Realidad Virtual (II de II)

[Viene de Realidad Virtual (I de II)]

Las gafas eran pesadas. Incluso así, me dio igual. Cuando me las puse me olvidé de todo, entre otras cosas de su peso. Sostuve los mandos con las manos. Me sorprendió poder ver los mandos a través de mis ojos virtuales.

Unos sensores, ubicados en dos extremos de la habitación, detectan la posición en tres dimensiones tanto de los mandos como de las gafas. Podía ver una recreación virtual de los mandos. Podía verlos y girarlos en el aire y ver cómo se movían como por arte de magia. Era increíble; era como si estuvieran ahí, delante de mí. Flipé incluso con el menú, ahí, en el aire, flotando delante de mí. Podía girar la cabeza y el menú desaparecía de mi campo de visión. Girando la cabeza de nuevo, el menú volvía a estar ahí, inmediatamente, como si realmente estuviera ahí, sólido, en el aire, delante de mí.

Chimo lanzó el primer juego. Era una especie de demostración de lo que las gafas, o más bien el kit de realidad virtual, podía hacer. De repente estaba en una nave industrial. Podía girarme a ver 360 grados en cualquier dirección y siempre había algo ahí, rodeándome. Pronto me sentí en otro lugar, en el lugar propuesto por el juego. A todos los efectos, estaba en una nave industrial.

Una cinta transportaba cajas. Unos operarios se movían de aquí para allá trasladando cosas. Frente a mí, una mesa llena de objetos.

Chimo me explicó que la manera de desplazarme en ese entorno era mediante el tele-transporte. Aunque en la habitación real tenía algo de espacio para moverme, tendría que desplazarme en mi entorno virtual seleccionando el lugar al que quería ir y luego pulsando un botón del mando. En seguida le cogí el tranquillo. Me acerqué a la mesa de un salto.

Podía ver todos aquellos objetos sobre la superficie. Cogí un palo. Me resultó muy natural hacerlo, acercando mi mano virtual al objeto y pulsando el gatillo. En un momento tenía el palo en mi mano. Lo lancé con facilidad. El palo rebotó al caer al suelo, como si fuera un palo de verdad.

Podía ver los píxels. Si me detenía un momento y ponía mi atención en ello, podía ver cada uno de los puntos en mi campo de visión tridimensional. Sin embargo, metido en la acción y en el juego, brutalmente impactado por la sensación de estar en otro lugar haciendo otra cosa en un momento, me dejé llevar por la experiencia.

Cogí el mando de un dron. Pulsé el gatillo; el dron se elevó sobre la mesa. Levanté la cabeza para seguir su recorrido.

Lo hice subir más alto, tan alto que casi lo perdí de vista en las penumbras del techo de la enorme nave industrial en la que me encontraba. De una manera muy intuitiva, lo hice bajar y lo paseé por las dependencias. Me sorprendió lo fácil y natural que me resultó manejar un dron virtual en un entorno virtual, como si realmente estuviera allí haciéndolo. Tras darle un paseo lo aterricé de nuevo en la mesa. Era increíble lo natural que resultaba interactuar con las cosas, incluso con objetos complejos como un dron.

Mi amigo me explicó que, dentro del juego, había una serie de mini-juegos. Solamente tenía que tele-transportarme a aquella puerta, por ejemplo, tomar la bola de cristal que había sobre la pequeña columna delante y llevármela a la cara como si me introdujera en ella empezando por la cabeza. De repente estaba en otra experiencia completamente distinta.

De pronto estaba en la almena de un castillo. Chimo me explicó que una horda de muñequitos invadiría el escenario y trataría de derribar una puerta en un lateral. Con un arco en mi mano, tendría que detenerlos a flechazos. Tras una breve práctica, me sorprendió la naturalidad con la que manejaba el arco, apuntando y lanzando las flechas con mucha facilidad y también con mucho acierto, como si fuera un arco de verdad.

Pronto los muñequitos fueron llegando. Detuve los que pude a flechazos. Me encantó cuando, en su recorrido, pasaban por debajo de la almena en la que me encontraba yo y tenía que asomarme para poder tenerlos a tiro. Era impresionante estar allí, verdaderamente metido en la experiencia, sintiendo el arco en mi mano y luchando contra aquella invasión de muñequitos. Varias oleadas más tarde, decidí salir de allí en busca de nuevas experiencias.

Probé diferentes cosas. Una de las que más me impactó fue una en la que me convertía en un mecánico de robots. Empezaba en el interior de una habitación de aspecto futurista.

Era impresionante, estar allí rodeado de aquellas paredes tan detalladas. Me impactó el grado de detalle y trabajo que tenía que haber llevado a los creadores. Me dirigí a un armario de la pared y empecé a abrir cajones.

Se hacía natural. Acercaba la mano, pulsaba el gatillo y tiraba del cajón hacia mí. El cajón salía de la pared y podía ver su contenido. Podía asomarme y revisar su interior. El nivel de detalle era increíble.

Luego me dirigí al otro extremo de la habitación para accionar un mecanismo que abriría una gran puerta. Tomé la palanca y tiré hacia abajo. Pude ver los diferentes engranajes girando, moviéndose los unos a los otros, a través de la ranura que dejaba la palanca al descender. El grado de detalle era apabullante. La puerta se abrió dando acceso a otra habitación contigua en la que un enorme robot aparecía dañado soltando chispas. El robot comenzó a caminar hacia mí para entrar en la habitación. Me sentía tan metido en la experiencia que me tuve que hacer físicamente a un lado para dejarle sitio. Era impresionante.

Guiado por las instrucciones del mini-juego, tiré de una palanca en la parte frontal del robot y sus tripas se expandieron en una docena de capas a lo largo de un par de metros frente al robot. Engranajes, arandelas, mecanismos varios flotaban en el aire a lo largo de un eje imaginario que iba de lado a lado de mi campo de visión. Mi tarea era arreglar el robot. Comencé a coger piezas y a girarlas en el aire sin saber muy bien qué hacer.

De pronto, todas las piezas cayeron a mis pies y se desparramaron por el suelo. El enorme robot se descompuso. Comenzó a sonar una alarma y me asusté. Las baldosas del suelo giraron sobre sí mismas para abrir un enorme agujero por el que las piezas cayeron a una profunda oscuridad en la distancia y la pared ante mí se abrió para mostrar otro enorme robot que cuestionó mis habilidades como mecánico de robots. Estaba verdaderamente acojonado: aquel robot era tan grande que podría aplastarme en un momento. Afortunadamente se quedó en una reprimenda verbal.

Cuando me quité las gafas, me sentí entre defraudado y decepcionado de estar de nuevo en casa de mi amigo.

Dani se puso las gafas y probó varios juegos diferentes. En la pantalla del ordenador podía ver lo que él veía en su campo de visión. Era una manera divertida de seguir lo que estaba haciendo mientras se sumergía en ese mundo virtual. Aquello era definitivamente revolucionario.

Terminando la tarde, probamos un simulador de coches. Yo tenía muchas ganas de saber cómo sería, pues era la conjugación de dos cosas que me encantaban, una ya una realidad cotidiana para mí y la otra una visión de futuro. Me senté en la silla y cogí el volante.

Tras algunos problemas de centrado y varios reinicios para solucionarlos, de repente estaba sentado en el asiento de un monoplaza de Fórmula. Era más que impresionante. El coche me rodeaba en todas direcciones. Verdaderamente sentía que estaba sentado en el asiento del coche, con el volante en mis manos. Podía ver mis brazos y mis manos sobre el volante. Si miraba hacia abajo podía ver mi cuerpo perdiéndose por la parte inferior del coche. Miré a mi alrededor: había mundo por todas partes. Aceleré y salí del box en el circuito de Monza.

El sol brillaba y pude sentir el calor del asfalto y casi oler la hierba. La anchura del circuito era enorme. Tenía que mirar de un lado al otro para abarcarlo, y la sensación de estar en la recta de Monza, forjada a lo largo de años y años de simulación virtual, se amplificó hasta convertirse en lo que considero prácticamente real. Frené con cuidado buscando el primer vértice de la primera chicane. Noté que algo estaba raro. No supe de qué se trataba hasta que aceleré y, por encima de los cien kilómetros por hora, comencé a tomar la larga curva de derechas a medida que engranaba una marcha tras otra. Entonces me di cuenta.

Mi cerebro estaba recibiendo información contradictoria. Por un lado, mis ojos indicaban que estaba tomando una larga curva de derechas a ciento cincuenta kilómetros por hora y subiendo. Por otro, mis oídos confirmaban esa percepción mientras el motor rugía al entregar su máxima potencia. Por otro lado… sentía que estaba sentado parado, quieto, estático, en una silla. Cuando salí de la segunda chicane empecé a marearme. Cuando salí de la segunda variante de Lesmo estaba ya a punto de echar la pota.

Tuve que reducir la marcha. Me detuve antes de llegar a la parabólica. Me bajé del coche. Me quité las gafas. Volví a casa de mi amigo.

Me sentí desolado. Me mareaba. La discrepancia entre lo que veían mis ojos, lo que oían mis oídos y lo que sentía mi cuerpo era enorme. El resultado había sido un mareo impresionante. Me levanté de la silla con ganas de tumbarme sobre el suelo. Me senté en otra silla intentando conciliar mis percepciones. Todo daba vueltas.

Dani hizo su prueba. Notó el efecto, aunque mucho menos. Le vi más entero cuando terminó. Pensé que tal vez podría entrenarme y reducir el mareo. Le pedí a Chimo que pusiera algo más lento. Di unas vueltas a Mónaco en un turismo. Dos horas más tarde, cenando ya de vuelta en casa, todavía me duraba el mareo. Incluso así, sigo pensando que esto es el futuro, incluso para los simuladores de conducción. La sensación de inmersión es absolutamente bestial.

En líneas generales, me encantó la experiencia. Me encantó poder probar una tecnología a la que llevo siguiendo la pista desde hace unos 20 años y que por fin está lista para llegar a las casas, al menos a las de los frikis más hard-core. Dani dice que está algo verde, que le falta resolución y que los píxeles todavía son demasiado gruesos como para poder leer los diales con soltura y distinguir los vértices de las curvas desde lejos. Yo las usaría si me las pudiera permitir económicamente y si consiguiera reducir el mareo al mínimo. La inmersión en los juegos es espectacular, hasta el punto de olvidarse uno de dónde y con quién está.

Un efecto secundario que también me encantó fue darme cuenta de que la realidad virtual me ayudó a apreciar más la realidad real. Pasar un par de horas apreciando cada detalle del mundo virtual que me rodeaba, fascinándome del hecho de poder mirar hacia abajo y ver mis manos o de poder usarlas para coger objetos y manipularlos hizo que, cuando terminara la experiencia y regresara al mundo real, esa fascinación me mostrara lo increíble y maravilloso que es poder ver el mundo a mi alrededor, oír sus sonidos, apreciar su perfección y el goce de poder coger objetos reales e interactuar con ellos. Resultó para mí una experiencia que me llevó a apreciar y valorar más mi propia experiencia de vivir en un mundo tridimensional real, siendo un ser humano y relacionándome con ese mundo como tal.

¿Habéis probado ya unas gafas de realidad virtual? ¿Cómo fue la experiencia?

 

PD: Hice una segunda visita a casa de mi amigo Chimo. Si os interesa, os puedo contar cómo me fue.

4 Comments

  1. Has conseguido que busque sitios para probar gafas de realidad virtual en Valencia (he encontrado uno en la calle Castellón, a ver qué tal). La verdad es que hace tiempo que tengo mucha curiosidad.
    ¡Gracias por contarlo tan bien!
    PD: Que hables sobre estos temas da lugar a pensar que te estás recuperando, espero que así sea.

    1. Bien, me alegro de que te hayas decidido. Si te gustan estas cosas fliparás de seguro, con gran disfrute incluido. Podría llamar a mi amigo Chimo y concertar una cita, pero la verdad es que me da vergüenza X)

      PD: Es un poco causa y consecuencia, pero sí, pertenece a las buenas noticias de la recuperación. Si la recuperación fuera una vuelta a Monza, estaría saliendo de la Parabólica.

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