Realidad virtual (I de II)

Me encantan los ordenadores. El primero que vi de cerca me lo enseñó mi abuelo: un Commodore con monitor de fósforo verde. Escribió un pequeño programa que contaba hasta el número que introdujeras. Recuerdo mi fascinación viendo al ordenador imprimir números consecutivamente en la pantalla hasta alcanzar el número elegido. Desde entonces, gran parte de lo que me ha hecho seguir viviendo ha sido disfrutar de presenciar cómo ha ido avanzando la tecnología.

Desde las primeras videoconsolas hasta los ordenadores de hoy en día, he ido decantándome por las cosas que me han permitido involucrarme más en la experiencia informática. Por ejemplo, una de las cosas que más aprecio y valoro de los simuladores de conducción es el hecho de que permiten interactuar con la experiencia a través de un volante y unos pedales, y el volante responde a lo que ocurre y me permite ir más profundo en la simulación. Siento que interactúo con el sistema de una manera más inmersiva que, por ejemplo, si estuviera usando un ratón y un teclado.

En los últimos años, la tecnología está llegando al punto en que vamos a llegar al siguiente nivel de inmersión en la experiencia: la realidad virtual.

La realidad virtual no es algo nuevo; lleva yendo y viniendo infructuosamente varias décadas.

A finales de los ochenta, mi grupo de amigos frecuentaba una bolera en el extrarradio de Valencia. Una temporada nos dio por los bolos. La siguiente nos aficionamos al billar. La siguiente nos centramos en el billar a tres bandas. Hasta me compré un libro y gozaba haciendo carambolas imposibles para desesperación de mis amigos. Luego terminábamos de matar la tarde jugando a las maquinitas.

Entonces apareció allí una maquinita nueva. Era lo último: una máquina de realidad virtual. La partida costaba unas cuatro o cinco veces, o tal vez más, lo que una partida normal. Como apasionado de las nuevas tecnologías, me rasqué el bolsillo para darle un tiento. Aquello tenía que ser el novamás.

Me puse el enorme casco. Pesaba un quintal. De manera muy rudimentaria, recreaba una ciudad. El argumento consistía en que estaba a los mandos de un robot gigantesco, à la Mazinger Zeta, y tenía que luchar con otro robot semejante en una ciudad virtual, saltando de edificio en edificio, caminando por las calles y lanzando misiles. Así descrito suena genial, pero espera a conocer los detalles.

Los edificios estaban representados por unas pocas líneas que definían sus contornos. Ese era aproximadamente el grado de detalle. Además, cuando giraba la cabeza, el sistema tardaba un momento en representar de nuevo en las pantallas el actual estado de las cosas, lo que provocaba un cierto mareo. Todo iba con algo de retraso. Por lo demás, era una experiencia brutal, el poder girar la cabeza y encontrar más juego; el mirar a los lados y poder ver lo que allí había, acostumbrado a mirar una pantalla frente a mí y que aquello fuera todo lo que había. La sensación de inmersión era increíble. Mi imaginación hacía todo lo demás.

La máquina duró poco allí. Tal vez las partidas eran demasiado caras o la gente no supo apreciar lo que aquella máquina ofrecía. Aquel repunte de tecnología de realidad virtual desapareció de la misma manera en que había aparecido y, durante un par de décadas más, no volví a saber nada de aquello.

Hace unos pocos años leí acerca de que esta tecnología regresaba. Una empresa estaba desarrollando unas gafas de realidad virtual llamadas Oculus Rift. Evidentemente, trabajaban con algo más que unas pocas líneas de un sólo color, y al parecer los chips ya daban para que pudieras mover la cabeza y todo se redibujara con soltura a tu alrededor tal y como en la vida real. Parecía haber algunas limitaciones en cuanto a la resolución, eso al menos desgranaba mi amigo Dani.

Mi amigo Dani trabajó un par de años vendiendo televisores. Sabe distinguir entre el LCD y el OLED, y el OLED del AMOLED, y esa de otras tecnologías. Todo eso tiene sentido para él. Me habla de resoluciones y tiempos de refresco y de efectos de visión varios como si fuera lo más natural del mundo. A mí me importa poco; yo me quedo con lo que me da la pantalla de turno. Flipé cuando la realidad virtual representaba unas pocas líneas en el aire, así que fliparía con lo que fuera que pudiera hacer ahora.

Algo más tarde Facebook compró la empresa de las Oculus Rift, y todavía un poco más tarde las pusieron a la venta. Fue entonces cuando mi amigo Chimo se las compró. De hecho, se compró otras de otra empresa.

Yo soy un friki. Con el tiempo he aprendido a reconocerlo y a aceptarlo. Incluso así, me considero un friki moderado. Mi amigo Bua, por ejemplo, que a sus 42 años acaba de terminar su carrera como programador de videojuegos, o mi amigo Chimo, que invierte la mayor parte de su sueldo en tecnología, son frikis más hard-core que yo. Pero en cuanto Chimo me contó que se había comprado unas HTC Vive, la competencia de las Oculus Rift, pedí hora para darme un viaje.

El día señalado, a la hora señalada, Dani y yo fuimos a casa de Chimo a gozar del pináculo de la tecnología doméstica.

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