo en que aprendí y cómo, a través de lo que hice a otros, me di cuenta de lo que me hice a mí mismo. Y doy las gracias. Doy las gracias por la lección y doy las gracias por la oportunidad para aprenderla.

Gracias.

8 Comments

  1. Macho, tienes unos cojones enormes en atreverte a rebuscar en tu pasado, encontrar lo que has encontrado y explicarlo.

    ¡Eres un valiente! Mirarse a uno mismo de forma tan objetiva sufriendo como estás sufriendo (de cuerpo, espíritu o ambos) requiere valor.

    Me ha impresionado este giro después de todos los textos previos.

    Espero que se sanen los huesos. Los huevos has demostrado tenerlos muy sanos.

    ¡Abrazo y a seguir!

    1. Hace nueve años, cuando dejé el curro, muchas personas me dijeron que tenía los cojones muy grandes, léase mucho valor. Reconozco ese valor, pero para mí era la única salida en aquel momento. Me ocurre en gran medida lo mismo ahora: he estado escribiendo, y he estado escribiendo acerca de mí mismo, y esto es lo que toca ahora, así que lo escribo también. Ojalá sirva a otras personas y les resulte de utilidad.

      Gracias, un abrazo.

      1. Ese fue también mi punto de inflexión, cuando entendí que yo era la responsable de todo lo que me pasaba. Después de años de culpar a todo el mundo. Ese momento fue en parte muy abrumador pero al mismo tiempo liberador y me dio mucho poder, me dio el poder para elegir cómo quería vivir a partir de ese momento, cuando los médicos me habían dicho que tenía que aprender a vivir así… y yo me lo había creído.
        Es nuestro momento, hemos recuperado nuestros superpoderes 😉
        Un abrazo compañero.
        Gracias de nuevo por compartirlo.

  2. El mérito realmente está precisamente en eso, en aceptar que uno no es la víctima y no contento con eso, rebuscar a ver qué ha ido uno sembrando por ahí.

    No es fácil. Primero tiene uno que hacerse amigo de su propio yo. Pensamos que pasando tanto tiempo con nosotros mismos, somos nuestro propio mejor amigo, pero no siempre es así. De hecho, casi nunca es así.

    Mucha gente se tira toda la vida haciendo. Haciendo algo, lo que sea, algo que les permita no pasar ni un ratito a solas consigo mismos.

    Enhorabuena.

    1. Gracias José Pedro.

      Buf, yo ahora mismo, que estoy volviendo a habitarme, todavía me cuesta estar un rato quieto en la cama, por ejemplo. En cuanto me despierto me noto tan inquieto que me tengo que levantar y empezar a hacer cosas. Pero bueno, a medida que vaya terminado de enderezar las articulaciones y completar el alineamiento de las vértebras, pues estaré mucho mejor.

      Gracias.

  3. Joder, tio, me has sorprendido bastante. Resiulta que Nelson seria un cabroncete., seguro, pero tu con tus llavecitas y lllevarlas al extremo y probarlas con tus amigos no ibas tan a la zaga.

    De todas formas, me ha parecido ver unas ciertas culpabilizaciones:

    – A tu padre por enseñarte: “La mejor manera de darle un uso a una tecnología así es ponerte en una situación en la que puedes usarla. ¿Para qué construir misiles que no vas a usar nunca? “. No le culpes, él intentó ayudarte a defenderte, y con Nelsones alrededor no estaba de mas.

    – A ti mismo en el sentido de que te merecias el Big Crunch. Es cierto que te merecias algo de mal Karma por tu actuacion anterior, pero eso deberia haber sido algo de dolor como el que tu causaste y no la agonia a la que fuiste condenado. Una cosa es causa y efecto y otra es culpa. Yo puedo insultar a otro conductor y recibir un insulto pero si resulta ser un narcotraficante y me pega dos tiros, no se puede deducir que me lo merezco por decile imbecil, al menos desde mi punto de vista. 😉

    1. Sí, yo también tenía mi punto.

      -Estaba pensando en los USA cuando escribía lo de los misiles, pero sí: culpé a mi padre durante una fase de todo este asunto. Tal vez todavía me queda algo de eso, pero sigo asumiendo la totalidad de la responsabilidad.

      -Es verdad, aunque me pregunto qué pasa exactamente si cojo un brazo de la manera en que describo y lo retuerzo. ¿Después vuelve a su sitio o causa dos décadas de dolor y angustia? No lo tengo muy claro. En el ejemplo que me pones, ahí te hablaría de karma a través de cientos y miles de años, pero no sé si estás dispuesto a recorrer ese camino. Ese es mi punto de vista.

Puedes dejar un comentario. Pulsa la tecla "Tab" si desapareciera el botón de publicar.