El Big Crunch (XXXIV)

Estoy sentado sobre la silla. Está terminando la hora de terapia. Me sueno los mocos. Tiro el pañuelo de papel a la papelera. Me pregunto cuánto tiempo llevo llorando. He llorado tanto que me siento mareado.

En los últimos dos años he llorado más de lo que recuerdo haber llorado en el resto de mi vida.

Cuando encontré mi cuerpo entumecido, resultó estar petrificado. Haciendo yoga, tumbado sobre el suelo, tumbado sobre el sillón con el chasis de metal, clavando los hierros en mi espalda y empujando contra el entumecimiento, en ocasiones sentí músculos en mi espalda que creía que eran huesos. Se partían en dos, y cada una de las mitades se rompían a su vez, y éstas a su vez, y el músculo petrificado se desmenuzaba en partes más pequeñas hasta terminar sintiéndose como arenilla.

Pasé los dos primeros años partiéndome en dos de puro dolor. El primer año de dolor creciente, día a día. El segundo, todavía más doloroso. El dolor vuelve loco a la gente. Yo estaba loco de dolor.

Fue al tercer año de todo esto cuando empecé a llorar, cuando el dolor empezó a aflojar, cuando comenzó a hacerse soportable. Fue como pelar una cebolla.

Entraba un hueso en su sitio, rompía a llorar. El llanto aliviaba toda una capa de músculos permanentemente tenso alrededor de más tensión alrededor de daño profundo. El alivio me ablandaba la musculatura y me devolvía sensibilidad. Con más sensibilidad, podía sentir más profundo, y sintiendo más profundo podía afrontar una nueva capa de entumecimiento y tensión y daño que sanar. Comía del plato de la miseria cada día; en cuanto me lo había terminado, volvía a tener el plato lleno. No se acababa nunca.

Habían pasado más de tres años y medio y yo seguía reconociendo y aceptando dolor, daño y miseria. Ahora estaba sentado en la silla terminando una sesión de terapia y empezaba a llorar de nuevo.

Hay dos cosas que admiro de mi sobrino Coquito. La primera es cómo duerme, profunda y abandonadamente. Duerme con todo, como duermen los bebés y los niños pequeños. La segunda es cómo llora. Llora con todo.

Le he visto llorar muchas veces, y me encanta cómo lo hace: con toda el alma. Me encanta, en particular, ese silencio que precede a la tormenta, ese momento interminable en el que se queda mirando el tendido y exhala… y exhala… y exhala, y parece que no vaya a volver a inspirar nunca más. Y entonces, cuando está completamente vacío, cuando no queda ni una molécula de oxígeno en su interior, inhala. Inhala como si fuera capaz de beberse todo el aire de la atmósfera y llora, llora más allá de todo consuelo posible, más allá de cualquier otra cosa que llorar.

Estamos allí, en silencio. De repente siento. Siento algo que tal vez lleve tiempo evitando, no queriendo sentir, sorteando; distrayéndome con otras cosas, llevando mi atención de aquí para allá para no sentir lo que siento. Me desmorono otra vez. Exhalo, exhalo mientras me tenso, mientras cojo esa tensión permanente que llevo meses sintiendo y la intensifico todavía más hasta que desaparece en un mar de tensión que me recorre. Y lloro.

Todavía no me sale tan bien como a Coquito, pero estoy en ello. Estoy aprendiendo.

Coquito no sabe que llorar es cosa de chicas. Coquito no sabe que llorar es de mujeres. Coquito no sabe siquiera que llorar es cosa de maricones o de gays como se les llama ahora. Coquito no sabe nada de eso, pero yo sí, y ahora tengo que pagar a una mujer para recordar cómo llorar, llorar como un simple ser humano. Llorar como lo que soy. Solamente eso ya es profundamente triste, pero tengo mucha más tristeza que llorar.

Más de veinticinco años de dolor nauseabundo, tan profundo y angustioso que me dejó mudo.

Atravieso una de esas sensaciones que no quería sentir. Me siento triturado. Me siento como si me hubiera quedado atrapado en una prensa hidráulica y me estoy partiendo en dos. Es horrible. Comprendo por qué no quería sentir eso. Me doblo y me doblo mientras mis articulaciones se retuercen y mis músculos se estiran y mis huesos se salen de sus lugares y me descoyunto inexorablemente, no sé si lenta o rápidamente. Por un momento, me siento triturado.

Como una ola, esa sensación pasa, y entonces me siento como basura. Me siento carente de todo valor, humillado en lo más profundo de mí. No valgo nada como persona, ni como ser humano, ni como nada. Sólo soy un montón de mierda despreciable. Peor que eso.

Me sumerjo en la sensación y termina pasando. Transcurren unos minutos antes de que pueda comprender qué está sucediendo, y todavía un poco más antes de que pueda encontrar las palabras para describirlo y todavía más antes de que pueda reunir las fuerzas para mover la mandíbula y la garganta y las diferentes partes de mí involucradas en el habla. Entre sollozos, explico lo que me ocurre. Empiezo a llorar de nuevo.

Finalmente, termina la sesión. Estoy mareado. Algo me ocurre. Me siento diferente.

Me despido. Salgo a la calle. Todo parece tan diferente. Me cuesta encontrar cómo es diferente. Me doy cuenta de que todo parece más distante, más lejano, como si se hubieran dilatado las distancias entre yo y las otras personas, entre yo los edificios, entre yo y la calzada; como si hubiera mucho más espacio a mi alrededor. Caminando mareado por la calle, me doy cuenta de todo lo que todavía me queda por delante.

Todavía me queda por llorar, todavía me queda por soltar, todavía me queda por aliviarme. Todavía me queda por estar mucho mejor. Todavía llevo demasiado de todo esto conmigo.

Pero me felicito. Llevo ya mucho, y sigo caminando. Ánimo Javier.

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